La Fiesta de Tendilla (1880-1890).


Este poema fue escrito por el farmacéutico Gustavo López García (Tendilla 1873-Zafra 1967) en el mes de septiembre de 1948, siendo incluido en el libro mecanografiado "Mi Tendilla" que enviara al Ayuntamiento desde Zafra en l950.


         La Gran Fiesta de mi Pueblo. 1880-1890.


         Preludios

         El día de "la Asunción"
         quince de agosto; celebra
         su Junta la Cofradía
         o hermandad de la Salceda
         para acordar el programa
         de la anual, próxima fiesta.

         Y el mismo todos los años
         invariablemente acuerda:
         un novenario solemne
         cuya última novena,
         las vísperas y la misa
         cantará una gran orquesta;
         sermón por el orador
         más famoso de la época,
         sin reparar en que cueste
         por cima de cien pesetas,
         y procesión, que es un chorro
         de ricas pujas y ofrendas,
         con las que la Cofradía
         casi la fiesta costea.

         Y, de festejos profanos,
         una función estupenda
         de fuegos artificiales,
         y dianas y retretas
         y bailes, por la gran banda
         que, como la gran orquesta, (1)
         dirige Julián Torrijos,
         cuya batuta ordena
         cuanto con son armonioso
         en Guadalajara suena:
         lo mismo misas de réquiem
         que música callejera;
         ya elegantes rigodones
         en "el Casino" y "la Peña",
         ya el pasodoble en los toros
         o el schotis en la verbena.
         ¡Torrijos! Proteico músico
         que tocaba la corneta,
         el violón y el piano,
         y la flauta, con idénticas
         perfección y maestría
         que dirigía la orquesta.

         Contar quiero este recuerdo
         a la maestría y modestia
         de aquel que admiré embobado
         en mis edades primeras.


         En los finales de agosto
         próxima ya la fiesta,
         a la noche, en una esquina,
         un potente grito suena:
         -¡Que los hayga!".
         -¡Que los hayga!"
         desde otra esquina contestan.

         A la mañana siguiente,
         en tanto barren sus puertas,
         dice una vecina a otra:
         "¿Habrá toros pa la fiesta?"
         -"Ende luego. ¿No oíste anoche,
         a eso de las ocho y media,
         -¡Que los hayga!"?

         "Pus por eso
         te pregunté a ti; porque era
         la voz de tu hermano Andrés
         la que sonó en la calleja,
         y debes de saber algo"

         En tono de confidencia,
         y con aire de "enterada",
         la interpelada contesta:
         "Dimpués de la ronda, el sábado,
         hay riunión en la taberna".

         Y está orgullosa, y la otra
         del notición satisfecha,
         continúan cada una
         el barrido de su puerta.


         Después de la ronda, el sábado,
         reúnense en asamblea
         sesenta o setenta mozos,
         en la más amplia taberna.

         "El Mayoral" (2) les pregunta:
         -¿Queréis toros?" - y contesta
         con un clamoroso "¡Sí!"
         la mocedad tendillera.

         En lo principal de acuerdo,
         sigue "el Mayoral" la encuesta:
         - "Pues a vel quien va a cobral
         que de tos a gusto sea,
         pa que luego no vengáis
         con custiones y sospechas".

         Y, tras una breve pausa
         en espera de propuestas,
         que nadie hace, continua
         la consulta a la asamblea:
         "¿Sus paice bien "Riconuevo",
         que entiende mu bien de cuentas,
         y "el Porrinches", pa cobral
         y p'agencial la maera?"

         Con el otro "¡Sí!", no tan vivo,
         aceptada es la propuesta,
         y prosigue "el mayoral":
         "¿Y quienes, que de ello entiendan,
         van a d'il a por los toros?"
         y sin esperar respuesta,
         añade "¿Sus paicen bien
         "el Pedraco" y "el Cazuela"?"

         Aceptado el nombramiento
         sin una sola protesta,
         "el Mayoral" pone fin
         con esta imperiosa arenga:

         "Y ya sabís, el Domingo
         tos a acarrear maera
         y a cercar la plaza, a ver
         si en un dia lista queda".

         Y, no habiendo más asuntos,
         se disuelve la asamblea.
         Y de sus casas camino,
         la moceril concurrencia
         ya no grita "¡Que los hayga!"
         expresión de lo que anhela;
         grita ya "¡Que los va a habel!",
         proclamando la certeza,
         y publicando a los vientos,
         lo acordado en la asamblea.

         En la noche del Domingo,
         ya calientes las cabezas
         por copiosas libaciones
         del tintillo de la tierra,
         "los casados" se reúnen
         y traer otro toro acuerdan,
         que, si los de hoy gastan rumbo,
         los mozos de ayer no reblan.


         La Víspera

         Dan el último retoque
         las mujeres a sus casas;
         matan y despluman pollos
         y disponen limpias camas,
         en espera de los huéspedes;
         planchan camisas y enaguas,
         y sacan los trajes nuevos
         de cómodas y de arcas
         con aromas de membrillo
         y de espliego y de manzana
         que a las polillas ahuyentan
         y, a más, el olfato halagan.

         Fueron a la era los hombres
         para recoger las granzas,
         dejando aquellas barridas
         y limpias de polvo y paja,
         o por una carga de uvas
         de la viña más temprana,
         para el postre y la merienda
         en los días de "jarana".

         Y los chiquillos pululan
         en bulliciosa algazara,
         de agudos pinchos armados
         para la heroica hazaña
         de atormentar a los toros
         al resguardo de las vallas
         conque, para la corrida,
         cercan los mozos la plaza.

         La corrida simulando,
         gritan, corren, brincan, saltan
         y, trepando a los maderos
         que aún no sufrieron la labra,
         los pantalones, algunos,
         fieramente se desgarran,
         con opción a unos azotes
         de materna "mano airada".

         Otros miran embobados
         como el polvorista clava
         los maderos que sostienen
         la complicada maraña
         de chorizos de papel,
         de los que, por arte mágica,
         brotarán chorros de chispas
         azules, rojas y blancas
         con un brillo deslumbrante,
         entre estampidos de traca.

         Todos se encaminan luego
         en bulliciosas bandadas
         a recibir a los músicos,
         que habrán de llegar sin falta
         entre las once y las doce
         de aquella alegre mañana,
         en los carros que, por ellos,
         fueron a Guadalajara.

         La masa más numerosa
         en "La Soledad" se para;
         al "puente de Fuentelviejo"
         algunos otros se alargan,
         y unos pocos decididos
         hasta "la Casilla" avanzan.

         Y cuando asoman los carros,
         en una carrera rápida
         vuelven a llevar la nueva
         a los que atrás se quedaran.

         En "La Soledad", Torrijos
         forma en orden a su banda,
         y, al compás de un pasodoble,
         en el pueblo hace la entrada.

         A saludar al Alcalde
         y al Prioste va a sus casas,
         y este último a cada músico
         alojamiento señala
         en la casa de un cofrade,
         que, presente, le acompaña
         para ofrecerle solícito,
         gran comida y blanda cama,
         mostrando que el hospedaje
         es para él honra y gala.

         El Prioste, las mayores
         ha para sí reservadas:
         el predicador, que llega
         en la diligencia diaria.

         Con el alegre repique
         de las sonoras campanas,
         la iglesia, a las tres en punto,
         a las vísperas nos llama.

         Forman, enseguida la música,
         y, al compás de "la Giralda",
         el pasodoble torero
         que a Juarranz dio prez y fama,
         conduce a la iglesia al Juez
         y al Alcalde, con sus varas;
         al Prioste y Mayordomos,
         con sendos cetros de plata,
         y al clero que ha de oficiar
         en la ceremonia sacra.

         Cubren el suntuoso templo
         las paredes desconchadas
         antiguos damascos rojos (3)
         que augusto aspecto le daban,
         y el pavimento tapizan
         frescas hierbas aromáticas,
         que elevan, con sus aromas,
         a la Virgen sus plegarias.

         A la derecha, amplia mesa,
         frontal de tisú de plata,
         sostiene la gradería
         en que arden velas rizadas
         por docenas, y cien ramos
         de las flores más variadas
         ante la Virgen humillan
         sus bellezas y sus gracias.

         Brilla el broncíneo trono
         sobre la última grada,
         y la diminuta imagen,
         en su vitrina encerrada,
         resplandece entre las gemas
         que su regio trono esmaltan.
         Y cubre todo un dosel
         de terciopelo escarlata,
         con fondo de oro brillante
         que hace del altar un ascua.

         Alternando orquesta y órgano,
         solemnes vísperas cantan,
         y, después de ellas, la música,
         infatigable, acompaña
         a todos los personajes,
         a sus respectivas casas.


         Noche completa.

         La gente cena temprano,
         que a las ocho, las campanas
         tocarán a la novena,
         y es necesario ir sin falta:
         que la orquesta y los cantores
         tienen de lucirse ganas
         en unos nuevos motetes
         y en la gran Salve de Eslava.

         Celebrada la novena
         la gente sale con pausa,
         comentando del tenor
         la agilidad de garganta
         y la de los violines,
         y va quedando en la plaza
         la gente plebeya, en tanto
         que la gente aristocrática
         va ocupando los balcones,
         rebosantes de elegancia,
         de chiquillos bulliciosos
         y de bonitas muchachas
         de los fuegos de artificio
         a ver la fiesta fantástica.

         Raudos, brillantes cohetes,
         de la noche el manto rasgan,
         asta chocar en la bóveda
         que las estrellas esmaltan.

         Saltan al choque los trozos
         como un puñado de brasas,
         que, lentas, lentas, descienden,
         y, lentas, lentas, se apagan;
         giran las ruedas, lanzando
         torrentes de chispas blancas,
         rojas, verdes y amarillas,
         azules y violadas,
         y la vista se deslumbra
         con las luces de bengala.

         ¡Ahes! y ¡Ohes! de sorpresa
         la gente embobada lanza,
         y rompe en fuertes aplausos
         cuando cada árbol se apaga.

         Entre uno y otro ejecuta
         variadas piezas la banda,
         que los audaces que saben
         bailar "agarrao" bailan.
         Y al final, hasta las doce,
         sigue la gente en la Plaza,
         bailando jota tras jota,
         y protestando indignada
         cuando por vals, polca o schotis,
         la música el compás cambia.

         Y, después, cuarenta bailes
         en particulares casas,
         en vano cansar intentan
         a la juventud, que baila
         sin cesar, hasta que asoma
         tras San Ginés el alba.


         El Gran Día


         ¡Oh, gran ocho de Septiembre!
         No hay un solo tendillero,
         aunque lleve más de un siglo
         alejado de su pueblo,
         que en este día no evoque
         un nostálgico recuerdo
         de su fiesta y de su Virgen,
         que, con ternura, va luego
         a sus juegos infantiles,
         a sus amores primeros,
         a sucesos ocurridos
         a hermanos, padres y abuelos,
         desahogado en un suspiro
         que hinche de aire el noble pecho,
         o una furtiva lágrima,
         que es amarga y dulce a un tiempo.

         Mas, volvamos al relato,
         que es largo, y no divaguemos.

         Giran tres de las campanas
         en frenético volteo,
         y acompáñalas "la gorda" (4)
         con sus badajazos secos.

         Llénase el aire del valle
         del alegre campaneo,
         y muestra tal de alegría
         llevan sus ondas muy lejos,
         diciendo a cuantos encuentran:
         -"Tendilla hoy arde de festejos".

         Precedidos por la banda,
         autoridades y clero
         hacen su entrada en la iglesia,
         llena del devoto pueblo
         y de enorme contingente
         de huéspedes forasteros.

         De los bandos de la izquierda,
         asiéntanse en el primero
         el Prioste y Mayordomos,
         y ocupa el Ayuntamiento
         el primer de la derecha,
         por un tradicional fuero.

         Profusas luces convierten
         en un ascua de oro el templo:
         el oro de los retablos
         de estilo chirrigueresco,
         limpio para este gran día,
         brilla con vivos reflejos,
         y parecen las imágenes
         cobrar vida y movimiento.

         San Blas y San Nicolás
         desde el alto presbiterio,
         envían sus bendiciones
         episcopales, al pueblo;
         con pudor, San Sebastián
         su uniforme echa de menos,
         y San Juan estira un poco
         u breve piel de cordero.

         En los altares menores
         en los brazos del crucero,
         las Vírgenes de la O,
         del Rosario, los Remedios,
         y la Concepción, sus labios
         entreabren sonriendo
         contentas de la piedad
         que muestran los tendilleros.

         San Miguel clava al demonio
         su aguda espada en el pecho,
         y el diablo retuerce el rabo,
         rabioso del vencimiento.
         Mostrando sus grandes llaves,
         la Gloria brinda San Pedro,
         y Santa Agueda no siente
         la tortura de sus pechos
         ante el brillante espectáculo
         que ofrece el sagrado templo.

         Santa Bárbara su palma
         arbola como un trofeo;
         "Cristo de la Buena Guía"
         alza el rostro macilento
         y envían sus turbios ojos
         miradas de amor inmenso
         casi frente al "de la Luz",
         que da la vista a los ciegos,
         y San José da las gracias
         por los suntuosos festejos
         dedicados a su esposa,
         mientras San Ginés, leyendo
         en su gran libro, se abstrae
         en sus profundos misterios.

         - ¡Que me perdonen los santos
         de la iglesia de mi pueblo
         -dos solamente olvidados-
         al cabo de tanto tiempo!


         Suben el preste y los diáconos,
         con paso solemne y lento,
         los veinte y más escalones
         que ascienden al presbiterio,
         y el preste expone el Santísimo
         a la adoración del pueblo,
         entre los cantos rituales
         del solemne "Tantum ergo",
         y, también solemnemente,
         comienza la Misa luego.

         Canta la orquesta a tres voces
         los Kiries, el Gloria, el Credo,
         y, en el Ofertorio, tocan,
         a manera de intermedio,
         el "largo de Haendel"
         de cuerda los instrumentos.

         Pero ya el Predicador
         a empezar esta dispuesto.
         Ya los altos ventanales
         por sus cortinas cubiertos,
         en discreta oscuridad
         dejan el sagrado templo,
         y de las velas y lámparas
         avivan el brillo intenso.

         Tras las frases de rigor,
         se hace profundo silencio,
         y el predicador comienza,
         tras un breve exordio, diciendo
         la salutación del Angel,
         cuya glosa, tema viejo
         pero fecundo, propónese
         sea del sermón objeto.

         Y, al hablar de las mil gracias,
         que brotan del tierno seno
         de la Virgen, va contando
         los milagros con que, en tiempos,
         favoreció a sus devotos
         La Salceda, en su convento,
         según relata la historia
         que escribió con pío celo
         el "Gran Cardenal" Mendoza,
         "guardián" que fue del convento,
         desde el de su aparición
         a dos notables caballeros
         perdidos en la espesura
         del "Barranco del Infierno",
         y aterrados por la lluvia,
         los relámpagos y truenos.

         Milagros ha de contar,
         sin omitir uno de ellos,
         si a los hijos de Tendilla
         quiere dejar satisfechos,
         aunque todos los recitan
         lo mismo que "el Padrenuestro".

         Ya terminada la misa,
         en el amplio atrio del templo
         se celebra la subasta
         de los variados objetos
         regalados a la Virgen
         por la piedad de su pueblo.
         Hay melones y sandías,
         ristras de gruesos pimientos,
         muchos pollos y pichones,
         liebres, perdices, conejos,
         cuelgas de uvas y manzanas,
         y una ristra de ajos nuevos.

         Picados los subastantes,
         alcanza todo altos precios:
         cuatro duros vale un pollo,
         y tres duros un conejo,
         y una gran sandía en que
         ha grabado el melonero
         un "¡Viva la Virgen de
         La Salceda!", tres y medio. (5)

         Sobre una mesa se exhiben
         los dos preciosos objetos
         que han de rifarse en la Plaza (6)
         el Domingo venidero,
         y se venden papeletas
         para la rifa, a diez céntimos:
         uno, "la Torta", otro "el Cuadro".

         Es "la Torta" un monumento
         con columnas y arquerías
         de guirlache o caramelo,
         con profusión de adornado
         por el arte confitero.
         Y "el Cuadro", una ingenua copia
         del fascinante momento
         de la aparición de la Virgen
         a dos nobles caballeros,
         entre rayos y centellas
         que incendian el negro cielo.

         Pintura al pincel debida
         de un pintor de Fuentelviejo
         que, en el Museo del Prado
         ejerce un cargo modesto,
         y ganó unas pesetillas
         con su pictórico ingenio.

         Para la rifa, uno al año
         pintaba, y como su precio
         - cinco duros - era módico
         - hoy valdría más el lienzo -
         pintó muchos más por encargo,
         hasta que no hubo en el pueblo
         sala que no le ostentara
         en el lugar de respeto.

         Pero ¡cuántas disgresiones!
         - perdona lector, no puedo
         resistir a la avalancha
         de emocionados recuerdos
         que me asaltan, acuciosos,
         siempre que hablo de mi pueblo.


         La Procesión

         A las tres y media en punto
         otra vez alegres suenan
         las campanas, pregonando:
         -"La Virgen de la Salceda
         va a salir como acostumbre
         de amor y de gracias llena
         a derramar sobre el pueblo
         en justa correspondencia
         a su devoción ferviente
         esperanzas y promesas,
         ricos dones más preciosos
         que las más grandes riquezas".

         La procesión puesta en marcha,
         detiénese ante la puerta
         de atrio para la subasta
         del honor que representa
         tomar en hombros la Virgen
         para salir de la iglesia.

         Por dada palo, seis duros,
         o, de trigo, tres fanegas,
         y, por cada cinta, dos
         o, en plata, veinte pesetas,
         es la alta cotización
         a que la subasta llega.

         Y, acabada la subasta,
         los subastantes elevan
         sobre sus devotos hombros
         las andas de flores llenas,
         y, sobre estas, el templete,
         que adornan más flores bellas.

         Y avanza majestuosa
         sobre el mar de las cabezas,
         entre la pompa florida,
         la Virgen de la Salceda,
         mientras la música toca
         la Marcha Real granadera,
         y silbantes cohetes
         hasta el empíreo elevan
         mensajes de devoción
         a su Soberana excelsa.

         Saluda el sol con sus rayos
         a la que es del Cielo Reina,
         y brotan del áureo trono
         deslumbrantes refulgencias.
         Y sienten los corazones
         una sacudida eléctrica
         que las gargantas anuda
         y algunos ojos humecta.

         Cantando el Santo Rosario
         con mayor brío que técnica,
         y marchando a paso lento,
         tuerce por la carretera,
         y la sigue hasta que al cruce
         con "el barranquillo" llega;
         asciende por esta calle
         y, al empinarse la cuesta,
         vuelve por la calle de ....
         - olvidé el nombre - a la izquierda,
         hasta que en la "del Rosario"
         desemboca; sigue ésta
         hasta el final, y desciende
         de nuevo a la carretera.

         Al llegar a "la Capilla"
         de la casa solariega
         de los Solano, se para;
         se hace otra subasta previa
         de los palos y las cintas
         de las andas; y entra en ella
         a los sabidos acordes
         de la marcha granadera.

         En "la Capilla" descansa
         frente a su familia entera, (7)
         y una gentil señorita, (8)
         con voz digna de la escena
         del teatro Real, canta,
         acompañada de la orquesta,
         la famosa "ave María",
         obra de Gounod maestra.

         Nueva subasta al salir;
         tuerce luego a la derecha
         la esquina de "la Capilla",
         para seguir la rivera
         del río hasta el "Puente Ancho",
         la cruza y, entre las huertas,
         va a la "Calle Franca", hoy
         calle de "Díaz de Yela".

         Sigue ésta hasta "los Remedios",
         calle dónde ella empieza;
         por el "Puente de la Fuente"
         pasa a la margen derecha
         del río, y por la calle
         de San Roque, entra en la Iglesia.

         La procesión ha durado
         tres horas, y en ellas,
         los que conducen las andas
         de renovarse no cesan,
         todos brindando a la Virgen,
         según su bolsa, su ofrenda.

         Y, ya en la iglesia la imagen,
         canta una salve la orquesta
         y un motete, como fin
         de las religiosas fiestas,
         y va saliendo la gente
         cansada pero con pena
         de ver como huyen veloces
         las horas de holganza y juerga.


         Complemento del Gran Día

         Mediada la procesión,
         corrió entre la concurrencia,
         como reguero de pólvora,
         la escalofriante nueva
         de que han llegado los toros
         y están pastando la vega.
         Se dan pelos y señales
         con precisión estupenda:
         es berrendo el de los mozos,
         de bien armada cabeza,
         y negro el de los casados,
         y un poco abierto de cuerna.

         Los dos, bien plantados, vivos,
         y con aire de fiereza,
         que garantiza además,
         su genuina procedencia,
         de la más acreditada
         ganadería de Cuenca.

         Seis mansos amaestrados
         acompañan a las fieras
         que, a la voz del mayoral,
         harán, después de "la prueba",
         ejercicios muy notables
         de inteligencia y nobleza.

         Y muchos, chicos y mozos,
         ardiendo en viva impaciencia,
         la procesión abandonan
         y van por la carretera
         hasta ver allá, a la entrada
         del "Barranco la Hechicera",
         las ocho reses vacunas
         paciendo la fresca hierba,
         un grupo de ocho o diez hombres
         vigilándolas de cerca,
         y, por orden del Alcalde,
         de Civiles dos parejas,
         para impedir que la gente
         salga de la carretera
         y se aproxime a los toros
         para excitar su fiereza.

         La noche es noche de bailes,
         y, tras el que se celebra
         en la Plaza, hasta las doce,
         tocando la banda, treinta
         o más, particulares
         hay, con música de cuerda;
         que hay muchos mozos que tocan
         la bandurria y la vihuela.

         En el de "los señoritos",
         tan solo se bailan "Piezas",
         en cambio en los otros, jotas
         y seguidillas manchegas
         del repique acompañadas
         de sonoras castañuelas,
         que no hay moza que no toque
         con donaires y destreza.

         Dos o tres veces, los bailes
         un rato suspensos quedan,
         y los bailarines salen
         presurosos a las puertas;
         se oye tronar de cencerros,
         que motiva la sospecha
         de que encierren a los toros
         en la noche y por sorpresa,
         para evitar que la gente
         desmandarlos luego pueda
         con su presencia y sus gritos,
         aunque así privado sea
         el pueblo, del espectáculo
         del "encierro", (9) en cuya espera
         los unos madrugan mucho
         y los otros no se acuestan.

         Pero solo fue una broma
         de la gente bullanguera,
         que la da todos los años
         y crédulos siempre encuentra.


         El Encierro

         Las estrellas palidecen;
         luego, extinguen sus fulgores,
         y una claridad lechosa
         va coronando los montes;
         pero el valle esta sumido
         en las sombras de la noche.

         En el pueblo, de la Plaza
         a las eras de San Roque,
         bulle numerosa gente
         que habla en apagadas voces.
         Entre la gente que bulle,
         cuadrillas de ocho o diez hombres
         empujan pesados carros
         que en las bocacalles ponen,
         para interceptar el paso,
         y que cien espectadores
         de los que bullen, ocupan.
         En las casas, tras balcones
         y ventanas entreabiertas,
         acechan sus moradores.

         Todo está ya preparado;
         el espectáculo es enorme,
         y puede el gran espectáculo
         empezar sin dilaciones.
         La gloria del Sol asoma
         por encima de los montes,
         cuando, lejos todavía,
         broncos encierros se oyen
         y, a compás lento se acercan
         por la parte de San Roque.
         Y, por la vuelta que tapan
         viejas edificaciones,
         asoma el protagonista
         a escena: una masa informe
         en la que destaca un jinete
         sobre bestias y peatones,
         aparece, y se detiene.

         Se oyen vivas discusiones
         que acaban en un acuerdo,
         y, tras él, tajantes órdenes.
         Puesto el jinete delante,
         sale el caballo a galope,
         con un manso a cada estribo;
         detrás los restantes corren
         a los toros resguardando
         con su cornamenta enorme,
         y, chasqueando las ondas
         y animando con sus voces
         al ganado, cierran marcha
         por último los pastores.

         Por último no, que sigue
         un tropel de gente joven
         ganosa de no perder
         ni los detalles menores.
         Y es la carrera tan rápida,
         que en un minuto recorren
         los doscientos o más metros
         que el recorrido supone.

         El espectáculo es bello:
         hay color, brinda emociones,
         y se justifica que haya
         por verle madrugadores.

         Ya los toros en la Plaza
         muéstranse algo remolones
         para entrar en los toriles;
         gracias a las condiciones
         de los cabestros, lo logran
         hábilmente los pastores.
         Y, encerrados, a almorzar
         vanse los espectadores
         para ver luego "la prueba",
         que a las nueve se dispone.


         Los Toros

         Cuatro órdenes de maderos,
         uno sobre otro, a lo largo,
         sujetos entre los postes
         y otros verticales palos,
         en derredor de la plaza
         forman sólido cercado,
         dejando en los soportales
         a la gente libre el paso.

         Mujeres mozas y viejas
         se encaraman en lo alto,
         ágiles y decididas,
         procurando con recato
         envolver las pantorrillas
         entre enaguas y refajos,
         para que, a lo más se vean,
         las puntas de los zapatos;
         porque hay mozos y chavales
         paseando por debajo,
         que aprovechan los descuidos
         para ver si "guipan" algo.

         Y hasta quien de una tijera
         a la Plaza vase armado,
         a cortar de las enaguas
         algún "pico" descarado
         que exhibe ante los amigos,
         como trofeo preciado.

         La Plaza, llena de gente,
         es un vistoso espectáculo:
         todas las bocas se ríen;
         todos los ojos, avaros
         de luz, color y alegría,
         se emborrachan de ellos hartos.
         Cada ventana, un racimo
         brinda de rostros humanos,
         y cada balcón rebosa
         de gente. Niños sentados
         ocupan la primera fila.
         los inquietos pies colgando;
         lindas muchachas, los pechos
         sobre el barandal posados,
         agitan los abanicos
         con aire pausado o rápido;
         luego una fila de damas;
         detrás otra de muchachos,
         y, aun detrás, calvas cabezas
         brillan a los fébicos rayos.

         Por el lado que no hay casas,
         construyóse un gran andamio,
         que se llena, sin que quede
         para un alfiler espacio,
         y, coronando barreras,
         chicos y hombres a caballo
         y mujeres asentadas
         sobre los maderos ásperos.
         Y bajo los soportales,
         por los claros atisbando
         viejas prudentes, y madres
         con sus críos en los brazos,
         tapándoles con la teta
         la boca propicia al llanto.

         ¡Lástima de espectadores
         en cifra tal congregados!;
         ¡Lástima de expectación
         para tan ruin espectáculo!
         Porque aparte de que sea
         sangriento, cruel y bárbaro,
         no tiene atractivo alguno,
         ni arte, ni emoción ni garbo.

         Más, con tan adverso juicio,
         fuerza es que le describamos,
         expresando antes el voto
         de que pronto mis paisanos,
         con una mayor cultura
         y un gusto más depurado,
         sustituyan tal festejo
         por otro culto y humano.

         Vamos a "la prueba": abierto
         el toril, sale brincando
         el torito de los mozos.
         Es berrendo en colorado,
         y, al ver tanta gente junta,
         queda en el centro parado,
         mirando a izquierda y derecha
         y a los vientos preguntando:
         -"¿Qué quiere de mí esta gente?
         ¿Son amigos o adversarios?"

         Un mozo agita una blusa
         de al barrera a dos pasos
         y le llama: "¡Toro! ¡Eh!"
         Le mira el toro pensando:
         -"Vaya: esto es cosa de juego"
         y parte hacia él como un rayo.
         El mozo vuelve la espalda,
         presa de un terrible pánico;
         subir quiere a la barrera;
         más los pies paralizados
         por el miedo, se le niegan,
         y tiene que ser izado
         entre los espectadores,
         desde la barrera a lo alto,
         dónde aún duda si estará
         de la acometida a salvo.

         Las mujeres con sus gritos
         corean el lance trágico,
         mientras, desde la barrera,
         mechan el toro a pinchazos,
         que le hacen pensar:
         -"¿Qué hice para merecer tal trato?"
         Huir intenta, metiendo
         los cuernos entre los palos,
         y le pinchan con más saña
         y apalean despiadados.
         Y, doliente, el pobre muge:
         -"Pero, ¡Qué tíos más bárbaros!
         No, pues como enganche a uno
         el entresijo le saco"

         Este lance, repetido
         otras tres veces o cuatro,
         satisface como "prueba"
         de que es el torito bravo.
         Y con igual prueba, aceptan,
         a su toro los casados.
         Como ofreció el mayoral
         sale luego con los mansos
         llevando los dos mayores
         de los cuernos, con sus manos. (10)

         Fórmanse en fila los seis;
         se arrodillan, e, inclinando
         la temerosa cabeza,
         saludan finos y urbanos.
         Efectuado el saludo,
         monta el vaquero a caballo;
         meten, uno en cada estribo,
         sus grandes cuernos los mansos;
         en el collar de estos, otros,
         que, a su vez, van soportando
         los de la última pareja,
         y en tal manera formados
         dan dos vueltas a la Plaza,
         entre entusiastas aplausos.

         Cuenta un cabestro hasta veinte,
         con sonoros cencerrazos,
         y otro contesta sí o no
         con la cabeza, a los casos
         que el Mayoral le propone.
         Por último, éste, a caballo,
         queda en el estrecho círculo
         por los seis mansos formado,
         al exterior las cabezas
         y hacia el interior los rabos,
         apoteosis final,
         con que acaba el espectáculo.

         Echan los mozos "un guante"
         del vaquero en agasajo,
         módica retribución
         que complementa el aplauso.


         Y comienza la monótona
         corrida, que mis paisanos
         estimaban el más grande
         de los festejos profanos,
         y que, durante dos días,
         mantiene a mil ciudadanos
         y otras tantas cuidadanas
         molestamente sentados
         en las barreras, o en pie
         en los balcones prensados,
         sufriendo pacientemente
         del Sol los quemantes dardos;
         por ver la cual se despueblan
         los pueblecitos cercanos,
         e incómodos viajes se hacen
         de los pueblos alejados.

         La corrida se reduce
         a un solo lance invariado:
         el de citar de lejos al toro;
         echar a correr, en cuanto
         hace ademán de arrancar,
         y acribillarle a pinchazos,
         si a la barrera se acerca
         una salida buscando,
         con toda la cruel saña
         de un salvajismo primario.

         Esto, diez o doce veces
         cada media hora, alternando
         con el toro de los mozos,
         el toro de los casados.
         La única variación
         del lance, apréciase cuando
         ya los infelices toros
         de correr están cansados;
         crece entonces el valor
         de los mozos otro tanto,
         y, ya en el segundo día,
         los dos toros extenuados
         por la sed y por el hambre,
         y, aún más, por el cruel trato,
         hay valientes que se atreven
         hasta a tirarles del rabo.

         Y, en la tarde de este día,
         todo acaba en el escarnio
         de la ignominiosa muerte
         de los toros torturados,
         que relatar quiero para
         vergüenza de mis paisanos
         de aquellas generaciones,
         y enmienda de aquel pecado
         de las que lean - si leen -
         este insustancial relato.

         Al declinar ya la tarde,
         ocho o diez mozos armados
         de unos largos varejones
         que, en un extremo engastado
         llevan un hierro de lanza
         "de hoja de peral" llamado,
         o una aguda bayoneta,
         cercan al toro extenuado
         y le clavan en el cuello
         los lanzones afilados.

         Muere dolorido el toro,
         y, con inútiles saltos,
         intenta el pobre evadirse
         del terrible y cruel daño;
         sujétanle los "longinos"
         y con sus varejones largos;
         brotan los chorros de sangre
         que forman pequeños charcos,
         y el noble animal, rendido,
         cae al suelo agonizando.

         Se echan sobre él sus verdugos
         y de un certero puntillazo
         pone fin aquella vida
         que, dedicada al arado,
         rindiera fecundos bienes
         a nobles fines humanos.

         Por hábiles carniceros
         son mas tarde desollados:
         los sacan tripas y entrañas;
         les cortan cabeza, rabo
         y patas, que luego son
         en público subastados,
         y los cuerpos en canal
         quedan en la "olma" (11) colgados,
         hasta que amanezca el día
         del público festín báquico,
         de las fiestas de Tendilla
         último y sustancial acto.


         La noche del día nueve,
         por despedida, la banda
         a las personas notables
         obsequia con serenatas,
         con las que su agotadora
         labor dignamente acaba,
         y recauda unas pesetas
         con que incrementar la paga,
         que, en tres días sin descanso,
         de ochenta duros no pasa.

         Y en la noche del diez, otra
         música la noche encanta
         y despierta a los que duermen
         hartos de baile y jarana.
         Es "la ronda de los mozos",
         que también da serenatas
         atención que corresponden
         las personas festejadas
         con cinco o diez pesetillas
         que con las cuotas pagadas
         para los toros, se suman
         para liquidar "la data".

         Y aún hay bailes esta noche
         hasta que amanece el alba
         para los que, cual Roldán,
         baile tras baile descansan.


         El Festín

         Al amanecer del once,
         los toros se descuartizan,
         y se reparte la carne
         entre los que a la corrida
         contribuyeron con cuotas.
         A cada uno una libra
         y media cada chaval
         de carne magra escogida,
         que queda, para el festín,
         mucha carne todavía.

         La operación culinaria
         en la Plaza se practica
         por los mozos y casados
         que algo entienden de cocina.
         En unas grandes calderas,
         por trévedes sostenidas
         se echa la carne en pedazos
         y agua clara hasta cubrirla,
         con sal, ajos y cominos
         y algunas fuertes guindillas,
         y, haciéndolo hervir dos horas,
         a fuego vivo se guisa.

         A las cuatro de la tarde,
         ya la carne bien cocida,
         se da un pregón anunciando
         que "la mesa está servida",
         y acuden los comensales,
         la cuchara prevenida.
         Toman un trozo de pan
         - pan tierno, de blanca harina -
         que unas mantas sobre el suelo
         pródigamente les brindan,
         y en redor de las calderas
         buscando caras amigas
         cada veinte o veinticinco
         vánse agrupando en cuadrillas.

         En tanto, los soportales
         bullen de muchachas lindas
         que "a ver de comer la carne"
         van allí.. y por la magrilla
         que les prometió su novio
         o el hermano de la amiga:
         que no hay mozo que no tenga
         una magra prometida.

         Van metiendo la cuchara
         por turno en cada cuadrilla,
         y el que, por suerte, tropieza
         con una buena magrita
         vase hacia los soportales,
         a cumplir la prometida
         atención, bien a su novia,
         bien a su hermana o su prima,
         que se esponja al verse objeto
         de una tal galantería.

         No para, en tanto, la bota
         que se da a cada cuadrilla
         hasta que, trago tras trago,
         queda la pobre exprimida.
         Y vuelta a llenar, prosigue
         distribuyéndose alegría.

         Tras los cerros que la vega
         por el Noroeste limitan
         se hunde el Sol, cuando la gente,
         de carne y vino ahíta,
         cede el puesto en el festín
         a la multitud canina,
         que, de huesos y piltrafas,
         como unos odres se hincha.
         Y, luego, baile en la Plaza
         para desinflar la tripa,
         y bailes particulares
         hasta que amanece el día,
         que se dedica al descanso,
         pues ya no hay quien resista.


         Colofón

         Tal era hace setenta años,
         la gran fiesta de Tendilla.
         Ha cambiado, de seguro;
         de seguro, en mejoría;
         más, si yo a verla volviera.
         defraudado quedaría.

         Ni el culto en el Vaticano
         hoy conmoverme podría
         como aquel altar florido
         ante el que a mi Virgencita
         mi corazón infantil
         rezaba un "Ave María";
         ni la Orquesta Filarmónica
         en la "Sexta Sinfonía"
         de Beethoven, mis oídos
         tan gratamente heriría,
         como la orquesta y la banda
         por Torrijos dirigidas;
         ni el más brillante espectáculo
         mi vista impresionaría
         como la función de pólvora
         en aquellos años vista
         en mi siempre amado pueblo,
         tanta más amado hoy día,
         cuanto en distancia y en tiempo
         le veo en la lejanía.

         Preferiría no verla más
         en su realidad viva,
         y verla constantemente
         en rosada perspectiva:
         que de estos dulces recuerdos,
         que un filtro de fantasía
         y de amor, me brinda límpidos.
         se nutre hoy mi vieja vida.

Gustavo López García. Zafra, septiembre de 1948.

Notas aclaratorias, escritas por D. Gustavo:

  1. Esta banda y orquesta estaban formadas por los mismos indivíduos, casi todos estimables menestrales de Guadalajara, que tocaban un instrumento en la banda y otro en la orquesta. El mismo Torrijos, director de ambas, tocaba el cornetín en la banda, y el violín o la flauta en la orquesta.
  2. Entonces existía la tradicional institución del "Mayoral de los Mozos", hoy perdida. El "Mayoral" era el jefe de los mozos, nombrado por aclamación en las fiestas de la Salceda, y su mandato duraba un año. Era generalmente un "mozo viejo" de "valor acreditado", porque algunas veces habí,a de imponer su autoridad "por puños". En tiempos de D. Gustavo ya andaba esta institución en decadencia.
  3. Estas magníficas colgaduras, que cubrían las paredes de la iglesia hasta la altura de cinco o seis metros, cree D. Gustavo que fueron vendidas para atender las necesidades de la iglesia. Y también cree fueron vendidos con el mismo fin cuatro no menos magníficos sillones tapìzados de antiguos y valiosos tapices flamencos, colocados a los lados del presbiterio, y en los que se sentaban los sacerdotes en las misas de tres. !"Triste destino de las casas venidas a menos"!
  4. Las campanas de la torre de Tendilla eran cuatro: la "cascarrá", así llamada porque estuvo muchos años rajada, y fue refundida por aquellos años, que ocupaba el hueco Sudeste; la "de voleo", que se tocaba siempre volteándola y ocupaba el hueco Nordeste; la "de nublo", así llamada porque se tocaba para espantar a las nubes, y que ocupaba el hueco Sudoeste; y "la gorda", que miraba al Noroeste y era la mayor de todas. Las tres primeras eran volteadas en las grandes fiestas, "la gorda" no podía serlo porque lo impedía el mazo del reloj que sobre ella percutía.
  5. Entre los varios objetos regalados para la rifa a beneficio de la Virgen, figuraba todos los años una gran sandía, regalo de un melonero de Marchamalo, en cuya corteza había grabado "a punta de navaja" el mencionado letrero.
  6. "La Torta" y "El Cuadro" fueron durante años los objetos obligados para esta rifa, para la que se vendí,an dos mil papeletas (mil para cada objeto) que producían doscientas pesetas. Los objetos rifados costaban cada uno venticinco.
  7. La bonita Capilla de la gran casa de los "Solanos" estaba consagrada a la "Sagrada Familia", y lindas esculturas de las sagradas personas que la componen figuran en el lugar preferente de su retablo mayor.
  8. El suceso relatado pudo ocurrir (si ocurrió efectivamente, dice D. Gustavo) en el añoa 1892 o 1893. La señorita cantante fue la bella, gentil y elegante María Castedo, que era una magnífica contralto. Alternaba en nuestras reuniones y la oí embelesado trozos de las más famosas óperas, cantados con excelente escuela y voz ágil y melodiosa como el canto de un ruiseñor. Su madre, doña Juana Palero, pertenecía a una modesta familia de Tendilla y pasaba algunos veranos en nuestro pueblo con sus cinco hijos, tres hembras y dos varones, éstos niños aún en aquellos tiempos. Su padre, don Julián Castedo, ocupó los más elevados cargos en el Cuerpo de Aduanas, en el que era una autoridad respetadísima. Y su hermano Sebastián, también del Cuerpo de Aduanas, formón parte del Gobierno presidido por Primo de Rivera, en los años mil novecientos ventitantos. Con tal motivo Tendilla le dedicó un modesto homenaje (y una calle), al que D. Gustavo tuvo el gusto de asistir yendo desde Madrid, dónde a la sazón residía. Sebastián Castedo fue ministro de Economía del 20 al 28 de enero de 1930.
  9. Los tendilleros llamaban "encierre" al encierro, siguiendo el vicio de dicción muy corriente entre ellos. Así dicen también "pinche" por "pincho"; "chache" por "chacho", etc.
  10. Este número de los mansos amaestrados se exhibió efectivamente en uno de aquellos años, y fue justamente celebrado.
  11. La "olma de la Plaza" (hoy desaparecida) es como el símbolo típico de los pueblos alcarreños. Es raro el que no la tiene, y a su sombra se celebran mercados y reuniones diversas. La de Tendilla tenía como principal función, en aquellos tiempos, la de servir de percha para el oreo de los canales de los toros en la noche del 10 al 11 de septiembre. La olma es un ejemplar añoso de "Ulmus campestris", al que se corta la guía para que no crezca en altura y, en cambio, produzca robustas ramas casi horizontales, que forman una magnífica copa. Muchas olmas en Castilla han desaparecido a finales del siglo XX por la enfermedad de la "grafiosis".
  12. Hay más información sobre la Fiesta en este enlace.
  13. Finalmente indicaremos un error de D. Gustavo, confundiendo al gran Cardenal Pedro González de Mendoza con su tataranieto fray Pedro González de Mendoza que fue quien escribiera la "Historia del Monte Celia". Gustavo describe los altares, campanas y órgano destruidos en la Guerra Civil de 1936-39. Hemos de indicar que el trato a los toros actualmente es muy distinto, tanto por la mayor cultura de las personas como por la estricta legislación existente al respecto. Don Gustavo muestra un mayor agrado hacia la corrida de toros que describe en el programa de fiestas de Huerta de Valdecarábanos (Toledo) de 1906.

Versión de 15 de Julio de 2003.



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