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Facultad de Filosofía y LetrasFacultad de Filosofía y Letras

La historia de la Facultad de Filosofía y Letras

La historia de la Facultad de Filosofía y Letras está ligada, desde su inicio, a la de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), ya que fue una de las primeras facultades que se crearon, junto a las de Ciencias, Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales (Sección de Económicas), Derecho y Medicina.

La UAM, como sus coetáneas, la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad de Bilbao -hoy transformada en Universidad del País Vasco-, nace con la aprobación, en Consejo de Ministros, del Decreto-Ley 5/1968 sobre medidas urgentes de reestructuración universitaria, en el marco de un más amplio plan de reforma promovido por el titular de la cartera de Educación y Ciencia, José Luis Villar Palasí. El Decreto-Ley, y las reformas en él propuestas, recogían algunos de los criterios fundamentales de un ambicioso proyecto de reforma educativa, cuyos principios básicos se formularon, en 1969, en el Libro Blanco de la Educación, y cristalizarían parcialmente en la Ley General de Educación de 1971.

La que sería Universidad Autónoma de Madrid nació asociada a la Universidad Complutense, como banco de pruebas para la futura Ley General, aprovechando locales preexistentes en los que se introdujeron las reformas, estrictamente necesarias, para adaptarlos a sus nuevos fines.

Recogiendo el espíritu inspirador del Libro Blanco, los primeros Estatutos de la UAM declaraban que la docencia e investigación se organizarían en los Departamentos e Institutos, ordenándose, a meros efectos administrativos y de coordinación, en Facultades, Escuelas y Colegios Universitarios.

Tal como preveía el Decreto-Ley 5/1968, la enseñanza comprendería tres ciclos, el estudiante obtendría una titulación al final de cada uno de ellos, y la docencia de especialización del tercer ciclo podría compartirse con instituciones dependientes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Autonomía y participación constituían los otros dos rasgos distintivos de las nuevas Universidades. Una autonomía que permitiese la flexibilidad y la continua adaptación, a tenor de la experiencia en la resolución de los problemas planteados, y que se traducía, entre otros aspectos, en la contratación directa de su profesorado y una mayor participación que pusiera fin a la grave crisis que se vivía en el seno de las comunidades universitarias de aquel momento.

Finalmente, el Decreto-Ley preveía la división de funciones académicas y de gestión, dejando en manos de profesionales las segundas, y en manos de las autoridades académicas tanto las primeras como la supervisión de la actividad de los gestores económicos.

El programa de reformas del equipo ministerial pretendía, brevemente, dar solución al principal problema detectado: la desconexión entre la educación y las nuevas y crecientes demandas de los grupos sociales que intentaban dinamizar económicamente el país. Dicha solución pasaría, necesariamente, por la adaptación de los planes de estudios a la realidad del momento, dotando a las nuevas enseñanzas de contenido práctico.

Por Orden Ministerial de 27 de julio de 1968, se crea el primer Órgano de Gobierno para la nueva Universidad de Madrid, todavía carente de nombre propio: una Comisión Promotora, presidida por Luis Sánchez Agesta.

El 24 de octubre de ese mismo año, las clases comienzan en las tres primeras Facultades con un número de alumnos que osciló en torno a los 1500, según datos estimativos aparecidos en diversos medios de comunicación. La antigua sede de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en la calle de Alfonso XIII, fue habilitada provisionalmente para impartir el primer curso de Ciencias Económicas y Filosofía y Letras, en tanto que la docencia de la Facultad de Ciencias se inició en el Pabellón del Instituto Nacional de Industria, en la Casa de Campo.

La historia de la Universidad Autónoma de Madrid no agota, sin embargo, sus claves interpretativas en ese programa de reforma. El nuevo modelo universitario al que respondía, de clara inspiración anglosajona, se tradujo en una ubicación -periférica- y en un concepto urbanístico: el campus como núcleo compacto con plenitud de servicios.

Así, si las clases se abrieron en octubre, tres meses más tarde se convocaba -contradiciendo las primeras declaraciones del Ministro de Educación- el concurso de anteproyectos para la nueva ciudad universitaria. Como el Libro Blanco hizo explícito, la expresión arquitectónica buscada había de ser reflejo del nuevo planteamiento conceptual, claramente definido por los técnicos ministeriales en las necesidades establecidas en el concurso. Toda la reforma universitaria aspiraba a lograr un equilibrio entre la formación global, especializada e investigadora del alumno y el contacto directo con la realidad a través de seminarios, laboratorios y trabajos de campo. Dos eran los principios esenciales de la organización académica, y tanto los técnicos que elaboraron el programa como los arquitectos que concurrieron los captaron con precisión: departamentalización y organización cíclica de la enseñanza. Ambos principios se tradujeron prácticamente en todos los proyectos, en una estructura modular y estratificada o escalonada, para cumplir el requisito de separación por ciclos, que confería a los edificios, a un tiempo, adaptabilidad a futuros crecimientos, flexibilidad funcional y permeabilidad interdepartamental en sentido transversal y longitudinal.

La resolución del concurso de anteproyectos atravesó diversas vicisitudes: por un lado, se separó la fase de proyecto de la fase de construcción (adjudicándose esta mediante un concurso diferente -convocado en Orden Ministerial de 13 de noviembre- y realizándose bajo la dirección de un equipo de arquitectos distinto al ganador del concurso de anteproyectos, con importantes modificaciones respecto al premiado), y, por otro, se modificó la ubicación prevista inicialmente.

Durante un tiempo, la prensa recogió, como localización futura para la nueva Universidad, terrenos situados en Aravaca, Pozuelo y Alcalá de Henares. El 31 de marzo aparecía en el BOE. el Decreto-Ley 11/1969, en el que se fijaba como emplazamiento el Corredor de Colmenar Viejo. El Decreto del Ministerio de la Vivienda fijaba, el 10 de abril, la delimitación de los terrenos. Este emplazamiento, en el interfluvio de los ríos Manzanares y Jarama y próximo a la única Actuación Urbanística Urgente que se llevó a efecto, la nueva ciudad de Tres Cantos, situaba a la Universidad (ahora ya denominada Autónoma) en un pasillo asistencial cercano a las instalaciones militares de El Goloso, compartido con la Ciudad Escolar San Fernando, el Sanatorio de Valdelatas, el Hospital Psiquiátrico y la Ciudad de Ancianos.

Si todos los estudios realizados por aquellas fechas en países de nuestro entorno, referidos a las condiciones óptimas de localización de los centros universitarios, apuntaban a la imprescindible necesidad de realizar fuertes inversiones en infraestructura viaria y de servicios, en caso de que esta no existiera, para hacer fructífero un emplazamiento periférico, la elección de los terrenos de la nueva Universidad madrileña solo contaba de partida con la red de comunicaciones facilitada por el trazado ferroviario Madrid-Burgos, con apeaderos lejanos, y la carretera de Colmenar Viejo. Desde el comienzo se hicieron pues inevitables grandes inversiones en la mejora de las comunicaciones con la capital.

A esta dificultad se añadió la naturaleza de la propiedad de los terrenos, enormemente parcelada, lo que, junto a la fórmula elegida para su expropiación, ha provocado un lento y problemático proceso de apropiación por parte de la Universidad.

La concepción inicial de la Universidad Autónoma de Madrid como una ciudad universitaria, dotada de todos los servicios e instalaciones que hicieran de ella una comunidad de necesidades en gran medida autosatisfechas, se transformó finalmente en un conjunto de instalaciones y equipamientos que ni tan siquiera cubrían las exigencias residenciales de una población alejada de la gran urbe y, en un cierto número de casos, de su domicilio familiar. A ello se añade el hecho de que la Facultad de Medicina, que inicia su actividad docente el 13 de octubre de 1969, repartida entre las dependencias de la Casa de Campo y la Clínica Puerta de Hierro, fue finalmente emplazada junto a la Ciudad Sanitaria La Paz, lejos del resto de las instalaciones de Cantoblanco, siendo inaugurada el 9 de noviembre de 1970.

En el curso 1970-71 entraron en funcionamiento la Facultad de Derecho y el Instituto de Ciencias de la Educación. El 31 de diciembre de 1970, el Decreto 3860 aprobó los Estatutos provisionales de la Universidad Autónoma y, a partir de septiembre de ese mismo año, se constituye su Patronato Universitario. Desde el mes de agosto de 1971 la Universidad Autónoma se convierte en el segundo distrito universitario de Madrid y, desde el mes de octubre, se imparten las enseñanzas de Ciencias Empresariales.

El 25 de octubre de 1971 se inaugura el "campus" de Cantoblanco, sede principal de la Universidad Autónoma desde entonces, aun cuando la paulatina adscripción de Centros en el curso 1972-73 (los Colegios Universitarios de Cuenca y Madrid y las Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado de EGB de Cuenca -que pasará a la Universidad de Castilla-La Mancha en 1985-, Santa María, de Madrid, y Nuestra Señora de la Fuencisla, de Segovia) y en el de 1979-80 (Escuelas de Enfermería de los hospitales consorciados), acentuase la desnaturalización del concepto inicial de ciudad universitaria.

El vasto programa de reforma universitaria, esbozado en los textos legales que se han mencionado, no se concretaría de modo acabado hasta la aprobación, en 1983, de la Ley de Reforma Universitaria. Si añadimos este hecho a los problemas que se han ido tratando, nos encontramos ante el signo distintivo que ha marcado la historia de la Universidad Autónoma: la necesidad en que se ha visto su comunidad universitaria de ir construyendo su identidad, una vez abandonada a su suerte, sorteando los escollos de su relativo aislamiento urbano, la provisionalidad de sus instalaciones o lo inconcluso de sus equipamientos, las deficiencias constructivas, fruto del ritmo acelerado con que se ejecutaron las obras, el incremento del número de estudiantes hasta triplicar las previsiones máximas con que fuera creada, la provisionalidad, durante años, de su régimen interior, su no siempre efectiva independencia económica o la artificialidad de una estructuración departamental que, durante años, no respondía al modo en que efectivamente se organizaba la comunidad académica.

No obstante, esa identidad, progresivamente adquirida, sí encontró, en algunos de los conceptos que inspiraron su nacimiento, sólidos puntos de partida: la integración de la investigación y la docencia, la interdisciplinariedad y la conexión entre las enseñanzas teórica y experimental.

El éxito de esos principios inspiradores ha permitido la crecienteexpansión de los objetivos de la Universidad Autónoma, expansión que se ha materializado, a partir de 1985, con la construcción de tres nuevos edificios de Facultades (Psicología, Derecho y la Sección de Biológicas de la Facultad de Ciencias), la instalación en el campus de cinco Institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la construcción de la Biblioteca de Humanidades y la importante ampliación de las instalaciones deportivas y de servicios destinados a satisfacer las necesidades de los laboratorios experimentales. En los últimos años ha continuado esta expansión física con la construcción de la nueva Escuela de Ingeniería Informática, la Escuela de Turismo, en convenio con la Secretaría de Estado para el Turismo, y la nueva Biblioteca de Ciencias.

Facultad de Filosofía y Letras. UAM. Campus de Cantoblanco. 28049 Madrid · Contacto: +34 91 497 4354 ·  informacion.filosofia@uam.es ·           Web:webmaster.filosofia@uam.es