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Los Perros Románticos (1998)

            

Fundación Social y Cultural Kutxa, Zarautz, 1998, 91 págs

Lumen, Madrid, 2000, *** págs

El Acantilado. Barcelona, 2006, 90 págs.

 Este volumen reúne los poemas escritos por Roberto Bolaño entre 1980 y 1998. El amor, la muerte, el exilio y la política, son algunos de los temas tratados con la ironía que aprendió de quien siempre consideró su maestro, el poeta chileno Nicanor Parra.

Prólogo de Pere Gimferrer

Porque el autor es chileno y hace a Parra personaje de un poema, parece inevitable hablar de «antipoemas»; porque es muy conocido como narrador, resulta lógico referirse a sus poemas narrativos. Ambas cosas responden a la realidad; no sería menos exacto decir que, en Bolaño, la narrativa en prosa es una forma, apenas enmascarada, de poema e incluso de antipoema. Sus ficciones, en modo alguno realistas salvo como metáfora y parodia, no ya de la realidad, sino de sí mismas, en la fecunda frontera ambigua en que colindan el pastiche y el homenaje, son tan poéticas como narrativos son sus poemas/antipoemas. Y, en cuanto poeta en verso, acaso sea, efectivamente, su aportación y su mérito mayor el hecho de reconquistar un territorio—el poema narrativo de apariencia coloquial—que parecía usufructuado o usurpado definitivamente por los epígonos del realismo de bolsillo, para los dominios de la aventura y de la imaginación a la vez cotidiana y visionaria.

Buena parte de los textos de Bolaño, en prosa o en verso, parecen—y son—una broma, pero una broma refinada y compleja, de significación polivalente, que puede desvelar el envés de los hechos y dejarnos súbitamente sobrecogidos al mostrar, tras lo absurdo hodierno, el fracaso y la inmolación de una generación de jóvenes que quisieron hacer la revolución, o el latir insurrecto de las pulsiones atávicas tras la rutina sórdida del existir acorralado en las esquinas desde las que, día a día, el orden o el desorden íntimos impugnan—y es esto lo propio del poema—el orden o desorden exterior.

Cada texto, y cada poema de Bolaño, en finta arriesgada, inteligente y audaz, a la vez que se significa a sí mismo, significa varias cosas, incluso aparentemente contradictorias, a un tiempo; la ironía no es en él menor que el patetismo, y la frecuente economía expresiva de estos poemas no impide que admiremos en ellos también la capacidad de mantener el aliento, sin ceder en tensión poética, en las composiciones largas. Es una voz singular, sí; pero no carece de estribadura, ya desde Laforgue o Ducasse, en la genealogía de la modernidad, y su capacidad de sorprender no vela su capacidad de conmover, ni, al provocar, olvida reflexionar en el espejo cóncavo o convexo del poema: palabra que, reflejándose a sí misma, refleja al lector y al acto de leer. Modernidad, pues, en suma.  

Pere Gimferrer, 2000

 

De la presentaciónde de la edición de la Fundación Kutxa:

"Siempre me ha costado reflexionar sobre mi poesía o sobre el oficio de poeta. Las pocas veces que lo intenté, al leerme, me sentí como un tipo ridículo que mete la pata hasta el cogote, nunca dije lo que de verdad quería decir. Pequé por exceso o por mesura. Tal vez eso sea lo que el espejo nos devuelve -acierto más, acierto menos- de nuestro trabajo: jóvenes ridículos y mal vestidos, poetas mendicantes, viejos detectives latino americanos que se pierden en una investigación vana y peligrosa. El oficio carece de consuelo, como no sea el que malignamente nos ofrece Boecio. Lo sabía Garcilaso, que escribió: 'La mar en medio de tierras he dejado/ de cuanto bien, cuidado, yo tenía; / yéndome dejando cada día, / gentes, costumbres, lenguas he pasado. Garcilaso, muerto a los 33 años de una herida en la cabeza'. La mujer que amaba, doña Isabel Freyre, fue más lista: se casó con un comerciante rico, Fonseca, llamado 'El Gordo'. Y la lista es interminable. Además, según me dicen, cada día se lee menos poesía. Como en los tiempos antiguos en que a los poetas sólo los leían los poetas. Así, pues, no es que optemos por la humildad sino que no nos queda otro remedio”.

 

 

Poemas seleccionados:

LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años
Y estaba loco.
Había perdido un país
Pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
Lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
Ni estudiar en la madrugada
Junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
En penumbras,
En uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
Y visitaba el sueño: estatua eternizada
En pensamientos líquidos,
Un gusano blanco retorciéndose
En el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
Y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

RESURRECCIÓN

La poesía entra en el sueño
como un buzo en el lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito cono Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Batalón.
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.

EN LA SALA DE LECTURAS DEL INFIERNO

En la sala de lecturas del Infierno En el club
de aficionados a la ciencia-ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces
los ojos verdes Y 26 años
Un servidor

 

  Reseñas críticas

  La larga marcha del sueño, por Julio Tura

 

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