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“Los paisajes agrícolas son más similares entre sí y eso está afectando a los insectos”: Rocío Tarjuelo

01/03/2021
Foto de la investigadora Rocío Tarjuelo.

La investigadora Rocío Tarjuelo. Imagen cedida por la investigadora.

En esta entrevista, la investigadora Rocío Tarjuelo nos acerca a las consecuencias negativas para la biodiversidad que tienen los ambientes agrícolas que tienden a la intesificación, en especial para las plantas y los artrópodos.

 

Por Lara de la Cita

 

El cambio en el uso y aprovechamiento de las zonas agrícolas durante las últimas décadas en Europa, en buena parte ligado a las políticas agrarias, ha tenido consecuencias muy negativas para la biodiversidad.

Rocío Tarjuelo (Madrid, 1985) lleva años observando los efectos de distintas gestiones agrícolas en los ecosistemas y sabe que son clave para comprender el impacto que provocan en las especies que viven en esos ambientes.

Comenzó estudiando estos efectos en aves esteparias, como el sisón común, durante su tesis en el departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente es investigadora en el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), analizando la ecología del movimiento y la selección de hábitat de las aves esteparias en ambientes agrícolas. Sin embargo, no se ha limitado al estudio de este grupo. También ha querido abordar qué les ocurre a otros organismos que tienden a recibir menos protagonismo: las plantas y los artrópodos.

 

En su equipo llevan años estudiando el efecto de distintos tipos de agricultura en ecosistemas. Cuando un cultivo experimenta un cambio hacia una mayor intensificación, ¿qué organismos son los que más sufren las consecuencias?

Todos los grupos sufren las consecuencias. Más bien hablaríamos de especies que tienen requerimientos más estrictos, ya sea de hábitat, de alimento, de refugio, de zonas de nidificación... Estas son las especies que sufren más, pues al final están más limitadas en los recursos que pueden utilizar en su entorno.

No obstante, la investigación se ha centrado mucho más en el grupo de las aves. Por tanto, son más conocidos los efectos perniciosos de la intensificación sobre estos animales, aunque afecte a todos los organismos.

 

En uno de sus últimos trabajos hablan de cómo, tanto los insectos como las llamadas malas hierbas, tienen muy mala reputación en la agricultura. Sin embargo, defienden que estos organismos realizan servicios fundamentales para el ecosistema. ¿Cuáles serían estos servicios?

Hay dos servicios que son fundamentales y que, en realidad, son muy beneficiosos para los propios agricultores. Por un lado, estaría la polinización, que es un tema muy estudiado. Muchas personas conocen la pérdida tan importante que está sucediendo, por ejemplo, en las poblaciones de abejas. Otro caso, por ejemplo, es el de las higueras, que se fertilizan a través de unas avispas. Sin estos organismos polinizadores no habría después fructificación de muchas especies.

Por otro lado, está el control biológico. Hay muchos artrópodos que actúan como depredadores de otros insectos. Contribuyen a mantener la comunidad dentro de un equilibrio, a que no haya especies que se disparen en su abundancia, se conviertan en plaga y puedan causar daños a los cultivos.

Sin embargo, los agricultores tienden a utilizar productos agroquímicos para controlar esas plagas de manera artificial. Esto tienen efectos colaterales muy adversos, ya que no suelen ser productos específicos, sino que actúan de manera indiscriminada sobre muchas especies. Al final, por buscar un declive de unas especies concretas, todas las especies acaban sufriendo unas pérdidas en sus poblaciones muy importantes. Además, muchas especies tienden a generar resistencia a esos productos químicos, con lo cual, es cada vez más difícil controlarlas.

 

Durante el estudio, no encontraron diferencias en la biomasa de artrópodos entre cultivos de cereal, zonas aradas y zonas en barbecho, a pesar de tener composiciones vegetales diferentes. ¿A qué se debe ese fenómeno?

Esto es algo que nos llamó mucho la atención cuando realizamos el estudio, porque esperábamos encontrar diferencias.

El barbecho es un tipo de uso agrícola que tiene como objetivo que la tierra, después de haber sido cultivada, tenga un periodo de descanso, en el que se produce una recuperación de nutrientes. Esperábamos encontrar diferencias ya que el barbecho va a proveer una serie de recursos que el cereal, a pesar de tener vegetación, no les va a poder suministrar. El uso de agroquímicos y el labrado de la tierra hace que se eliminen todas las plantas, de tal manera que al final prácticamente solo queda el cereal, que evidentemente es lo que el agricultor busca.

Sin embargo, aunque observábamos una tendencia a una mayor abundancia de algunos artrópodos en el barbecho, en el análisis vimos que no había unas diferencias claras entre los tres tipos de sustratos. Esto alerta de que quizá se ha producido un cambio que hace que los paisajes agrícolas sean más similares entre sí, y eso está afectando a los insectos. También es muy negativo para sus poblaciones que cada vez haya menos zonas con vegetación natural en estos paisajes.

 

Después de estudiar el impacto de distintos modelos de cultivo sobre los ecosistemas, ¿qué sistema de gestión agrícola permite una biodiversidad más rica?

Al final, lo que permite una mayor biodiversidad es un paisaje donde haya distintos usos del suelo. Esto permite que haya una gran variedad de recursos, tanto de hábitat como de alimento. También es muy importante para especies que tienen requerimientos distintos a lo largo de su ciclo vital.

Una de las medidas más interesantes para la diversidad sería mantener la rotación de cultivos. Esto se ha ido perdiendo con los años, ya que muchos agricultores utilizan fertilizantes, que proporcionan los nutrientes que el cultivo necesita para crecer. La rotación de cultivos permite que el paisaje vaya cambiando con el tiempo, asegurándonos de que siempre exista un mínimo de zonas donde haya vegetación natural o seminatural, indispensable para el mantenimiento de la biodiversidad en las zonas agrícolas.

Recientemente se observa una tendencia que supone una amenaza creciente para las especies de zonas cerealistas: la creciente transformación de estos paisajes hacia cultivos de leñosos, como olivares y viñedos en intensivo y pistachos, mucho más rentables. Esto hace que cambie la estructura del ecosistema, pasamos de zonas abiertas a zonas con abundancia de árboles, perjudicando a las especies que encontrábamos ahí y que tienen otros requerimientos muy distintos.

Son fundamentales, igualmente, los márgenes entre los campos, poco habituales actualmente ya que se intenta aprovechar hasta el último centímetro de la parcela agrícola. Los márgenes entre cultivos constituyen ambientes relativamente estables con cobertura vegetal, esenciales para muchas especies no solo como refugio, sino como zonas para dispersarse. Si no, cuando las poblaciones están restringidas a zonas muy pequeñas o concretas, cualquier evento aleatorio pone en grave peligro su permanencia, sobre todo si son de especies amenazadas.

 

En el caso de España, ¿se observa una gran intensificación de los cultivos o hay otros sistemas agrícolas más comunes?

España es un caso particular y, además, depende de regiones. En algunas la agricultura se ha intensificado bastante, pero los suelos en España no son muy favorables ni especialmente ricos en nutrientes. Esto hace que se limite de manera natural el grado que puede alcanzar la intensificación.

Hay zonas que han sufrido el proceso contrario: en vez de intensificarse se han abandonado, precisamente porque ya no eran rentables. Aunque podría parecer bueno para la diversidad, si los agricultores no pueden asegurar su medio de vida acaban dejando las formas de cultivo tradicional, que son realmente las que mantienen la biodiversidad vinculada a esta forma de hacer agricultura. Es necesario apoyar a estos trabajadores, que generalmente son pequeños y medianos agricultores, ya que son los que tienen peores condiciones para competir en el mercado.

Creo que, en España, somos un país en el que nuestros modelos tradicionales tienen mucho que ofrecer para desarrollar medidas de conservación de la biodiversidad en zonas agrícolas.

 

 

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Lara de la Cita García es graduada en Biología por la Universidad de Salamanca y Máster en Gestión de la Fauna Silvestre por la Universidad de Murcia. En la actualidad trabaja como comunicadora científica en la Unidad de Paleontología y de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid y es estudiante de posgrado del Título de Experto en Comunicación Pública y Divulgación de la Ciencia de la UAM.