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Antonio Cascón Dorado.. Decano
La
historia de la Facultad de Filosofía y Letras
está ligada, desde su inicio, a la de la Universidad
Autónoma de Madrid (UAM), ya que fue una de
las primeras facultades que se crearon, junto a las
de Ciencias, Ciencias Políticas, Económicas
y Comerciales (Sección de Económicas),
Derecho y Medicina (véanse imágenes
de la UAM a lo largo del texto).
La UAM, como a sus coetáneas,
la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad
de Bilbao -hoy transformada en Universidad del País
Vasco-, nace con la aprobación, en Consejo
de Ministros, del Decreto-Ley 5/1968 sobre medidas
urgentes de reestructuración universitaria,
en el marco de un más amplio plan de reforma
promovido por el titular de la cartera de Educación
y Ciencia, José Luis Villar Palasí.
El Decreto-Ley, y las reformas en él propuestas,
recogían algunos de los criterios fundamentales
de un ambicioso proyecto de reforma educativa, cuyos
principios básicos se formularon, en 1969,
en el Libro Blanco de la Educación, y cristalizarían
parcialmente en la Ley General de Educación
de 1971.
La que sería Universidad Autónoma
de Madrid nació asociada a la Universidad Complutense,
como banco de pruebas para la futura Ley General, aprovechando
locales preexistentes en los que se introdujeron las
reformas, estrictamente necesarias, para adaptarlos
a sus nuevos fines.
Recogiendo el espíritu inspirador
del Libro Blanco, los primeros Estatutos de la UAM declaraban
que la docencia e investigación se organizarían
en los Departamentos e Institutos, ordenándose,
a meros efectos administrativos y de coordinación,
en Facultades, Escuelas y Colegios Universitarios.
Tal como preveía el Decreto-Ley
5/1968, la enseñanza comprendería tres
ciclos, el estudiante obtendría una titulación
al final de cada uno de ellos, y la docencia de especialización
del tercer ciclo podría compartirse con instituciones
dependientes del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas.
Autonomía y participación
constituían los otros dos rasgos distintivos
de las nuevas Universidades. Una autonomía que
permitiese la flexibilidad y la continua adaptación,
a tenor de la experiencia en la resolución de
los problemas planteados, y que se traducía,
entre otros aspectos, en la contratación directa
de su profesorado, y una mayor participación
que pusiera fin a la grave crisis que se vivía
en el seno de las comunidades universitarias de aquel
momento.
Finalmente, el Decreto-Ley preveía
la división de funciones académicas y
de gestión, dejando en manos de profesionales
las segundas, y en manos de las autoridades académicas
tanto las primeras, como la supervisión de la
actividad de los gestores económicos.
El programa de reformas del equipo
ministerial pretendía, brevemente, dar solución
al principal problema detectado: la desconexión
entre la educación y las nuevas y crecientes
demandas de los grupos sociales que intentaban dinamizar
económicamente el país. Dicha solución
pasaría, necesariamente, por la adaptación
de los planes de estudios a la realidad del momento,
dotando a las nuevas enseñanzas de contenido
práctico.
Por Orden Ministerial de 27 de julio
de 1968, se crea el primer Órgano de Gobierno
para la nueva Universidad de Madrid, todavía
carente de nombre propio: una Comisión Promotora,
presidida por Luis Sánchez Agesta.

El 24 de octubre de ese mismo año,
las clases comienzan en las tres primeras Facultades
con un número de alumnos que osciló en
torno a los 1500, según datos estimativos apa-recidos
en diversos medios de comunicación. La antigua
sede de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en la calle
de Alfonso XIII, fue habi-litada provisionalmente para
impartir el primer curso de Ciencias Eco-nómicas
y Filosofía y Letras, en tanto que la docencia
de la Facultad de Ciencias se inició en el Pabellón
del Instituto Nacional de Industria, en la Casa de Campo.
La historia de la Universidad Autónoma
de Madrid no agota, sin embargo, sus claves interpretativas
en ese programa de reforma. El nuevo modelo universitario
al que respondía, de clara inspiración
anglosajona, se tradujo en una ubicación -periférica-
y en un concepto urbanístico: el campus como
núcleo compacto con plenitud de servicios.
Así, si las clases se abrieron
en octubre, tres meses más tarde se convocaba
-contradiciendo las primeras declaraciones del Ministro
de Educación- el concurso de anteproyectos para
la nueva ciudad universitaria. Como el Libro Blanco
hizo explícito, la expresión arquitectónica
buscada había de ser reflejo del nuevo planteamiento
conceptual, claramente definido por los técnicos
ministeriales en las necesidades establecidas en el
concurso. Toda la reforma universitaria aspiraba a lograr
un equilibrio entre la formación global, especializada
e investigadora del alumno, y el contacto directo con
la realidad a través de seminarios, laboratorios
y trabajos de campo. Dos eran los principios esenciales
de la organización académica, y tanto
los técnicos que elaboraron el programa, como
los arquitectos que concurrieron, los captaron con precisión:
departamen-talización y organización cíclica
de la enseñanza. Ambos principios se tradujeron,
prácticamente en todos los proyectos, en una
estructura modular y estratificada o escalonada, para
cumplir el requisito de separación por ciclos,
que confería a los edificios, a un tiempo, adaptabilidad
a futuros crecimientos, flexibilidad funcional y permeabilidad
interdepartamental en sentido transversal y longitudinal.
La resolución del concurso de
anteproyectos atravesó diversas vicisitudes:
por un lado, se separó la fase de proyecto de
la fase de construcción (adjudicándose
ésta mediante un concurso diferente -convocado
en Orden Ministerial de 13 de noviembre- y realizándose
bajo la dirección de un equipo de arquitectos
distinto al ganador del concurso de anteproyectos, con
importantes modificaciones respecto al premiado), y,
por otro, se modificó la ubicación prevista
inicialmente.
Durante un tiempo, la prensa recogió,
como localización futura para la nueva Universidad,
terrenos situados en Aravaca, Pozuelo y Alcalá
de Henares. El 31 de marzo aparecía en el B.O.E.
el Decreto-Ley 11/1969 en el que se fijaba como emplazamiento
el Corredor de Colmenar Viejo. El Decreto del Ministerio
de la Vivienda fijaba, el 10 de abril, la delimitación
de los terrenos. Este emplazamiento, en el interfluvio
de los ríos Manzanares y Jarama, y próximo
a la única Actuación Urbanística
Urgente que se llevó a efecto, la nueva ciudad
de Tres Cantos, situaba a la Universidad (ahora ya denominada
Autónoma) en un pasillo asistencial cercano a
las instalaciones militares de El Goloso, compartido
con la Ciudad Escolar San Fernando, el Sanatorio de
Valdelatas, el Hospital Psiquiátrico y la Ciudad
de Ancianos.
Si todos los estudios realizados por
aquellas fechas en países de nuestro entorno,
referidos a las condiciones óptimas de localización
de los centros universitarios, apuntaban a la imprescindible
necesidad de realizar fuertes inversiones en infraestructura
viaria y de servicios, en caso de que ésta no
existiera, para hacer fructífero un emplazamiento
periférico, la elección de los terrenos
de la nueva Universidad madrileña sólo
contaba de partida con la red de comunicaciones facilitada
por el trazado ferroviario Madrid-Burgos, con apeaderos
lejanos, y la carretera de Colmenar Viejo. Desde el
comienzo se hicieron pues inevitables grandes inversiones
en la mejora de las comunicaciones con la capital.
A esta dificultad se añadió
la naturaleza de la propiedad de los terrenos, enormemente
parcelada, lo que, junto a la fórmula elegida
para su expropiación, ha provocado un lento y
problemático proceso de apropiación por
parte de la Universidad.

La concepción inicial de la
Universidad Autónoma de Madrid como una ciudad
universitaria, dotada de todos los servicios e instalaciones
que hicieran de ella una comunidad de necesidades en
gran medida autosatisfechas, se transformó finalmente
en un conjunto de instalaciones y equi-pamientos que
ni tan siquiera cubrían las exigencias residen-ciales
de una población alejada de la gran urbe y, en
un cierto número de casos, de su domicilio familiar.
A ello se añade el hecho de que la Facultad de
Medicina, que inicia su actividad docente el 13 de octubre
de 1969, repartida entre las dependencias de la Casa
de Campo y la Clínica Puerta de Hierro, fue finalmente
emplazada junto a la Ciudad Sanitaria La Paz, lejos
del resto de las instalaciones de Cantoblanco, siendo
inaugurada el 9 de noviembre de 1970.
En el curso 1970-71 entraron en funcionamiento
la Facultad de Derecho y el Instituto de Ciencias de
la Educación. El 31 de diciembre de 1970, el
Decreto 3860 aprobó los Estatutos provisionales
de la Universidad Autónoma y, a partir de septiembre
de ese mismo año, se constituye su Patronato
Universitario. Desde el mes de agosto de 1971, la Universidad
Autónoma se convierte en el segundo distrito
universitario de Madrid y, desde el mes de octubre,
se imparten las enseñanzas de Ciencias Empresariales.

El 25 de octubre de 1971 se inaugura
el "campus" de Cantoblanco, sede principal
de la Universidad Autónoma desde entonces, aun
cuando la paulatina ads-cripción de Centros en
el curso 1972-73 (los Colegios Universitarios de Cuenca
y Madrid y las Escuelas Universitarias de Formación
del Profesorado de E.G.B. de Cuenca -que pasará
a la Universidad de Castilla-La Mancha en 1985-, Santa
María, de Madrid, y Nuestra Señora de
la Fuen-cisla, de Segovia) y en el de 1979-80 (Escuelas
de Enfermería de los hospitales consorciados),
acentuase la desnaturalización del concepto inicial
de ciudad universitaria.
El vasto programa de reforma universitaria,
esbozado en los textos legales que se han mencionado,
no se concretaría de modo acabado hasta la aprobación,
en 1983, de la Ley de Reforma Universitaria. Si añadimos
este hecho a los problemas que se han ido tratando,
nos encontramos ante el signo distintivo que ha marcado
la historia de la Universidad Autónoma: la necesidad
en que se ha visto su comunidad universitaria de ir
construyendo su identidad, una vez abandonada a su suerte,
sorteando los escollos de su relativo aislamiento urbano,
la provi-sionalidad de sus instalaciones o lo inconcluso
de sus equipamientos, las deficiencias constructivas
fruto del ritmo acelerado con que se ejecutaron las
obras, el incremento del número de estudiantes
hasta triplicar las previsiones máximas con que
fuera creada, la provisionalidad, durante años,
de su régimen interior, su no siempre efectiva
independencia económica, o la artificialidad
de una estructuración departamental que, durante
años, no respondía al modo en que efectivamente
se organizaba la comunidad académica.
No obstante, esa identidad, progresivamente
adquirida, sí encontró, en algunos de
los conceptos que inspiraron su nacimiento, sólidos
puntos de partida: la integración de la investigación
y la docencia, la interdisciplinariedad y la conexión
entre las enseñanzas teórica y experimental.
El éxito de esos principios
inspiradores ha permitido la creciente expansión
de los objetivos de la Universidad Autónoma,
ex-pansión que se ha materia-lizado, a partir
de 1985, con la construcción de tres nue-vos
edificios de Facultades (Psicología, Derecho
y la Sección de Biológicas de la Facultad
de Ciencias), la instalación en el campus de
cinco Institutos del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, la construcción de la Biblioteca
de Humanidades y la importante ampliación de
las instalaciones deportivas y de servicios destinados
a satisfacer las necesidades de los laboratorios experimen-tales.
En los últimos años ha continuado ésta
expansión física con la construcción
de la nueva Escuela de Ingeniería Informática,
la Escuela de Turismo, en convenio con la Secretaría
de Estado para el Turismo, y la nueva Biblioteca de
Ciencias.
(Orden de los idiomas del saludo -se imparte
de todos ellos docencia en la Facultad-: español,
latín, griego antiguo, griego moderno, francés,
portugués, inglés, italiano, alemán,
turco, finés, árabe, chino, japonés)
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