Tendilla. Noches de ronda; sones de rondalla
 
Por Nuria Navarrete,
El Decano de Guadalajara, 25 de febrero de 2011.

 

Las mujeres recogen el guante y recuperan una tradición tendillera que antaño fue patrimonio de los varones.

La alcarreña tierra de Tendilla ha sido tradicionalmente una localidad volcada en la música (instrumentos de cuerda como el laúd, la bandurria o la guitarra) y el canto. Así consta a través de su historia, y así lo recuerdan los más ancianos del lugar que, casi sin excepción, han rondado (ellos) o han sido rondadas (ellas).

Eran los tiempos en que mozos y mozas se veían obligados por una sociedad cerrada a utilizar ese específico código musical para dar a conocer sus intereses amorosos. Tiempos que pasaron y se llevaron consigo una tradición, la de la ronda y la rondalla, que ahora se recupera en la localidad gracias, curiosamente y pese a que antes estaba exclusivamente formada por varones, a la Asociación de Mujeres.

«La noche clara y serena
es buena para rondar,
para los enamorados
es mejor la oscuridad»

(Gustavo López García)

Mi ilusión hubiera sido aprender a tocar el acordeón y no lo he conseguido. Se lo pedí a mis padres, pero a los niños entonces no nos daban, como ahora, todo los caprichos; era impensable, no se podía. Eso sí, en cuanto me casé, mi marido me ayudó y me animó a seguir con esto de la música, y ahora toco la bandurria y la guitarra».

columna    la ronda un siete de septiembre hacia 1960

Eran otros tiempos, y el acordeón quedó archivado en el lugar de los sueños no cumplidos. Sin embargo, Pilar Redondo, la mujer de Juan Antonio (Nuevo), como todos la conocen en Tendilla, ha conseguido hacer realidad otra ilusión propia y ampliada a un grupo de unas 25 mujeres y apenas tres varones: volver a poner en marcha la ronda o, mejor dicho, la rondalla de la localidad que, tras cerca de tres lustros desaparecida del mapa, vuelve a ensayar cada sábado, de 16:30 a 18:30, desde hace más de cuatro años. Al principio, más volcada en los tradicionales villancicos navideños, de los que dieron un recital el pasado diciembre; actualmente, metida también de lleno con las jotas de la Alcarria que sonaron, por ejemplo, el último verano, durante la celebración de la Semana Cultural.

«Antes era diferente -recuerda Pilar-. Casi todo se interpretaba de oído, no como ahora que la mayoría sabemos solfeo, con la excepción de la gente más mayor, que sigue estando ‘por cifra’». Antes, para sus recuerdos y experiencias, es un periodo previo que va desde 1984 («entonces creamos una orquesta de pulso y púa bien maja») hasta poco después de 1992, cuando, tras actuar en la Expo de Sevilla en representación de Guadalajara, la agrupación, formada por 34 personas bajo la dirección de Ángel Sanz Moreno, se disolvió, dejando de nuevo a Tendilla, localidad de probada tradición musical y de rondas, sumida en el silencio instrumental y coral. «Los pueblos van a menos -despliega a modo de explicación Pilar-  y nada se mantiene a no ser que se anime a participar de ello la gente joven que, la verdad, no suele llevar muy bien el sacrificio de los ensayos».

Y es cierto que flojea el interés de los jóvenes, pero también el de los varones. Es curioso comprobar cómo algo exclusivamente abierto al sexo masculino antaño, ha sido rescatado del olvido, sacado de la memoria de unos pocos ancianos, precisamente por la Asociación de Mujeres de Tendilla (el impulso que está dando al ocio y la cultura en la localidad es imparable). «Cuando yo era joven, sólo estábamos los hombres y ahora todas son mujeres -compara risueño Antonio Díaz, quien formó parte de la ronda tendillera desde que era un chavalín, allá por los últimos años 40-. Bueno, casi todas -rectifica-. La verdad es que aquello era bien bonito y que, ya que cada vez somos menos, es una buena forma de alegrar un poco el pueblo».

rondalla y cuadro de actores, mediados de los 1950    Pepillo y amigos en el casino

A sus 75 años, Antonio rememora esa época, lejana en el tiempo pero que permanece próxima en su memoria, con un gran cariño. «Antes de ir a la mili, creo que desde los doce años, más o menos, ya salía con los mayores, porque eran ellos los que sabían tocar, los jóvenes no tenían ni idea del laúd o la bandurria. En Navidad, cantaba villancicos y tocaba el almirez, la pandereta o lo que se terciara; y en las fiestas, jotas y seguidillas en la ronda de la Virgen de la Salceda (‘De la Salceda Señora,/ nuestros votos escuchad./ En todos nuestros apuros/ amparadnos con piedad’). Me venía de atrás porque lo aprendí de mi abuelo, que fue uno de los que estuvo cantando al Rey (Alfonso XIII) bastante antes de la Guerra. Él me metió el gusanillo».

Claro que la ronda de Tendilla, como cualquier ronda que se preciara, no se limitaba a cantar a la patrona de la localidad y a animar las Navidades. Una parte nada despreciable del interés que tenía participar en ella era salir a rondar a las mozas del lugar. «Empezábamos en una calle y recorríamos el pueblo. Aquello duraba toda la noche, hasta la amanecida. Si a alguien le interesaba una mujer, le cantaba a la puerta de su casa (‘Tras una vela, el amor/ de una garrida zagala/ que espera con impaciencia/ de la Ronda la llegada/ que el galán a quien dio el sí/ en la pasada semana/ como primer homenaje/ de su amor, ha de rondarla’). Al final, se hacía ante todas las casas del pueblo, incluso ante las de las casadas. Podríamos decir que sí había en ello algún afán por ‘ligar’, pero sólo un poco -se justifica Antonio, puesto que él nunca rondó a su mujer-. No era de Tendilla y no había costumbre de irse a otro pueblo a rondar a nadie. Aunque sí que es verdad que antes tuve otra novia de aquí, y a esa algo la rondé», admite a regañadientes.

En 1957    rondalla


Toda una declaración de intenciones

Por supuesto, el de Antonio no es un caso aislado. Eran muchos, por no decir todos, los pueblos de la provincia cuyos mozos tenían que aprovechar semejante «sistema» para expresar su interés por una moza sin que la cosa, al menos de momento, pasara a «mayores» o, en otras ocasiones (como la que reproduce el poema La Ronda, de Gustavo López García, citado, en parte, más arriba), para demostrarle a ésta que el amor apalabrado no era cuestión baladí. «Era una forma de comunicar algo a esa moza especial, lo que en una sociedad tan cerrada no era fácil, porque no había oportunidades; el simple hecho de que un chico hablara con una chica en público traía consigo expresiones como que ‘iba con ella a por agua’, o sea, que ya se daba por sentado un cierto compromiso», explica José Antonio Alonso, técnico de Etnografía de la Diputación Provincial.  

Una noche de ronda podía llegar a convertirse en todo un código prescrito, con el que no siempre tenía que ver la improvisación del momento. «Es el caso de los mayos, que suponían una forma de emparejarse. Se cantaban el 30 de abril, y esa noche no sonaban apenas las jotas ni las seguidillas -afirma Alonso-. Había fechas obligadas (‘Los sábados por la tarde/ los domingos todo el día/ esta es la plaza, señores/ donde yo me divertía’, como dice la copla), ocasiones, como las fiestas más renombradas, en las que había que salir -prosigue-. En cada localidad, la ronda tenía sus puntos definidos y marcados: dónde se empieza y dónde se termina; dónde se para y dónde no se para, y qué se canta en cada sitio... Aunque lo improvisado tenía también su papel, sobre todo en función de qué moza estaba escuchando tras cada ventana».

 

La ronda como colectivo 

Eran otros tiempos, los mismos en que el concepto de la ronda fue mucho más profundo que el de una noche de música y jarana en compañía de las bandurrias, los laúdes y las guitarras de la rondalla. «Iba mucho más allá del de la pura formación musical, porque en realidad se refería al conjunto de los varones de la localidad. Claro que la música era muy importante, pero había muchas más cosas», asegura el folclorista.

«‘Entrar en ronda’ era entrar en una organización, formar parte del grupo de ‘los hombres’, y para ello había que pasar, en muchos casos, por algún ritual de ‘iniciación’, como en una tribu. Había pueblos de la provincia en los que, dentro de la ronda, existían unos cargos muy definidos, entre los que el de mayor autoridad era el del ‘alcalde de los mozos’, que podía elegirse por votación, en función de la edad o del tiempo de permanencia de cada cual en el grupo. En cualquier caso, estamos hablando de una agrupación que regulaba la vida de los mozos y de la que sólo se salía cuando el hombre se casaba, pasando entonces a formar parte de otro ámbito. La diferencia estaba tan marcada que, en algunas localidades, incluso, los casados y los solteros celebraban la fiesta en fechas distintas».

Era sólo dentro de ese grupo social diferenciado, el de los mozos solteros, donde algunos de sus integrantes formaban la rondalla, los músicos que, en no pocas ocasiones, estaba incluso encargado de ambientar los bailes, verbenas y otros actos festivos con motivo, por ejemplo, de la fiesta del patrón. Y a ellos se sumaban, cuando era menester, otros componentes de la ronda para hacer, valga la redundancia en este caso, la ronda por todo el pueblo y entonar, o encargar que se entonara, con un entusiasmo muy particular, esta o aquella copla, jota o seguidilla, bajo la ventana de una moza concreta.

Cantando en Tendilla 18-dic-05. Suena la Alcarria    A la entrada de la parroquia, 21-dic-02, foto hecha por Pilar Redondo

Saber más de la feria de Tendilla, por J.L.G. de Paz.

La Ronda de Tendilla, 8 de septiembre de 2012


Autora del texto: Nuria Navarrete.
Publicado en "El Decano de Guadalajara" el 25 de febrero de 2011.
Queremos expresar nuestro agradecimiento a la autora por permitirnos reproducirlo.
Puesta en formato web por J.L.G. de Paz / depaz@uam.es / Versión de 2 de marzo de 2011.
Fotos Archivo Personal de Tendilla / 2011©Tendilla.All rights reserved.

Copyright © 2010 Nuria Navarrete por el texto.

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