Bajorrelieve de la puerta de Ishtar Asiriología
 
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Viajes e investigaciones españolas en Oriente Próximo1


Joaquín María Córdoba


Resumen
Durante el siglo XIX y como consecuencia de la proyección europea en Oriente, las potencias de la época apoyaron las investigaciones que llevarían al redescubrimiento de las capitales asirias y a la verdadera historia del Oriente antiguo. Ajena al área por razones evidentes, España tenía sin embargo buenos motivos para haber participado en aquellos descubrimientos: una tradición viajera importante, antiguos vínculos culturales e intereses económicos. Pero nuestro país hubo de contentarse con la empresa africana. Con todo, ciertos espíritus curiosos y especialmente dotados llenarían con su esfuerzo páginas y hechos de la mayor altura. Ellos representan las raíces primeras del desarrollo que los estudios sobre Oriente Próximo han tenido en las dos últimas décadas.


A finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta del pasado siglo, mientras una aletargada España se veía abstraída en los vericuetos del matrimonio de Isabel II, la vesania de una nueva Guerra Carlista y los frecuentes escándalos financieros, en el extremo lejano del imperio turco un grupo de espíritus curiosos, arrojados y tenaces, en su mayoría franceses e ingleses, descubría en el silencio de gigantescas colinas las remotas capitales asirias y los orígenes de la historia. En los doce años comprendidos entre 1843 y 1855 se vivió entre Bagdad y París, entre Mosul y Londres, el periodo más seductor y trepidante del proceso de recuperación del pasado oriental antiguo, de un mundo hasta entonces velado por el mito y la leyenda (M. T. Larsen, 1996, XI). Fue la de entonces una época sorprendente, propiciada por un restaurado interés occidental en el área y por el nacimiento del orientalismo islámico, entendido como estudio y ciencia del Oriente entonces contemporáneo. Pero aquella inicial aventura resultó para España distante y extraña.


1.- Lejos del amanecer de una ciencia

Durante la segunda mitad del siglo XVIII y quizás antes también, el "voyage en Orient" había constituido un camino de afirmación y de hallazgos, una suerte de viaje hacia uno mismo, como lo fuera para el temprano Constantin François de Chasseboeuf, conde de Volney, que anduvo por Oriente en larga peregrinación entre los años 1782 y 1785. Sus clásicos Voyage en Syrie et en Égypte (1787), o Les ruines de Palmyre (1791) serían lectura de cabecera para el Bonaparte de la aventura egipcia de 1798, expedición militar y científica que tuvo la virtud de avivar el interés europeo no sólo por el antiguo Egipto, sino también por el aún más misterioso y alejado Oriente. Y así, entrado ya el siglo XIX, superada la incertidumbre posterior al hundimiento del imperio y reequilibradas las potencias, Inglaterra y Francia volverían a mirar con atención y avidez el Oriente árabe administrado por los turcos. Al par que se despertaba el interés geográfico y cultural, también lo hacían las apetencias coloniales, las pretensiones protectoras y el espíritu de intervención, ambiciones todas que hallarían satisfacción definitiva en nuestro siglo con el acuerdo Sykes-Picot, la Declaración Balfour y los mandatos otorgados por la Sociedad de Naciones en 1920, verdadero reparto franco-británico del mundo árabe. Pero mucho antes, desde comienzos del siglo XIX, el orientalismo contemporáneo como ciencia había comenzado a enfocar la lengua, la literatura y las costumbres de los árabes estudiando su decadencia de entonces en contraste con la brillantez pasada. A través de las páginas de unos nuevos libros de viaje, una literatura exótica y un arte refinado, se evocaba un mundo al que se deseaba comprender -como querría Edward William Lane en su Manners and Customs of the Modern Egyptians (1836)-, pero que también se deseaba soñar -siguiendo las páginas de Las mil y una noches, cuando las mojigatas versiones de Antoine Galland (1704-1717) y el mismo Edward W. Lane, se vieran superadas por la carnal y bellísima de Richard F. Burton (1885)-, por lo que a la postre se terminaría viendo y creyendo en un mundo mítico lleno de sensualidad -tal y como haría Gustave Flaubert con su Voyage en Orient, semilla indudable para Salambó (1862)-, reforzado por la imaginación derrochada en la pintura orientalista de Théodore Frère, Charles Robertson o Jean-Léon Gérôme (L. Thornton, 1985). Unos y otros irían creando el estereotipo de un Oriente sensual y ensoñador, rico y miserable a la vez. Irreal desde luego, esta visión carecía sin embargo de la malicia de un cierto orientalismo islámico politizado, tan justamente cuestionado por el nacionalismo árabe y la crítica histórica (E. W. Said, 1990), utilizado como fundamento y excusa del intervencionismo de las grandes potencias, que prolonga aún hoy sus perversos efectos. Pero el redescubrimiento del remoto y desconocido pasado del antiguo Oriente desembocaría en resultados distintos porque, lejos de animar el sentimiento de superioridad europea, llevaría a desvelar los orígenes ciertos de nuestra propia cultura.

En 1843, Paul Emile Botta, cónsul francés en Mosul, descubría en el lugar de Jorsabad las ruinas de la ciudad de Sargon, la antigua Dur Sarrukin. Tan solo cuatro años después, el 1 de mayo de 1847, el museo del Louvre abría al público la primera colección asiria (M. T. Larsen, 1996, 32) y, poco más tarde, aparecerían los cinco volúmenes de Monument de Ninive (1849-1850). Los hallazgos franceses se verían continuados a poco por los británicos, que con Austen Henry Layard alcanzarían en 1845 la fortuna de encontrar en Nimrud la ciudad asiria de Kalhu, y en las proximidades de Mosul las de Nínive (1849), con la biblioteca de Assurbanipal y el palacio de Senaquerib. En las páginas de Nineveh and its Remains (1849) o en las de The Monuments of Nineveh (1849-1853) se harían públicos monumentos y paisajes y, en febrero de 1852, los primeros y colosales toros alados asirios llegarían al Museo Británico. Por esas fechas, el francés Victor Place triplicaba la superficie conocida de los palacios de Sargón en Jorsabad. Luego, pese al desgraciado fin de la expedición, su obra Ninive et l'Assyrie (1867-1870) se convertiría en el mejor monumento del esfuerzo intelectual y humano de aquella época. Pero cuando esculturas, relieves e inscripciones comenzaban a ser estudiadas y conocidas, la expedición franco-británica de 1854 a Crimea y la guerra posterior cortarían de raíz aquel periodo fantástico. Al margen de un informe escrito, un ministro francés anotaría de su puño y letra: "¡No!, las excavaciones han terminado, se ha gastado demasiado" (A. Parrot, 1946, 84). Evidentemente, las prioridades eran entonces otras. A. H. Layard sería horrorizado testigo de la barbarie de la guerra y de la incompetencia de los mandos británicos (M. T. Larsen, 1996, 342). Enfrente, un noble y oficial de artillería ruso, llamado León Tolstói, dejaría a su vez memoria del horror en las páginas de uno de sus primeros libros: Sebastopol. Sin embargo, lejos de allí, filólogos de varios países culminarían la labor de aquellos años cuando en 1857, H. C. Rawlinson, H. Fox-Talbot, J. Oppert y E. Hincks coincidieran en la primera lectura de un documento asirio. Había nacido la ciencia de la Asiriología. A partir de entonces, el horizonte de la historia se ampliaba a mundos y épocas insospechadas, rompiendo los moldes y los límites de los textos bíblicos.

Ajeno a todo aquello, lejos en el espacio y en las preocupaciones, nuestro país permanecía al margen de la floración de una ciencia nueva. Como otras naciones europeas "que o bien no habían alcanzado su unidad, o estaban interiormente demasiado debilitadas como para soñar en resucitar a los asirios" (A. Parrot, 1946, 60), España se mantuvo fuera de aquellos escenarios científicos y geográficos. Sin embargo, de sus raíces culturales y de sus fuertes tradiciones viajeras cabría haber esperado una conducta distinta. Porque a lo largo de los siglos españoles habían sido algunos de los más interesantes viajeros a Oriente. Y porque españoles también fueron no pocos de los mejores libros de viaje, decisivos en el redescubrimiento de aquellos mundos perdidos.


2.- Libros de viaje y viajeros españoles a Oriente

Desde los lejanos tiempos de la antigüedad tardía y el Medievo, una larga legión de peregrinos, comerciantes, diplomáticos, soldados de fortuna o simples curiosos europeos, emprendió el viaje a Oriente por motivos tan distintos como personas fueron. Recuerdo de sus esfuerzos quedaría en numerosos libros, grabados, dibujos y acuarelas que, andando el tiempo y resumidos, han venido a constituir prólogo obligado de cualquier estudio sobre la historia de la investigación en el Oriente Próximo antiguo (A. Parrot, 1946: S. Lloyd, 1980). Pero entre los nombres citados habitualmente apenas si consta el de algún español, salvo Benjamín de Tudela, casualmente el primero de los que dejaron recuerdo escrito de su aventura. Y es lo cierto que a despecho del olvido y al igual que sus contemporáneos europeos, entre los pasados siglos XII y XIX y aún antes, una larga serie de peregrinos y aventureros españoles cruzó las rutas de Oriente. En sus libros y en las sendas que abrieron encuentra la investigación moderna española las huellas de sus olvidados pioneros.

El primer relato español de insoslayable referencia lo firmó Egeria, una dama romana dedicada a Dios, pariente o cercana al emperador Teodosio, que entre el 381 y el 384 residiría en Oriente, visitando devotamente los Santos Lugares de Palestina y los cenobios de Egipto y el Sinaí. Y en Siria, los santuarios de Antioquía, Edesa y Harrán entre otros sitios. Inteligente, valiente y curiosa, cruzó impresionada el tumultuoso curso del Eufrates y recorrió todos los caminos, acompañada de un séquito propio y una escolta de soldados imperiales. Su ameno relato, escrito para sus hermanas en la fe que habían quedado en la española Gallaecia, saldría a la luz en 1884 (A. Arce, 1978: C. P. Gil, 1994: T. H. Martín Lunas, 1994). Al igual que Egeria, muchos otros peregrinos viajaron a los lugares cristianos de Oriente durante la época romana tardía, pero con la división del imperio primero y la islamización después, tras el 636 los contactos serían cada vez más raros. Si poca memoria quedaba ya, a partir de entonces las ruinas se perdieron en la calima, los topónimos se olvidaron, y de los antiguos imperios de babilonios y asirios quedarían sólo y para algunos, los feroces anatemas de los profetas judíos.

Pero la verdadera literatura de viajes a Oriente, la que empezó a redescubrir la memoria y los restos casi invisibles de los grandes imperios había de nacer en los siglos del Medievo. Y algunos de los más curiosos relatos vendrían firmados por gentes salidas de España, como Benjamín de Tudela, Ibn Yubayr, Ruy González de Clavijo o Pero Tafur. Del primero aparecería impreso en 1543 y en Constantinopla, un libro llamado Séfer-Masa'ot. Su texto hebreo -vertido más tarde al latín por Benito Arias Montano- relataba el viaje que entre los años sesenta y setenta del siglo XII efectuara a Oriente un rabino español, llevado del deseo de conocer las distintas comunidades judías dispersas. En el curso de su peregrinar, Benjamín de Tudela conocería los templos de Baalbek y Palmyra, y las ruinas de Nínive, Babilonia y Borsippa, lugares todos de los que tomaría curiosas observaciones (I. González Llubera, 1918: J. R. Magdalena Nom de Déu, 1989). Y lo mismo se encuentra sin duda en la obra de Ibn Yubayr, creador de la Rihla, feliz género de la literatura árabe. Nacido en Játiva, nuestro viajero salió de España en 1183 con dirección a La Meca, en peregrinación que le llevaría dos años, recorriendo Egipto, el Mar Rojo, Arabia, Iraq, Siria y la Palestina de los cruzados. A su vuelta narraría con detalle su experiencia en un libro que le haría famoso, y que inspiraría el hacer y la obra del tangerino Ibn Battuta. Las amenas páginas del de Játiva rebosan de cuidadosos informes geográficos, climatológicos y etnológicos, e integran comentarios atinados sobre monumentos y ruinas espléndidas, como las pirámides, la esfinge o Nínive (F. Maíllo Salgado, 1988).


Birs Nimrud Birs Nimrud,
evocada por B. de Tudela
como la torre de Babel
(según Newman, 1876)


Mucho después, cuando la Península Ibérica se había constituido ya en un mundo distinto del que vivieran los primeros viajeros, el 23 de mayo de 1403 salían de Cádiz los embajadores que Enrique III de Castilla enviaba a Tamerlán, a la mítica y lejana Samarcanda. Uno de los caballeros, Ruy González de Clavijo, nos legaría un apasionante manuscrito editado siglo y medio después (R. Alba, 1984). Evocaría su autor la maravilla de los monumentos de Constantinopla, la belleza de Trebisonda, el frío, las nieves y las lluvias que hicieron terrible el paso de las montañas de Anatolia e Irán: los paisajes de Sultaniya y Teherán, las inmensas estepas y al fin, los edificios labrados con azulejos dorados y azules de Samarcanda, las fiestas y el imponente espectáculo del mayor ejército que vieron los siglos. Y si sorprendente resulta hoy su lectura, todavía más ha de hacerlo la de las "Andanças e viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo avidos" (M. Jiménez de la Espada, 1874: 1995), aventuras que fueron de un caballero castellano al servicio del rey don Juan II, que entre 1435 y 1439 realizó un largo viaje por Italia, Palestina, Egipto, Chipre, Constantinopla, Trebisonda, Venecia, Basilea, Colonia, Praga, Viena, Budapest y otras ciudades. Noble y familiar del rey, recomendado por éste a los monarcas amigos, Don Pero viajó más que por peregrinar a Jerusalén, por conocer mundos lejanos y distintos. Su carácter alegre y optimista se trasluce en sus observaciones, en su lenguaje, en lo distraído que sabe hacer un relato que prende al lector. El mar y el desierto, Egipto y sus pirámides -"de altura mucho más que la torre mayor de Sevilla" (1874, 86)-, Jerusalén, los abusos monetarios de los que explotaban la buena fe de los peregrinos y, desde luego también, el enjundioso viaje por Europa. Con certeza, Don Pero Tafur firmó uno de los mejores libros de viaje de la literatura medieval.

Los tratados sobre el tema recuerdan con gusto que, durante el siglo XVII, viajeros como Pietro della Valle (1586-1652) o Jean Baptiste Tavernier (1605-1689) entre otros, transmitieron a Europa observaciones precisas y útiles para los interesados en las antiguas culturas olvidadas (A. Parrot, 1946, 15-16). Pero suelen olvidarse de la obra y los nombres de viajeros ibéricos como Pedro Teixeira, Don García de Silva y Figueroa o Pedro Cubero Sebastián. El primero, portugués del reino entonces unido a la corona de España, emprendió viaje en 1603 a Goa, tornando luego por Ormuz, Basora, Bagdad y Alepo hasta llegar en 1605 a Venecia. La relación española de su viaje, publicada en Amberes en 1610, además de incluir una curiosa historia de Persia está llena de interesantes observaciones sobre la geografía, la etnografía, la historia y las ciudades y sus gentes (E. Barajas Salas, 1994). Del tercero arriba citado, Pedro Cubero Sebastián, se editaría en 1680 y en Madrid, su Peregrinación del mundo, un grueso volumen en el que se daba cuenta de un larguísimo viaje que le llevó desde España a Italia, Alemania, Hungría, Constantinopla, Transilvania, Polonia, Moscú, Astrakán, Irán, Goa, Ceylán, Filipinas, Molucas y tras cruzar el Pacífico, Méjico y el Atlántico, hasta alcanzar de nuevo las costas de España a fines de 1679. Particular interés tienen aquí para nosotros las páginas dedicadas a Irán, que sin embargo ocupan una pequeña parte de tan singular relación (P. Cubero Sebastián, 1993). Pero sería el segundo de los viajeros escogidos en este siglo, Don García de Silva y Figueroa, el que nos legaría uno de los libros más importantes de toda la literatura europea de viajes. Ignorado o parvamente citado incluso en obras específicas sobre el redescubrimiento de Irán (H. Sancisi-Weerdenburg, J. W. Drijvers, 1991, 5-6), su largo manuscrito constituye la mejor descripción de la Persia de entonces, sus ciudades, geografía y costumbres; de sus ruinas, como Persépolis, y las de las regiones vecinas, como Babilonia. Excelentemente escrito, el texto mantiene un justo equilibrio entre la profunda cultura clásica del autor y la impresión directa de un mundo fascinante (J. Mª. Córdoba, 1994). Como embajador de Felipe III, Don García de Silva salió de Lisboa el 8 de abril de 1614. Tras un largo viaje por mar y obligada estancia en Goa, después de costear las pedregosas costas de Omán y las rocas amenazantes de Ormuz, desembarcó en Bandar Abbas en octubre de 1617, poniéndose de inmediato en camino. A partir del libro V se abren ante nuestros ojos las maravillas de los paisajes de Persia y sus ciudades, como Shiraz e Isfahán, la admirada descripción de trajes, costumbres, armas y fiestas. En Persépolis, Don García sería el primer europeo que supo describir con autoridad y comprender con profundidad la grandeza de las ruinas, identificando por vez primera aquella “Chilminara” persa con la antigua Persépolis, entendiendo además que los signos cuneiformes eran una escritura, y no elementos ornamentales como algunos todavía decían. Tras diversas entrevistas con el Shah Abbas el Grande y cumplida su misión, Don García volvería a la India portuguesa, de donde no pudo salir de vuelta a España hasta febrero de 1624. Pero la muerte le sorprendería en alta mar. Su manuscrito, redactado en los frecuentes tiempos muertos del viaje, se publicaría parcialmente en francés en 1667. De él sacaría información y sabio consejo Jean Chardin (1643-1713), que lo tendría bien presente en el curso de sus viajes a Irán. Pero España no pudo disfrutar de tan excelente obra hasta que, a comienzos de nuestro siglo, la Sociedad de Bibliófilos realizara una cuidada impresión (M. Serrano Sanz, 1903).


Portada interior del libro de Pedro Teixeira Portada interior del libro de García de Silva
Portada interior de la edición
del libro de Pedro Teixeira,
publicado en Amberes en 1610
Portada interior del primer tomo
de los “Comentarios” de García de Silva,
según la edición de comienzos del siglo XX


Durante el siglo XVIII, el conde de Floridablanca despachó en 1784 una misión diplomática, militar y cultural a Turquía. Fruto de la misma sería uno de los más curiosos libros de la época: el Viage a Constantinopla (J. Moreno, 1790), obra amena y llena de notables aguafuertes, en cuyas páginas se hace expresión detallada y sin prejuicios de la historia, las ciudades, los monumentos y la organización del secular enemigo de España. Digno de mejor fortuna y fama de la que tuvo, el libro constituye una excelente aportación española al especial espíritu de los viajes a Oriente en el Siglo de las Luces.


Portada interior del libro de J. Moreno Portada interior del
“Viaje a Constantinopla”,
editado en 1790


Y en fin, durante la pasada centuria, otras dos figuras destacan dignamente entre la masa de viajeros europeos: Domingo Badía y Leblich y Adolfo Rivadeneyra. El primero, acaso más conocido por la falsa identidad de Alí Bey, bajo la cual vivió entre 1803 y 1807, participó en una rocambolesca misión auspiciada por Manuel Godoy y el servicio secreto español, mezcla de espionaje y aventura, que acabaría convirtiéndose en un fantástico viaje que había de llevarle desde Marruecos a Egipto, Arabia, Palestina, Siria y Turquía. Primer europeo que describió con detalle La Meca, las críticas injustas de Johann L. Burckhardt se verían luego compensadas por la estima que Richard F. Burton tributara a su obra. Para fatalidad nuestra, la fortuna querría también que su excelente libro se publicara primero en Francia, a cuyo servicio pasó tras la Guerra de la Independencia. Con todo, gracias a la primera versión española de 1836 y a las ediciones modernas, Alí Bey es hoy posiblemente el mejor conocido de nuestros viajeros pasados (J. Barceló Luque, 1982: 1996). Pero hay otros que merecen igual suerte, como Adolfo Rivadeneyra, hijo del famoso editor primero de la monumental Biblioteca de Autores Españoles. Diplomático, políglota y de corazón aventurero, Rivadeneyra fue el más completo y maduro de nuestros viajeros (F. Escribano Martín, 2001). Estudioso de las lenguas orientales antiguas y modernas, los años que vivió en el mundo árabe e iranio, los caminos que siguió y los libros que firmó le hacen merecedor de un puesto destacado en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo. Encontrándose destacado en Ceylán en 1869, al recibir un nuevo destino en Oriente resolvió hacer el viaje por mar hasta Basra, recorriendo luego a caballo Iraq y Siria hasta alcanzar Damasco. El resultado sería un excelente libro (A. Rivadeneyra, 1871: 1988), en el que describe magníficamente los paisajes, las costumbres y las más célebres ruinas, como Babilonia, que recorrió detenidamente, al igual que las de Nínive, Nimrud y Jorsabad, donde aún se podían observar las huellas de las ya legendarias excavaciones de A. H. Layard, P. E. Botta y V. Place. Pero si interesante fue éste, todavía lo sería más el libro que dedicara a Irán. Nombrado cónsul en Teherán en 1873, aprovechó su estancia para llevar a cabo uno de los más atentos y documentados viajes de todo el siglo XIX (A. Rivadeneyra, 1880: L. Litvak, 1987). La completísima narración de su itinerario y circunstancias, la descripción minuciosa de las ruinas de Persépolis, Pasargada o Firuzabad entre muchas otras, la vivencia del paisaje, las montañas y los desiertos, la veraz imagen de las ciudades modernas del Irán y las costumbres de sus pueblos dan cuerpo a una de las mejores obras de su género y su época.


Retrato de Alí Bey Retrato de Adolfo Rivadeneyra
Domingo Badía y Leblich
como príncipe Ali Bey
Retrato de
Adolfo Rivadeneyra


Estos y otros viajeros de interés que es forzoso omitir, nos señalan caminos que distintos equipos científicos están ya redescubriendo. Pero entonces, a pesar del interés y el valor de nuestros viajeros, la ausencia española en los épicos momentos iniciales de la investigación en Oriente fue consecuencia obligada de nuestra real posición en el espacio y en la política internacional, incapaz de participar con éxito en aquel mundo de agresivas competencias. Y así resulta que, salvo algunos maestros solitarios y episódicos empeños tempranos, los pioneros y los hallazgos españoles en Oriente han venido en realidad a ser gentes y empresas de nuestro tiempo.


Primer viaje de A. Rivadeneyra A. Rivadeneyra en Dizful
Portada interior del libro sobre el primer viaje
de Adolfo Rivadeneyra
Adolfo Rivadeneyra en Dizful.
Grabado en la Ilustración Artística, V, 235,
de 28 de junio de 1886, realizado sobre
un cuadro de J. L Pellicer sobre igual tema



3.- El "orientalismo" español y la definición moderna de un espacio científico

En la primera mitad del pasado siglo, al tiempo que el orientalismo científico se iba precisando en la línea de Ernest Renan o Coussin de Perceval, la imagen intelectual del Oriente contemporáneo se iba a su vez tejiendo mediante estructuras de reinterpretación y reconstrucción (E. W. Said, 1990, 197), que empezaban a respaldar una presunción de ineluctable derecho al dominio y a la reculturización. El creciente peso diplomático y comercial de Francia e Inglaterra derivó en una enconada competencia -en la que a fines de siglo comenzaría a participar Alemania-, desarrollada en ámbitos políticos y culturales. Por esa razón, los descubrimientos científicos y la captación de relieves, esculturas y antigüedades para dotar los museos de Paris o Londres -luego también, pero en mucha menor medida, de Berlín-, se convirtió en prueba del vigor nacional, patente de prestigio y sólida muestra de la influencia ganada sobre la Sublime Puerta. Cada vez más comprometidos con la aventura colonial, británicos y franceses husmeaban la previsible herencia del imperio turco. Los secretos episodios de la Gran Partida dejarían claro que no había sitio para nadie más (P. Hopkirk, 1990), y menos aún para potencias caídas a un rango secundario como España.

Al otro lado del Mediterráneo, nuestro país hubo pues de mantenerse alejada de Oriente. Y ello a pesar de los siglos de comunicación cultural con aquel mundo -que la obra de Reinhart Dozy popularizaría fuera de España-, a pesar también de la larga y relevante saga de viajeros peninsulares, por encima incluso de las seculares pretensiones españolas de protección sobre los cristianos y los lugares santos del cristianismo (S. Eiján, 1910: 1945-46) y en fin, a pesar de que las monedas más usadas en el comercio del Mar Rojo fueron, durante mucho tiempo, el duro español y los escudos austriacos, como había tenido ocasión de comprobar Ali Bey en el curso de sus viajes (J. Barceló Luque, 1982, 351: 1996, 419). Pero la realidad de aquel presente le impidió a España asumir tradiciones e intereses en la región. Y esa misma realidad decidiría la orientación de su modesto intervencionismo y las peculiaridades de nuestro "orientalismo".

Cerca y lejos, al otro lado del estrecho se extendía el imperio de Marruecos y el Africa profunda. Desde el final de la Reconquista, la ocupación más o menos efectiva de enclaves y regiones se había mantenido en la realidad y en los proyectos con suerte distinta: pero como estaba allí mismo, la suma de los motivos que nos alejaban de Oriente se verían compensados con las razones que nos hacían mirar hacia el sur. Nuestro "orientalismo" décimonónico sería, en realidad, africanismo. Y así, el africanismo español, el mundo "oriental" marroquí y saharaui -al Magreb en realidad, más que Oriente-, se convertiría para nosotros en un sucedáneo específico del orientalismo europeo (V. Morales Lezcano, 1988, 12), con su proyección en la pintura de Fortuny, por ejemplo, o en la novela Aita Tettauen de Galdós. Como proyecto y objetivo España haría pues africanismo, mandaría algunas expediciones y los viajeros y exploradores españoles cruzarían estepas, montañas y desiertos, las selvas de Guinea y Africa Central, o penetrarían en las tierras altas del Nilo y Abisinia (A. Rodríguez Esteban, 1996: 1998). Las intenciones políticas y culturales alentadas por el gobierno español o por la Real Sociedad Geográfica de Madrid se harían concretas en los osados viajes por Marruecos de Joaquín Gatell y Folch (J. Gatell y Folch, 1879) por ejemplo, en la épica exploración de Abisinia realizada por Juan Víctor Abargués de Sostén (J. V. Abargués de Sostén, 1883) o en la valerosa expedición de Manuel Iradier y Amado Osorio a Guinea en 1884 (M. Iradier y Bulfy, 1887: 1994). Y si España no estaba en condiciones de colaborar en el desarrollo científico de la ciencia orientalista en Oriente Próximo, sí fue por el contrario capaz de desarrollar un arabismo filológico, literario, histórico y arqueológico peninsular muy relevante (J.-T. Monroe, 1970), completado parcialmente con observaciones y estudios llevados a cabo directamente en al Magreb (V. Morales Lezcano, 1988, 99), o investigaciones sobre etnología en las regiones ecuatoriales.


Retrato de J. Gatell y Folch Manuel de Iradier
Joaquín Gatell y Folch,
explorador del Sáhara
y Marruecos
Manuel de Iradier,
explorador de Guinea,
según cuadro de
Carlos Sáinz de Tejada


Sin embargo, el Oriente de asirios y babilonios estuvo siempre en el horizonte y las inquietudes de algunos pocos y atrevidos pioneros ochocentistas. De Adolfo Rivadeneyra, sus viajes y libros ya hicimos mención, pero convendría recordar que pese a su condición de diplomático, sus empresas fueron fruto de su solo esfuerzo personal, su capacidad y su interés por una antigüedad que conocía y estudiaba. Por eso recogió en Babilonia ladrillos con inscripciones de Nabucodosor -incorporando cuñas y traducción en la edición del libro-: y en Ctesifonte verificó las magnitudes asombrosas de la fábrica de ladrillo del iwan sasánida. Con lógica histórica descalificó la identificación de la zigurat de Borsippa con la mítica de Babilonia, y en Asiria, describió con agudeza las ruinas más importantes (A. Rivadeneyra, 1988, 80-82: 56-57: 87-88: 106-109: A. Marcos Pous, 1993, 370-371). Pero años después, los volúmenes dedicados a su periplo iranio superarían con mucho a su primer libro, convirtiéndose en una verdadera memoria científica y viajera que es, al tiempo, itinerario, historia socio-política del Irán de entonces y abrumador tratado sobre la arqueología, el arte y la historia de los antiguos iranios (A. Rivadeneyra, 1880). La temprana muerte de Adolfo Rivadeneyra, a los cuarenta y un años de edad, acaso nos arrebató la madurez y la obra de quien podía haber sido nuestro P. E. Botta o nuestro A. H. Layard. Los escasos apoyos que él recibiera serían generosos, sin embargo, en una rara empresa estatal de magro resultado: el viaje a Oriente de la fragata Arapiles. El 10 de junio de 1871, el Almirantazgo español ordenaba que la fragata Arapiles llevara a cabo un viaje por el Mediterráneo oriental, encomendando a su oficialidad un estudio geo-marítimo de la región y el análisis de nuestras posibilidades comerciales. Conocido el plan, el arqueólogo y erudito don Juan de Dios de Rada y Delgado propuso aprovechar la ocasión para incorporar a la expedición una comisión científica, con la misión de internarse en el continente para recoger datos y materiales con destino a las colecciones del Museo Arqueológico Nacional. El resultado de tan prometedor esfuerzo fue con todo relativo, si bien la memoria firmada por Juan de Dios de Rada (1876) constituye un monumento de erudición y referencias, aunque sobrecargada en exceso. El variado catálogo de los 319 objetos traídos se integraría en los fondos del Museo Arqueológico Nacional (A. Marcos Pous, 1993, 13), del que Rada llegaría a ser director entre 1891 y 1900.


La fragata blindada Arapiles
La fragata blindada Arapiles (1862-1882),
enviada por el gobierno español en viaje científico
por el Mediterráneo Oriental


Lejos del viaje y dedicados al estudio, durante el pasado siglo surgieron algunas figuras de investigadores dignas de mejor memoria, como don Francisco García Ayuso (1835-1897) y el canónigo don Ramiro Fernández Valbuena. Discípulo en Munich del iranólogo Martin Haug, F. García Ayuso fue quizás el filólogo y orientalista español mejor dotado del siglo XIX (F. Escribano Martín, 2001). Profesor de hebreo, árabe, persa, turco, sánscrito, siríaco, etíope y acadio, miembro de la Real Academia de la Lengua y catedrático de Instituto, se cuenta entre los pocos capaces entonces en España de descifrar el cuneiforme y entender el neo-asirio y el neo-babilonio. Profesor de Adolfo Rivadeneyra, traductor de libros de viaje y estudioso de la religión irania (F. García Ayuso, 1874), Francisco García Ayuso pudo haber sido en otras condiciones, el filólogo y editor de las tablillas e inscripciones que la parca y la fortuna impidieron hallar a su discípulo Rivadeneyra. Y en fin, el otro estudioso de obligada mención es el canónigo de la catedral de Toledo don Ramiro Fernández Valbuena, autor de una magna obra en cuatro volúmenes y título prometedor: Egipto y Asiria resucitados (1895, 1898, 1901 y 1905). Su excesivo apego a una historia bíblica de Israel -que es lo que en realidad desmenuza el índice de su obra-, no debe ocultarnos el singular interés de sus comentarios a los desciframientos del jeroglífico egipcio y la escritura cuneiforme, la incorporación a su discurso de los textos asirios y babilonios ya traducidos y la reflexión sobre el valor de los mismos para una nueva historia de las regiones orientales.

Ya en nuestro siglo y hasta la segunda mitad, el interés por Oriente se mantuvo relegado casi por completo a determinados círculos eclesiásticos. Y a ellos se remontan, en cierto modo, los orígenes de la actual floración. Entre los años 1944 y 1966, en el departamento de Hebreo y Arameo de la Universidad Central, el jesuita don José María Peñuela impartió asiduamente clases de lengua acadia. Con su compañero de departamento, el sacerdote don Benito Celada, profesor de lengua egipcia, fundarían ambos el Instituto Arias Montano del CSIC, ayudando a crear la que fue una excelente biblioteca en filología, arqueología e historia del Oriente Próximo antiguo y Egipto, desgraciadamente destruida en diciembre de 1978, a causa de un incendio accidental. En 1966, a don José María Peñuela le sucedería en la universidad el también sacerdote don Ángel R. Garrido Herrero, profesor de acadio en el departamento hasta la miope liquidación ministerial del único reducto de enseñanza metabíblica en 1975, precisamente cuando se estaba formando la generación que hoy es responsable de la brillante presencia española en Oriente y Egipto.

Porque en el curso de los años ochenta empezaron su labor en la universidad española distintos profesionales dedicados al Oriente Próximo antiguo. Su actividad generaría núcleos de investigación científica y difusión de unas disciplinas novedosas para un medio tradicionalmente apegado a la antigüedad griega, romana o peninsular. Con la labor pionera de los equipos de Madrid (Universidad Autónoma), Barcelona (Central) y Murcia, acompañados de otras iniciativas públicas y privadas, en las últimas décadas han comenzado a impartirse cursos, seminarios y titulaciones, a organizarse exposiciones y a consolidarse la actividad arqueológica española en Oriente. Al tiempo se han ido prodigando las publicaciones propias, gestando congresos internacionales y nacionales, y las antiguas colecciones depositadas en los museos del Monasterio de Montserrat y el Arqueológico Nacional por ejemplo se han revelado en todo su interés.

En 1989 comenzó su actividad docente el Instituto Diocesano de Filología Clásica y Oriental - Fundación San Justino, de la Archidiócesis de Madrid, impartiendo clases de hebreo, acadio, etiópico, sumerio, copto, egipcio y arqueología oriental (A. R. Garrido Herrero y otros). En 1992 se constituyó el Centro de Estudios del Próximo Oriente, en el Instituto de Filología del CSIC, cuyo Laboratorio de Hermeneumática y equipo de estudios ugaríticos (J. L.Cunchillos) se ha convertido ya en núcleo de referencia. Al año siguiente se aprobaba la creación del Instituto Interuniversitario de Estudios del Próximo Oriente Antiguo, auspiciado por la Universidad de Barcelona y apoyado por la Autónoma de Barcelona y las de Murcia y Salamanca (G. del Olmo, J. Sanmartín, J. Padró, A. González Blanco, F. Villar y otros), dedicado especialmente al postgrado. En 1997, la Universidad de León constituía la Fundación J.J.A. van Dijk para los Estudios Bíblicos y Orientales (J. García Recio) –aunque los vaivenes de la política universitaria lo dejaran fenecer poco después- y en abril de 1998, la Universidad Autónoma de Madrid aprobaba la creación del Centro Superior de Estudios de Asiriología y Egiptología (J. M. Córdoba, R. Jiménez Zamudio, C. Sevilla Cueva) orientado especialmente a cubrir la docencia universitaria de estas ramas de la investigación en Oriente y Egipto. En el año 2000 nacería el Instituto de Estudios Islámicos y de Oriente Próximo (G. M. Borrás, J. P. Vita), auspiciado por el CSIC y la Universidad de Zaragoza, y tres años después, en la ciudad de León ha vuelto a constituirse un núcleo de investigación y docencia a través del Instituto Bíblico y Oriental (J. García Recio).

Con los matices que distinguen a unos y otros, lo cierto es que todas estas iniciativas potencian la historia, la filología y la arqueología especializada como partes de un todo. Y así, a finales del siglo XX, excavaciones españolas se han integrado por fin en los espacios lejanos abiertos por P. E. Botta y A. H. Layard. La primera misión sería la abierta por la Universidad Autónoma en el valle del Balih, Siria (J. M. Córdoba 1988, 1989, 1990), seguida por una rica ampliación de proyectos y equipos en 1989, con las misiones de Tell Qara Quzaq (G. Olmo Lete, 1994) y Tell Halula (M. Molist, 1996) en Siria, por las Universidades Central y Autónoma de Barcelona; en Jebel Mutawwaq (J. A. Fernández Tresguerres, 1998) Jordania, por la Universidad de Oviedo; en Tell Hatzor, Israel por la Universidad Complutense de Madrid (M. T. Rubiato) y en Tell Mahuz, Iraq (J. M. Córdoba, 1997) por la Autónoma de Madrid. En los noventa, la Universidad de Murcia iniciaban un nuevo proyecto en Siria, en el sitio de Tell Jamis (A. González Blanco y G. Matilla, 2004): la Autónoma de Madrid continuaba abriendo horizontes con el proyecto al Madam, en la Península de Omán (J. M. Córdoba y otros, 1998), en el noventa y siete, tras la interrupción impuesta por la Guerra del Golfo, podía reanudar el viejo proyecto Tell Mahuz en Iraq (J. M. Córdoba, 2002). Ese mismo año, otro equipo de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona (M. E. Aubet, 2004) iniciaría sus trabajos en Líbano, en la necrópolis de la vieja ciudad de Tiro. Hoy, los organismos oficiales gustan ya de hacer balance de la labor española en el exterior (Varios, 2002: C. Martín y J. Pérez Lázaro, 2004).


4.- Conclusión

En 1998, cuando se publicara lo esencial de este trabajo, se cumplían ciento noventa años del viaje de Ali Bey, ciento veintitantos de los de Rivadeneyra, y un siglo exacto desde la muerte de Francisco García Ayuso. Con optimismo sin duda, en ese momento podíamos decir ya que nuestro país había reencontrado por fin las sendas de los pioneros en Oriente. Porque si en 1871, Adolfo Rivadeneyra escribía que salían tan pocos españoles de Europa, que cuanto se sabía de lejanas tierras había de leerse en libros extranjeros -razón por la que publicaba su Viaje de Ceylán a Damasco, “no por ostentar erudición sino por narrar lo que había visto” (A. Rivadeneyra, 1871: 1988, 19)-, la situación es hoy bien distinta. Pero lo mejor de todo es que la historia de la investigación española en Oriente que estamos por fin haciendo entre todos, se escribe en las huellas de gentes como Ruy González de Clavijo, García de Silva, Domingo Badía, Francisco García Ayuso o Adolfo Rivadeneyra -antepasados nuestros en espíritu y ciencia-, que pusieron por encima de todo su amor por el viaje, por la aventura y por unos mundos que con su mirada estaban devolviendo al universo de nuestra memoria.



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1 Este texto fue publicado originalmente en la revista ARBOR 635-636, tomo CLXI (1998), pp. 443-465. Se escribió en homenaje al Prof. Don Ángel R. Garrido Herrero