HISTORIA DE UNA CENSURA

Cuando las duras experiencias te llevan a la conclusión de que intentar abrir un debate, en el que la puesta en común de las visiones de los distintos especialistas pueda aportar algo de luz al caos teórico en el que está sumida la Biología, es una idea candorosa, la única actitud consecuente es seguir, sin miedo y sin esperanza, intentando una imposible "puesta en común individual" con las consiguientes limitaciones y probabilidades de errores conceptuales, pero con la compensación de pensar que ese es exactamente nuestro trabajo, y que merecería la pena aún cuando el 95% de su resultado no fuera aprovechable. Una compensación que, eventualmente, se ve reforzada por el interés con que esta actividad es recibida por algunos estudiantes y, muy especialmente, por su creciente participación activa en esta labor tan necesaria y cada día más urgente.

Pero cuando los guardianes de la rutinaria y dogmática ortodoxia comienzan a ejercer una labor inquisitorial sobre los alumnos que, con todo su inocente entusiasmo y el más puro espíritu científico (es decir, el que no depende de jerarquías, cargos ni subvenciones) intentan pensar por sí mismos, cortándoles las alas con su mezquino poder de jueces implacables y poseedores de la verdad, el fatalismo se convierte en indignación (también los fatalistas tenemos derecho a indignarnos).

Desde hace algún tiempo, alumnos que se han permitido emitir alguna opinión ante algunos profesores de esta Facultad sobre las contradicciones de los fundamentos teóricos del darwinismo con los nuevos conocimientos, o que han elaborado trabajos críticos sobre la visión "ortodoxa", impecablemente documentados en científicos con opiniones discrepantes, han recibido la recompensa de duras calificaciones (más bien, descalificaciones) que han dañado gravemente los "expedientes" de estudiantes, en muchos casos, muy brillantes. Sin duda, los jueces implacables se habrán sentido autorizados para propinar un "justo castigo" a estas "libertades" sin comprender (los pobres) que, precisamente, el espíritu crítico y la reflexión son los valores más positivos de la formación como científicos (los que hacen progresar el conocimiento) y no el repetir como papagayos las palabras dictadas por un profesor (como seguramente habrán hecho ellos para conseguir su "puesto" de jueces).

Si el aspecto más bonito de nuestro trabajo es el de enseñar y el más feo el de juzgar, se mire desde el punto de vista que se mire (es decir, incluso desde el de los "creyentes") les ha tocado el papel más feo en esta historia. Pero, desde luego, no les ha sido concedido por el azar, porque se muestran como inquisidores vocacionales, persiguiendo afanosamente e intentando cerrar el más mínimo resquicio a la libertad de pensamiento, y llegando a extremos verdaderamente absurdos: Durante el curso 2002-2003, una activa asociación de estudiantes de nuestra Facultad denominada GEB (Grupo de estudiantes de Biología), organizó un ciclo de conferencias sobre evolución en las que un notable número de asistentes pudo escuchar y debatir libremente planteamientos que representaban desde la más estricta ortodoxia hasta la más laxa heterodoxia (pasando por posturas intermedias). Dado el interés mostrado por los alumnos, el grupo organizador solicitó (y le fue concedida) la edición, por parte de Departamento de Publicaciones de la UAM, de un monográfico, con los textos de las conferencias. Pero "el torrencial brazo de la ley" acecha en todos los rincones: Un solemne "comité editorial", en una muestra de virtuoso celo protector contra las malas tentaciones, recurrió a "un experto externo" a nuestra Universidad para que evaluara este texto, el texto de una conferencia ya impartida, de una forma anónima, como si se tratase de una artículo científico enviado a una revista "de alto impacto". Una conferencia inscrita en un contexto concreto de polémicas (a veces agrias) sobre las ideas evolucionistas, llena de guiños a los alumnos implicados en el debate y de respuestas, más o menos explícitas, a los ataques recibidos, a la que añadí, posteriormente, las referencias bibliográficas que me parecieron más informativas para los estudiantes, a los que el monográfico, de limitada tirada, estaba dirigido.

Si mi actitud fuese tan solemne como la que, a menudo, muestran los inquisidores vocacionales, podría proclamar que se puede considerar un insulto para nuestra Universidad el recurrir a un "evaluador externo" para censurar la labor de nuestros propios profesores (porque, como consecuencia de la "evaluación negativa", lo que se ha censurado es el monográfico completo, con distintos planteamientos que los estudiantes pueden valorar), lo que implica una desconfianza en nuestra labor y un ataque a la libertad de cátedra. Pero como la grandilocuencia y la solemnidad nunca me han producido muy buena impresión, me limitaré a decir que me parece, simplemente, ridículo, engañar a un experto para que evalúe un texto, insisto, de una conferencia ya impartida, como si se tratase de una publicación para una revista científica. Porque sólo engañado puede dedicar un profesional tanto tiempo y esfuerzo como el que denota el (verdaderamente exaustivo) informe emitido para algo que no creo que tenga precedentes (ni sentido) en la práctica científica.

Por mi parte, sólo me quede animar a los estudiantes a pensar por sí mismos y a no recibir la docencia como si se tratase de "verdades reveladas". Pero también me siento obligado a apercibirles de que puede ser conveniente, (en aras de su "expediente"), mantener cierta cautela, según ante quién expresen sus ideas, hasta que puedan hacerlo libremente.

En lo que respecta a los "torrenciales brazos de la ley", habrá que esperar para ver la cara que se les queda cuando los que piensan por ellos les hagan saber que "posiblemente" su doctrina no sea del todo acertada. "La Biología hoy, está donde estaba la Física a principios del siglo veinte", observa José Onuchic, codirector del nuevo Centro de Física Biológica Teórica de la Universidad de California, San Diego. "Se enfrenta a una gran cantidad de hechos que necesitan una explicación" (Knigth, J., 2002. Nature).

 

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