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IMPERIOS ASIÁTICOS 

Escenas de la corte de Cosroes I (531-579):  

 (...) Una de las mujeres de Majbud (honrado destur), superior a los demás en inteligencia, preparaba la cena del rey Kersa colocando sobre una bandeja de oro tres platos enriquecidos con predería y que contenían manjares hechos con miel, leche y agua de rosas. Los hijos de Majbud eran los que llevaban la bandeja al rey, el cual comía los manjarees y luego descansaba. Un día, Zerván, se encontró con los jóvenes en el momento en que éstos llevaban la cena al rey, y les pidió por favor que le dejaran ver por un instante los platos que exhalaban un tan rico olor. Levantaron la tela de rosa que cubría los manjares y después volvieron a tapar la bandeja, pero durante este tiempo el judío pudo dirigir su mirada nefasta sobre los alimentos marchándose al punto. 

 Los jóvenes colocaron la bandeja y su contenido ante Anuschirván, y cuando el rey se disponía a comer, apareció Zerván y le dijo: "¡Oh rey afortunado, no comas esos platos sin antes haberlos hecho probar: tu cocinero ha mezclado veneno con la leche con que están elaborados!". El rey sonrió y dirigió una mirada de confianza a los hijos de Majbud, cuya madre prparaba cada día los alimentos. Los jóvenes, llenos de confianza a su vez, probaron la comida y al instante cayeron sin vida a los pies del rey. 

 Entonces el rey se levantó, pálido, de su trono; dió orden de que se asolara el palacete de Majbud, cortaran la cabeza del traidor que había intentado envenenarle, mataran asimismo a todos los miembros de su familia y que sus riquezas fueran entregadas al saqueo. De este modo, Zerván adquirió de repente el favor de Anuschirván y disfrutó, a partir de aquel día, de una alta reputación, elevando al judío, su cómplice, a los primeros puestos del Estado. 

G. FRILLEY, "La Persia literaria", París, s.a., pp. 93-94.  

Valoración del cristianismo en T'ai-tsung:  

«El Camino tiene más de un nombre. Hay más de una sabiduría. Aunque las doctrinas varían en los diferentes países, benefician a toda la Humanidad. O Lo Pen, hombre de gran virtud, ha traido sus imágenes y sus libros desde muy lejos para darlos a conocer en la capital. Después de examinar sus enseñanzas, encontramos que son profundas y pacíficas, y que fomentan lo que es bueno e importante. Esta religión hace bien a todos los hombres. Será predicada libremente en nuestro Imperio». 

"Edicto del Emperador T'ang T'ai-tsung (638)". Publ. L. WEIGER, Textes Historiques. Histoire politique de la Chine, depuis l'origine, juasqu'en 1929, Hsienhsien, 1929, vol. II, p. 1351. Lo recogen YONG YAP y A. COTTERELL en La civilización china clásica. De la Prehistoria al siglo XIV, Barcelona, 1981, pp. 183-184.  

Memorial confuciano opuesto a la protección oficial que el budismo recibía de los emperadores T'ang:  

 «Humildemente me permito decir que el budismo es una doctrina bárbara. Desde la época del Emperador Amarillo hasta la dinastía Chou, los antiguos reyes gobernaron durante largos años y el pueblo gozó de paz. Esto fue antes de la llegada de la fe budista. 

 El budismo no apareció por primera vez hasta la época del emperador Han Ming-ti. Desde entonces hasta ahora los tiempos han cambiado; no hubo paz, sino sólo una serie de perturbaciones... 

 Buda era un bárbaro; no conoció ni el deber del ministro hacia el príncipe ni la relación entre padre e hijo. Suponed, Majestad, que hos viviera todavía, y que hubiera venido a la corte. Le concederíais una breve audiencia, un banquete de honor, y le regalaríais un traje; después, enseguida le enviaríais a la frontera bien vigilado para que no pudiera soliviantar al pueblo. Por lo tanto, no hay ninguna razón para recibir con tanto respeto un hueso podrido y putrefacto de esa persona, fallecida años ha... 

 Pido que este hueso sea entregado a las autoridades para que lo arrojen al agua o al fuego, que se prohiba la superstición budista, que las dudas de vuestro pueblo se disipen de una vez por todas y que sus descendientes sean protegidos contra la confusión... 

 Si Buda poseyera el poder de hacernos daño, que todo recaiga sobre mí. ¡No me dejaré...! 

HAN YU (768-824): "Sobre el hueso de Buda" Publ. WIEGER, Textes Historiques, vol. II, pp. 1471-1472. Lo recoge YONG YAP y COTTERELL, La civilización china, p. 204.  

La muerte de Atsumori:  

 Cuando los Heike fueron derrotados en Ichi no tani y sus nobles y cortesanos huían a la orilla para escapar en sus barcos, Kumagai Naozane llegó a la playa cabalgando por un estrecho camino con la intención de interceptar a uno de sus capitanes. Entonces vio a un jinete que intentaba llegar a uno de los barcos que se veían a lo lejos. Iba montado en un caballo moteado y su silla engastada en oro destellaba. Seguro de que era uno de los principales capitanes, Kumagai le hizo señas con su abanico de guerra gritando: «¡Es vergonzoso que muestres la espalda al enemigo! ¡Regresa! ¡Regresa!». 

 El guerrero hizo volver al caballo y cabalgó de vuelta a la playa, donde Kumagai inmediatamente entabló con él un combate mortal. En seguida le arrojó al suelo. Saltó sobre él y le sacó el yelmo para cortarle la cabeza, cuando vio el rostro de un joven de dieciseis o diecisiete años, delicadamente empolvado y con los dientes ennegrecidos, aproximadamente de la edad de su propio hijo y de rasgos de gran belleza. «¿Quién eres? —le preguntó—. Dime tu nombre pues te perdonaré la vida». 

 «Primero dime quién eres tú», respondió el joven. 

 «Soy Kumagai Naozane de Musashi, una persona sin importancia». 

 «Entonces has hecho una buena captura —dijo el joven—. Toma mi cabeza y muéstrasela a los de mi bando, que te dirán quién soy». 

 «Aunque sea uno de sus jefes —reflexionó Kumagai—, con matarle no convertiré la victoria en derrota y con perdonarle no convertiré la derrota en victoria. Cuando mi hijo Kojiro fue levemente herido en Ichi no tani esta mañana, ¿no me apenó? ¡Cómo sufrirá el padre de este joven cuando sepa que ha sido muerto! Le perdonaré». 

 Entonces miró detrás suyo y vio que Doi y Kajiwara llegaban con cincuenta jinetes. «¡Ay! Mira allí —exclamó mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Aunque yo te perdonara la vida, nuestros hombres pululan por todo el campo y no podrás escapar. Si debes morir, que sea por mi mano y me ocuparé de que se digan plegarias por tu reencarnación en el Paraiso» 

 «Que así sea —dijo el joven guerrero—. Córtame la cabeza sin más demora». 

 Kumagai estaba tan lleno de compasión que apenas podía blandir la espada. Sus ojos estaban anegados en lágrimas y no se daba cuenta de lo que hacía, pero no quedaba otro remedio; llorando amargamente cortó la cabeza al muchacho. «¡Ay! —se lamentó—. ¿Qué vida es tan dura como la del soldado? ¡Sólo porque he nacido en una familia de guerreros he de sufrir esta aflicción! ¡Qué deplorable es cometer estos actos crueles!» 

 Se cubrió la cara con el brazal de la armadura y lloró amargamente. Más tarde, al envolver la cabeza, estaba despojando al muchacho de la armadura cuando descubrió una flauta en una bolsa de brocado. «¡Ay! —exclamó—. Eran este joven y sus amigos quienes hoy por la mañana se entretenían con la música. Dudo que entre todos nuestros hombres de las provincias orientales haya alguno que lleve una flauta consigo. ¡Qué nobles eran las costumbres de estos cortesanos!» 

 Cuando llevó la flauta al comandante, hizo llorar a todos los que la vieron; se enteró de que el muchacho era Atsumori, el hijo más joven de Tsunemori, de dieciseis años. A partir de entonces; Kumagai dirigió sus pensamientos hacia la vida religiosa. 

"Keike Monogatari (The Tale of Heike: The Death of Atsumori)", (período kamakura 1185-1333) traducido por A.L. SADLER, en Donald KEENE (ed.), Anthology of Japanese Literature UNESCO Collection of Representative Works (Nueva York, Grove Press, 1955), pp. 179-81. Recogido por J. CAMPBELL, Las máscaras de Dios: mitología oriental, Madrid, 1991, pp. 538-539.