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ESPAÑA CRISTIANA (SIGLOS VIII-X) 

El condado de Castilla:  

 Yo, Fernán Gonzalez, por la gracia de Dios conde de toda Castilla, junto con mi mujer la condesa Sancha, para remisión de nuestros pecados y remedio de nuestras almas (...) en honor de San Millan (...) y de ti, padre espiritual abad Fortunio, y de todos los clérigos sujetos a ti, que día y noche sirven allí a Cristo. Por tanto, ofrecemos, damos y confirmamos en la villa de Salinas la cuarta parte, integra y libre, con salidas y entradas, con comunidad de pasto, con los habitantes de aquella villa, pero libre e ingenua de todo servicio real o de potestad y de entrada de sayón. Y no tengan homicidio ni fonsado según costumbre, y nadie sea sometido por ningún crimen a la potestad de aquella villa. Y os concedemos las fuentes de sal al tercer día, y de la albara que deben al conde de  la tierra, os concedemos que tengaís libres III de ellas por semana y que tanto el monasterio como las decanías lleven sal cuando quieran. Y las eras de sal de San Millán sean libres de autoridad del conde. Asimismo, os concedemos tal facultad, que todo lo que además de esto podáis obtener por donación o por compras los poseáis libre y firmemente por todos los siglos, amén. Esta donación, juntamente con nosotros, la prueban y confirman las villas de : Villanueva, Fuentes, Olisares, Villacón y también terrazas y Villambrosa (...) 

 Hecha la carta en la era de DCCCC. LXXX. IIIª, V calendas de febrero. 

 Yo, pues, Fernando, conde, con mi compañera Sancha, que quisimos hacer este testamento, pusimos nuestras señales y presentamos testigos (...) 

UBIETO ARTETA, A., "Cartulario de San Millán de la Cogolla (759-1076)", Valencia, 1976, nº 36, pp. 49-50.  

Embajada de Borrell I de Barcelona:  

 Sentado el califa, como de costumbre en tales casos, en el trono en la plataforma del salón oriental de audiencias, salón que daba a los jardines, fueron llegando los visires, quienes se sentaron por su orden, ocultándole a las miradas: de entre ellos por la parte de la derecha el visir y el caíd Galib ben Abd al-Rahman, y debajo de él, Qasim ben Muhammad ben Tumlus, visir y prefecto (¿oficial?) de la familia (¿intendente de palacio?): a la izquierda prestaba el mismo servicio el visir y gobernador de Córdoba, Chafar ben Uthman, y debajo de él el gobernador de Medina al-Zahra, Muhammad ben Afiad: en busca de los embajadores de Borrell salió Xahwar (Ben Abd al-Rahman) ben al-Xayyi acompañado de un piquete de chund, y algunos de los principales cristianos de Córdoba que habían de servir de interpretes. 

 Al adelantarse Xahwar, ya los embajadores llevaban los regalos de Borrell para el califa, los cuales consistían, como se ha dicho, en 30 cautivos entre hombres, mujeres y niños (...) Xahwar condujo a los embajadores a sus asientos en las salas de estancia del chund (¿el cuerpo de guardia?) en Medina al-Zahra, hasta que estuviese completo el preparativo de la audiencia del califa: diose la orden de entrar, y entraron, yendo delante de todos el conde Bon-Fill. 
(...) 

 Cuando fue sábado (...), el califa celebró otra audiencia en el trono del salón oriental del alcázar de al-Zahra, saliendo (...) ben Chauxan acompañado de un piquete de caballería en busca del ilchi Bon-Fill; rodeábanlos varios cristianos de Córdoba, que habían de servir de interpretes, y llegados a presencia del califa, cumplieron su cometido, el califa mandó (...) del comitente de ellos Borrell en contestación al escrito de él, y dió a Bon-Fill, su enviado, los grandes ¿regalos? que correspondían a los esclavos, a quienes había dado libertad, y dió a conocer a ellos lo que habían de decir a Borrell, de su parte, y le proponía acerca del fín de la obediencia (paz entre Barcelona y Córdoba); Bon-Fill y sus compañeros fueron autorizados para regresar, y se les dieron los regalos, vestidos y acémilas según sus categorías (...) saliendo de Córdoba, de regreso, a mitad de Xawwal antefechado (10 de agosto de 971). 

C. SANCHEZ ALBORNOZ, "La España musulmana", Buenos Aires, 1960, 2ª ed. Recoge, J.L. MARTIN en "Historia de España", 3. Alta Edad Media, ed. Historia 16, Madrid, 1980, p. 106.  

La fundación de Oviedo por Alfonso II:  

 Por lo demás, el rey Alfonso, como fuese de mucha castidad de alma y de cuerpo, mereció obtener del señor un arca conteniendo diversas reliquias de santos. La cual arca, amenazando, por ventura, el terror de los gentiles, en lo antiguo fue transportada en un navío desde Jerúsalem, permaneció por espacio de algún tiempo en Sevilla, y luego, durante cien años, en Toledo. Como otra vez oprimiesen los moros cuando ya nadie se les resistía, los cristianos arrebataron secretamente el arca de Dios y por sitios excusados llegaron hasta el mar, y puesta allí en una nave, guiándolos Dios abordaron el puerto de Asturias, cuyo nombre es Subsalas, por aquello de tener cerca y encima la regia ciudad de Gijón. 

 Más el rey Alfonso, luego que se vió divinamente enriquecido con gran dávida, en lugar de la pérdida Toledo, decretó fabricar una sede para la venerable arca. Para realizar este plan, dejadas las otras atenciones y ansiándolo más y más cada día, desde entonces por espacio de treinta años fabricó una iglesia en Oviedo de admirable obra, en honor de San Salvador, y en ella, a los lados derecho e izquierdo del altar mayor, construyó dos grupos de a seis altares dedicados a los doce Apóstoles. No menos llevó a efecto un santuario de la bienaventurada madre de Dios y virgen María, con pareja estructura y tres cabeceras. Hizo también una basílica de Santa Leocadia, cubierta con obra de bóveda, sobre la que se hiciese una cámara, donde en el lugar más excelso fuese adornada por los fieles el arca santa. Y además fundó con bella obra una iglesia del bienaventurado mártir de Cristo, Tirso, en el mismo recinto. Edificó, a distancia de un estadio de la iglesia de San Salvador, un templo de los santos Julián y Basilisa, adjuntándole a uno y otro lado capillas dispuestas en admirable composición. 

 Por cierto que si llegase a ennumerar uno por uno los ornamentos de dicha cámara, disertación tan prolija me llevaría desviado harto lejos de lo que empecé. Más por la magnitud del milagro, la angélica cruz sea sacada a plaza. Pues como cierto día el susodicho Alfonso, rey casto y piadoso, tuviese por acaso en la mano cantidad de esplendídisimo oro y algunas piedras preciosas, comenzó a pensar como podía ser hecha una cruz con ello para servicio del altar del Señor. Así, estando en este santo propósito, después de la participación del cuerpo y sangre de Cristo, según costumbre, ya enderezaba sus pasos hacia el palacio real por causa de la comida, llevando el oro en la mano, cuando he aquí que se le aparecieron dos ángeles en figura de peregrinos, fingiendo ser artífices, el cual, al momento, les entregó el oro y las piedras, señalándoles mansión donde sin impedimento de hombres pudiesen trabajar. Lo demás parece cosa maravillosa e inusitada, después de los Apóstoles hasta nuestros tiempos; porque vuelto sobre sí el rey en la misma corta espera de la comida, inquiere a qué personas diera el oro, y al punto comenzó a enviar un agente tras otro para que observasen qué hacían los desconocidos artífices. Ya los servidores se acercaban a la casa del taller, cuando de improvisto tanta luz hizo resplandecer el interior de toda la casa, que, por decirlo así, no fábrica humana, sino la salida del sol parecía por la extremada claridad. Pero mirando hacia dentro por una ventana los que habían sido enviados, (vieron que) idos los angélicos maestros, la cruz sola, llevada a cabo y puesta en medio, irradiaba como un sol en aquella casa; por donde abiertamente consta entenderse que ella fue hecha por divina y no humana aplicación. Lo que oyendo el devotísimo rey, dejado el servicio de mesa, corrió con incansable paso, y dando gracias a Dios con loores e himnos por tan gran beneficio, según cumplía, puso reverentemente dicha venerable cruz sobre el altar de San Salvador. 

Ed. M. GOMEZ MORENO, "Introducción a la Historia Silense con versión castellana de la misma y de la crónica de Sampiro", Madrid, 1921, pp.82-84.  

El asedio de Barcelona:  

(...) De todas partes confluyen grupos de francos según su costumbre 
y un denso bloqueo sujeta los muros de la ciudad. 

El retoño de Carlos se presenta ante todos con un brillante ejército; 
reúne a los jefes para la conquista de la ciudad. 

Cada cual por su parte fija las tiendas, el príncipe Guillermo, 
Heriberto, Liutardo, Bigo, Bera, 
Sancho, Libulfo, Hiltiberto e Isembardo, 
y muchos otros que sería largo de mencionar. 

Los restantes guerreros acampan esparcidos por el campo de batalla, 
la cohorte franca, gascona, goda y aquitana. 

El fragor se levanta hacia el cielo y el aire resuena con las trompetas:) 
reinan en la ciudad el griterío, el pavor y toda suerte de llanto. 
(...) 

No de otra manera, a una orden, todo el ejército de los francos 
anda y desanda numeroso para tomar la ciudad. 

Se corre a los bosques, por todas partes resuena el golpe de la segur, 
se abaten los pinos, cae el altochopo. 

Uno construye escaleras, otro prepara estacas formando empalizada, 
uno transporta armas con celeridad, otro amontona piedras. 

Los dardos caen numerosos y también el hierro volador; 
los muros resuenan a golpes de ariete y la honda hiere repetidamente. 

Mientras tanto el tropel de moros no menos numeroso 
establecido en las torres se prepara a defender las murallas. 
El jefe de la ciudad era un moro, Zadun de nombre, 
que había gobernado esta ciudad con brillante talento 
(...) 

Entre tanto, los jóvenes guerreros, luchando en apiñado grupo, 
machacan con el ariete los muros; por todas partes se oye el fragor del combate. 

Las murallas cercadas son golpeadas por el anguloso mármol, 
los dardos caen densos y hieren a los infelices. 
(...) 

Entonces unos envían a otros al Orco, el lugar de la muerte, 
Guillermo de Habirudar y Luitardo de Uriz. 

Una lanza atraviesa a Zabirizun y el hierro volador a Uzacum, 
la honda hiere a Colizan y el aguda caña —saeta— a Gozan. 

No de otro modo podían los francos trabar combate 
sino unas veces con armas arrojadizas y otras con proyectiles de honda. 

El inteligente Zadun había mandado a los suyos que no confiaran en una batalla campal ni que casualmente osasen salir de la fortaleza. 
Durante veinte días se mantuvo esta incertidumbre 
y condujo a resultados varios. 

Ninguna máquina puede quebrar las puertas de los muros, 
y el enemigo no encuentra cauce para sus ardides; 
(...) 

Una segunda luna completaba sus días, 
el rey y los francos a un tiempo atacan la ciudad defendida. 
La máquina resuena repetidamente, los muros son batidos por todas partes. 
se encrespa la lucha, semejante a la cual no había existido otra. 
(...) 

Ya los moros miserables no se atreven a escalar las altas murallas 
ni desde las torres pretenden ver el campamento enemigo. 
(...) 

Entonces el piadoso rey en persona, blandiendo una lanza con fuerza, 
la lanzó ligera contra la ciudad. 
El proyectil surcando el aire se dirigió hacia la urbe, 
y se clavó violentamente en el mármol cercano. 
Ante este gesto los moros turbados con terror en el corazón 
admiraron la lanza y aún más el esfuerzo del que la había lanzado. 
¿Qué harían?. Ya habían perdido a su rey, ya la resistencia se debilitaba, 
la espada había aniquilado a los mejores de ellos; 
finalmente agotados por tanta lucha y por el hambre 
en consejo acordaron unanimemente rendir la plaza. 
Abrieron las puertas, permitieron el acceso a todos los lugares, 
la ciudad caída se entregaba al servicio del rey. 
Enseguida, sin demora, se extienden por la ciudad anhelada 
los francos vencedores y mandan a los enemigos. 
Era Sábado Santo, cuando este hecho aconteció, 
cuando la ciudad se abrió a los francos. 
Además, en el siguiente día, día festivo, subió a la ciudad 
el rey Luis triunfante para cumplir los votos hechos a Dios; 
y purificó los lugares donde las almas rendían culto a los demonios, 
y dió gracias piadosas al propio Cristo. 

Con la ayuda de Dios, dejadas guarniciones, 
el rey victorioso y su gente volvió a sus propias tierras. 

ERMOLD LE NOIR, "Poème sur Louis le Pieux et épitres au roi Pépin", Ed.E. FARAL, "Les classiques de l'histoire de France au Moyen Age", París, 1964, pp. 28-46.  

Los primeros condes catalanes:  

 Conocemos por relato de los antiguos que había existido un caballero de nombre Guifré, oriundo de la villa que llaman Arriá,la cual está situada en el territorio del Confent junto al río Tet, no lejos del monasterio de San Miquel de Ciuxá. Este caballero, muy célebre en virtud, armas y consejo, recibió por su probidad el condado de Barcelona de manos del rey de los francos. En un día determinado, cuando en unión de su hijo de nombre Guifré, a quien se llama Pilós, acudió a Narbona para entrevistarse con unos legados del rey, tirado de la barba por un franco en el curso de una sedición militar, le mató con su espada por lo que había hecho. En consecuencia, se dice que, apresado por ello, cuando era conducido a Francia a presencia del rey, promovida de nuevo la agitación en el camino, y queriendo aprovecharse de su captura para vengarse, fue muerto por aquellos que le conducían no lejos del Puig de Santa María. Sin embargo, su hijo, el mencionado Guifré, que con él era conducido, fue presentado al rey de los francos y él mismo explicó lo que había sucedido a su padre en el camino. Apenado también el rey, censuró el hecho y, puesto que ello había sucedido a sí, anunció que posteriormente el honor de Guifré podía ser motivo de perdición para el rey de los francos. 

 Sin embargo, el rey, habiendo acogido al ñiño, según se dice, se ocupó de encomendarlo para que lo educara a un cierto conde de Flandes, a cuya hija adolescente dejó embarazada; sin embargo, nadie tuvo conocimiento de este hecho excepto la madre de la joven, que sagazmente lo conoció y calló lo sabido más por pudor que por consentimiento. Dudando, no obstante, la madre de poder entregar su hija a aquel varón y temiendo también que si esta noticia llegase a conocimiento de algunos, la muchacha sufriría el oprobio de todos, finalmente adoptó esta decisión: llamó al mencionado joven jurándole que, si por voluntad divina, algún dia recuperaba la honor paterna, es decir, el condado de Barcelona, le daría la mencionada joven en matrimonio. Hecho esto, le vistió con pobres ropajes y con el hábito de peregrino, en unión de una anciana le envió al territorio de Barcelona junto a su madre, que vivía todavía permanecía viuda. Esta, reconociéndole porque tenía vello en un lugar insólito del cuerpo, de ahí el nombre de Pilós (Velloso), convocados, los magnates y próceres de toda su patria, que habían conocido a su padre y le habían permanecido fieles, les mostró celosamente a su hijo. Pensando entonces todos aquellos magnates y optimates con cuanto fraude y oprobio su padre había sido asesinado y él desheredado, le tomaron por señor y le juraron fidelidad tal como hacen los siervos con su señor. Después, acordado el día, se presentaron todos juntos con el niño en el lugar donde Salomón, de nacionalidad gala, a la sazón conde de Barcelona, habían convenido que debía morir; y alli, con el consenso general, el joven, desenvainada la espada, mató delante de todos al mencionado conde con sus propias manos, y, mientras vivió, él sólo poseyó su condado desde Narbona hasta Hispania. Finalmente, enviados legados a la Galia, tal como había prometido, tomó en matrimonio a la hija del mencionado conde de Flandes, presentándose a ella en el lugar y día convenidos. Después, con el consejo y ayuda de los amigos de la joven, se consiguió que tuviera la gracia y amistad del rey; y recibiendo por su mano su honor, en su corte permaneció largo tiempo. Y cuando todavía allí permanecía, le llegó la noticia de que los sarracenos habían venido a su patria, y, a la vez la habían invadido y retenido casi toda. En consecuencia, notificando también él mismo esto al rey, pidió su ayuda para combatirlos. Pero el rey, impedido por otros asuntos, no pudo prestarle auxilio. Sin embargo, añadió esto a su petición, que si el propio Guifré por sí mismo, en unión de los suyos, consiguiera expulsar a los agarenos de los mencionados confines, la honor de Barcelona pasaría perpetuamente a su dominio y al de todos sus descendientes; pues antes que él a nadie le había sido dado el condado por sucesión hereditaria, sino que el rey de los francos lo daba a quien quería y por el tiempo que quería. A continuación, Guifré, habiendo reunido a las fuerzas de los próceres de una y otra parte de las Galias, rechazó a los agarenos expulsados de todos sus confines hasta los términos de Lérida, y poseyó como dominio toda su mencionada honor, recuperada muy esforzadamente. De este modo, la honor barcelonesa pasó de la potestad real a las manos de nuestros condes de Barcelona. 

"Gesta comitum Barcinonensium", Ed. L.BARRAU DIHIGO; J.MASSO TORRENTS: "Cròniques Catalanes", II, Barcelona, 1952, pp. 3-5.  

Orígenes del reino de Pamplona:  

 En la era 943 surgió en Pamplona un rey de nombre Sancho Garcés. Muy unido a la fe de Cristo fue hombre devoto, piadoso entre todos los fieles y misericordioso entre los católicos. ¿Que más? En todas las circunstancias consiguió ser el mejor. Luchando contra los islamitas, causó muchos estragos entre los sarracenos. También tomó bajo su tutela todos los castillos sitos entre Cantabria y la ciudad de Nájera. Ciertamente poseyó la tierra de Deyo, con todas sus fortalezas. Además puso bajo su autoridad la "Arba" pamplonesa. También tomó toda la tierra aragonesa con sus castillos. Finalmente expulsados todos los malvados, en el año XX de su reinado abandonó el mundo. En la era 963 fue sepultado en el pórtico de San Esteban. Reina con Cristo en el cielo. 

 También su hijo, el rey García, reinó treinta y cinco años. Fue benigno, causó muchas carnicerías entre los sarracenos y así murió en la era 1008. Fue enterrado en el castillo de San Esteban. 

 También su hijo el rey Sancho, reino sesenta y cinco años. Fue benigno con todos, beligerante con los sarracenos y protector y amigo de los monjes. Falleció en la era 1073. Fue sepultado en el monasterio de Oña. 

 También su hijo, el rey García, reinó veintiún años. En la era 1092 fue muerto en Atapuerca. Fue sepultado en Nájera. 

"Genealogías de Roda". Ed. J.M. LACARRA, "Textos navarros del Códice de Roda". Recoge, M.RIU, "Textos comentados de época medieval (siglos V al XII)", Barcelona, 1975, pp.501-503.