Ya julio adentro, remontando el verano, comienzan las ferias. Domingo tras domingo, y a veces entre semana, van pasando los carromateros de pueblo en pueblo, una nube de cohetes escoltándolos hasta la curva última del camino, la banda municipal enloquecida de trombones y de serenatas, y de pasacalles y tambores mantenidos. Feria del pueblo, cuando todo el mundo siente nacerle una escondida zozobra. Así me pasa ahora a mí, con esta carta que recibo, invitándome a pasar unos días, los de las fiestas, en Tendilla, un pueblecito alcarreño. Y no sé cómo contestar, soñando ya un poco con el revuelo de la plazuela enardecida, polvorienta, repleta de barracas y bullicio.
Tendilla, Tendilla... Dónde ponerla, en qué recodo de un camino, en qué meandro de un riachuelo oscuro se acostará. Yo mismo, ahora, al ponerme a contestar a esa invitación, tengo que vigilar con cierto cuidado mis recuerdos. Tendilla, Tendilla... Y se me enreda en la memoria con otros nombres de por ahí, súbitamente encendidos: Yélamos, Romanones, Torija, Brihuega, Moratilla de los Meleros, Sacedón, Pastrana, Trillo... No sé por qué me empeño en ver un empalme de carreteras, trajín de gentes que esperan el autobús o el camión, con banastas, las alforjas henchidas de los regalos que traen de Guadalajara o de Madrid para los chiquillos anhelantes... Veo una calle con soportales, donde viejecitas prematuras estarán haciendo calceta al sol tibio y limón de las cinco, comentando las últimas noticias de la radio o esperando quizá agruparse, al anochecer, ante un aparato de televisión, que ya habrá caído desdichadamente por ahí. Me supongo las tardes largas, doradas, en las que, al abrigo de la iglesia, pasearán descansadamente el cura, el médico, los dos o tres estudiantes apegados al terruño, saboreando una conversación lenta, honda, de contenida, dignísima emotividad, una conversación donde rebosará el afán de ver pasar la vida imperturbablemente. Supongo esa misma plazuela abigarrada, llena de todo el pueblo, a la hora de la misa, a la que habrán llamado unas viejas campanas, tocadas por un par de chiquillos traviesos, de esos pelados al rape, con grandes ojos oscuros, que lo miran todo, curiosos, asombrados, toda la vida agolpada en la sonrisa. Seguramente hay un pilón, o una cruz con alto pedestal, donde los mozos verán pasar, implacables, a las mozas, súbita vergüenza, taconeando apresuradas. Y claro está que – y me dejaba lo mejor – en el ejido estarán las eras. Se extenderán en grandes círculos amarillentos, al pie de una colina minúscula que tiene, en lo alto, una ermita. Los trilladores irán sentados, o de pie, sobre el trilla, las mulas cansinas, sudorosas, vuelta y vuelta sobre la parva susurrante, un revuelo de tábanos envolviéndolas a cada sacudida de la cola. Irán y vendrán las mujeres trayendo agua fresquita en los botijos bajo el sol indiferente y firme. Y el tamo se irá asentando, leve, lentísimo, al aventar, ya cayendo la tarde, cubriendo todo de un suavísimo oro respirable... A la tardecita, mientras los gañanes llevan el ganado a beber, pasearán las jóvenes, ataviadas con vestidos de colores vivos, discretamente pintadas, quizá sufriendo por los altos tacones, aparentemente contentas, despreocupadas, pero obsesas con los problemas de la casa, que si la sequía, que si las enfermedades, que si los ausentes, toda esa cotidiana congoja de un pueblo viviendo dentro de sí mismo.
Seguro, seguro que hay en el pueblo una colonia de veraneantes. Se les conocerá en seguidita, por el vestir, por una distinta (aunque frecuentemente falaz) desenvoltura. Quizá tengan un cuatrocuatro o una vespa y, en fugaces excursiones, hablen, con gran prosopopeya, de los pantanos de Buendía y Entrepeñas, y de los tapices de Pastrana, y de sus buenos conocimientos en Madrid. Habrá buenas familias que esperarán que llegue el fin de semana, cuando el padre vendrá unas horas desde la capital para jorobarle con encargos y peticiones. Les gustará pasear por la carretera, por las afueras, ya al crepúsculo, sintiendo un gran alivio en su paseíto y una enorme compasión por los desventurados que pasan calor en las ciudades, y volverán una y otra vez a la misma conversación. Seguramente hay en las afueras del pueblo un frondoso pinar, donde, con la furia del sol, se levantará insobornable el perfume de la resina, el aliento de las minúsculas plantitas requemadas (todas esas plantitas de donde sale la prodigiosa miel alcarreña: el orégano, el romero, el cantueso, la salvia, el tomillo...). Muy poco antes de las fiestas, habrán llegado por ahí los hombres extraños, malencarados (tan bondadosos en el fondo), que destilan el espliego en una era abandonada, con un alambique rudimentario. Y todos los niños del pueblo habrán estado acarreando, infatigables, las gavillas de la hierba olorosa, ávidos de ahorrar unas monedas, siempre pensando en las fiestas, en las fiestas... Mientras tanto, los niños veraneantes habrán estado mirando muy quietos todas las manipulaciones de los esplegueros, limpitos ellos, niños de ciudad, observándolo todo boquiabiertos...
Y cuando llega la fiesta, todo el año esperándola, !qué apresurado remolino de regalos, de invitaciones, de ropa nueva, de forasteros! Habrá baile en la plaza, o en algún salón improvisado, y quizá una corrida o dos. Se despertará todo el pueblo antes que de costumbre, envuelto en dianas y cohetes, y los niños aparecerán endomingados, correteando con los gigantones de puerta en puerta. La iglesia estará como un ascua, y se estrenará un nuevo estandarte bardado por las muchachas del lugar, y habrá un predicador de fuera, al que nadie escucha, y en la procesión se cumplirán promesas difíciles en pago de estremecedores prodigios... Los mayores charlarán sobre los toreros y piropearán, repentina franqueza asombrada, a las jovencitas. (En las fiestas es cuando siempre se ve, año por medio, lo bonitas que se han puesto las chicas en ese tiempo.) Habrá, c&o acute;mo no, un castillo de fuegos artificiales... Y, al final, dos o tres días después, los bolsillos se quedan vacíos, la gente cansada, algún noviazgo estropeado, otros habrán nacido, y los veraneantes meditan cariacontecidos sobre el grave desequilibrio de su presupuesto (el padre se irá esta vez sin encargos), y la fiesta, tan bonita, tan divertida y alocada, pasa de repente a ser recuerdo.
En fin, no sé qué decir a mi amigo alcarreño, que me invita. Lo mejor es, quizá, una recomendación. Decirle que haga mi paseo más querido por la feria, el que hago siempre en esos casos. Es, ya todo terminado, el momento en que, tempranito quizá, se recoge todo el trasterío de la feria. El carrusel se va desarmando poco a poco, deshaciéndose entre las manos grasientas de los mecánicos, y los caballitos dejan asomar su fea entraña eléctrica (¿quedarán aún de esos caballitos modestos que empujan los chicos, divirtiéndose como no hay con qué comparar?), y los de la rifa embalan sus inacabables cacerolas de aluminio y sus muñecas despeinadas, y los puestos de chucherías, de garapiñadas y torraos y pastillas de café con leche vuelven a guardar la mercancía, en cuidadosa separación de castas y colores, y es entonces cuando los chicos del pueblo (los que no pueden entrar en las barracas) ven de cerca a la mujer barbuda, que se asea ante una palangana desconchada, o pueden tocar sin espanto al cordero de las numerosas patas, mientras un camión anticuado y acezante va cargando maderos, lonas, ilusiones, ruidos... Y vuelve sobre el pueblo el silencio, el afán de cada día, la única esperanza dócil del trabajo, lo que hará que el año que viene todo sea mejor, más contento, y quizá se pueda gastar más dinero... De la feria de hoy sólo queda un perro vagabundo, huesoso y cobardón, olfateando entre los charcos, la suciedad, los desperdicios...
Habrá que escribir a mi amigo alcarreño y desearle muy felices fiestas, que Tendilla y los suyos disfruten, que los forasteros se vayan muy contentos, que no se les antoje a los chicos todo cuanto vean en la feria, tenderete tras tenderete. Y que el santo patrono no les deje de su mano...
(La Nación, Buenos Aires, 13 noviembre 1960.)
El literato, escritor y acadéte profesor Don Alonso Zamora Vicente (Madrid, 1916) escribió este relato para el suplemento dominical del diario argentino "La Nación" de Buenos Aires, dónde colaboraba asiduamente. Redactado el 6 de septiembre de 1960, sería publicado el 13 de noviembre de 1960. Aunque el título es "Feria", en el texto esta claro que hace referencia a las fiestas patronales de la villa. El texto se reproduce con el permiso de Don Alonso, al que se lo agradecemos profundamente.
Versión de 5 de Abril de 2003.
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