IDENTIDADES Y FRONTERAS EN GRECIA CENTRAL

José Pascual González

Universidad Autónoma de Madrid

1. Identidad e identidades

Identidad, etnicidad, fronteras, si por separado son conceptos cuyo análisis resulta complejo, la investigación se torna aún más dificultosa cuando se tiene la pretensión de vincularlos. Partamos de una definición relativamente sencilla de la identidad: el sentimiento por parte de un individuo de pertenecer a un grupo social de tamaño variable con el que comparte determinados rasgos, valores y símbolos. Así definida la identidad se caracterizaría, en primer lugar, por la autopercepción y la autoadscripción, esto es, los miembros de determinada colectividad social se identifican a sí mismos como parte del grupo, poseen un sentimiento autoconsciente y autodefinido de tener en común ciertos elementos, y se autoadscriben además a dicho grupo. En los casos que vamos a analizar focidios, beocios, minias y locros orientales, equivaldría, en definitiva, a la conciencia individual de sentirse parte de los beocios, focidios, minias o locros. Como vemos, por su propia esencia, la autopercepción y la autoadscripción son en gran medida sentimientos subjetivos de pertenencia que usan también de manera subjetiva tradiciones, rasgos y emblemas. En consecuencia, la identidad tendrá siempre un componente sentimental y evanescente antes que objetivo y claramente definible lo que equivale a afirmar que nos movemos en un terreno emocional que se resiste con mayor tenacidad al análisis histórico. En este contexto subjetivo podríamos decir que importa más lo que los propios actores dicen de sí mismos que lo que hacen o hubieran hecho. Por ejemplo, para la construcción de la identidad étnica beocia lo importante no es que la migración de los beocios desde Tesalia a la región que habrían de ocupar en época histórica hubiera tenido realmente lugar, sino que todos los beocios creían que así fue. En segundo lugar la identidad no es sólo materia de autopercepción y autoadscripción sino también de percepción y adscripción por los otros; esto es, un grupo suele ser normalmente reconocido como tal y como diferente por otros grupos de la misma o similar categoría. De este modo, los beocios se sentían beocios y eran reconocidos como tales por atenienses, focidios y locros orientales. Finalmente, las identidades se caracterizan también por la variabilidad de sus componentes: raza, lengua, religión, cultura, costumbres, etc., según los casos, o simplemente faltan, o, cuando existen, tienen distinta importancia. Por ello, un mismo elemento puede ser nuclear o secundario o bien inexistente en cada identidad, operar de distinta manera o aparecer en época diferente.

En cada individuo confluyen varias identidades. Entre focidios, locros orientales, minias y beocios identidades como fratrías o tribus prácticamente no aparecen en la documentación. En el caso locro se ha afirmado que Locris Epicefiria, la colonia italiota de los locros, poseía una división en doce fratrías y tres tribus pero no sabemos si ello respondía a instituciones metropolitanas. En relación con Orcómeno, Pausanias (9.34.10) recoge la tradición de la fundación de dos tribus por parte de su rey Eteocles pero nada sabemos de su importancia y persistencia. Sin duda la indagación en identidades como tribus o fratrías es problema principal en el estudio de estos pueblos; ahora bien, en el estado actual de nuestros conocimientos, quizá podamos apuntar que estas identidades pudieron ser inexistentes o cuando menos poco relevantes. En apariencia estamos, pues, ante familias pequeñas de tipo nuclear y no ante organizaciones gentilicias amplias. Ello nos llevaría a afirmar que en Grecia central existieron cuatro identidades básicas: familiar, políada, griega y étnica. Dejando a un lado las tres primeras, nos centraremos en el análisis de la identidad étnica. 

2. Los componentes y la definición de la identidad étnica

La etnicidad, entendida como un tipo determinado y específico de identidad, se caracterizaría por su naturaleza subjetiva y su variabilidad de rasgos y, como consecuencia de ello, resultaría prácticamente imposible elaborar criterios objetivos, esquemas o estructuras aplicables a varios casos. Esto significaría que, partiendo de un puñado de hipótesis de trabajo, concretamente un cierto número de rasgos definidores de la identidad, cada elemento debe ser analizado como un caso particular y concreto en el seno de cada comunidad étnica y los resultados del análisis serán, al menos en parte, diferentes a otras identidades étnicas y no necesariamente aplicables a ellas.

No es fácil ni siquiera establecer un pequeño número de elementos definidores de etnicidad que puedan ser estudiados en cada etnia. Tampoco el término con el que los griegos denominaban a estas comunidades, ethnos, es de gran ayuda. En general, sirve para referirse a grupos de diversa amplitud y naturaleza que pueden tener poco en común: puede designar un Estado federal, o un pueblo, como los locros, en sentido amplio sin que necesariamente tenga que constituir un estado, o una subetnia como, por ejemplo, algunas organizaciones gentilicias apolíadas, o incluso grandes unidades como los jonios o los dorios4. Por lo demás, dentro de los rasgos que se incluyen comúnmente en la definición de determinados grupos la raza, la distinción física genéticamente heredada, está ausente en las identidades de Grecia central. Todos se consideraban griegos sin que establecieran diferencias raciales entre ellos. Otro aspecto relativamente débil es la lengua. En realidad la relación entre lengua y etnicidad no está determinada por unas condiciones estables e invariables de modo que la lengua no está siempre presente como un componente de la etnicidad. En los casos analizados, todos tenían la conciencia de hablar la lengua griega y sólo cabe establecer diferencias en el nivel dialectal. Focidios y locros tenían posiblemente poca conciencia de hablar dos dialectos tan distintos y quizá el dialecto fuera considerado un elemento más bien secundario en la construcción de sus identidades. Los beocios y los minias formaban una comunidad dialectal conjunta (el beocio) pero parece que ellos se consideraban más bien hablantes de eolio.

Como punto de partida podemos tomar dos testimonios fundamentales: el Catálogo de la Naves homérico y los dos discursos que Tucídides (3.53-67) atribuye a plateos y tebanos respectivamente. El Catálogo de las Naves enumera en el área objeto de nuestro análisis a cuatro etnias diferentes: los beocios (Il.2.498-510) que ocuparían buena parte de la Beocia histórica desde Copas en el norte y Coronea en el sur o Lebadea (si la identificamos con Midea); los minias, establecidos en una pequeña zona del oeste del Lago Copais con las localidades de Aspledón y Orcómeno (2.511-516); los focidios extendidos en toda la Fócide histórica (2.517-526) y los locros (2.527-535) que en el Catálogo se hallan asentados únicamente en la posterior Lócride Oriental y no figuran localidades de la Lócride Occidental.

De acuerdo con Tucídides, en los discursos antitéticos que plateos y tebanos pronuncian en 427, se destacan como componentes de sentimiento comunitario, sea políado o étnico, el territorio (3.58.5),la tradición histórica común como la migración beocia (3.61.2), los dioses y los sacrificios ancestrales (3.58.5) y las tradiciones de los antepasados (3.61.2) que, en el caso tebano, son comunes a todos los beocios (3.65.2, 66.1) y que, además de otros componentes (costumbres, leyes, modo de vida), implicaba básicamente la introducción de una oligarquía (3.66.1, llamada isonómica en 3.62.3) y el reconocimiento de la hegemonía tebana (3.61.2). 

2.1.El territorio y la tradición histórica

Podemos partir, pues, de estos elementos: territorios, tradiciones históricas, religiones, antepasados (genealogías), federalismo y aspectos culturales.

Estos pueblos de Grecia central distinguían dentro de su conciencia étnica dos tipos de territorios, un territorio primordial, originario del grupo, y otro territorio que podríamos llamar histórico, aquél que ocupan a partir de finales de la Época obscura. Dentro del territorio histórico es posible distinguir también un núcleo y un área más extensa. Los beocios se consideraban originarios de la zona de Arne en el sudoeste de Tesalia en la región de la Tesaliótide. Aquí se habían constituido ya como un grupo bien definido. De Arne fueron arrojados en bloque por los tesalios después de la Guerra de Troya, llegaron entonces a Beocia, la ocuparon y expulsaron a la mayor parte de su anterior población. La conciencia de su origen tesalio estaba presente con gran fuerza en la identidad beocia; por ejemplo, una de sus divinidades principales era Atenea Itonia en el territorio de Coronea, diosa homónima del santuario tesalio que se localizaba entre Feras y Larisa. Asimismo es posible quizá definir dentro del territorio histórico beocio dos núcleos principales, una zona en torno a Coronea y Haliarto que se extendería hasta Tebas, y el área del río Asopo y el Citerón en el sur donde se localizan gran número de leyendas beocias. El territorio histórico beocio en sentido amplio comprendería toda Beocia incluyendo la zona minia. 

Fig.1. Beocia
Los locros tenían conciencia de haber emigrado a la Lócride Oriental antes de la Guerra de Troya pero escasamente de un territorio concreto, quizá del Épiro. Los recién llegados se establecieron en primer lugar en Opunte. Desde Opunte los locros fundaron todas o buena parte de las ciudades de la Lócride Oriental y, posteriormente, colonizaron la Lócride Occidental. Tendríamos, pues, tres fases: una primera migración posiblemente desde el Épiro, una fase de asentamiento en Opunte y un último período de dispersión. De las tres etapas, la más importante es precisamente la intermedia u opuntia. Así, emigrados de un territorio cuya localización tenía escaso valor en su conciencia étnica, habrían llegado a Opunte sin considerarse todavía un grupo homogéneo. Su asentamiento en Opunte había hecho fraguar su identidad étnica y desde aquí parte del ethnos habría partido para colonizar ambas Lócrides. Por ello, Opunte era considerada la metrópoli de los locros (Estrab.9.4.2) y el resto de los locros eran apoikoi de los opuntios (Estrab.9.4.9). Dicha tradición reforzaba la pretensión opuntia de gozar de la hegemonía entre los locros. A diferencia de los beocios, el núcleo del territorio histórico tenía para los locros una importancia decisiva, importancia que era menor en el caso del territorio histórico extenso mientras que el territorio primordial era irrelevante. 
Figura 2. Fócide y Lócride Oriental
Fig.2. Fócide y Lócride Oriental
De manera completamente distinta a los casos beocio y locro, la verdadera característica originaria de la etnia focidia es su heterogeneidad. En la tradición de los focidios cada pólis había sido fundada por un grupo diferente en un momento distinto: los descendientes de los flegias de la zona de Orcómeno se habían establecido en Panopeo (Paus.10.4.1) y en Yámpolis los hiantes de Tebas (Estrab.9.2.3; Paus.10.35.5); los de Estiris procedían del demo ático de Estiria (Paus.10.35.8), los de Abas y Elatea eran originariamente argivos (Paus.10.34.2, 35.1) y los de Dáulide (Tuc.2.29) tracios, esto es, ni siquiera griegos. Los focidios carecían, pues, completamente de un territorio primordial conjunto e incluso parece difícil hablar de un núcleo étnico dentro del propio territorio histórico. Todos ellos habrían llegado en diferentes oleadas sin conexión entre sí después de la Guerra de Troya y habrían creado la conciencia de su identidad focidia en la propia Fócide, en toda ella y no en ninguna ciudad en particular, a través de la convivencia en todo el territorio histórico de gentes de orígenes muy diferentes.
Los minias también era originarios de Tesalia de la zona de Yolco en la Magnesia. De aquí habrían sido expulsados llegando a Orcómeno. Desde Orcómeno, los minias habrían colonizado buena parte de Beocia hasta el monte Ptoo en la zona de Acrefia por el norte y Haliarto en el sur. Es posible que extendieran su influencia en parte de la Lócride Oriental. Estaríamos aquí ante un caso similar en algunos aspectos al locro. Partidos de Tesalia desde distinto lugar y en distinto momento a los beocios, este territorio originario sería secundario frente al papel decisivo que adquiere el asentamiento en Orcómeno. De menor importancia sería también su posterior extensión.
Otro de los elementos esenciales de la etnicidad es la propia tradición histórica. Como vimos en el caso beocio, es posible que algunos de estos pueblos tuvieran ya una incipiente conciencia de unidad pero la creación de una conciencia étnica tuvo lugar en sus respectivos territorios históricos, especialmente desde la segunda mitad del siglo X y durante el siglo IX cuando, finalizados los movimientos migratorios, se establecieron unas condiciones más pacíficas. Posiblemente esta conciencia étnica está ya bastante bien definida en el siglo VIII. En el último tercio del siglo VIII vemos surgir un buen número de asentamientos agrupados que nos hablan no sólo de un periodo de crecimiento demográfico sino de una concentración de la población a través de sinecismos. Es el momento, en nuestra opinión, en el que se configuran las póleis en Grecia central. Esto equivale a afirmar que la formación de la identidad étnica fue previa al nacimiento de las póleis. A lo largo del siglo VII la conciencia étnica continuó afirmándose sin llegar todavía a la creación de estados federales. Antes o después de la Primera Guerra sagrada (591/0-582/1) los tesalios controlarían la Lócride Oriental y al final de dicha guerra siguió el sometimiento de la Fócide y la imposición de la hegemonía tesalia sobre Beocia. Poco tiempo después (c.571) los beocios, bajo el liderazgo de Tebas, se sacudieron la hegemonía tesalia con su victoria en la batalla de Cereso (Plu.Mor. 866 E-F, Cam. 19.2; Paus.9.14.2). Tras la victoria beocia, los focidios y locros se libraron también del dominio tesalio. Después de la hegemonía tesalia, hacia 570-560, tuvo lugar posiblemente la creación de los Estados federales focidio y locro oriental, por lo que parece fuera de toda duda que la lucha contra los tesalios reforzó estrechamente la conciencia étnica de focidios y locros orientales. La situación en Beocia fue, sin embargo, bastante diferente. La Confederación beocia no se creó inmediatamente después del dominio tesalio. Bien al contrario el periodo subsiguiente se caracterizó por el enfrentamiento entre las póleis de Beocia, quizá entre minias y beocios. Así, a lo largo del siglo VI se formó una alianza en torno a Tebas en la que estaban incluidas las póleis vecinas como Tespias, Coronea y Tanagra (Hdt.5.77), que se enfrentó a las póleis del oeste de Beocia como Orcómeno e Hieto, y que puede considerarse el núcleo político de lo que más tarde será el Estado federal. Finalmente la conciencia de identidad beocia, el creciente poder tebano, la derrota de algunas póleis del occidente beocio y los vínculos de colaboración que se habían establecido entre Tebas y otras ciudades cristalizaron en el último cuarto del siglo VI (ca. 520) en la creación de la Confederación beocia. 
2.2.Cultos y santuarios étnicos
Los cultos suponen un importante factor en la formación, evolución, mantenimiento y diferenciación de las comunidades étnicas. Obviamente no se puede hablar de una religión diferente a la religión griega en general pero si de la predilección por determinadas divinidades y héroes, santuarios y prácticas rituales.

En la Lócride Oriental los cultos principales estaban consagrados al héroe Ayante y a la diosa Atenea. Ayante, el hijo de Oileo, el rey de los locros, un reino cuya capital estaba en Opunte, fue quien mandó al ethnos locro en la Guerra de Troya (11. 2.527-530). A Ayante se consagraban los Ayantea, los únicos juegos que sabemos que se celebraban en el Lócride Oriental y que están atestiguados al menos en el siglo VI. Menos aún sabemos del culto a Atenea para la que contamos únicamente con las acuñaciones monetarias con la leyenda opuntios o locros. Se trataría en todo caso de una Atenea guerrera y como tal, tocada con el yelmo, aparece representada en la amonedación locra. Aunque difundidos en otras póleis locras, ambos cultos parecen tener su centro principal en Opunte, la ciudad hegemónica, por lo que además se convirtieron en un factor de manipulación opuntia con el fin de reforzar su predominio en toda la Lócride.

En la Fócide, el culto principal estaba dedicado al héroe epónimo Foco, de origen egineta o corintio (Paus.10.1.1) en todo caso extranjero. Foco es considerado el fundador o archegetes de la etnia focidia y su culto tiene ya carácter étnico antes de mediados del siglo VI. Su herón principal se situaba en el valle del río Platanias, al sudeste de Dáulide, donde se celebraban también las asambleas de la Confederación focidia. Las prospecciones en esta zona han definido dos concentraciones de vestigios antiguos, una de las cuales, la más próxima al río, se remonta al menos al siglo VI. El herón principal de Foco estaba, pues, lejos de la ciudad focidia más importante, Elatea, y nunca pudo ser empleado como un factor de hegemonía por ciudad alguna de la Fócide. Foco recibía culto también en otras dos póleis focidias, Yámpolis y Titorea. Es posible, por tanto, que una de las características más acusadas de Foco fuera la pluralidad de centros de cultos y su difusión debió ser un factor principal para que los focidios superaran su heterogeneidad originaria. Otro culto importante era el de Artemisa Elafebolia, una Artemisa guerrera cuyo santuario se localizaba en Kalapodi a escasa distancia de Yámpolis. Aquí tenían lugar las fiestas de los Elafebolia que conmemoraban las victorias focidias sobre los tesalios. Gracias a las excavaciones alemanas podemos estudiar la evolución del culto a Artemisa Elafebolia con bastante detalle. Los primeros vestigios cultuales de Kalapodi se datan en el HR IIIC. El culto prosigue de manera ininterrumpida desde finales de la época micénica al siglo IX. En la segunda mitad del siglo IX se construyeron dos templos bastante modestos, dedicados uno a Artemisa y otro a Apolo. En la primera mitad del siglo VII, el espacio religioso se reorganizó totalmente y se elevó un gran templo que sería arrasado por un incendio a principios del siglo VI. En el segundo cuarto del siglo VI un nuevo programa constructivo de gran amplitud promovió la construcción de dos importantes templos que fueron destruidos nuevamente hacia el 480 y reemplazados por un gran templo que se erigió a mediados del siglo V. En suma, sobre un lugar de culto cuya actividad se inició a finales del periodo micénico, durante el siglo IX pasamos de un culto posiblemente local a un culto étnico, un proceso que ha culminado ya a principios del siglo VII dado que la reorganización del santuario en este período excede con mucho las posibilidades de la propia Yámpolis. La destrucción de este santuario a principios VI puede relacionarse con la irrupción tesalia y su reconstrucción, hacia el 560, corresponde a la victoria focidia contra los tesalios y a la institución de los Elafebolia. Su nueva destrucción obedece obviamente a la Segunda Guerra Médica.

En el caso de Beocia el culto al héroe epónimo, Beoto, es irrelevante y los cultos étnicos principales son los de Atenea Itonia en Coronea y Posidón en Onquesto en el territorio de Haliarto. Ambos santuarios pambeocios están extramuros del asty de las póleis en cuyos territorios se sitúan. Ambos están muy alejados de Tebas y parecen haber servido de freno a las ambiciones hegemónicas de esta última pólis. El santuario de Atenea Itonia no ha sido situado con seguridad. Posiblemente la mejor localización sea en la llanura de Coronea a orillas del Copais, a un kilómetro de al nordeste de la actual Mamoura. Aquí el culto data al menos del siglo VI. Se trataba, como dijimos, de una diosa homónima de la divinidad tesalia y recordaba el origen tesalio de los beocios. La Atenea Itonia era también una diosa guerrera y en su honor se celebraban los Pambeocia, las fiestas étnicas que constaban de competiciones musicales, poéticas y atléticas. El santuario de Posidón en Onquesto se localizaba en el paso de Steni a unos cuatro kilómetros al este de Haliarto. Aunque no hay restos arqueológicos que puedan datarse entre el HR A y la época clásica, ello debe ser producto del azar ya que el santuario es mencionado en el Catálogo de las Naves (Il. 2.506) y en los Himnos pseudohoméricos de Apolo y Hermes que podemos fechar a principios del siglo VI.

El caso de los minias es muy mal conocido. Los minias recibían su nombre de Minias, uno de los reyes de Orcómeno. El centro cultual de Minias no era otro que su sepulcro localizado en Orcómeno, el famoso tolo (Paus. 9.36.5-6, 37.1, 38.2-3). Es difícil saber si existía algún otro culto que podamos llamar minio. El santuario más importante de la pólis orcomenia estaba dedicado a las Gracias27 a las que se consagraban las competiciones musicales y dramáticas de los Caritesia, pero desconocemos si su culto transcendía a otras zonas mimas. Un culto originalmente minia pudo ser Trofonio que contaba con un célebre oráculo de Lebadea. De hecho, según la tradición minia, Trofonio era hijo del rey orcomenio Ergino (Paus.9.37.4).

En definitiva, entre beocios, focidios, locros y minias varios cultos pueden ser considerados como étnicos. Se trata de un pequeño número, normalmente dos, frente a la profusión de cultos políados, que se encuentran ampliamente difundidos en el seno de cada comunidad étnica. Usualmente estos cultos étnicos suelen centrarse en un héroe, sea o no epónimo, que se considera el fundador de la estirpe, y en una diosa olímpica de carácter guerrero. En el caso locro un héroe no epónimo y una diosa olímpica; entre los focidios, un héroe epónimo y una diosa olímpica; entre los beocios un dios olímpico, Posidón, que asimila a un héroe local, Onquestio, considerado hijo de Posidón (Paus. 9.26.5), y una diosa olímpica y en los minias quizá dos héroes, Minias y Trofonio, uno de ellos epónimo. Aunque este último caso plantea dificultades, normalmente a uno de estos cultos étnicos se les consagra la fiesta étnica principal (Ayantea, Elafebolia, Pambeocia). 

2.3.Las genealogías étnicas

Estos pueblos de Grecia central explicaban parcialmente su historia más antigua y se pensaban a si mismos en forma de genealogías que servían también para articular nociones y relaciones de parentesco, ancestros y descendencia común. Dichas estirpes genéticas podían ser o bien políadas en la medida que explicaban la historia de determinada pólis o bien étnicas en cuanto que estaban difundidas y eran compartidas por todos los miembros de la misma etnia.

Como vimos, entre los locros orientales el héroe principal era Ayante, el hijo de Oileo. Ayante nació en Nárica, en la Lócride Epicnemidia, su padre, Oileo era también rey de los locros. Ayante heredó el trono, combatió a los focidios y condujo a los locros en la Guerra de Troya. Murió en el viaje de vuelta castigado por los dioses. Descendiente de Ayante era Locro, el héroe epónimo de etnia y asimismo rey. Sus hijos fueron Opunte, que dio su nombre a la capital de los locros orientales, y Fiscio, homónimo de la capital de los locros occidentales. Enfrentado a su hijo Opunte, Locro marchó con sus partidarios a la Lócride Occidental y la colonizó. Opunte quedó como rey en la Lócride Oriental y su hijo, Cino, dio nombre al puerto de Opunte. Una hija de Cino, Larimna nombró a esta pólis del sudeste de la Lócride Hipocnemidia (Paus.9.23.7). La genealogía mítica locra vinculaba genéticamente a varias partes de la Lócride entre si, destacaba el papel de Opunte y puede reflejar las fases de la expansión locra: el primer establecimiento en Opunre, la colonización de la Epicnemidia (Nárica), la posterior expansión en la Lócride Occidental (Locro y Fiscio) y quizá un último asentamiento en el sudeste de la Lócride Oriental (Larimna).

La figura de su héroe epónimo, Foco, fue un importante factor en la construcción de la identidad focidia. Según la tradición predominante, Ornitión, hijo de Sísifo, un corintio, fue llamado a Yámpolis para que ayudara a sus habitantes en una guerra que éstos sostenían contra los locros por la posesión de Dafno. Habiendo vencido a los locros, Ornitión se convirtió en rey del país y su hijo Foco heredó el reino y dio nombre a la región. Foco se casó con Antíope y el sepulcro conjunto ambos se encontraba en Titorea (Paus. 9.17.6, 10.32.10). Como vemos, la tradición focidia destaca el origen extranjero de la etnia y no establecía vínculos genéticos entre Foco y otros ancestros de las ciudades focidias: la tradición se concentraba más bien en la figura de Foco y su difusión y actuación en el conjunto de la Fócide.

Aunque el héroe epónimo de los beocios, Beoto, hijo del tesalio Itono y de la ninfa Melanipe (Paus. 9.1.1) afirmaba el origen tesalio de la etnia, su figura tuvo siempre escasa importancia. Las genealogías más importantes se centraban en la casa real tebana, la de Heracles, Layo, Edipo, Antígona etc., y en una serie de tradiciones que vinculaban a las póleis del sur de Beocia. Así, por ejemplo, de Asopo, el gran río del sur beocio, nacieron Platea, Tespia y Tanagra. En resumen, el patrimonio mítico beocio resaltaba la importancia de Tebas y su integración con el resto de las tradiciones beocias. Quizá sea posible pensar que la tradición mítica beocia destacaba la formación de su identidad en la zona de Tebas y en todo el sur de Beocia con Tespias, Tanagra y Platea.

La tradición de los minias de Orcómeno era sin duda una de las más importantes y conocidas de toda Grecia. Viniendo de Tesalia los minias se habían establecido en primer lugar en Orcómeno (Estrab. 9.2.40) sede de una celebérrima dinastía real de la que formaron parte Minias y su hijo Orcómeno. Desde Orcómeno y a través de vínculos genéticos los minias explicaban una expansión que cubría todo el Oeste de Beocia (Lebadea, Coronea y Haliarto) hasta Haliarto en el sur y Acrefio en el norte (con Hieto, Olmones y el monte Ptoo). De acuerdo con la tradición, los minias llegaron a exigir a los tebanos el pago de un tributo del que fueron liberados por Heracles que derrotó duramente a los orcomenios. En suma la tradición minia destacaba el papel central de Orcómeno y reivindicaba la existencia de una zona minia en el oeste beocio bajo la hegemonía de Orcómeno. Por último, su patrimonio mítico se enfrentaba a la tradición tebana. 

2.4.El estado federal y la tradición cultural

En Grecia central algunas identidades tenían ciertamente trascendencia política, por ejemplo, la pertenencia a una familia aristocrática era prácticamente una condición sine qua non para optar al liderazgo político en Beocia o en la Lócride Oriental. Asimismo, el sentimiento de pertenencia a la comunidad eolia favorecía las relaciones y alianzas con otros pueblos eolios, pero únicamente dos identidades en Grecia central constituyeron una comunidad política, un estado: la identidad étnica, institucionalizada parcialmente en estado federal, y la identidad políada. Por lo tanto, estas identidades forman parte no sólo del análisis social sino también de la historia política.

La pólis puede ser definida como una comunidad política dotada de un centro urbano, un cuerpo de ciudadanos e instituciones políticas de carácter asambleario, representativo o electivo y de un territorio que le es propio y que se encuentra delimitado por una serie de líneas fronterizas. Entre beocios, focidios y locros, las póleis poseían además otras tres características principales: a) son organizaciones políticas subétnicas; b) son las únicas comunidades políticas subétnicas y no existe ningún otro tipo de organización política subétnica como tribus apolíadas y c) tendieron a adoptar un patrón organizativo e institucional similar o idéntico al del Estado federal.

El Estado federal griego, nombrado de diversa manera, ethnos, synteleia, sympoliteia o koinon (este último era el término preferido), es un estado (con territorio, cuerpo de ciudadanos, fronteras, instituciones y capital propias) suprapolíado, que tiene como núcleo una comunidad étnica y como base la sympoliteia, la colaboración mutua y la representación proporcional.

La sympoliteia, el intercambio de derechos de ciudadanía, implicaba la concesión a todos los ciudadanos de la Confederación, independientemente de la pólis a la que pertenecieran, de los derechos de matrimonio (epigamía), propiedad de bienes inmuebles (énctesis y oikía) y derechos políticos, judiciales y civiles en todo el ámbito de la Confederación. El ejercicio de estos derechos dependía únicamente de la residencia. La sympoliteia conllevaba, pues, la existencia de dos ciudadanías, una local y otra federal y, por tanto, la convivencia de dos soberanías, local y federal.

Como en la actualidad, en general el federalismo implicaba también en el mundo griego una cierta división del poder, una descentralización contractual, una dispersión estructurada del poder en el cual el centro político ejercía sus competencias en áreas concretas y no controlaba todas las decisiones. En las Confederaciones de Grecia central se reconocían dos entidades políticas distintas que poseían competencias y funciones diferentes: el Estado federal y las póleis que lo formaban. Frente a las competencias locales de las póleis, el Estado federal se encargaba de la política exterior y la defensa (sus funciones principales), y además del mantenimiento del orden interno y del régimen político, de la elección de todos o parte de los magistrados federales y del control de los mismos, de determinadas competencias legislativas y jurisdiccionales, de la administración de los santuarios federales y, en ocasiones, se arrogaba el derecho exclusivo de acuñar moneda. Para ello el Estado federal poseía una serie de instituciones propias, independientes de las de las póleis, como magistraturas, consejo y/o asamblea, tribunales, tesoro y un sistema de contribuciones económicas. Por la existencia de una sympoliteia y el desarrollo de sus instituciones, la Confederación transcendía a una symmachia multilateral o Liga de guerra y por sus funciones y competencias se diferenciaba también de la anfictionía religiosa.

El Estado federal se fundaba además sobre el principio de la proporción y representación geométrica. Se trataba, pues, de un gobierno representativo en el que todos los estados miembros participan y están representados pero no de forma paritaria ya que, según sea la contribución de cada pólis, así será su presencia en las instituciones federales.

Naturalmente el federalismo tenía sus peligros, en primer lugar podía encubrir la hegemonía de una pólis como Opunte o Tebas sobre los demás miembros de la Confederación y además podía servir al mantenimiento de un determinado régimen político no sólo en la Confederación sino en las póleis como la oligarquía en Beocia y posiblemente la democracia en Fócide.

De las cuatro etnias consideradas sólo dos, beocios y focidios, crearon un estado federal. En el caso de los locros, ambas partes de la misma etnia, locros orientales y locros occidentales, tuvieron su propio estado federal diferenciado. Aparentemente los minias sólo pudieron crear póleis y todo lo más una symmachia o alianza militar multilateral.

Como vimos, la Confederación de los locros orientales pudo formarse hacia mediados del siglo VI (570-560) tras el final de la dominación tesalia. Está atestiguada al menos en la primera parte del siglo V. La organización interna de este Estado federal es bastante mal conocida, podemos suponer la existencia de magistraturas (quizá un arconte como magistrado principal) e instituciones federales como una asamblea oligárquica, tasas y un sistema judicial común. La capital federal era Opunte que ejercía también de pólis hegemónica al aparecer de una manera bastante férrea. En el siglo V la Confederación parece haber incluido toda la Lócride Oriental. Sin embargo en el siglo IV, varias ciudades como Larimna y Halas formaron parte del koinon beocio y adoptaron sus instituciones tanto federales como locales. Al menos desde el siglo V, si no desde mucho tiempo antes, los locros orientales tenían un régimen oligárquico y el koinon contribuiría a su sostenimiento. Únicamente cuando varias póleis de la antigua Confederación fueron incluidas en el Estado beocio, éstas adoptaron el régimen democrático por lo que en este caso la democracia parece haber sido impuesta por una potencia externa al ethnos.

Es posible que la Confederación focidia se formara también hacia mediados del siglo VI (570-560), en el contexto de la lucha contra los tesalios, por la unión de una veintena de póleis. Sobre el Estado federal focidio nuestra información es muy escasa y procede en lo esencial del siglo IV. Todo parece indicar que, al menos en esta época, el koinon y las póleis que lo formaban disponían de un régimen democrático. Las instituciones federales más importantes parecen haber sido un colegio de formado por dos o tres estrategos, aunque en época de crisis se concentraban los poderes en manos de un único strategos autokrator, y una asamblea democrática. Ciertamente Elatea, que ocupaba una posición geoestratégica clave, era la capital de la Fócide, pero no parece haber disfrutado de una situación de predominio comparable a Opunte o Tebas. De hecho, las reuniones federales tenían lugar en el Fócico sobre la ruta sagrada a Delfos, bastante lejos de Elatea. El Estado federal focidio se mostró extraordinariamente compacto hasta su disolución por Filipo de Macedonia en el 346. Excepto Delfos que casi siempre se mantuvo fuera de la organización, sólo Abas, que no participó en la III Guerra sagrada, parece haberse separado de la política general del koinon y exclusivamente en este periodo (356-346). La Confederación focidia se nos muestra así bastante diferente a otros estados federales de Grecia central por su régimen político y sus instituciones y por la ausencia de una pólis hegemónica.

Sólo de una manera muy tenue podemos entrever algunas instituciones federales de la primera confederación beocia creada en torno a 520 como el colegio de los beotarcos y un consejo que Heródoto (5.79.2) llama Halia, acaso un órgano tebano o una institución federal. Tebas era indudablemente la pólis hegemónica en este período (ca. 520-480) y el régimen aristocrático debía ser norma en las póleis y en la misma federación. En dicha época la Confederación no incluía la Parasopia (con Platea, Hisias y Eutresis) ni tampoco Oropo. Después de una serie de derrotas frente Atenas en la última parte del siglo VI y una desastrosa participación en la Segunda Guerra Médica, Tebas perdió la hegemonía en la Confederación que pasó a Tanagra. Desde 457 Beocia quedó sometida a Atenashasta la batalla de Coronea (446) que significó el final de la dominación ateniense y supuso la emergencia de una fuerte confederación situada nuevamente bajo el control de Tebas. Dicha Confederación se basaba en la introducción de un régimen oligárquico moderado u hoplítico (llamado isonómico) idéntico tanto en la organización federal como en las póleis que formaban el koinon. Asimismo la Confederación había establecido un sistema de distritos que servían de unidad electoral, fiscal y de reclutamiento militar. Cada distrito elegía sesenta consejeros, un beotarco y varios jueces y aportaba una contribución económica y un contingente militar igual (mil hoplitas y cien jinetes). Los once distritos se repartían de manera asimétrica entre las once póleis participaban en la federación beocia. A Tebas le correspondían cuatro distritos; dos a Tespias y uno a Tanagra. Orcómeno e Hisias se repartían conjuntamente dos distritos; Copas, Acrefia y Queronea formaban un único distrito conjunto (con un tercio cada pólis) y otro también Lebadea, Coronea y Haliarto. El número de distritos con que contaba cada pólis definía la importancia de cada una de ellas en el seno de la organización federal. El Consejo federal comprendía seiscientos sesenta consejeros distribuidos en cuatro partes o pequeños consejos de ciento sesenta y cinco miembros. Cada pequeño consejo tenía la presidencia durante un cuatrimestre al año, convocaba las sesiones conjuntas de todos los consejos, elaboraba el orden del día de las reuniones y presentaba los proyectos de resolución. Sólo tenía fuerza de ley lo que votasen los cuatro consejos juntos. El Consejo cuatripartito evitaba así la necesidad de contar con una asamblea federal. Además la Confederación se dotó de varias magistraturas federales, la más importante de las cuales seguía siendo el colegio de beotarcos, de un sistema judicial y de una hacienda o tesoro independientes de las instituciones locales y particulares de cada pólis.

Esta Confederación beocia no incluía en un principio ni Platea ni Oropo. En 427 Platea fue destruida y al año siguiente su territorio fue incorporado a Tebas. Hacia 401 Oropo, si no fue introducida en la Confederación, cosa que ignoramos, sí al menos se convirtió en un estado dependiente de los beocios (D.S.14.17.1-3). A partir de 395 comenzó el declive de la organización federal. En este año se separó Orcómeno (Jen.Hel. 3.5.17; Plu. Lis. 28.1) y en 386 la misma Confederación fue disuelta por la Paz del Rey (Jen.Hel. 5.1.32-33). Reconstruida a partir de 379, una vez más bajo el dominio de Tebas, la Confederación tuvo entonces un régimen democrático cuyas instituciones principales eran la asamblea (damos) y el colegio de los beotarcos (formado ahora por siete miembros). Es posible que subsistiera parcialmente el antiguo sistema de distritos (probablemente reducidos a siete) y que hubiera también un consejo federal. Antes de 373 la nueva Confederación incluía ya buena parte de Beocia. Sólo Platea, Orcómeno y Oropo permanecían fuera. Platea fue nuevamente arrasada, su población expulsada y su territorio unido a Tebas en 373, Orcómeno fue incorporada en 370 y Oropo quedó sometida a la Confederación en 366. Luego de su inclusión en la Confederación, como Tespias y Orcómeno continuaron resistiéndose, ambas ciudades fueron destruidas. Esta Confederación fue disuelta por Alejandro en 335. Como vemos, Beocia contó, durante la época clásica, con una rica experiencia federal que, en cierta medida, parece situarse en una situación intermedia entre la Fócide y la Lócride Oriental. A diferencia de la Fócide, Tebas ejerció casi siempre como capital hegemónica pero, al contrario de Opunte, su predominio fue enconadamente contestado por diversas ciudades como Tespias, Tanagra y Orcómeno.

Cada una de las etnias de Grecia central compartía en su seno una serie de elementos culturales que nos autorizan a afirmar la creación de una verdadera comunidad cultural étnica dentro obviamente de la cultura griega general. No es posible exponer pormenorizadamente los elementos culturales propios de cada uno de los pueblos aquí considerados por lo que sólo vamos a apuntar, a modo de muestra, algunos aspectos de la cultura beocia que es, por otra parte, mucho mejor conocida. Beocia es, ante todo, una tierra especialmente vinculada a la tradición poética griega. En ella se localizan y ella preservó (una de sus grandes contribuciones a la cultura griega) toda una serie de ciclos mitológicos y legendarios que hunden sus raíces en la época micénica y que se reelaboraron durante la época arcaica. Baste mencionar los Siete contra Tebas, los Epígonos o la casa real tebana con Edipo, Orestes, Creonte o Antígona que inspiraron toda la literatura griega. La propia tradición poética beocia, que contaba desde la época arcaica con obras como los Himnos de Apolo y Hermes, el Escudo de Heracles y el Certamen Pítico, culminó con Hesíodo y Píndaro. Esta creación poética recogía buena parte de los valores y gustos beocios como la preocupación por los catálogos de nombres y las genealogías, la racionalización del cosmos cuya armonía se explica a través del triunfo del Bien sobre el Mal y la depuración de la idea de divinidad. Hesíodo reflejaba el valor de la tradición agraria y una abierta hostilidad hacia el comercio y la expansión marítima y Píndaro representaba los ideales aristocráticos de la excelencia, la moral agonal, la hospitalidad, el respeto a los dioses y la sophrosyne, esa moderación que se opone a la hybris. En el terreno de la música la flauta se convirtió en el principal instrumento musical beocio mientras que en Atenas y otros lugares estaba mal vista y se consideraba indigna de un ciudadano. Sin embrago en Beocia (Plut. Pel. 19.1) la flauta fue introducida en todas las actividades, se la tenía en gran honor y la principal coregía en Tebas era precisamente de flautistas. Desde finales del siglo V, los auletas beocios son muy renombrados y durante los siglos IV y III triunfan por doquier. Por otro lado desde mediados del siglo V se formó en Tebas un círculo pitagórico en torno a Lisis, un discípulo de Pitágoras. De esta comunidad pitagórica formaron parte Epaminondas y dos célebres filósofos tebanos, Simias y Cebes, que mantuvieron estrechos contactos con Sócrates. A lo largo del siglo V la filosofía tebana parece haberse mantenido fiel al Pitagorismo y se vio poco afectada por la Sofística. A finales de esta misma centuria se vinculó a las enseñanzas de Sócrates y a los posteriores círculos socráticos. En el terreno artístico Beocia disfrutó al menos desde la última parte del período geométrico de un arte original con elementos propios y adaptaciones selectivas de influencias artísticas exteriores. Los trípodes que se consagran en varios santuarios como Orcómeno o Platea constituyen raros y preciosos ejemplos de la transición entre el arte geométrico y orientalizante y nos muestran en su concepción, materiales y ornamentación un arte muy avanzado. Los kouroi del Ptoio, realizados por artistas locales, ocupan un lugar muy destacado en los primeros pasos del arte griego y nos hablan de una fecunda evolución artística y una reelaboración de influencias corintias, isleñas y atenienses. Este desarrollo artístico culmina en el siglo V en el que el número e importancia de los escultores beocios es espectacular. Así los tebanos Hipatodoro y Aristogitón levantaron el monumento de los argivos en Delfos tras la batalla de Enoe (456). Sócrates y Aristomedes de Tebas realizaron la estatua de la madre Dindimene encargada por Píndaro. Sotadas de Tespias firmó la base de la estatua atribuida al auriga de Delfos y sobre todo Calamis, un beocio,dejó numerosas obras en Atenas (el Apolo Alexicacos del Cerámico) y Beocia (el Zeus Amón de Tebas, el Hermes Crióforo y el Dionisio ambos en Tanagra). A pesar de la fuerte influencia ática la escultura beocia fue capaz de crear piezas originales de gran valor artístico. Por ejemplo las esculturas de los jinetes beocios que empiezan en el periodo arcaico con un jinete galopando o desmontado y las estelas esgrafiadas que se fechan entre 420 y 400. Ambos tipos son desconocidos en Atenas. En la cerámica destacaron las producciones bilingües, el gusto beocio por las terracotas, la tenaz presencia de las Figuras Negras y producciones muy originales como los vasos del Cabirio, un santuario en el territorio de Tebas. 

3. Las fronteras

Como en la actualidad, las fronteras griegas cumplían múltiples funciones: marcaban los límites de la soberanía política, de la administración, de los sistemas legales y judiciales; constituían la primera zona de defensa o ataque, eran objeto de la sensibilidad popular y poseían un diferente aprovechamiento económico e influencia antrópica.

Al menos desde la época arcaica, las fronteras de Grecia central tuvieron la pretensión de configurarse como fronteras lineales compuestas por una serie de puntos de referencia (accidentes orográficos, cursos fluviales, lagos, bosques o, menos comúnmente, edificios), por líneas imaginarias que unían puntos de referencia y por mojones fronterizos. Sólo en muy pocos casos, al menos en las épocas clásica y helenística, hubo indefinición.

Además, las fronteras contaban con un espacio inculto y deshabitado, de uno o dos kilómetros, que se extendía a ambos lados de este límite lineal. En esta zona baldía de débil aprovechamiento no existían ni asentamientos agrupados plurifamiliares ni siquiera casas de campo aisladas. Las razones de ello hemos de buscarlas obviamente en el temor a un ataque por parte del estado vecino y, como consecuencia de ello, en la lejanía de cualquier centro habitado. La frontera creaba así, dentro del territorio de cada estado, un paisaje propio y característico. Se puede afirmar, por tanto, que la frontera en Grecia central estaba constituida por lo que podríamos llamar frontera y confín, línea y territorio fronterizo, horoi y eschatiai, y la pólis no parece haber extendido el cultivo hacia estos confines, al menos basta hacerlos desaparecer completamente, ni siquiera en épocas de fuerte crecimiento demográfico.

Las fronteras pueden ser muertas, esto es, no sometidas a discusión, o vivas y controvertidas: en el primer caso podríamos situar las fronteras entre la Fócide y Beocia y en el segundo los limites entre el Ática y Beocia. Evidentemente, en el caso de un mismo estado, parte de su frontera es cerrada y parte es inestable pues la presión que se ejerce sobre ella no es nunca uniforme sino sobre puntos específicos.

Dicho esto, en Grecia central hubo tres tipos básicos de fronteras: políadas, federales y étnicas. Estas tres categorías pueden coincidir o no sobre la misma línea. La fronteras políadas, establecidas por diferentes póleis, son las más numerosas. Naturalmente las fronteras políadas pueden separar distintos estados pero no era éste el fenómeno más común. Normalmente constituían fronteras internas de un Estado federal o separaban una pólis de un estado federal. En el caso beocio, mucho mejor conocido, las fronteras políadas se mostraron extremadamente móviles de manera que se dieron numerosas anexiones de unas póleis por otras. Así, la lista de póleis que desaparecieron en época arcaica y clásica es muy numerosa: Ascra, Hieto, Queronea, Hipotas, Tisbe, Hisias, Micaleso, etc. Las fronteras políadas parecen haber sido mucho más estables en la Fócide por la semejanza de poder entre todas las póleis focidias pero, con todo, la evidencia prueba sin lugar a dudas que es falso que, en las relaciones entre póleis, la anexión del territorio de la pólis vencida sea extraña a la mentalidad y al comportamiento helénicos.

Las fronteras federales marcaban la separación de un Estado federal de cualquier otro tipo de estado. Paradójicamente, aunque la Confederación tenga como núcleo a un ethnos, las fronteras federales casi nunca coinciden completamente con las fronteras de una determinada etnia. En ocasiones no incluyen parte de la etnia, en otras (las más raras) trascienden las fronteras étnicas. Así, la Confederación beocia en escasas ocasiones incluyó Platea u Oropo o en el siglo IV reunió varias ciudades de la Lócride Oriental y en época helenística a la megárica Egóstena. Sólo en el núcleo étnico las fronteras federales se mantuvieron estables. Empero las fronteras étnicas son lineales y no difusas al menos desde la época arcaica. A pesar de todas las controversias, fueron las más estables y pervivieron a lo largo de siglos. De hecho, tenemos muy pocos casos en el que una parte de una etnia generalmente aceptada se considere posteriormente parte de otra, sólo Halas en la Lócride Oriental y quizá algunos oropios desde finales del siglo V. 

4. Conclusiones

La etnicidad puede ser definida como el sentimiento de pertenencia a una comunidad, reconocida por otros grupos, pre y suprapolíada, intermedia entre la pólis y la helenidad, basada en determinados rasgos como son los territorios, las tradiciones históricas comunes, las genealogías, los cultos, las instituciones políticas, las costumbres y ciertos aspectos culturales, y que tiene la pretensión de constituir una comunidad política, un estado federal, con miras principalmente a la política exterior y a la defensa.

La autopercepción y la autoadscripión de los miembros de un grupo étnico pueden generar dificultades. De hecho, un individuo puede sentirse miembro de un determinado colectivo pero no tiene porqué creer que ello deba conllevar las mismas consecuencias que consideran otros miembros del mismo grupo. Por ejemplo, los plateos se consideraban beocios (Tuc.3.54.1) pero, según ellos mismos, su pertenencia al ethnos de los beocios no debía significar su inclusión en un Estado federal bajo la hegemonía de Tebas, exactamente lo contrario a lo que sostenían los tebanos y posiblemente la mayor parte de los beocios (Tuc.2.2, 3.61). Dentro de una misma identidad étnica pueden darse, como es el caso, acérrimas enemistades (Tuc.3.54,59). Asimismo el reconocimiento de una etnia por parte de otros grupos (percepción y adscripción externas) no está exento de inconvenientes. Por ejemplo, para los atenienses Eléuteras era parte del Ática mientras que los beocios aseguraban que era beocia, o los delfios que, según Pausanias (4.34.11), evitaban ser llamados focidios y no se consideraban, por tanto, miembros de esta etnia. Sin embargo, los focidios afirmaban que Delfos formaba parte de la Fócide. Y es que en cada persona o grupo las identidades tienden a superponerse, a integrarse de alguna manera de forma concéntrica, a dotarse de una jerarquía interna. Así sobre la identidad familiar debería situarse la pertenencia a la pólis, por encima de ésta, la identidad étnica y aún más arriba, el sentimiento común de pertenecer al mundo griego. El problema surge cuando, entre la identidad políada y la étnica, la jerarquización interna no es armónica, cuando confluyen varias identidades étnicas en el mismo plano u orden jerárquico o bien otra identidad como la políada, teóricamente inferior, tiende a primar sobre el elemento étnico supuestamente superior. Esta dificultad se agrava por el hecho de que ambas comunidades, la pólis y el ethnos, se constituyen como estados.

Cada etnia de Grecia central tenía una composición interna no homogénea y puede ser dividida territorialmente en núcleo, centro y periferia. El núcleo, el punto focal de la etnia, se localizaba en torno a uno o varios santuarios o en una pólis y un santuario; el área central, más amplia, incluía a todos aquellos que se sentían fuertemente vinculados entre sí con relación a su pertenencia étnica y la periferia, en la que se pueden englobar todos aquellos territorios o estados en los que el vinculo étnico es menor como la Parasopia, Oropo y Orcómeno en Beocia, Delfos en la Fócide y varias póleis del sudeste (Larimna, Halas) en la Lócride Oriental.

Los elementos que conforman la identidad étnica tienen diferente presencia, importancia y composición interna según el grupo étnico en cuestión y es posible, aunque sólo en determinados casos, establecer varias etapas en la aparición y desarrollo de estos elementos. Parece que los rasgos más antiguos son los diferentes territorios, la tradición histórica común, las costumbres y aspectos culturales y las genealogías étnicas. Parece que la emergencia definitiva del carácter étnico de algunos cultos tuvo lugar posteriormente entre los siglos VII y VI y la constitución de estados federales se produjo en el siglo VI. Un caso especial se refiere a los locros orientales. En sentido estricto los locros orientales formaban una subetnia dentro del conjunto de los locros por lo que estaríamos ante un Estado federal subétnico. Mucho más compleja es la evolución de los minias. En origen es muy posible que los minias no se consideraran beocios y su área étnica pudo extenderse, hacia el siglo VII, por buena parte del Oeste de Beocia. Sin embargo, a partir del siglo VI se produjo un retroceso de la conciencia étnica minia en esta zona que sería suplantada por la beocia. Quizá los minias pudieron constituir una symmachia o alianza militar en torno a Orcómeno pero la fuerza de los beocios impidió que los minias formaran un Estado federal y tendió a reducir la identidad minia a la pólis orcomenia. Quizá finalmente al menos desde la última parte del siglo IV los orcomenios se sintieron también beocios aunque rechazaran la hegemonía tebana.

En definitiva, desterrando la imagen simplista de una Grecia de comunidades étnicas atrasada en relación a otras zonas del mundo griego; las etnias griegas fueron, según los períodos, vanguardia y siempre riqueza de la Hélade; sin deslumbrarnos por ella, pero sin olvidarlo, la etnicidad puede ser considerada un elemento esencial para la comprensión de la civilización griega. 

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