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“Si no se tiene una firme vocación, es mejor no dedicarse a la Arqueología”: Julián Ramos

03/12/2018
Julián Ramos durante la visita de un grupo de escolares a los Yacimientos de La Araña (Málaga). Foto: Olga García Julián Ramos durante la visita de un grupo de escolares a los Yacimientos de La Araña (Málaga). Foto: Olga García

Los Yacimientos Arqueológicos de La Araña guardan algunas de las secuencias evolutivas más ricas de la Península Ibérica, que abarca desde ocupaciones pre-neandertales hasta modernas. Pocos conocen estos yacimientos como Julián Ramos. En esta entrevista, realizada por Concepción Torres, el investigador resume algunos de los hitos más importantes de La Araña, habla sobre la Arqueología como herramienta de conocimiento y subraya la importancia de salvaguardar el patrimonio prehistórico. Además, ofrece algunos consejos a los jóvenes que se plantean una vida dentro de la Arqueología.

 

Por Concepción Torres

Mientras doy un paseo por la playa de Cala del Moral puedo ver a un lado los imponentes y amarillentos afloramientos calizos; al otro lado, la inmensidad de un mar en calma, y al fondo del horizonte, el continente africano. Este, hace 30.000 años, estuvo más cerca de lo que se ve hoy. ¿Tan cerca como para que los grupos de neandertales se atreviesen a cruzar? Las playas fósiles colgadas que no captan la atención de los bañistas más madrugadores me dicen que los neandertales estuvieron a este lado, aquí donde me encuentro ahora, caminando hacía los yacimientos de La Araña.

En estos afloramientos calizos de la costa malagueña, y a pocos metros del mar, se encuentra el Centro de Interpretación de los Yacimientos de la Araña, a donde acudo para encontrarme con el arqueólogo Julián Ramos. No hay nadie que conozca las cavidades y sus historias como él. Sus más de 40 años de investigación sobre los primeros grupos humanos que vivieron en los yacimientos paleolíticos del Complejo del Humo, es un privilegio que combina con la lucha constante por salvaguardar el patrimonio arqueológico.

 

¿De dónde nació su interés por la Arqueología y por el estudio de los primeros grupos humanos?

Tengo pasión por la investigación desde muy temprana edad, fruto de una curiosidad insaciable que no se ha mitigado con los años. Tras pasar por la Facultad de Bellas Artes, encontré en la Arqueología un campo inagotable para la investigación, con un mar de misterios por resolver. El impacto fue tremendo, y mi implicación fue instantánea, especialmente en los campos de la Arqueología y la Prehistoria. Ello me llevó a intentar formarme en estas disciplinas y encontrar maestros que complementaran las enseñanzas que recibía en las aulas, y participar en las excavaciones que se estaban desarrollando entonces. Comenzamos a excavar desde primero de carrera.

 

Hoy sabemos que los neandertales habitaron en la costa, en los yacimientos de La Araña. ¿Por qué sabemos que estuvieron en estas cuevas?

Lo sabemos por las evidencias que nos dejaron en los sitios donde vivieron, sobre todo en las cuevas y abrigos que fueron sus hábitats. Estos refugios se han comportado como autenticas cajas fuertes que han ido guardando los restos de su cultura material. Herramientas de piedra, restos de comida y hogares, se han ido acumulando a través de los milenios en potentes estratigrafías en distintos puntos de La Araña. Gracias a esto y a las diversas analíticas podemos ir reconstruyendo las vidas de los neandertales, sus complejas tecnologías, su economía, la utilización de los recursos disponibles o el  paleoambiente en el que se desarrollaron. Las dataciones van poniendo fechas a los acontecimientos.

Hasta ahora no hemos encontrado ningún esqueleto de neandertal en La Araña, pero tampoco son necesarios para conocer bien a los que vivieron aquí. Sus obras les definen y marcan muy bien sus señas de identidad. El día que aparezca habremos encontrado a uno de los autores del gran archivo musteriense que guarda el territorio, pero posiblemente no amplíe mucho el conocimiento que tenemos de ellos, más allá de lo apasionante del descubrimiento, de los estudios antropológicos o de la posibilidad de obtener una fecha directa y quizás vestigios de ADN, si existe la suerte de que aun conserve colágeno. Es la investigación de sus actividades cotidianas, de su etología, de cómo afrontaron la supervivencia y los recursos de que se sirvieron para conseguirlo lo que realmente nos ayudará a conocerlos en profundidad.

 

Intuyo que la Arqueología es para usted un modo de vida. ¿Cuál es la mayor satisfacción que ha obtenido de su trabajo al frente de los yacimientos en La Araña?

A nivel de momentos puntuales ha habido muchas, a lo largo de los más de 40 años que hemos dedicado al estudio de nuestros antepasados en la Bahía de Málaga. Se han producido además en relación con los distintos horizontes culturales, desde el Achelense al Calcolítico. Recordamos aún la emoción al descubrir las primeras herramientas del Paleolítico Inferior, los suelos de los neandertales durante el Paleolítico Medio, o la llegada de los primeros humanos modernos a la zona, inaugurando la etapa del Paleolítico Superior.

Igualmente emocionante fue el descubrir las huellas del Neolítico, con las prácticas de la agricultura y la ganadería, la invención de la cerámica y del pulimento de la piedra, los primeros puntos “urbanos” con los fondos de cabañas que apuntaban al sedentarismo, y la conversión de las cuevas en panteones, con los rituales de enterramiento. No fue menor la emoción de la llegada de la metalurgia, con la aparición de los primeros objetos metálicos del Cobre Antiguo. En fin, muchos momentos gratos que han alimentado el afán investigador durante estas últimas décadas, al tiempo que evidenciaban lo mucho que queda por investigar.

A nivel general, lo más gratificante ha sido el ir comprobando la importancia de estos yacimientos, y que no nos equivocamos en nuestra primera apreciación de que bajo los escombros y basuras que les cubrían seguían existiendo yacimientos importantes, varios de ellos de primer orden. A medida que se les ha ido liberando de los escombros modernos, están mostrando su verdadera cara y su extraordinaria importancia. Sus múltiples estratos aprisionan los mensajes del pasado. Gracias a las excavaciones arqueológicas y a las analíticas nos van entregando poco a poco sus secretos. Son como una ventana que nos permite asomarnos al pasado. Gracias a las investigaciones vamos reconstruyendo los paleoambientes en que vivieron los distintos grupos prehistóricos, entre qué fauna y flora se desenvolvieron, vamos conociendo sus hábitats y cómo los organizaban en su vivir diario, qué especies preferían en sus actividades cinegéticas de supervivencia, cómo fueron evolucionando sus tecnologías, qué ritos practicaron para armonizar su universo… En fin, les vamos conociendo a través de años de investigación.

Después de tantos años apenas hemos arañado la superficie de los mensajes del pasado, aprisionados en las potentes estratigrafías de La Araña. Quedan yacimientos y sedimentos in situ para que sigan investigando muchas futuras generaciones de investigadores durante décadas e incluso siglos, si antes no se destruyen los yacimientos en aras de un progreso mal entendido.  

 

Usted participó en la mítica excavación del Boquete de Zafarraya, ¿recuerda alguna anécdota de aquella excavación?

La excavación de la Cueva del Boquete de Zafarraya fue inolvidable, por las muchas dificultades que hubo que vencer para llevarla a cabo. Entre estas dificultades, hubo también momentos agradables, y muchas anécdotas que recordamos con cariño, quizás porque evocan momentos relajantes en un mar de dificultades.

Son recuerdos de juventud que después de tantos años los recordamos con simpatía. Uno de esos momentos se produjo después de una noche en que nos habíamos pasado en los brindis por los importantes descubrimientos, y al día siguiente estábamos con una resaca considerable que nos llevó a agotar rápidamente la provisión de agua que normalmente llevábamos para la jornada. Yo por entonces acababa de ver un documental sobre cómo los aborígenes del desierto australiano conseguían algunas gotas de agua debajo de las piedras, por el proceso de condensación de la humedad durante la noche. Me pasé la mañana levantando piedras de alrededor del yacimiento, hasta sacar la conclusión de que las piedras de Zafarraya no eran tan hospitalarias como las piedras australianas. Esto me lo recuerda a menudo el bellaco de mi amigo Cecilio Barroso. Después de tantos años, cuando lo recordamos, todavía nos produce risas.

 

Para preservar el lugar en el que vivieron nuestros antepasados, usted ha luchado contra el “boom” urbanístico, los trazados de carreteras, los gigantes industriales… ¿Cree que hoy los yacimientos están salvaguardados?

Aparentemente, sí. Existe la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) por Parte de la Junta de Andalucía, y de Zona No Urbanizable en el Plan General de Urbanismo (PGU) del Ayuntamiento de Málaga, por lo que a nivel legal tiene ya una protección. Algunos de los yacimientos poseen también protecciones de elementos físicos de carácter disuasorio, como puertas metálicas y verjas. Esto ha supuesto un gran avance en cuanto a la protección, pero la verdad es que no las tenemos todas consigo, por varias razones.

La primera es que solo se ha declarado BIC uno de los seis complejos de cuevas que posee La Araña (el Complejo del Humo), quedando los otros cinco desprotegidos, en un territorio de fuerte carga patrimonial y con una actividad febril de canteras e infraestructuras que cada día destruye cuevas, sin verificar que puedan contener restos arqueológicos. Esta situación incluye un grave déficit en cuanto a la preservación del patrimonio, y desde luego no nos deja muy tranquilos.

Pero incluso aquellos yacimientos que están dentro del BIC, con protección de verja y puertas metálicas, han sufrido desperfectos, los últimos el año pasado, pese a la vigilancia de la Asociación Arqueológica Yacimientos de La Araña y de las fuerzas del orden. La experiencia de estos años nos ha demostrado que si queremos preservar los yacimientos estos tienen que tener protecciones legales y físicas, pero también un mantenimiento y una vigilancia continuada y especifica las 24 horas del día que vele por ellos y garantice su integridad. 

 

La divulgación científica es uno de los pilares fundamentales de La Araña. Su Centro de Interpretación recibe al año miles de visitantes. ¿Es la sociedad cada vez más consciente del valor patrimonial?

Generalmente  lo va siendo, y es una tendencia que está en aumento, paulatinamente, pero en aumento. Lo hemos notado especialmente en los últimos años, donde cada vez hay más interés por el patrimonio. Estas solicitudes provienen desde todos los estratos de la sociedad. Se da la coincidencia de que esta curiosidad va aumentando en la medida que aumenta su difusión, lo cual nos lleva a preguntarnos si la falta de interés, tan a menudo cacareada, no es en realidad una falta de información. Cuando va creciendo su difusión, va creciendo el interés, como es lógico. Difícilmente se puede estar interesado por algo que se desconoce.

Generalmente la sociedad responde cuando la difusión se hace de forma seria y amena, huyendo de la a veces farragosa terminología científica. Es una lección que debe aprender toda persona que trate con el patrimonio y quiera difundirlo. Es una cuestión que parece de Perogrullo, pero que tenemos que replantearnos especialmente las personas que estamos inmersas en la investigación y en cualquiera de los campos del patrimonio. Nuestro restringido universo de las investigaciones, o de gestores patrimoniales, nos puede hacer percibir que es algo que “conoce todo el mundo”, cuando en realidad no lo conoce nadie, o en el mejor de los casos solo lo conoce una reducida élite.

Esta percepción distorsionada puede verse aumentada por las nuevas tecnologías y las redes que circulan por Internet, que pueden tener seguidores en todo el planeta. Puedes tener 30 seguidores en los cinco continentes y sigues siendo un desconocido entre los 6.000 millones que pueblan la Tierra. El numero cuenta mucho. A nosotros  nos van conociendo un poquito, bien de forma directa a través de los miles de visitantes que vienen a ver el Centro de Interpretación y el Parque Prehistórico, bien a través de las redes, con algo más de medio millón de visitas anuales, procedentes de los cinco continentes.

Cuesta mucho dar a conocer el patrimonio arqueológico, aunque si se hace bien da muchas satisfacciones. Compartir con el gran público los avances en las investigaciones y hacerles participes del patrimonio común es una labor gratificante que a menudo no es practicada por la reducida élite de los científicos. Creemos que es un error. Se puede divulgar en “román paladino” y ser exquisitamente riguroso.

 

Junto a otros muchos, ha sido partícipe del devenir histórico de la Arqueología. A través de su experiencia y su pasión por esta disciplina, ¿qué consejo le daría a los jóvenes que hoy quieren ser arqueólogos?

La experiencia me dice que en realidad no debería de dar ningún consejo. Cada quien tiene que tener sus propias experiencias y decisiones que le irán marcando el camino. La experiencia le sirve a quien la ha adquirido a través de sus vivencias, y raramente le sirve a terceros, que por otra parte casi siempre hacen lo contrario de lo que se les aconseja.

La Arqueología es un campo muy atractivo y que te da muchas satisfacciones, pero también puede llegar a ser muy duro y lleno de dificultades cuando se elige como modo de vida. Lo que sí me ha quedado claro a través de los años que le he dedicado es que sí merece la pena, siempre que no le pidas más de lo que puede darte o cosas ajenas a la propia disciplina. Si la tomas como lo que realmente es, una difícil puerta al conocimiento del pasado a través de las excavaciones y las investigaciones derivadas de las mismas, entonces se convierte en una apasionante ciencia que te engancha poderosamente y que siempre te deparará nuevas e inesperadas sorpresas. Su práctica te ayudará a ser una persona sistemática y meticulosa en los datos, a desarrollar las capacidades de deducción e interpretación y a demandar a los fríos datos nuevos aportes al conocimiento del pasado; esto si se practica de forma honesta, sin ninguna otra servidumbre que no sea la propia arqueología.

La situación actual de la arqueología ha cambiado bastante con respecto a cuando yo comencé, y ha dado grandes avances en el plano científico de su desarrollo, tanto en la actividad de campo como en la de laboratorio y sus diversas analíticas que cada vez nos proporcionan datos más precisos. También ha sufrido un mayor control por parte de las administraciones, quizás por las demandas de arqueólogos de mi época, que nos quejábamos de la laxitud con que se habían controlado muchas actividades arqueológicas, de las que a veces no habían dejado ni una mínima memoria, ni publicaciones, o tan deficientes que no mostraban a menudo ni un simple bosquejo estratigráfico. En esto la arqueología ha tenido un progreso indiscutible.

Quizás el lado oscuro de este control, que era necesario, se muestra en la excesiva burocratización que sufren actualmente las investigaciones, y los propios investigadores. Esta situación no es imputable a la arqueología, sino a la propia deriva social, que ha poblado los despachos de burócratas, que con frecuencia no les interesa ni la arqueología ni las investigaciones. En este sentido puede llegar a convertirse en un inconveniente en vez de una garantía.

Me comentaba un amigo catedrático hace un tiempo que “ahora seguimos investigando pese a las administraciones”, lo cual me hizo reflexionar sobre la farragosa senda por la que está derivando la práctica de la arqueología. Esto puede complicar mucho la vida del arqueólogo, al igual que encontrar un trabajo que le permita poder practicar su especialidad y aplicar sus conocimientos. No es fácil la vida del arqueólogo, que dedicara gran parte de sus energías y de su tiempo solventando problemas extra-arqueológicos para poder seguir practicando su disciplina.

Con este panorama se comprenderá fácilmente que si no se tiene una firme vocación, es mejor no dedicarse a la arqueología. Sin esta vocación terminarán tirando la toalla, más tarde o más temprano, ante los muchos problemas que tendrán que vencer y las pocas satisfacciones materiales que tendrán, especialmente económicas. Los arqueólogos casi siempre son pobres. Las satisfacciones que encontrarán son de otra índole, derivadas de las investigaciones y de los descubrimientos que puedan aportar al conocimiento común.

Con estos condicionantes, lo primero que necesitará el arqueólogo en su fase formativa serán buenos maestros. Si no los encuentra en las aulas, el interesado deberá buscarlos donde se encuentren, y tomar de ellos lo más positivo. De alguna forma van a marcar su trayectoria como investigador o investigadora, junto con su propio proceso formativo.

Yo en eso he tenido suerte. He tenido maestros de primer orden, aunque a veces tuvieran opiniones contrarias. Recuerdo con cariño a dos de ellos, con criterios metodológicos contrapuestos que sintetizaban en sendas frases categóricas. El uno me decía que “a veces el árbol te impide ver el bosque”, mientras que el otro comentaba que “a menudo el bosque te impide ver el árbol”. La conclusión que saqué fue que no debía de perder nunca de vista el bosque, pero conociendo cada uno de sus árboles, lo cual me complicaba el trabajo y exigía mucho más esfuerzo, pero era lo mejor. Es una simple pincelada de cómo los buenos maestros te aportan, además de sus amplios conocimientos sobre la disciplina, puntos de vista que te ayudarán a tener los tuyos propios. Siempre es así.

A pesar de que cada uno de nosotros nos creemos especiales, en realidad estamos hechos de recortes, de lo que hemos ido tomando de los demás y adaptándolo a nuestra forma de ser y pensar. Pero si bien los buenos maestros son importantes durante la carrera, el estudio y la formación continuada serán compañeros inseparables durante el resto de la vida del arqueólogo. Continuamente están apareciendo cosas nuevas que dan lugar a nuevos planteamientos y teorías. A veces, cuando me preguntan por mi profesión, suelo contestar que soy un estudiante de arqueología, y no estoy muy descaminado.

Como normas saludables en el desarrollo de la disciplina, una vez que te has visto atrapado por ella, podríamos destacar:

  • Una minuciosidad extrema, tanto en las tareas de campo como en las de laboratorio, y una exquisita organización de los datos. Las nuevas tecnologías nos permiten tener duplicados o copias de seguridad. Si se pierden los datos, se pierde la investigación.
  • Honestidad en la praxis en las tareas de campo, no ocultando nunca datos que puedan poner en cuestión aspectos de la investigación. Solo así tendrán siempre firmeza y seguridad en sus investigaciones.
  • No tener ideas preconcebidas, y formarlas solo en base a los datos obtenidos. Esto significa que nunca intenten adaptar el yacimiento a las ideas, sino que estas deben formarse de los datos que se obtengan de las excavaciones.
  • Tener mucha prudencia en las apreciaciones, y no aventurar conclusiones que no tengan un alto grado de seguridad, y de no existir, especificarlo.
  • Huir de los sensacionalismos. A veces el deseo del “gran descubrimiento” puede frustrar o deslucir lo que hubiera sido una buena investigación.
  • Tener criterio propio, fruto de haber practicado una investigación honesta y precisa. No dejarse influir por las “modas” que de vez en cuando recorren los caminos del mundo de la ciencia.
  • Por último, tener una perseverancia infinita, sin cuya virtud sería imposible ser arqueólogo.

 

Olga, la otra mitad de Julián en los Yacimientos de La Araña, nos recuerda que es hora de terminar la entrevista. Aún tienen por recibir un buen número de estudiantes venidos de los institutos de Málaga. El éxito de su labor científica y divulgadora no les exime de las obligaciones.

 

 

 

Concepción Torres es Lda. en Historia. Actualmente realiza estudios de doctorado sobre aprendizaje, destreza, y socialización en los grupos cazadores-recolectores como investigadora en formación FPI dentro al Proyecto de Excelencia: ¿Cómo, quién y dónde?: variabilidad de comportamientos en la captación y transformación de los recursos líticos dentro de grupos neandertales-2”. Es autora principal de los espacios de divulgación científica Paleoaprende y LAEX-UAM.