Cuentos de Pep Bruno sobre "Pozos de la Nieve" en Guadalajara.


En la provincia de Guadalajara hay o ha habido "pozos de la nieve", lugares dónde se almacenaba la nieve caida en invierno para conservar en su frío los alimentos o disfrutar en verano de refrescantes bebidas o incluso helados. Hay noticias de al menos dos en Guadalajara (junto al río y junto al Mercado) y otros en Budia, Sacedón, Cogolludo o Tendilla. Presentamos un dibujo y una foto de los de Cogolludo y Sacedón, respectívamente, por cortesía de Editorial Aache.

Esquema de la Nevera de Cogolludo, libro de Perez Arribas        Nevera de Sacedon, foto Herrera Casado 2002

NEVERA COGOLLUDO | NEVERA SACEDON

 

El misterio que encerraban los "pozos de nieve" o "neveras" ha permitido al narrador de cuentos Pep Bruno escribir en mayo de 2000 unas historias en "El Decano de Guadalajara" relativas a unos imaginados pozos de Guadalajara y Tendilla. Pep reivindica el nombre de "cuentista" y dice de si mismo: "Tengo la suerte de vivir del cuento, soy cuentacuentos y escritor" y publica en "El Decano de Guadalajara" un cuento cada semana desde hace nueve años. También está haciendo su tesis doctoral, centrada en la edición de las obras completas de Borges.

Por cortesía de Pep Bruno reproducimos aquí sus dos cuentos dedicados a los "pozos de la nieve", uno de los cuales tiene la acción en el castillo y la nevera situados en Tendilla, aunque situe esta última, para aumentar el interés del relato, bajo el cerro del castillo de Tendilla y no bajo el inmediato cerrillo de Santa Ana. El imaginario personaje de don Tadeo Espinel, supuesto cronista, tiene entre sus méritos el haber sido nombrado "hijo predilecto de Tendilla", como indica Pep en la biografía del mismo que hay en su web.


Palacio Infantado     Patio del palacio del Infantado

PALACIO INFANTADO | PATIO DEL PALACIO

 


Breve notación sobre Albo de San Pedro

Tomar un refresco en pleno verano, en el siglo XVI, era ciertamente un lujo al alcance de muy pocos. La mayoría tenía que conformarse con el agua anisada de botijo, pero algunos, los privilegiados, disponían de un curioso medio para disponer de agua helada en agosto: un pozo de nieve.

En el Palacio del Infantado, como no era para menos, también existía un pozo de nieve. El pozo en cuestión, situado estratégicamente en un lugar de umbría, después de llenarse con las nieves de invierno se cerraba, manteniendo la nieve hasta el siguiente invierno. Así, cuando a la duquesa, o al duque, o a alguno de sus invitados se le antojaba una jarra de agua helada, el criado encargado de la nieve tenía que tomar el caballo, llegarse hasta el pozo, descender por una temible escalerilla hasta el nivel almacenado -más bajo según iba pasando el verano-, coger la nieve precisa, ascender de nuevo, pasar de una baja temperatura al calor sofocante del verano, volver al palacio y servir la bebida.

Esta operación venía a durar entre una y tres horas y no estaba exenta de peligros. Muchos criados de la nieve habían muerto al caer en el pozo y quedar congelados en pleno verano, ya que cuando se les echaba en falta solía ser demasiado tarde. Otros muchos, debido al cambio brutal y constante de temperaturas, se constipaban fatalmente, llegando a morir la mayoría. Por eso, ser criado de nieve era considerado o como un castigo o como un puesto privilegiado para mostración de valor.

No sabemos mucho de los criados que hubo durante siglos en el Palacio del Infantado, sin embargo sí aparecen detallados listados de los criados de nieve, incluso con anotaciones sobre algunos sucesos de sus vidas o sobre sus trágicos finales. De entre todos destaca especialmente uno llamado Albo de San Pedro.

Albo de San Pedro entró en 1563 al servicio del Palacio. Parece ser que fue él quien explícitamente solicitó ser criado de nieve, puesto que ocupó a los pocos días tras la desgraciada muerte de su antecesor. En el listado en el que aparece su nombre se encuentran detalladas bastantes anotaciones sobre sucesos curiosos y costumbres peculiares que jalonaron sus días. Destacan especialmente todo lo relativo a su modo de vida: Albo era taciturno, solitario, evitaba el día y el sol, y pasaba días enteros metido en el pozo de nieve, sobre todo cuando el calor apretaba. Todo esto hizo que adquiriera fama de hombre extraño. Si a esto se añade que al menos vivió 80 años como criado de nieve, poco a poco fue siendo señalado como brujo. Y como brujo acabó sus días quemado en una hoguera.

La última anotación dice, invocando a la divinidad, que el embrujado en la hoguera se evaporó completamente, como si se tratase de un hombre de nieve que al contacto con el fuego se deshiciera rápidamente. Hoy sabemos la verdad. Albo debió arder como todo hombre, sólo la imaginación de quienes lo pensaban brujo hizo ver los vapores diabólicos. Lo cierto es que Albo pasó toda su vida estudiando la nieve, y fruto de ese estudio es el tratado Frigus ad eternitatem. En ese libro, descubierto recientemente entre las ruinas del castillo de Cifuentes, Albo defiende que es posible lograr una vida más larga, incluso eterna, combinando los momentos de consciencia con largas estadías en semiconservación a una temperatura muy baja. Todas sus teorías están experimentadas por él mismo, los datos y resultados aparecen meticulosamente anotados en los apéndices finales del libro. Actualmente el libro y su contenido es estudiado por varios Departamentos de las Universidades de Alcalá, la Sorbona y Brujas.

Quizás Albo habría llegado hasta nuestro días para contárnoslo, pero fue hombre de su tiempo y eso provocó su trágico final. Albo de San Pedro, otro insigne alcarreño desenterrado del olvido para volver a olvidarlo.


La siguientes dos fotos las agradecemos a Victor Vázquez Aybar, quien opina acertadamente que se debieron tomar entre 1917 y 1920. Corresponden a las ruinas del castillo de Tendilla antes de su demolición y a las del monasterio de Santa Ana antes de que gran parte del mismo fuera a los cimientos de una fábrica de aceite de Tendilla. En ese castillo situa Pep Bruno su siguiente cuento, bajo el mismo esta el cerrillo de Santa Ana y un poco hacia el este bajo Santa Ana estaba la nevera de Tendilla.

Santa Ana 1920    castillo 1920


SANTA ANA | CASTILLO DE TENDILLA

 Fotos cortesía de Victor Vázquez Aybar

El Pozo de Nieve y los alumbrados

A raíz del reciente hallazgo del libro Frigus ad eternitatem entre las ruinas del castillo de Cifuentes (libro escrito por Albo de San Pedro, un enigmático personaje del que ya hablamos en otra ocasión) se han empezado a estudiar con bastante interés algunas leyendas relacionadas con los pozos de nieve que tenían los duques del Infantado en Guadalajara.

Hay alguna especialmente enigmática recientemente desentrañada por los historiadores y que me dispongo a contarles en este momento.

Cuenta la leyenda que en los tiempos de Lutero y Erasmo, tiempos de controversia y hoguera, apareció un movimiento (en principio con afán renovador) en el seno de la Iglesia Cat. Apo. y Rom. que recibió el nombre de alumbrados. Esta secta, que llegó a serlo, estaba emparentada con el protestantismo y con otra corriente que era la de los iluminados (que se convertiría, con el paso de los años, en distintas familias de herejes y masones: iluministas, rosacruces, rotarios, etc.).

Nos interesan los alumbrados porque el corazón de esta corriente estuvo en el palacio del Infantado, ya que el propio secretario personal del duque, cuyo nombre no diremos porque está maldito, fue acusado de ser el gran jerarca de esta secta.

Al parecer un importante grupo de alumbrados se reunía en el castillo de Tendilla, propiedad de los duques aunque cedido temporalmente al secretario para su uso personal, y allí, en aquel castillo, practicaba sus rituales. En las actas del proceso inquisitorial que se realizó con posterioridad se pueden encontrar, minuciosamente descritos, los ritos seguidos para conseguir ver "la divina y verdadera luz que alumbra". Pertenecieron a esta corriente grandes hombres y mujeres del momento, incluso familias nobles y hasta algún miembro de la realeza se vieron involucrados.

Lo cierto es que los alumbrados fueron perseguidos con saña por el Santo Oficio, y sólo la envidia y la delación lograron desentrañar la secreta maraña de su organización. No entraré en detalles pero deducirá el lector que las grandes familias lograron expiar las penas de los suyos, y los alumbrados pertenecientes a familias menos notables conocieron la tortura y el fuego, aunque no todos.

No todos. Hubo un grupo encabezado por el secretario personal del duque del Infantado que se hizo fuerte en el castillo de Tendilla. Los benditos soldados de la Inquisición asediaron el lugar y, después de varios días de combates, por fin tomaron la plaza. Cuando entraron, los soldados del Santo Oficio no encontraron a nadie: los alumbrados que habían estado defendiendo el castillo habían desaparecido.

Se habló de pacto con el Diablo, se habló de lucha contra espíritus, se habló de demonios alados que se llevaron a los alumbrados por los aires… las leyendas se multiplican.

Lo cierto es que meses después, mediando el otoño, los alumbrados aparecieron. Sucedió al agotarse el pozo de nieve que tenían los duques del Infantado en Tendilla, justo en el fondo, entre piedras y restos de nieve, aparecieron los cuerpos congelados y destrozados de los misteriosos fugitivos. De nuevo se habló de venganza divina y de justo castigo.

Hoy sabemos la verdad gracias a los eruditos estudios del sabio alcarreño don Tadeo Espinel y Galván. Él ha descubierto que el castillo de Tendilla, hoy en ruina, contaba con un pasadizo secreto que daba a una gran cámara en la que los alumbrados tenían sus imágenes, sus archivos y sus libros sagrados. La cámara estaba situada justo debajo del pozo de nieve. La toma del castillo por el Santo Ejército está fechada a principios de noviembre. Aquel año debió de nevar en abundancia (en los libros se recogen datos acerca de la gran cantidad de nieve acumulada aquel año en los pozos) para desgracia de los alumbrados escondidos en la cámara secreta, ya que ésta debió ceder ante el peso de la nieve, aplastándolos. Sólo cuando meses después se vació el pozo fueron encontrados los cuerpos.

Nota Histórica: En el cercano monasterio de La Salceda profesaron algunos famosos frailes que fueron objeto de sospecha (y de algún proceso) por la Inquisición en el siglo XVI en las persecuciones contra desviaciones como la de los "alumbrados": fray Francisco Ortiz, fray Cristobal de Tendilla y fray Francisco Osuna. Es sobradamente conocida la relación entre algunos alumbrados y la servidumbre de los duques del Infantado.

Versión de 1 de Abril de 2003.



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