Tendilla. Oficios que perduran más allá del recuerdo
 
Por Nuria Navarrete,
El Decano de Guadalajara, 20 de febrero de 2009.

 

Una mayoría aplastante eran agricultores, pero también había herreros, panaderos, posaderos, carniceros, albañiles... y hasta modistas; amén de un tejar, dos fábricas de aceite, una de sierras, otra de harinas, una yesera y una refinería de orujo. Ese era el panorama laboral de Tendilla hace seis décadas. Un modo diferente de vivir.

 

herrando caballerias    aventando grano

Era una forma de vivir totalmente diferente. Había dos fábricas de aceite, una de sierras, otra de harinas, una refinería de orujo ... En eso se trabajaba en el pueblo, fuera de unos 20 albañiles, que salían  a las obras de la zona, y los que se dedicaban al campo, que eran casi todos», recuerda Fernando, el artífice del restaurante-carnicería-hostal-bar «Los Jardines». Él mismo fue albañil, ejerció de camarero en el pequeño bar que montó su padre, aprendió a llevar una carnicería de la experiencia de su suegro, su mujer y su cuñado, y puso en marcha, hace más de 40 años, el negocio que actualmente regentan sus hijos. Incluso, antes, junto a su hermano Antonio, «le daba al organillo en una de las dos salas de baile, porque mis padres eran amigos de los dueños, y en las bodas. Tendríamos 13 o 14 años, y sacábamos algún dinerillo, poca cosa. Luego vinieron los tocadiscos y se nos jorobó lo de darle al manubrio».

Fernando es sólo un ejemplo de cómo se vivía en Tendilla a mediados del siglo XX, en una localidad de 900 habitantes (más del doble de los registrados en el último censo municipal) de la Alcarria, a la que la carretera nacional concedía, apenas, una vida que ahora, con su desaparición, le está quitando. «Empezaban a venir algunos pescadores a los pantanos y a parar algún que otro autobús de paso, y decidimos montar esto («Los Jardines»), juntar la carnicería y el bar. No teníamos ni un duro, pero éramos dos chavales (él y su cuñado) de 25 años y estábamos locos», cuenta Fernando, que abandonó el oficio del andamio para atender su nuevo negocio, después de haberse dejado otras muchas horas despachando vinos en el barecillo que regentaba su padre. «Cobrábamos el chato a 40 céntimos y luego a 60, y cuando lo pusimos a peseta algunos dejaron de venir porque decían que era muy caro».

Y es que los tiempos daban para pocas alegrías derrochadoras, y la peseta se miraba, como le consta a Fernando, centimillo a centimillo. Elena, su mujer, lo tiene bien grabado en la memoria. Es carnicera de Tendilla por tradición familiar («mi abuela Nicolasa tenía carnicería, y luego sus hijos, entre ellos mi madre, Arsenia), y asegura que hace 60 años «era muy distinto lo que pedían las señoras. Para empezar, se abría a las siete de la mañana, porque las mujeres tenían que poner el cocido, que se hacía con carne de cabra y tardaba muchísimo en cocerse. Por eso se hacía la compra bien prontito, porque tampoco había neveras, sólo fresqueras, y había que ir a la tienda cada día».

También a diario se cocía sangre en la carnicería, y cada jornada se mataban ovejas y cabritos, que era la casi totalidad de la materia prima que entraba y salía del negocio. «Cerdo no se vendía, porque cada cual criaba el suyo para la matanza; no había ternera, y comprar un pollo era impensable teniendo los propios en el corral», recuerda Elena, que también ha notado el cambio en las cantidades que ahora se adquieren. «Nadie compraba medio kilo, sino cuarto y mitad, para el puchero o para las albóndigas de oveja, que estaban especiales, muy, muy ricas».

Matricula uno de carros de Tendilla    Arado de Tendilla, por Julio Caro Baroja


 

Dulces artesanos y cinco de «to» revuelto

Y es que el «arte» (y la necesidad) del comer a diario mantenía, a mediados del pasado siglo, a un buen número de los pocos tendilleros que no vivían del arado. Así, además de varios carniceros (la mayor parte de ellos descendientes de la abuela Nicolasa),  Ángel Doncel, el confitero, se encargaba de alegrar al personal las horas más amargas a golpe de tartas, rosquillas, almendras garrapiñadas y hasta mazapanes y turrones navideños. Secundaban sus esfuerzos por endulzar los paladares las amas de casa, siempre dispuestas a llevar a uno de lo dos hornos disponibles, junto al río y en la calle Ropería Vieja, las bandejas llenas de bollos y magdalenas y, por supuesto, estaba la Tía Leona, que preparaba en su casa los típicos «sombrerillos» para venderlos después en la Feria de San Matías a forasteros y tratantes, ganando así un tanto extra para complementar lo que sacaba haciendo de encargo serones y espuertas de esparto, según recoge en su estudio Oficios de Tendilla (Guadalajara) a mediados del siglo XX  José Luis García de Paz.

Menos especializadas que la confitería, las tiendas del Tío Regino, el Tío Lucio y la Tía Evarista ponían a prueba la imaginación de sus clientes a la hora de pedir algo que no estuviera presente en el batiburrillo de sus estanterías.

A día de hoy, sigue pasando un poco lo mismo a los que van a  comprar «a donde Mari», la hija de la Tía Evarista, que aún regenta el pequeño ultramarinos familiar de la calle Mayor. Allí se venden «chuches», zapatillas, lapiceros, leche, galletas, mantequilla, latas, aceitunas, refrescos, jabón, café...

«La tienda, cuando la llevaba mi madre, era muy parecida a como está ahora, aunque no vendemos las mismas cosas, porque la vida ha cambiado», dice su actual dueña. Pese a ello, entrar en el viejo recinto lleno de productos y de clientas dispuestas a pasar un rato de charleta dan una cierta impresión de tiempo paralizado, que Mari quita de encima a los nostálgicos con sólo rememorar que «los fideos los envolvíamos, casi por puñados, en un papel. Se vendían a granel, como el arroz , el azúcar y casi todo. Apenas nos compraban galletas, poquísimas mermeladas y menos mantequilla, porque la gente no comía esas cosas sino que desayunaba gachas, o unas pocas migas. Por supuesto, la leche no se podía trabajar porque aquí todo el mundo tenía su cabra, que era suficiente para una familia».

Para los que no eran vecinos, Tendilla supo, desde siempre, hacer sitio a algunos forasteros esporádicos que se multiplicaban en la Feria. Eran, sobre todo, «vendedores de barro  (barreños, vasijas para aliñar las aceitunas...) llegados desde Jaén, o de azafrán y especias, procedentes de Toledo» -recuerda Juan Antonio Nuevo-, que tomaban  el pueblo como «cuartel general» desde el que recorrer la Alcarria cargados con sus mercancías. «Venían primero en burro, y luego en bicicleta, y recorrían otros municipios de la zona».

Los ambulantes se hospedaban en una de las dos posadas,  la de la Tía Paca o la de Juan Nuevo (llamada el Parador antiguo), de quien es nieto Juan Antonio (que llegó a ser alcalde de la villa) y de donde Camilo José Cela, según él mismo relata en su Viaje a la Alcarria, fue expulsado con cajas destempladas, y sin nada que llevarse a la boca, tras haber dado una tremenda patada a la perra de los dueños: «Ladra el can/ del señor Juan/ Nuevo, el del Parador/ Viejo, donde un ‘no, señor’ dan a quien les pide pan».

Claro que el Parador Antiguo de Juan Nuevo no tenía nada que ver con lo que ahora mismo entendemos por una posada o un hostal (mucho menos con un parador). «Recuerdo aquello como un local del que disponía la casa, con una serie de colchones y mantas que dejaban mucho que desear ya por entonces, hasta el punto de que no los querían ni los que se hospedaban. Los huéspedes solían traer una saca que ellos mismos llenaban de paja de la cuadra, y allí pasaban la noche junto a sus animales. Así, de paso, generaban un gasto mínimo, porque eran pocos los que comían la comida de la fonda, más bien, cogían su pan, su salchichón... y así se apañaban», cuenta Juan Antonio, que siguió la tradición familiar (su padre fue también posadero) montando el ya clausurado hostal «Condes de Tendilla». Como excepción, señala volviendo a la época de sus abuelos, «alguno cogía lo que podemos entender como una habitación, pero eran los menos».

feria 99. Herrero    feria 2005, preparando migas

 

Casino, sastres, modistas y herreros

Pero, como no sólo de pan (y de descanso) vive el hombre, algunos tendilleros se especializaron en profesiones más relacionadas con la estética y el tiempo de ocio de sus convecinos.

Así, García de Paz menciona en su estudio la existencia del casino, regentado, primero, por el Tío José Alcalde y sus hijas y, a continuación, por Julio, un hijo del Tío Pilar, el cantero. Situado en la calle Mayor, justo enfrente de la tienda de la Tía Evarista, era muy concurrido, y en su patio, de forma excepcional, hubo alguna sesión de cine. Curiosamente, el local abría muy de mañana, atendiendo a los cazadores y pescadores que, de madrugada, se encontraban con un café o un chocolate recién hecho, perfecto para entrar en calor.

Junto al casino, estaba una de las dos salas de baile («el salón de Mercedes») en la que Fernando tocaba el manubrio con su hermano. La segunda, «el baile de la Guadalupe», ocupaba un local junto al río. La Tía Clara tenía un chisconcillo en los soportales de la calle Mayor donde vendía tabaco; y había telefonista; un encargado (Juan Elvira) de arreglar bicicletas, un tipo de vehículo que era utilizado casi de forma general en esa época; peluqueros (muy solicitados durante las fiestas), y tiendas de telas.

Los sastres (Andrés, Eugenio y Severo), hacían trajes de caballero a medida, especialmente cuando había boda o comunión; y las modistas (la Tía Ino, Concha y Ascensión), eran muy conocidas en los pueblos de alrededor. Tanto, que las mozas de Fuentelviejo, Armuña, Peñalver o Aranzueque venían en borrico hasta Tendilla, trayendo sus propias telas «para que con ellas les hicieran vestidos para las fiestas de sus pueblos o abrigos», que solían estrenarse el día de la Inmaculada, asegura García de Paz.

Lejos del ocio, el Tío Jesús tenía una fragua en la calle Ropería Vieja, donde hacía ruedas para carros, herraduras para mulas, burros y caballos y hasta arados y carros completos, además de afilar y reparar lo que se terciara.

Sus hijos son Domingo, ya jubilado, y Luis que, con 73 años, a punto de seguir los pasos de su hermano y dejarse llevar por la tentación del merecido descanso, sigue todavía al pie del cañón. Ambos continuaron con un negocio que lleva dando de comer a la familia, «no sólo desde los tiempos de nuestros padres, sino desde los de nuestros abuelos y hasta los de nuestros tatarabuelos. Claro que antes el trabajo era totalmente distinto, se hacía a base de maza y martillo, como se suele decir, machacando en la fragua, y dándole a un fuelle enorme, del que yo he tirado mucho», recuerda Luis.

Luego, los martillos y los mazos contra el yunque se sustituyeron, casi por completo, por el martillo pilón; se comenzó a usar la prensa, y la energía eléctrica evitó a los chiquillos tener que pasar horas dándole al fuelle, que ahora descansa, colgado de una pared, como mero recuerdo de otros tiempos, tras ser sustituidos por «un ventilador pequeñito, que solucionaba más y mejor el  trabajo»

También ha cambiado el uso de la fragua, los encargos y la faena diaria. «Mi padre hacía rejas para los arados de tiro y ahora trabajamos con cultivadores y aperos de labranza de tractores. Tuvimos que renovarnos». Lo hicieron tanto como para que siguiera llegando el trabajo, pese a tener una profesión casi en vías de extinción, y como para llegar a construir remolques y aperos  especialmente diseñados para ser arrastrados por los tractores y usados en los terrenos más duros. «No todos son iguales ni valen para cualquier tipo de suelo. Los nuestros, pensados para una tierra semejante a la de Tendilla, han dado buen resultado y ahora nos los piden desde Cuenca, Soria, Madrid o Zaragoza».

Muchos cambios desde que, «con 13 o 14 años  (hace, pues, 60) dejé de ir a la escuela y mi padre iba a buscarme por ahí para traerme de las orejas a ayudarle, porque a mí esto no me llamaba nada y lo que quería era irme con los otros chicos. Al final, se quedó como mi profesión, y me gusta. Creo que Domingo y yo hemos hecho un buen trabajo”.

trillando paja y grano    mulas y muleteros

Un repaso a los oficios y tiendas que hubo en Tendilla a mediados del siglo XX, por J.L.G. de Paz.


Autora del texto: Nuria Navarrete.
Publicado en "El Decano de Guadalajara" el 20 de febrero de 2009.
Queremos expresar nuestro agradecimiento a la autora por permitirnos reproducirlo.
Puesta en formato web por J.L.G. de Paz / depaz@uam.es / Versión de 26 de febrero de 2009.
Fotos Archivo Personal de Tendilla / 2009©Tendilla.All rights reserved.

Copyright © 2009 Nuria Navarrete por el texto.

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