Este poema fue escrito por el farmacéutico Gustavo López García (Tendilla 1873-Zafra 1967) en el mes de septiembre de 1948, siendo incluido en el libro mecanografiado "Mi Tendilla" que enviara al Ayuntamiento desde Zafra en l950.
La Gran Fiesta de mi Pueblo. 1880-1890.
Preludios
El día de "la Asunción"
quince de agosto; celebra
su Junta la Cofradía
o hermandad de la Salceda
para acordar el programa
de la anual, próxima fiesta.
Y el mismo todos los años
invariablemente acuerda:
un novenario solemne
cuya última novena,
las vísperas y la misa
cantará una gran orquesta;
sermón por el orador
más famoso de la época,
sin reparar en que cueste
por cima de cien pesetas,
y procesión, que es un chorro
de ricas pujas y ofrendas,
con las que la Cofradía
casi la fiesta costea.
Y, de festejos profanos,
una función estupenda
de fuegos artificiales,
y dianas y retretas
y bailes, por la gran banda
que, como la gran orquesta, (1)
dirige Julián Torrijos,
cuya batuta ordena
cuanto con son armonioso
en Guadalajara suena:
lo mismo misas de réquiem
que música callejera;
ya elegantes rigodones
en "el Casino" y "la Peña",
ya el pasodoble en los toros
o el schotis en la verbena.
¡Torrijos! Proteico músico
que tocaba la corneta,
el violón y el piano,
y la flauta, con idénticas
perfección y maestría
que dirigía la orquesta.
Contar quiero este recuerdo
a la maestría y modestia
de aquel que admiré embobado
en mis edades primeras.
En los finales de agosto
próxima ya la fiesta,
a la noche, en una esquina,
un potente grito suena:
-¡Que los hayga!".
-¡Que los hayga!"
desde otra esquina contestan.
A la mañana siguiente,
en tanto barren sus puertas,
dice una vecina a otra:
"¿Habrá toros pa la fiesta?"
-"Ende luego. ¿No oíste anoche,
a eso de las ocho y media,
-¡Que los hayga!"?
"Pus por eso
te pregunté a ti; porque era
la voz de tu hermano Andrés
la que sonó en la calleja,
y debes de saber algo"
En tono de confidencia,
y con aire de "enterada",
la interpelada contesta:
"Dimpués de la ronda, el sábado,
hay riunión en la taberna".
Y está orgullosa, y la otra
del notición satisfecha,
continúan cada una
el barrido de su puerta.
Después de la ronda, el sábado,
reúnense en asamblea
sesenta o setenta mozos,
en la más amplia taberna.
"El Mayoral" (2) les pregunta:
-¿Queréis toros?" - y contesta
con un clamoroso "¡Sí!"
la mocedad tendillera.
En lo principal de acuerdo,
sigue "el Mayoral" la encuesta:
- "Pues a vel quien va a cobral
que de tos a gusto sea,
pa que luego no vengáis
con custiones y sospechas".
Y, tras una breve pausa
en espera de propuestas,
que nadie hace, continua
la consulta a la asamblea:
"¿Sus paice bien "Riconuevo",
que entiende mu bien de cuentas,
y "el Porrinches", pa cobral
y p'agencial la maera?"
Con el otro "¡Sí!", no tan vivo,
aceptada es la propuesta,
y prosigue "el mayoral":
"¿Y quienes, que de ello entiendan,
van a d'il a por los toros?"
y sin esperar respuesta,
añade "¿Sus paicen bien
"el Pedraco" y "el Cazuela"?"
Aceptado el nombramiento
sin una sola protesta,
"el Mayoral" pone fin
con esta imperiosa arenga:
"Y ya sabís, el Domingo
tos a acarrear maera
y a cercar la plaza, a ver
si en un dia lista queda".
Y, no habiendo más asuntos,
se disuelve la asamblea.
Y de sus casas camino,
la moceril concurrencia
ya no grita "¡Que los hayga!"
expresión de lo que anhela;
grita ya "¡Que los va a habel!",
proclamando la certeza,
y publicando a los vientos,
lo acordado en la asamblea.
En la noche del Domingo,
ya calientes las cabezas
por copiosas libaciones
del tintillo de la tierra,
"los casados" se reúnen
y traer otro toro acuerdan,
que, si los de hoy gastan rumbo,
los mozos de ayer no reblan.
La Víspera
Dan el último retoque
las mujeres a sus casas;
matan y despluman pollos
y disponen limpias camas,
en espera de los huéspedes;
planchan camisas y enaguas,
y sacan los trajes nuevos
de cómodas y de arcas
con aromas de membrillo
y de espliego y de manzana
que a las polillas ahuyentan
y, a más, el olfato halagan.
Fueron a la era los hombres
para recoger las granzas,
dejando aquellas barridas
y limpias de polvo y paja,
o por una carga de uvas
de la viña más temprana,
para el postre y la merienda
en los días de "jarana".
Y los chiquillos pululan
en bulliciosa algazara,
de agudos pinchos armados
para la heroica hazaña
de atormentar a los toros
al resguardo de las vallas
conque, para la corrida,
cercan los mozos la plaza.
La corrida simulando,
gritan, corren, brincan, saltan
y, trepando a los maderos
que aún no sufrieron la labra,
los pantalones, algunos,
fieramente se desgarran,
con opción a unos azotes
de materna "mano airada".
Otros miran embobados
como el polvorista clava
los maderos que sostienen
la complicada maraña
de chorizos de papel,
de los que, por arte mágica,
brotarán chorros de chispas
azules, rojas y blancas
con un brillo deslumbrante,
entre estampidos de traca.
Todos se encaminan luego
en bulliciosas bandadas
a recibir a los músicos,
que habrán de llegar sin falta
entre las once y las doce
de aquella alegre mañana,
en los carros que, por ellos,
fueron a Guadalajara.
La masa más numerosa
en "La Soledad" se para;
al "puente de Fuentelviejo"
algunos otros se alargan,
y unos pocos decididos
hasta "la Casilla" avanzan.
Y cuando asoman los carros,
en una carrera rápida
vuelven a llevar la nueva
a los que atrás se quedaran.
En "La Soledad", Torrijos
forma en orden a su banda,
y, al compás de un pasodoble,
en el pueblo hace la entrada.
A saludar al Alcalde
y al Prioste va a sus casas,
y este último a cada músico
alojamiento señala
en la casa de un cofrade,
que, presente, le acompaña
para ofrecerle solícito,
gran comida y blanda cama,
mostrando que el hospedaje
es para él honra y gala.
El Prioste, las mayores
ha para sí reservadas:
el predicador, que llega
en la diligencia diaria.
Con el alegre repique
de las sonoras campanas,
la iglesia, a las tres en punto,
a las vísperas nos llama.
Forman, enseguida la música,
y, al compás de "la Giralda",
el pasodoble torero
que a Juarranz dio prez y fama,
conduce a la iglesia al Juez
y al Alcalde, con sus varas;
al Prioste y Mayordomos,
con sendos cetros de plata,
y al clero que ha de oficiar
en la ceremonia sacra.
Cubren el suntuoso templo
las paredes desconchadas
antiguos damascos rojos (3)
que augusto aspecto le daban,
y el pavimento tapizan
frescas hierbas aromáticas,
que elevan, con sus aromas,
a la Virgen sus plegarias.
A la derecha, amplia mesa,
frontal de tisú de plata,
sostiene la gradería
en que arden velas rizadas
por docenas, y cien ramos
de las flores más variadas
ante la Virgen humillan
sus bellezas y sus gracias.
Brilla el broncíneo trono
sobre la última grada,
y la diminuta imagen,
en su vitrina encerrada,
resplandece entre las gemas
que su regio trono esmaltan.
Y cubre todo un dosel
de terciopelo escarlata,
con fondo de oro brillante
que hace del altar un ascua.
Alternando orquesta y órgano,
solemnes vísperas cantan,
y, después de ellas, la música,
infatigable, acompaña
a todos los personajes,
a sus respectivas casas.
Noche completa.
La gente cena temprano,
que a las ocho, las campanas
tocarán a la novena,
y es necesario ir sin falta:
que la orquesta y los cantores
tienen de lucirse ganas
en unos nuevos motetes
y en la gran Salve de Eslava.
Celebrada la novena
la gente sale con pausa,
comentando del tenor
la agilidad de garganta
y la de los violines,
y va quedando en la plaza
la gente plebeya, en tanto
que la gente aristocrática
va ocupando los balcones,
rebosantes de elegancia,
de chiquillos bulliciosos
y de bonitas muchachas
de los fuegos de artificio
a ver la fiesta fantástica.
Raudos, brillantes cohetes,
de la noche el manto rasgan,
asta chocar en la bóveda
que las estrellas esmaltan.
Saltan al choque los trozos
como un puñado de brasas,
que, lentas, lentas, descienden,
y, lentas, lentas, se apagan;
giran las ruedas, lanzando
torrentes de chispas blancas,
rojas, verdes y amarillas,
azules y violadas,
y la vista se deslumbra
con las luces de bengala.
¡Ahes! y ¡Ohes! de sorpresa
la gente embobada lanza,
y rompe en fuertes aplausos
cuando cada árbol se apaga.
Entre uno y otro ejecuta
variadas piezas la banda,
que los audaces que saben
bailar "agarrao" bailan.
Y al final, hasta las doce,
sigue la gente en la Plaza,
bailando jota tras jota,
y protestando indignada
cuando por vals, polca o schotis,
la música el compás cambia.
Y, después, cuarenta bailes
en particulares casas,
en vano cansar intentan
a la juventud, que baila
sin cesar, hasta que asoma
tras San Ginés el alba.
El Gran Día
¡Oh, gran ocho de Septiembre!
No hay un solo tendillero,
aunque lleve más de un siglo
alejado de su pueblo,
que en este día no evoque
un nostálgico recuerdo
de su fiesta y de su Virgen,
que, con ternura, va luego
a sus juegos infantiles,
a sus amores primeros,
a sucesos ocurridos
a hermanos, padres y abuelos,
desahogado en un suspiro
que hinche de aire el noble pecho,
o una furtiva lágrima,
que es amarga y dulce a un tiempo.
Mas, volvamos al relato,
que es largo, y no divaguemos.
Giran tres de las campanas
en frenético volteo,
y acompáñalas "la gorda" (4)
con sus badajazos secos.
Llénase el aire del valle
del alegre campaneo,
y muestra tal de alegría
llevan sus ondas muy lejos,
diciendo a cuantos encuentran:
-"Tendilla hoy arde de festejos".
Precedidos por la banda,
autoridades y clero
hacen su entrada en la iglesia,
llena del devoto pueblo
y de enorme contingente
de huéspedes forasteros.
De los bandos de la izquierda,
asiéntanse en el primero
el Prioste y Mayordomos,
y ocupa el Ayuntamiento
el primer de la derecha,
por un tradicional fuero.
Profusas luces convierten
en un ascua de oro el templo:
el oro de los retablos
de estilo chirrigueresco,
limpio para este gran día,
brilla con vivos reflejos,
y parecen las imágenes
cobrar vida y movimiento.
San Blas y San Nicolás
desde el alto presbiterio,
envían sus bendiciones
episcopales, al pueblo;
con pudor, San Sebastián
su uniforme echa de menos,
y San Juan estira un poco
u breve piel de cordero.
En los altares menores
en los brazos del crucero,
las Vírgenes de la O,
del Rosario, los Remedios,
y la Concepción, sus labios
entreabren sonriendo
contentas de la piedad
que muestran los tendilleros.
San Miguel clava al demonio
su aguda espada en el pecho,
y el diablo retuerce el rabo,
rabioso del vencimiento.
Mostrando sus grandes llaves,
la Gloria brinda San Pedro,
y Santa Agueda no siente
la tortura de sus pechos
ante el brillante espectáculo
que ofrece el sagrado templo.
Santa Bárbara su palma
arbola como un trofeo;
"Cristo de la Buena Guía"
alza el rostro macilento
y envían sus turbios ojos
miradas de amor inmenso
casi frente al "de la Luz",
que da la vista a los ciegos,
y San José da las gracias
por los suntuosos festejos
dedicados a su esposa,
mientras San Ginés, leyendo
en su gran libro, se abstrae
en sus profundos misterios.
- ¡Que me perdonen los santos
de la iglesia de mi pueblo
-dos solamente olvidados-
al cabo de tanto tiempo!
Suben el preste y los diáconos,
con paso solemne y lento,
los veinte y más escalones
que ascienden al presbiterio,
y el preste expone el Santísimo
a la adoración del pueblo,
entre los cantos rituales
del solemne "Tantum ergo",
y, también solemnemente,
comienza la Misa luego.
Canta la orquesta a tres voces
los Kiries, el Gloria, el Credo,
y, en el Ofertorio, tocan,
a manera de intermedio,
el "largo de Haendel"
de cuerda los instrumentos.
Pero ya el Predicador
a empezar esta dispuesto.
Ya los altos ventanales
por sus cortinas cubiertos,
en discreta oscuridad
dejan el sagrado templo,
y de las velas y lámparas
avivan el brillo intenso.
Tras las frases de rigor,
se hace profundo silencio,
y el predicador comienza,
tras un breve exordio, diciendo
la salutación del Angel,
cuya glosa, tema viejo
pero fecundo, propónese
sea del sermón objeto.
Y, al hablar de las mil gracias,
que brotan del tierno seno
de la Virgen, va contando
los milagros con que, en tiempos,
favoreció a sus devotos
La Salceda, en su convento,
según relata la historia
que escribió con pío celo
el "Gran Cardenal" Mendoza,
"guardián" que fue del convento,
desde el de su aparición
a dos notables caballeros
perdidos en la espesura
del "Barranco del Infierno",
y aterrados por la lluvia,
los relámpagos y truenos.
Milagros ha de contar,
sin omitir uno de ellos,
si a los hijos de Tendilla
quiere dejar satisfechos,
aunque todos los recitan
lo mismo que "el Padrenuestro".
Ya terminada la misa,
en el amplio atrio del templo
se celebra la subasta
de los variados objetos
regalados a la Virgen
por la piedad de su pueblo.
Hay melones y sandías,
ristras de gruesos pimientos,
muchos pollos y pichones,
liebres, perdices, conejos,
cuelgas de uvas y manzanas,
y una ristra de ajos nuevos.
Picados los subastantes,
alcanza todo altos precios:
cuatro duros vale un pollo,
y tres duros un conejo,
y una gran sandía en que
ha grabado el melonero
un "¡Viva la Virgen de
La Salceda!", tres y medio. (5)
Sobre una mesa se exhiben
los dos preciosos objetos
que han de rifarse en la Plaza (6)
el Domingo venidero,
y se venden papeletas
para la rifa, a diez céntimos:
uno, "la Torta", otro "el Cuadro".
Es "la Torta" un monumento
con columnas y arquerías
de guirlache o caramelo,
con profusión de adornado
por el arte confitero.
Y "el Cuadro", una ingenua copia
del fascinante momento
de la aparición de la Virgen
a dos nobles caballeros,
entre rayos y centellas
que incendian el negro cielo.
Pintura al pincel debida
de un pintor de Fuentelviejo
que, en el Museo del Prado
ejerce un cargo modesto,
y ganó unas pesetillas
con su pictórico ingenio.
Para la rifa, uno al año
pintaba, y como su precio
- cinco duros - era módico
- hoy valdría más el lienzo -
pintó muchos más por encargo,
hasta que no hubo en el pueblo
sala que no le ostentara
en el lugar de respeto.
Pero ¡cuántas disgresiones!
- perdona lector, no puedo
resistir a la avalancha
de emocionados recuerdos
que me asaltan, acuciosos,
siempre que hablo de mi pueblo.
La Procesión
A las tres y media en punto
otra vez alegres suenan
las campanas, pregonando:
-"La Virgen de la Salceda
va a salir como acostumbre
de amor y de gracias llena
a derramar sobre el pueblo
en justa correspondencia
a su devoción ferviente
esperanzas y promesas,
ricos dones más preciosos
que las más grandes riquezas".
La procesión puesta en marcha,
detiénese ante la puerta
de atrio para la subasta
del honor que representa
tomar en hombros la Virgen
para salir de la iglesia.
Por dada palo, seis duros,
o, de trigo, tres fanegas,
y, por cada cinta, dos
o, en plata, veinte pesetas,
es la alta cotización
a que la subasta llega.
Y, acabada la subasta,
los subastantes elevan
sobre sus devotos hombros
las andas de flores llenas,
y, sobre estas, el templete,
que adornan más flores bellas.
Y avanza majestuosa
sobre el mar de las cabezas,
entre la pompa florida,
la Virgen de la Salceda,
mientras la música toca
la Marcha Real granadera,
y silbantes cohetes
hasta el empíreo elevan
mensajes de devoción
a su Soberana excelsa.
Saluda el sol con sus rayos
a la que es del Cielo Reina,
y brotan del áureo trono
deslumbrantes refulgencias.
Y sienten los corazones
una sacudida eléctrica
que las gargantas anuda
y algunos ojos humecta.
Cantando el Santo Rosario
con mayor brío que técnica,
y marchando a paso lento,
tuerce por la carretera,
y la sigue hasta que al cruce
con "el barranquillo" llega;
asciende por esta calle
y, al empinarse la cuesta,
vuelve por la calle de ....
- olvidé el nombre - a la izquierda,
hasta que en la "del Rosario"
desemboca; sigue ésta
hasta el final, y desciende
de nuevo a la carretera.
Al llegar a "la Capilla"
de la casa solariega
de los Solano, se para;
se hace otra subasta previa
de los palos y las cintas
de las andas; y entra en ella
a los sabidos acordes
de la marcha granadera.
En "la Capilla" descansa
frente a su familia entera, (7)
y una gentil señorita, (8)
con voz digna de la escena
del teatro Real, canta,
acompañada de la orquesta,
la famosa "ave María",
obra de Gounod maestra.
Nueva subasta al salir;
tuerce luego a la derecha
la esquina de "la Capilla",
para seguir la rivera
del río hasta el "Puente Ancho",
la cruza y, entre las huertas,
va a la "Calle Franca", hoy
calle de "Díaz de Yela".
Sigue ésta hasta "los Remedios",
calle dónde ella empieza;
por el "Puente de la Fuente"
pasa a la margen derecha
del río, y por la calle
de San Roque, entra en la Iglesia.
La procesión ha durado
tres horas, y en ellas,
los que conducen las andas
de renovarse no cesan,
todos brindando a la Virgen,
según su bolsa, su ofrenda.
Y, ya en la iglesia la imagen,
canta una salve la orquesta
y un motete, como fin
de las religiosas fiestas,
y va saliendo la gente
cansada pero con pena
de ver como huyen veloces
las horas de holganza y juerga.
Complemento del Gran Día
Mediada la procesión,
corrió entre la concurrencia,
como reguero de pólvora,
la escalofriante nueva
de que han llegado los toros
y están pastando la vega.
Se dan pelos y señales
con precisión estupenda:
es berrendo el de los mozos,
de bien armada cabeza,
y negro el de los casados,
y un poco abierto de cuerna.
Los dos, bien plantados, vivos,
y con aire de fiereza,
que garantiza además,
su genuina procedencia,
de la más acreditada
ganadería de Cuenca.
Seis mansos amaestrados
acompañan a las fieras
que, a la voz del mayoral,
harán, después de "la prueba",
ejercicios muy notables
de inteligencia y nobleza.
Y muchos, chicos y mozos,
ardiendo en viva impaciencia,
la procesión abandonan
y van por la carretera
hasta ver allá, a la entrada
del "Barranco la Hechicera",
las ocho reses vacunas
paciendo la fresca hierba,
un grupo de ocho o diez hombres
vigilándolas de cerca,
y, por orden del Alcalde,
de Civiles dos parejas,
para impedir que la gente
salga de la carretera
y se aproxime a los toros
para excitar su fiereza.
La noche es noche de bailes,
y, tras el que se celebra
en la Plaza, hasta las doce,
tocando la banda, treinta
o más, particulares
hay, con música de cuerda;
que hay muchos mozos que tocan
la bandurria y la vihuela.
En el de "los señoritos",
tan solo se bailan "Piezas",
en cambio en los otros, jotas
y seguidillas manchegas
del repique acompañadas
de sonoras castañuelas,
que no hay moza que no toque
con donaires y destreza.
Dos o tres veces, los bailes
un rato suspensos quedan,
y los bailarines salen
presurosos a las puertas;
se oye tronar de cencerros,
que motiva la sospecha
de que encierren a los toros
en la noche y por sorpresa,
para evitar que la gente
desmandarlos luego pueda
con su presencia y sus gritos,
aunque así privado sea
el pueblo, del espectáculo
del "encierro", (9) en cuya espera
los unos madrugan mucho
y los otros no se acuestan.
Pero solo fue una broma
de la gente bullanguera,
que la da todos los años
y crédulos siempre encuentra.
El Encierro
Las estrellas palidecen;
luego, extinguen sus fulgores,
y una claridad lechosa
va coronando los montes;
pero el valle esta sumido
en las sombras de la noche.
En el pueblo, de la Plaza
a las eras de San Roque,
bulle numerosa gente
que habla en apagadas voces.
Entre la gente que bulle,
cuadrillas de ocho o diez hombres
empujan pesados carros
que en las bocacalles ponen,
para interceptar el paso,
y que cien espectadores
de los que bullen, ocupan.
En las casas, tras balcones
y ventanas entreabiertas,
acechan sus moradores.
Todo está ya preparado;
el espectáculo es enorme,
y puede el gran espectáculo
empezar sin dilaciones.
La gloria del Sol asoma
por encima de los montes,
cuando, lejos todavía,
broncos encierros se oyen
y, a compás lento se acercan
por la parte de San Roque.
Y, por la vuelta que tapan
viejas edificaciones,
asoma el protagonista
a escena: una masa informe
en la que destaca un jinete
sobre bestias y peatones,
aparece, y se detiene.
Se oyen vivas discusiones
que acaban en un acuerdo,
y, tras él, tajantes órdenes.
Puesto el jinete delante,
sale el caballo a galope,
con un manso a cada estribo;
detrás los restantes corren
a los toros resguardando
con su cornamenta enorme,
y, chasqueando las ondas
y animando con sus voces
al ganado, cierran marcha
por último los pastores.
Por último no, que sigue
un tropel de gente joven
ganosa de no perder
ni los detalles menores.
Y es la carrera tan rápida,
que en un minuto recorren
los doscientos o más metros
que el recorrido supone.
El espectáculo es bello:
hay color, brinda emociones,
y se justifica que haya
por verle madrugadores.
Ya los toros en la Plaza
muéstranse algo remolones
para entrar en los toriles;
gracias a las condiciones
de los cabestros, lo logran
hábilmente los pastores.
Y, encerrados, a almorzar
vanse los espectadores
para ver luego "la prueba",
que a las nueve se dispone.
Los Toros
Cuatro órdenes de maderos,
uno sobre otro, a lo largo,
sujetos entre los postes
y otros verticales palos,
en derredor de la plaza
forman sólido cercado,
dejando en los soportales
a la gente libre el paso.
Mujeres mozas y viejas
se encaraman en lo alto,
ágiles y decididas,
procurando con recato
envolver las pantorrillas
entre enaguas y refajos,
para que, a lo más se vean,
las puntas de los zapatos;
porque hay mozos y chavales
paseando por debajo,
que aprovechan los descuidos
para ver si "guipan" algo.
Y hasta quien de una tijera
a la Plaza vase armado,
a cortar de las enaguas
algún "pico" descarado
que exhibe ante los amigos,
como trofeo preciado.
La Plaza, llena de gente,
es un vistoso espectáculo:
todas las bocas se ríen;
todos los ojos, avaros
de luz, color y alegría,
se emborrachan de ellos hartos.
Cada ventana, un racimo
brinda de rostros humanos,
y cada balcón rebosa
de gente. Niños sentados
ocupan la primera fila.
los inquietos pies colgando;
lindas muchachas, los pechos
sobre el barandal posados,
agitan los abanicos
con aire pausado o rápido;
luego una fila de damas;
detrás otra de muchachos,
y, aun detrás, calvas cabezas
brillan a los fébicos rayos.
Por el lado que no hay casas,
construyóse un gran andamio,
que se llena, sin que quede
para un alfiler espacio,
y, coronando barreras,
chicos y hombres a caballo
y mujeres asentadas
sobre los maderos ásperos.
Y bajo los soportales,
por los claros atisbando
viejas prudentes, y madres
con sus críos en los brazos,
tapándoles con la teta
la boca propicia al llanto.
¡Lástima de espectadores
en cifra tal congregados!;
¡Lástima de expectación
para tan ruin espectáculo!
Porque aparte de que sea
sangriento, cruel y bárbaro,
no tiene atractivo alguno,
ni arte, ni emoción ni garbo.
Más, con tan adverso juicio,
fuerza es que le describamos,
expresando antes el voto
de que pronto mis paisanos,
con una mayor cultura
y un gusto más depurado,
sustituyan tal festejo
por otro culto y humano.
Vamos a "la prueba": abierto
el toril, sale brincando
el torito de los mozos.
Es berrendo en colorado,
y, al ver tanta gente junta,
queda en el centro parado,
mirando a izquierda y derecha
y a los vientos preguntando:
-"¿Qué quiere de mí esta gente?
¿Son amigos o adversarios?"
Un mozo agita una blusa
de al barrera a dos pasos
y le llama: "¡Toro! ¡Eh!"
Le mira el toro pensando:
-"Vaya: esto es cosa de juego"
y parte hacia él como un rayo.
El mozo vuelve la espalda,
presa de un terrible pánico;
subir quiere a la barrera;
más los pies paralizados
por el miedo, se le niegan,
y tiene que ser izado
entre los espectadores,
desde la barrera a lo alto,
dónde aún duda si estará
de la acometida a salvo.
Las mujeres con sus gritos
corean el lance trágico,
mientras, desde la barrera,
mechan el toro a pinchazos,
que le hacen pensar:
-"¿Qué hice para merecer tal trato?"
Huir intenta, metiendo
los cuernos entre los palos,
y le pinchan con más saña
y apalean despiadados.
Y, doliente, el pobre muge:
-"Pero, ¡Qué tíos más bárbaros!
No, pues como enganche a uno
el entresijo le saco"
Este lance, repetido
otras tres veces o cuatro,
satisface como "prueba"
de que es el torito bravo.
Y con igual prueba, aceptan,
a su toro los casados.
Como ofreció el mayoral
sale luego con los mansos
llevando los dos mayores
de los cuernos, con sus manos. (10)
Fórmanse en fila los seis;
se arrodillan, e, inclinando
la temerosa cabeza,
saludan finos y urbanos.
Efectuado el saludo,
monta el vaquero a caballo;
meten, uno en cada estribo,
sus grandes cuernos los mansos;
en el collar de estos, otros,
que, a su vez, van soportando
los de la última pareja,
y en tal manera formados
dan dos vueltas a la Plaza,
entre entusiastas aplausos.
Cuenta un cabestro hasta veinte,
con sonoros cencerrazos,
y otro contesta sí o no
con la cabeza, a los casos
que el Mayoral le propone.
Por último, éste, a caballo,
queda en el estrecho círculo
por los seis mansos formado,
al exterior las cabezas
y hacia el interior los rabos,
apoteosis final,
con que acaba el espectáculo.
Echan los mozos "un guante"
del vaquero en agasajo,
módica retribución
que complementa el aplauso.
Y comienza la monótona
corrida, que mis paisanos
estimaban el más grande
de los festejos profanos,
y que, durante dos días,
mantiene a mil ciudadanos
y otras tantas cuidadanas
molestamente sentados
en las barreras, o en pie
en los balcones prensados,
sufriendo pacientemente
del Sol los quemantes dardos;
por ver la cual se despueblan
los pueblecitos cercanos,
e incómodos viajes se hacen
de los pueblos alejados.
La corrida se reduce
a un solo lance invariado:
el de citar de lejos al toro;
echar a correr, en cuanto
hace ademán de arrancar,
y acribillarle a pinchazos,
si a la barrera se acerca
una salida buscando,
con toda la cruel saña
de un salvajismo primario.
Esto, diez o doce veces
cada media hora, alternando
con el toro de los mozos,
el toro de los casados.
La única variación
del lance, apréciase cuando
ya los infelices toros
de correr están cansados;
crece entonces el valor
de los mozos otro tanto,
y, ya en el segundo día,
los dos toros extenuados
por la sed y por el hambre,
y, aún más, por el cruel trato,
hay valientes que se atreven
hasta a tirarles del rabo.
Y, en la tarde de este día,
todo acaba en el escarnio
de la ignominiosa muerte
de los toros torturados,
que relatar quiero para
vergüenza de mis paisanos
de aquellas generaciones,
y enmienda de aquel pecado
de las que lean - si leen -
este insustancial relato.
Al declinar ya la tarde,
ocho o diez mozos armados
de unos largos varejones
que, en un extremo engastado
llevan un hierro de lanza
"de hoja de peral" llamado,
o una aguda bayoneta,
cercan al toro extenuado
y le clavan en el cuello
los lanzones afilados.
Muere dolorido el toro,
y, con inútiles saltos,
intenta el pobre evadirse
del terrible y cruel daño;
sujétanle los "longinos"
y con sus varejones largos;
brotan los chorros de sangre
que forman pequeños charcos,
y el noble animal, rendido,
cae al suelo agonizando.
Se echan sobre él sus verdugos
y de un certero puntillazo
pone fin aquella vida
que, dedicada al arado,
rindiera fecundos bienes
a nobles fines humanos.
Por hábiles carniceros
son mas tarde desollados:
los sacan tripas y entrañas;
les cortan cabeza, rabo
y patas, que luego son
en público subastados,
y los cuerpos en canal
quedan en la "olma" (11) colgados,
hasta que amanezca el día
del público festín báquico,
de las fiestas de Tendilla
último y sustancial acto.
La noche del día nueve,
por despedida, la banda
a las personas notables
obsequia con serenatas,
con las que su agotadora
labor dignamente acaba,
y recauda unas pesetas
con que incrementar la paga,
que, en tres días sin descanso,
de ochenta duros no pasa.
Y en la noche del diez, otra
música la noche encanta
y despierta a los que duermen
hartos de baile y jarana.
Es "la ronda de los mozos",
que también da serenatas
atención que corresponden
las personas festejadas
con cinco o diez pesetillas
que con las cuotas pagadas
para los toros, se suman
para liquidar "la data".
Y aún hay bailes esta noche
hasta que amanece el alba
para los que, cual Roldán,
baile tras baile descansan.
El Festín
Al amanecer del once,
los toros se descuartizan,
y se reparte la carne
entre los que a la corrida
contribuyeron con cuotas.
A cada uno una libra
y media cada chaval
de carne magra escogida,
que queda, para el festín,
mucha carne todavía.
La operación culinaria
en la Plaza se practica
por los mozos y casados
que algo entienden de cocina.
En unas grandes calderas,
por trévedes sostenidas
se echa la carne en pedazos
y agua clara hasta cubrirla,
con sal, ajos y cominos
y algunas fuertes guindillas,
y, haciéndolo hervir dos horas,
a fuego vivo se guisa.
A las cuatro de la tarde,
ya la carne bien cocida,
se da un pregón anunciando
que "la mesa está servida",
y acuden los comensales,
la cuchara prevenida.
Toman un trozo de pan
- pan tierno, de blanca harina -
que unas mantas sobre el suelo
pródigamente les brindan,
y en redor de las calderas
buscando caras amigas
cada veinte o veinticinco
vánse agrupando en cuadrillas.
En tanto, los soportales
bullen de muchachas lindas
que "a ver de comer la carne"
van allí.. y por la magrilla
que les prometió su novio
o el hermano de la amiga:
que no hay mozo que no tenga
una magra prometida.
Van metiendo la cuchara
por turno en cada cuadrilla,
y el que, por suerte, tropieza
con una buena magrita
vase hacia los soportales,
a cumplir la prometida
atención, bien a su novia,
bien a su hermana o su prima,
que se esponja al verse objeto
de una tal galantería.
No para, en tanto, la bota
que se da a cada cuadrilla
hasta que, trago tras trago,
queda la pobre exprimida.
Y vuelta a llenar, prosigue
distribuyéndose alegría.
Tras los cerros que la vega
por el Noroeste limitan
se hunde el Sol, cuando la gente,
de carne y vino ahíta,
cede el puesto en el festín
a la multitud canina,
que, de huesos y piltrafas,
como unos odres se hincha.
Y, luego, baile en la Plaza
para desinflar la tripa,
y bailes particulares
hasta que amanece el día,
que se dedica al descanso,
pues ya no hay quien resista.
Colofón
Tal era hace setenta años,
la gran fiesta de Tendilla.
Ha cambiado, de seguro;
de seguro, en mejoría;
más, si yo a verla volviera.
defraudado quedaría.
Ni el culto en el Vaticano
hoy conmoverme podría
como aquel altar florido
ante el que a mi Virgencita
mi corazón infantil
rezaba un "Ave María";
ni la Orquesta Filarmónica
en la "Sexta Sinfonía"
de Beethoven, mis oídos
tan gratamente heriría,
como la orquesta y la banda
por Torrijos dirigidas;
ni el más brillante espectáculo
mi vista impresionaría
como la función de pólvora
en aquellos años vista
en mi siempre amado pueblo,
tanta más amado hoy día,
cuanto en distancia y en tiempo
le veo en la lejanía.
Preferiría no verla más
en su realidad viva,
y verla constantemente
en rosada perspectiva:
que de estos dulces recuerdos,
que un filtro de fantasía
y de amor, me brinda límpidos.
se nutre hoy mi vieja vida.
Gustavo López García. Zafra, septiembre de 1948.
Notas aclaratorias, escritas por D. Gustavo:
Versión de 15 de Julio de 2003.
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