José Pascual González (2001), Nóstos. Apuntes para un viaje a Grecia. Segovia, SG.78/2001

ISBN: 84-609-3868-9

 

NOTA: Es una versión resumida sin notas ni figuras.

 

1. Prólogo

            Fue un mes de marzo. Hace un año más de los veinte. Mi primer viaje a Grecia. Día de Fiesta Nacional. Mi primera bandera griega. La misma que preside hoy mi mesa de trabajo. La que me acompañará hasta el final y tengo dicho que más allá cubriendo mi cuerpo vencido. Hace un año más de los veinte. En aquel tiempo yo era un colegial en su último año, un joven que recorrió la tierra griega abrasado en la ardiente fe del Helenismo. Esa llama vehemente que he tratado que fuera en mí inextinguible. Desde entonces ¿cuántos viajes? No sé, el corazón lleva mal las cuentas, cada uno de ellos ha marcado profundamente mi vida, días olímpicos de tórridos encuentros, aromas de vino y duro esfuerzo en los estudios griegos. Cada uno de ellos tan diferente pero rememorando a la vez aquel primero, aquella primera búsqueda.

¿Por qué? ¿Merece la pena conocer la civilización griega? Detengámonos un momento, la primera impresión, la primera imagen que se nos viene al pensamiento sobre el mundo griego, ¿por qué, a pesar de todo, de los siglos transcurridos y de nuestro propio desconocimiento, nos resulta tan familiar? ¿Por qué nos parece hasta cierto punto lógico que sus obras fueran así y no de otra manera? Porque estamos acostumbrados, se nos dirá, a verlas casi de puntillas y algo de reojo o ¿quizá por razones más profundas? Veamos, expliquemos, argumentemos. La civilización griega tenía como centro al hombre y supuso en esencia un esfuerzo por comprender y exaltar la vida humana, naturalmente una vida humana completa, amante de la buena vida, del amor, del vino, de la gloria y de los banquetes, la vida humana con sus sonoros éxitos y sus retumbantes fracasos.

            Primero sus logros. Ellos fueron los primeros en dar forma a la vida política como participación de toda la comunidad (o lo que entendían por la comunidad) y como decisión mayoritaria que se alcanza a través de un debate público y transparente en el que los argumentos se presentan de manera racional, en el que se convence y no se impone. Aristocracia, Oligarquía y por fin Democracia, el gobierno de los ciudadanos por los ciudadanos y para los ciudadanos, en interés de los ciudadanos. Aquellos millares y millares de griegos (sólo en Atenas entre treinta y cincuenta mil), que retuvieron en sus manos la capacidad de decidir su destino, constituyeron un hecho algo sin precedentes en la Historia de la Humanidad (¿hubo acaso continuación?). Ellos fueron también los primeros que alzaron su voz enfrentándose a la tiranía y al despotismo. La Isonomía, la igualdad de todos ante la ley pero, ¿qué es la ley? ¿La voluntad de los dioses? ¿La palabra sagrada e indiscutible de un rey? Basta mirar a Pericles o releer a Demóstenes. No, la ley es aquello que se opone a la violencia y a la tiranía, que emana de la voluntad colectiva, que tiene como finalidad esencial proteger a los más débiles. Libertad, libertad, libertad, libertad en la vida privada, libertad en las diversas ocupaciones y oficios, libertad en los debates públicos (la isegoría), libertad de expresión (llamada parresía), libertad en el respeto a las leyes de la colectividad, libertad que limita con la libertad de los otros, en ese equilibrio en el que la libertad se vetea de responsabilidad. Y todo ello sólo es posible con la Palabra, logos, la palabra como voluntad racional que, como dice Isócrates, distingue a los humanos de otros animales, la argumentación: ante todo explicar, persuadir, el orgullo griego opuesto a la coacción. Además la retórica, el arte de la palabra racional, y la historia, como reflexión sobre lo humano y su destino, y el teatro, como reflexión sobre el alma humana, y la filosofía, como reflexión sobre la vida humana y los valores humanos, y el arte, como estudio de lo humano, con esa curiosa mezcla, ese idealismo realista y las competiciones atléticas que nos devuelven el valor supremo del esfuerzo humano y sus logros asombrosos. La belleza, en parte nuestro propio concepto de belleza, sobria, altiva, ferozmente humana y la claridad, el pensamiento agudizado. Aún un paso más precisamente el que los hace más cercanos, desde su propia humanidad los griegos fueron capaces plantear y debatir ideas y valores universales válidos para todo tiempo y lugar. Humanismo y Universalismo, aquí reside el núcleo de su pensamiento el mismo que remonta los siglos y vuela hacia nosotros.

            Y naturalmente están los terribles, funestos e inocultables fracasos, la guerra, el imperialismo, las profundas desigualdades que en sus mil formas distintas caracterizan también al mundo griego. Incluso todo ello entrañaba alguna enseñanza en la medida que los griegos fueron capaces de convertir sus propias debilidades en debates universales. Al fin y el cabo ellos pretendieron decirnos cómo eran las cosas humanas y cómo deberían ser (y algunas veces pudieron acercar ambos extremos).

            ¿Por qué? Bueno, pero... ¿Para qué? ¿Para qué conocer la civilización griega? Es un viaje. Ciertamente padeceremos calor y cansancio que son cosas que los dioses envían a los mortales pero también es humano sobreponerse, ¿es que alguien puede decir que lo importante no requiere esfuerzo? ¿Esfuerzo con qué fin? Y relacionada con esta pregunta aún otra ¿es útil? ¿Qué es lo útil? Es lo útil lo que interesa al mercado de trabajo o la cultura y la libertad, el conocimiento y la conciencia crítica ¿Qué es lo secundario? Cada uno debe darse su propia respuesta. Abro las manos y descubro la mía: lo importante es ser y no tener  y el conocimiento lleva a pensar, a discernir, a nuestra capacidad de optar; esto es, conduce al saber que parte indisociable del ser y el más firme asiento de la libertad. El acercamiento al mundo griego pertenece también a un combate mucho más amplio, a una lucha tenaz entre la luz y la oscuridad, en la defensa de las Ciencias Humanas no para que sean cultivadas como un adorno cultural minoritario sino como algo que debiera ser consubstancial a la persona humana. En definitiva, Democracia, palabra, libertad, razón, filosofía, ¿estamos describiendo la civilización griega o hablando de lo que debiéramos ser nosotros mismos? Posiblemente aquí se encuentre la última respuesta, porque en origen ellos fueron nosotros, porque en medio de un mundo acechado por las máquinas, la prisa y el olvido corremos el peligro cierto de convertirnos en extraños a nosotros mismos, de desconocernos, ¿qué buscaba entre piedras arruinadas aquella primera vez y otras tantas veces que siguieron? El conocimiento de la civilización griega que es también una forma de encontrarse con uno mismo. Es un viaje a Grecia y al interior de cada uno de nosotros.

 

2. Las etapas cronológicas de la civilización griega

Neolítico                                   6500-3000

Edad del Bronce continental (Heládico)

            Heládico Antiguo          3000-2000

            Heládico Medio             2000-1600

            Heládico Reciente I       1600-1500

                                          II      1500-1400

                                         III A 1400-1300                                          III B 1300-1200                                          III C 1200-1100

Geométrico Antiguo                   900-850

Geométrico Medio                      850-760

Geométrico Reciente                             760-700

Época arcaica                                 730-500

Época clásica                                 500-321

Época helenística               321-146

Dominación romana           146-529

Período bizantino                           529-1453

Dominio turco                               1453-1821

 

 

3. El templo y la religión griega

            Durante la Época Obscura y los comienzos del Arcaísmo los templos griegos eran pequeños edificios de planta preferentemente absidal, con cimientos de piedra, alzado de adobe o de piedras apenas desbastadas y cubierta de madera. Solían contar también con un pequeño pórtico sustentado por dos columnas de madera. A partir del siglo VII comenzaron a construirse los primeros templos en piedra, se impuso la planta rectangular y se definieron los más importantes órdenes arquitectónicos.

            Los templos griegos eran, pues, normalmente rectangulares y se alzaban sobre un basamento (crepidoma) formado normalmente por una triple escalinata que rodeaba completamente el templo. Las dos primeras e inferiores se denominan estereóbato y la superior estilóbato. El templo solía dividirse en tres habitaciones usualmente de dos pisos. El pronao es el vestíbulo abierto flanqueado por la prolongación de los muros laterales. Dichos muros laterales se remataban con pilastras (antas) y dejaban entre ellos un espacio para la disposición de dos o más columnas (columnas entre las antas o in antis). A través del pronao se accedía a la cella o nao, la estancia principal y el lugar donde se depositaba la estatua de la divinidad. Finalmente quedaba el opistodomo, la habitación posterior, detrás de la cella, normalmente sin acceso a ella y con una disposición similar al pronao.

            El tipo más sencillo de planta es el templo in antis pero normalmente se anteponían una o dos filas de columnas. De este modo, podemos clasificar los templos griegos atendiendo al lado que ocupan dichas columnas y a su número en el frente principal. Si tienen columnas únicamente en la fachada principal son próstilos; si en sus dos fachadas menores, anfipróstilos; si la columnata rodea completamente el templo se denominan perípteros y, si esta columnata es doble, dípteros. Según el número de columnas que se disponían en la fachada principal un templo podía ser también tetrástilo (de cuatro columnas), hexástilo (el tipo más usual), octástilo (como el Partenón), etc.

            Los órdenes arquitectónicos que no se refieren únicamente al tipo de columna sino a la sucesión y la división en partes que iba desde el estilóbato a la techumbre. El mundo griego conoció tres tipos fundamentales de órdenes arquitectónicos: dórico, jónico y corintio.

            En el orden dórico, cuyos primeros ejemplos en piedra se remontan a la segunda mitad del VII (el templo de Atenea Pronea en Delfos), el fuste de la columna arranca directamente del estilóbato (esto es, carece de basa) y estaba dividido longitudinalmente en veinte estrías en arista viva. En la parte superior del fuste tres líneas horizontales rehundidas se denominan astrálago. El capitel dórico está formado por el equino, la moldura convexa, y el ábaco o paralepípedo de base cuadrada que servía de remate. Sobre el capitel se apoyaba la techumbre o entablamento que se dividía a su vez en tres cuerpos: arquitrabe, friso y cornisa. El arquitrabe es liso y se sustenta directamente sobre el ábaco. El friso se compone de los triglifos, las estrías o molduras longitudinales que figuran las antiguas cabezas de las vigas de madera, y las metopas, el espacio liso que incluye normalmente decoración escultórica. Entre el arquitrabe y el friso se dispone un estrecho filete o listel (tenia) que se dobla debajo de los triglifos. De esta tenia doble penden seis gotas que figuran las cabezas de los clavos de los viejos templos lígneos. La cornisa comprende el geison o cornisa volada sobre el friso y la moldura curva que lo remata (cima).

            Los templos griegos tenían la cubierta a dos aguas lo cual dejaba en cada lado menor un espacio triangular o frontón cuyo fondo se denomina tímpano. Los vértices del frontón se remataban con decoraciones figuradas (palmetas, animales, figuras fantásticas) llamadas acróteras. El resto del borde del tejado se finalizaba con las antefijas, las ornamentaciones que ocultaban el borde de las tejas.

            En el orden jónico, que comienza a emplearse entre la segunda mitad del siglo VII (el segundo Hereo de Samos) y principios del VI (la columna de los Naxios en Delfos), el fuste se apoya sobre una basa que le separa del estilóbato. La basa se compone de una losa cuadrada o plinto y de varias circulares, cóncavas (toros) y convexas (escocias). El fuste cuenta asimismo con veinticuatro estrías longitudinales en arista muerta. La separación entre el fuste y capitel está marcada por un contario, que es una faja de cuentas o perlas. El capitel comprende el llamado cimacio jónico decorado con ovas y flechas y una almohadilla terminada en volutas, su elemento más característico. El entablamento consta igualmente de tres partes: un arquitrabe de tres fajas en avance progresivo, coronada la superior por un listel de perlas y ovas; un friso liso rematado por otro listel decorado y, por último, una cornisa tripartita con un cuerpo de dentellones, uno intermedio liso y una cima decorada de sección curva. El orden jónico posee también acróteras y antefijas.

            El orden corintio, que aparece en la última parte del siglo V (templo de Apolo en Bassae), se diferencia del jónico únicamente por su capitel que está formado por una doble hilera de hojas de acanto o cardo y unos tallos en las esquinas que se doblan hasta formar volutas.    

            Todo el templo griego era polícromo en colores planos de gran viveza, así los triglifos eran azules, las metopas poseían un fondo rojo, la decoración escultórica era igualmente polícroma y todo o buena parte del templo podía recibir un barniz dorado.

            La religión griega como conjunto de creencias, de normas morales y, sobre todo, de prácticas rituales cumplía un decisivo papel como factor de cohesión de la comunidad y de integración de cada uno de sus miembros. Al menos desde la época micénica se fue formando una explicación cosmogónica, que incidía en el origen divino del cosmos, y una jerarquización del panteón politeísta, con un sistema de dioses mayores, los Inmortales que habitan las cumbres del monte Olimpo (Zeus, Posidón, Hades, Hera, Ares, Vesta, Atenea, Hefesto, Afrodita, Apolo, Artemisa, Hermes y Deméter). Aunque no propiamente olímpicas, otras divinidades eran también muy importantes como Dioniso, un dios agrario que nace y muere cada año, a quien están consagrados también el vino y los espectáculos teatrales, o Asclepio, dios de la salud. Además, los griegos rendían culto a toda una pluralidad de divinidades menores, demonios, sátiros, ninfas, musas, héroes y  semidioses como Teseo y Heracles.

            Un aspecto particularmente importante de la religión griega es la existencia de una serie de cultos mistéricos, como los de Eleusis, de conocimiento secreto y exclusivo para una minoría de iniciados, aunque sus fiestas se difundieran a toda la comunidad. Los cultos mistéricos se relacionan con las divinidades agrarias, especialmente en su carácter de fuerzas que hacían posible el renacimiento de la vida después de su desaparición en el invierno. Por analogía, los cultos mistéricos aseguraban a sus iniciados una vida feliz en el más allá.

            En general la religión griega carecía prácticamente de dogmas establecidos y del concepto de demonio. Naturalmente la impiedad y el ateísmo, si eran expuestos públicamente, eran castigados en tanto que atentaban contra la religión oficial y contra las bases mismas de la comunidad, pero la religión era sobre todo una cuestión de procedimiento, de observancia del culto. Ciertamente los dioses, junto al destino de cada uno, gobernaban la vida de los mortales. Estos dioses podían irritarse con los hombres por hechos muy graves como un asesinato o por cualquier nimiedad y acarrear desgracias a un individuo o a toda la comunidad. Por ello, los hombres necesitaban que los dioses fueran propicios y favorables y a esta finalidad fundamental atendía el culto con sus ritos, ofrendas y plegarias y, así, el sacrificio de un animal se convirtió en elemento central del culto a la divinidad.

            Salvo excepciones, el sacerdocio griego era muy diferente al sacerdocio oriental y egipcio y muy distinto también del posterior romano. Los sacerdotes griegos no estaban organizados en colegios ni contaban con una jerarquía claramente definida. En muchos casos estaban asimilados a las magistraturas de la propia polis (y no de las más importantes) o se movían en una esfera puramente privada. En la religión griega no era necesaria ni la instrucción religiosa ni la existencia de un cuerpo jerarquizado que velara por la correcta conservación e interpretación de la fe y señalara y reprimiera las desviaciones heréticas. Los sacerdotes no formaban, pues, un estamento separado y no poseyeron en cuanto tales influencia y poder algunos en la vida política. En lo básico eran oficiantes del culto, sea público o privado, que actuaban en nombre de la comunidad. Se encargaban de la adecuada realización de los sacrificios, el verdadero núcleo de la religión griega, de la presentación de las ofrendas o de la percepción de donativos que eran las formas principales de comunicarse con la divinidad y de granjearse su benevolencia. Otra de sus funciones consistía en cuidar del buen estado general del templo y de los instrumentos del culto.

 

4. Atenas

Atenas, Atenas, la ciudad, la polis, la comunidad hecha Estado, Atenas coronada de violetas, corazón viviente y vehemente del Helenismo, Atenas de los éxitos resplandecientes, de los valores universales, demokratía, isonomía, eleuthería (libertad), Atenas de los resonantes fracasos, imperialismo, guerra, desigualdad, debates también universales. Vivir la primera Atenas, sentir Atenas en la Antigüedad, requiere ante todo el supremo esfuerzo de sobreponerse, sin olvidarlo, al bullicio de la capital actual y a su urbanismo salvaje y mediocre, de filtrarse, en definitiva, entre los resquicios que deja la Atenas de hoy en día, caminando hacia los hombres y las mujeres del pasado, de nuestro pasado.

En aquellos días (la Antigüedad) Atenas ocupaba la parte central de la llanura que se extendía como un anfiteatro entre los montes Egaleo (al oeste), Parnés y Pentélico (en el norte) e Himeto (al este), en las proximidades del río Iliso y muy cerca de la confluencia entre el Iliso y el Cefiso. A pocos kilómetros de distancia se encontraban los puertos, el primitivo de Falero y El Pireo que comenzó a ser habilitado como a principios del siglo V.  El Pireo contaba con tres puertos, uno comercial, el de Cántaro, y dos militares, los de Cea y Muniquia. El puerto comercial, el más amplio, ocupaba la parte noroeste. A lo largo de él se situaban los pórticos o deigmata, donde se exponían las mercancías, el ágora comercial y las mesas de los cambistas. En el sur del Pireo se localizaban los dos puertos militares, Cea, el más importante, y Muniquia. En los tres puertos (también en el Cántaro) se habían construido los cobertizos capaces de albergar “en seco” los trirremes de la flota. El Pireo tenía un urbanismo regular planificado por Hipodamo, un filósofo y matemático milesio, quizá hacia el 475, con las calles rectas tiradas "a cordón" que se cruzaban formando una cuadrícula de ángulos rectos. Las calles estaban pavimentadas con grandes losas y a ambos lados de las vías se disponían las aceras. El puerto de Atenas acogía un mundo abigarrado y cosmopolita donde se daban cita gentes procedentes del Mediterráneo entero, atenienses, griegos de todas partes, orientales, bárbaros; donde se podían encontrar los más diversos oficios como comerciantes, artesanos, estibadores, marinos, etc. Centro del comercio mediterráneo, cuartel general de la armada ateniense, El Pireo constituía también el corazón democrático de Atenas.

            Para unir Atenas con El Pireo, que distaba unos seis kilómetros se construyeron, a partir de la década de los setenta, los Muros Largos o piernas (skele). Se erigieron primero el Muro Norte, que iba desde la colina del Pnix en la ciudad hasta el sudeste de El Pireo, y el Muro Sur unía Atenas a partir de la colina de las Musas con el puerto de Falero. Ambos estaban ya terminados en el 457. Posteriormente, Pericles levantó un bello y costoso muro intermedio entre los dos que se finalizó en el 445, obra de Calícrates. Entre el Muro Norte y el Muro Intermedio quedaba un espacio de 167 metros de ancho. Después de la construcción del Muro Intermedio, el muro que corría hasta Falero cayó en desuso. De este modo, las murallas de la ciudad y del puerto y los Muros largos constituían un triángulo defensivo inexpugnable.

Como la inmensa mayoría de las ciudades griegas, Atenas se dividía en dos partes principales: la acrópolis y la ciudad baja intramuros. El recinto fortificado de la ciudad baja anterior a la Segunda Guerra Médica, quizá del siglo VI, fue arrasado por los persas (480-479) y, en el 478, Temístocles impulsó la construcción de un nuevo recinto murado de forma circular, que contaba con unos 1600 m de perímetro. La muralla tenía una anchura de 2,5 metros y una altura de unos nueve metros. Tenemos noticias de unas dieciséis puertas que se abrían en la muralla. De entre ellas las más importantes eran el Dípilon, la Doble Puerta y, muy cerca de ella, la Puerta Sagrada por la que salía todos los años la procesión a Eleusis. Entre ambas puertas se situaba el Pompeo (de pompe, procesión), el recinto en el que se preparaban las procesiones de los misterios eleusinos y de las Grandes Panateneas y donde se guardaban los utensilios sagrados de ambas.

La ciudad no tuvo una planificación urbanística previa sino que se adaptó a las condiciones naturales del terreno según se expandía el tejido urbano. En consecuencia, Atenas tenía un trazado sumamente irregular de calles estrechas y sinuosas, bastante insalubres. Sólo las plazas concedían algo del espacio que necesitaban las relaciones sociales entre las que destacaba el Ágora.

            El Ágora se localizaba en una amplia explanada, de forma vagamente triangular, que se extendía a los pies de la colina del Colono Agoreo, entre el Areópago y el río Eridano. El ágora era el centro de la vida política, social y económica de la ciudad. Sus  primeros edificios en piedra parecen remontarse a principios del siglo VI. Sobre la cima del Colono Agoreo, en la parte oeste del ágora, se elevaba el templo de Hefesto (449-440), dórico, de 31,7 por 13,71 metros, que poseía también un friso continuo esculpido, un elemento jonio, a lo largo de la pronao y del opistodomo. En el friso se representaban los combates de Teseo y una Centauromaquia y en las metopas los trabajos de Heracles. En la colina, rodeando al templo de Hefesto, se situaban los talleres de los ceramistas, broncistas y herreros. Asimismo por todo el ágora se extendían los tenderetes de los vendedores. En el centro del ágora cada verano, durante las Panateneas, se habilitaba un estadio con gradas provisionales para las competiciones atléticas. En la ladera del Colono Agoreo se levantaban los principales edificios administrativos. El antiguo Buleuterio, un edificio cuadrangular de veintitrés metros de lado, que era la sede del Consejo de los Quinientos, fue reconstruido hacia el 460. Un nuevo Buleuterio se construyó a finales del siglo V y el viejo edificio albergó a partir de entonces los archivos atenienses. Contiguo al Consejo se encontraba el Tolo, de planta circular de unos dieciocho metros de diámetro, que servía de residencia a los pritanos (la presidencia del Consejo) y donde se custodiaban los pesos y medidas oficiales. Al sudoeste del Tolo un edificio cuadrado pudo servir de sede al colegio de los diez estrategos. Frente al Tolo se encontraban las estatuas de los diez héroes epónimos debajo de los cuales se hacían públicos los avisos para los ciudadanos de cada tribu, la lista de los soldados movilizados y los proyectos de ley que debían ser votados por la Asamblea. La Estoa real, al noroeste del ágora, de forma rectangular, era la residencia del arconte basileus. A su lado se situaba la Estoa de Zeus Eleuterio que se comenzó a construir a finales de la década de los treinta y se finalizó en el 409/408. A diferencia de otros pórticos, estaba rematada por dos alas que sobresalían del frente principal.

            En la parte este del ágora se elevaban dos bellos pórticos, la Estoa Pintada (Pécile), erigida por Cimón, y la de Hermes, de la que no se ha hallado vestigio alguno y que debía estar hacia el oeste del Pécile. En la Estoa Pécile, hoy en la calle Adrianoú, se representaban, sobre grandes paneles de madera pintados, la guerra de Troya, una Amazonomaquia y las batallas históricas de Maratón y Enoe. En el lado sur se localizaba un edificio cuadrangular, que podemos datar hacia el 460 y que pudo servir de sede al tribunal de la Heliea. En el sur, entre la Heliea y la fuente del sudeste, se extendía la llamada Estoa I de finales del siglo V. Al otro lado de la fuente otro edificio, cuya fecha de construcción oscila entre el 440 y el 420, servía posiblemente de taller de acuñación monetaria. Fuera propiamente del ágora, a unos 65 m al sudoeste de la fuente Eneacrunos, se alzaba la prisión, un edificio de cuarenta metros de largo y diecisiete de ancho, dotado de ocho celdas (de unos 4,5 m2 cada una), un patio trasero y una torre delantera que servía de vigilancia y oficinas.

            Posteriormente, durante el siglo IV, se construyeron una Estoa en el lado sur (la Estoa II) que substituyó a la Estoa I, la llamada Fuente sudoccidental, junto a la Estoa II, y un edificio alargado al lado del Hefesteo que se ha interpretado como arsenal. En el silgo II, en época helenística, se erigió una nueva Estoa en el lado sur, la Estoa III, justo delante de la Estoa del siglo IV, el Metrón se dotó de un pórtico jónico y se elevó la Estoa de Atalo (159-138), reconstruida completamente en la década de los cincuenta del siglo pasado y que alberga ahora el Museo del Ágora donde se conservan importantes objetos procedentes de las excavaciones. 

            El ágora fue parcialmente saqueada por Sila en el 86 y debemos esperar a la época de Augusto para que se reanude la actividad constructiva. Hacia el 15 d.C. se levantó en el centro del ágora el fastuoso Odeón de Agripa con los gigantes que sustentaban el pórtico de entrada. El Odeón tenía la forma de una exedra semicircular inscrita en una planta cuadrada. Asimismo se trasladó desde el Ática el templo de Ares, de mediados del siglo V, que se sitúa ahora junto al Altar de los Doce dioses. Por las mismas fechas, hacia el 10 d.C., se construyó con el apoyo financiero de Augusto el ágora romana. Hacia el 100 d.C. surgió la Librería de Panteno, al lado de la Estoa de Atalo, un edificio con peristilo cuyo frente formaba un pórtico jónico y se conectó el ágora antigua con el ágora romana a través de un pórtico columnado. Frente al ágora romana, Adriano construyó una gran biblioteca de la que se conservan sus muros exteriores adornados con pilastras corintias. Adriano amplió también la ciudad con un nuevo barrio al oeste al que se accedía a través de la Puerta de Adriano y terminó el templo de Zeus Olímpico que se iniciara en el siglo VI. A mediados del siglo II se reorganizó la esquina sudoriental del ágora. Una pequeña estoa (Estoa sudoriental) unió las Estoas II y III, cercana a  la Estoa sudoriental se construyeron un Ninfeo del que quedan parte de sus muros semicirculares y una Fuente ornamental.

            El ágora fue arrasada casi completamente por la invasión de los hérulos en el 267 d.C. Como resultado de esta terrible prueba, el poblamiento de Atenas se contrajo de modo que la muralla construida en época de Aureliano incluía en el perímetro urbano únicamente la Estoa de Atalo y la Librería de Panteno. Fuera del muro, en lo que otrora fue el centro del ágora se construyó hacia el 400 d.C. un estadio y otros edificios destinados a fines educativos que fueron devastados por los ataques eslavos en el último cuarto del siglo VI. A partir de entonces el Ágora fue siendo paulatinamente abandonada hasta los siglos X y XI, en que se recupera la habitación y hacia el 1000 se levanta la Iglesia de los Santos Apóstoles, reconstruida en los años cincuenta. La zona fue nuevamente arrasada a principios del siglo XIII y sólo volvió a ser reocupada durante el siglo XV, a finales de la época bizantina y principios de la turcocratía.   

A poca distancia del ángulo sudoeste del ágora se encontraba la Pnix, la colina semicircular donde se reunía la Asamblea ateniense. La Pnix debía estar en uso desde los tiempos de Clístenes a finales del siglo VI (antes la Asamblea se congregaba en el ágora). Fue reconstruida en el 404/3 incluyendo una tribuna y un enorme muro de contención de piedra con dos escaleras de acceso. El recinto fue nuevamente remodelado y ampliado entre 330 y 326.

            Además de Atenas y El Pireo muchas localidades del Ática como Eleusis y Sunio se vieron embellecidas por las construcciones que se emprendieron hacia mediados del siglo V. En Eleusis, Pericles reformó la vía sagrada que venía de Atenas y rodeó el santuario de un nuevo muro. Construyó también una sala de reuniones o Telesterio para los iniciados en los Misterios eleusinos que substituía a la antigua de Pisístrato que a su vez había sido reconstruida en el período cimónida. El Telesterio de Pericles contaba con un pórtico columnado que servía de acceso a una gran sala de 51,55 por 51,20 m con columnas en su interior y que estaba rodeada por gradas en todos sus lados. Era sin duda la más bella y más grande sala mistérica del mundo. En Sunio se reorganizó completamente el santuario de Posidón entre los años 444 y 440. Se construyó un muro que delimitaba todo el recinto sagrado, cuya entrada se dotó de un Propíleo y, en el interior del santuario se alzó una Estoa adosada al muro. El nuevo templo de Sunio, elevado sobre un templo arcaico de menor perímetro, era dórico, períptero y hexástilo y entre sus temas decorativos se incluían una Gigantomaquia, una Centauromaquia y los trabajos de Teseo.

            La Acrópolis era el sitio más sagrado de Atenas y constituía el centro mítico y religioso donde los atenienses encontraban sus señas de identidad. Sus edificios recogían y resumían la historia de la ciudad. La Roca no es la más alta de las colinas atenienses (156 m de altitud) pero sí posee una meseta suficientemente amplia, de unos veintisiete mil metros cuadrados (ca.320 por 128 metros), para permitir la habitación y es lo suficientemente pequeña y abrupta para hacer posible una fácil defensa (sólo es accesible por el oeste). Con todo posiblemente la existencia de dos manantiales, uno al sur  y otro al noroeste, debió ser la razón última del asentamiento sobre la colina. La Acrópolis sirvió primero como núcleo de población y principal lugar defensivo. La primera ocupación pudo datar del Neolítico Reciente a juzgar por la aparición de fragmentos cerámicos en las cercanías y continuaría durante Heládico Antiguo (antes del 2000) y el Heládico Medio (2000-1600). El asentamiento aumentó considerablemente durante el Heládico Reciente (1600-1200, la época micénica) y no sin muchas dudas podemos entrever las líneas generales de la Acrópolis en este período. Atenas era entonces indudablemente la capital de un reino micénico, la población ocupaba la Acrópolis y se extendía también por la ladera occidental de la Roca. La Acrópolis estaba rodeada por un muro ciclópeo de unos tres o cuatro metros de anchura y otro muro protegía también la ciudad baja de la pendiente oeste. Posiblemente un santuario rupestre se localizaba en el posterior templo de Atenea Niké. En el centro de la colina, en la zona del posterior Erecteo, se alzaba un majestuoso palacio micénico.

            Nada sabemos de la Acrópolis de los primeros siglos posteriores al final del mundo micénico. En todo caso la habitación continuó a juzgar por las tumbas submicénicas exhumadas entre la Acrópolis y el río Eridano. Durante la época arcaica cesó la habitación y la Acrópolis quedó como centro religioso de la ciudad. Hacia el siglo VIII existía en el área ocupada anteriormente por el palacio micénico un importante santuario dedicado a Atenea, que consistía posiblemente en un edificio absidal porticado. Antes del 625 fue substituido por un templo de piedra (ca. 43 por 21 metros), rodeado por columnas de madera, cuyos restos pueden verse hoy entre el Erecteo y el Partenón. Es el Viejo Templo de Atenea a cuya primera fase pertenece el grupo escultórico del león que mata a un ternero que debía disponerse en uno de los frontones. Hacia el 600-590 se le rodeó de una columnata de piedra y se modificó su decoración escultórica de los frontones con temas de Heracles. El Viejo Templo fue nuevamente remodelado hacia el 520 en época pisistrátida. A uno de los frontones de esta última fase pertenece la Gigantomaquia en la que Atenea ocupa un lugar principal. Además del templo de Atenea, en el lado sur debía alzarse una serie de pequeños edificios votivos o “tesoros” datados quizá entre 590 y 570. La Acrópolis arcaica contaba también con una entrada monumental con unos Propíleos flanqueados por el templo arcaico de Atenea Niké. Después de la batalla de Maratón (490) se emprendieron las obras de un nuevo templo (el Prepartenón), hexástilo de 23, 5 por 67 metros, donde se alzaría más tarde el Partenón. El Prepartenón estaba todavía en construcción en el momento en que los persas ocuparon Atenas (480-479) y fue completamente arrasado. Finalmente, desde el siglo VI hasta la ocupación persa se colocaron numerosos exvotos en forma de estatuas como el Moscóforo (ca 570) y las famosas korai (doncellas vestidas) y kouroi (muchachos desnudos).

            Como ocurrió con el resto de la ciudad, todos los edificios de la acrópolis fueron completamente destruidos por los persas. Sólo después del 466 comenzaron a elevarse los primeros edificios de una nueva acrópolis restaurada y se amplió el lado sur hasta dejarlo en su estado actual. A finales de la Guerra del Peloponeso, la Acrópolis adquirió su forma prácticamente definitiva. En épocas posteriores sólo podemos anotar unos pocos añadidos.

            Ascendiendo por una majestuosa rampa de 80 metros de longitud y 22 metros de altura con una pendiente del 31%, construida al mismo tiempo que los Propíleos, la Vía de las Panateneas, que procedía del Ágora, atravesaba los Propíleos, obra del arquitecto Mnesicles entre 437 y 432. Los Propíleos substituían la antigua entrada arcaica que tenía una orientación diferente. Para levantarlos Mnesicles allanó la terraza norte y reorganizó el bastión sur (donde el templo de Atenea Niké) al que dotó de un nuevo paramento. Los Propíleos tienen forma de T. Su parte principal consta de dos pórticos columnados, con columnas dóricas y jónicas, abierto uno hacia el exterior de la Acrópolis y orientada el otro hacia el interior de la ciudadela. Todas las columnas del cuerpo central tienen entasis, un engrosamiento en el parte central del fuste. Al cuerpo central Mnesicles añadió dos alas laterales columnadas. En el ala norte se levantaba la llamada Pinacoteca, destinada a sala de banquetes oficiales y, como su nombre indica, a la exposición de pinturas. En el ala sur, como se había aprobado ya hacia el 450-445 el proyecto de Calícrates de construir un pequeño templo dedicado a Atenea Niké, que habría de rematar el bastión, Mnesicles dispuso un simple pórtico. Los Propíleos plasmaban una de las grandes características del arte griego: la armonía que se consigue a través de elementos distintos y asimétricos, cuidadosamente calculados y adaptados a las necesidades del ambiente, de los cultos y los ritos.

            En línea recta con los Propíleos, se alzaba sobre un pedestal la estatua de la Atenea Prómaco que Fidias había realizado antes del comienzo de las obras del Partenón. La estatua, que no se conserva, era de bronce de una estatura colosal y representaba a una Atenea completamente armada que sostenía en una mano la victoria.

            Sobre el bastión meridional de la acrópolis se elevaba el pequeño templo de Atenea Niké.  Proyectado por Calícrates entre 450-445, el templo jónico, tetrástilo y anfipróstilo se empezó a construir en el 421 y se terminó probablemente en el 406. La balaustrada que recorría la terraza del bastión estaba dedicada a representar las victorias atenienses de la última parte de la Guerra del Peloponeso.

            Junto al pórtico norte de los Propíleos estaba también el templo de Artemisa Brauronia, protectora de las mujeres embarazadas y de los partos, que disponía de un patio irregular trapezoidal con dos pórticos en las dos alas del santuario. El camino de las Panateneas llegaba entonces a un pequeño Propileo que daba acceso al patio de la Calcoteca, edificado posiblemente en 380-370 para albergar los exvotos de bronce. Desde aquí el Partenón se mostraba en todo su esplendor.

            Concebido por los arquitectos de Pericles, Ictino y Calícrates, con la colaboración de Mnesicles y bajo la dirección de Fidias, episkopos o supervisor general de todo el conjunto, las obras del Partenón comenzaron en el 447 y se finalizaron en el 433/432. El Partenón es un templo dórico períptero que mide 69,5 por 30,88 m. Muestra una audacia y una originalidad sin precedentes (y casi sin sucesores). Era, en primer lugar, un templo excepcionalmente alargado con una cella que se hallaba dividida por una doble columnata dórica en forma de pi. Los pórticos del pronao y el opistodomo eran hexástilos (de seis columnas, normalmente disponían únicamente de cuatro) y los lados cortos del peristilo eran octástilos, de ocho columnas, en lugar de las seis columnas habituales. Los lados largos del peristilo contaban con diecisiete columnas. El Partenón destacaba también por las llamadas correcciones ópticas, así las líneas horizontales son en realidad convexas y las columnas tienen entasis y se inclinan hacia el interior.

            El templo poseía el conjunto escultórico más importante del arte griego. En sus días de gloria sumaba noventa y dos metopas (catorce en los frentes occidental y oriental y treinta y dos en cada uno de los lados largos), ciento cincuenta y nueve metros de friso ininterrumpido y cincuenta esculturas de bulto redondo en los frontones. En las metopas se representaban la Toma de Troya o Iliupersis (norte), una referencia mítica al doble saqueo de Atenas por los persas; la Centauromaquia (sur) que simbolizaba la victoria, tras terribles esfuerzos y sacrificios, de la civilización frente al caos, de los griegos y los atenienses contra los bárbaros; la Amazonomaquia (oeste), que insistía en el mismo tema de la victoria del helenismo liderado por Atenas frente a los bárbaros, y la Centauromaquia (este), la mayor de las batallas libradas entre las fuerzas del orden y la justicia contra la oscuridad y el caos. Las metopas mostraban a Atenas campeona del Helenismo y la civilización, el poder benéfico que se opone al caos y a la barbarie.

El friso, un elemento jonio incluido en un templo dórico, permite, a diferencia de las metopas, el desarrollo pleno de la libertad en el espacio y en la expresión. El friso sintetiza la gran procesión de las Grandes Panateneas que tenía lugar cada cuatro años. Aquí es el propio pueblo ateniense el sujeto de la obra artística, sin distinción de ricos o pobres; el demos en su conjunto, al lado de los metecos, en pleno y gozoso movimiento, en  la alegría de la fiesta. El friso plasmaba la plenitud ateniense y proclamaba la fe en su diosa y en el destino de su ciudad. Representaba el triunfo de la democracia, el único régimen político capaz de desplegar la inteligencia y las virtudes que residen en todo hombre.

            Los frontones fueron realizados entre el 438/437 y el 434/433. En ellos Atenas y Atenea se funden. El frontón occidental representaba la disputa entre Atenea y Posidón, un mito que había tenido lugar en la propia acrópolis, en el Erecteo. La composición exaltaba a Atenea y mostraba las bases de la misma Atenas: el poder marítimo y la riqueza del Ática. El frontón oriental narraba el Nacimiento de Atenea en el Olimpo; en él, del mismo modo que el surgimiento de Atenea provocaba la admiración de los demás dioses, así la emergencia de Atenas movía la admiración en toda Grecia. Finalmente, Fidias depositó en la cella del Partenón la estatua crisoelefantina de Atenea de 12 metros de altura y 1.140 kg de oro y marfil.

            Al otro lado de la Vía de las Panateneas se encontraba el Erecteo, un elegante templo jónico. El Erecteo se adaptaba magníficamente al fuerte desnivel que existía en este lado de la Acrópolis y se elevaba sobre el lugar más sagrado de la Acrópolis. Obra de Filocles, se inició en el 421 y se terminó entre los años 409 y 406. Como debía acomodar varios cultos locales, el Erecteo era un templo extraordinariamente complejo compuesto por tres recintos sagrados y dos pórticos. Tras el pórtico jónico de entrada, el Santuario Este estaba dominado por el altar de Posidón y Erecto. Después de él, el Santuario Central albergaba el culto de Atenea Políade, la tumba de Erecteo y el manantial de agua salada con la marcas del tridente de Posidón. A ambos lados se situaban el Pórtico de las Cariátides y el Pórtico de Posidón. Finalmente, en el lado occidental quedaba el recinto del héroe Pandroso donde se encontraban además la tumba de Cécrope y el olivo sagrado de Atenea.

            En el lado este de la Acrópolis se localizaba el Pandionio, el santuario del héroe y rey mítico de Atenas, Pandión, que constaba de un pequeño Propileo y dos patios murados. Muy cerca, en el lado noreste, se alzaba el santuario de Zeus Polieo sobre el punto más elevado de la Acrópolis y entre éste y el Erecteo quedaba el altar con una escalinata de Atenea Poliade.

            A lo largo del siglo V  en las laderas de la acrópolis se construyeron nuevos edificios o se reconstruyeron otros más antiguos dañados por los persas. La actividad constructiva se centró particularmente en la ladera sur en la que se encontraban el teatro de Dionisio, el Odeón y el santuario de Asclepio e Higeia. El Odeón, la sala de las representaciones musicales, estaba inspirado en la tienda real persa capturada en la batalla de Platea. Era cuadrangular de aproximadamente 62 por 68 m y poseía numerosas columnas en su interior. Los travesaños de madera que sostenían el techo partían todos de un punto central y todo el edificio estaba cubierto por una lona. El Odeón rememoraba la victoria contra los persas.

            Tras la época clásica en el 178 se elevó la estatua de Eumenes II de Pérgamo sobre una cuádriga de bronce (la actual Torre de Agripa), este mismo rey construyó la Estoa de Eumenes entre el Odeón y el teatro de Dionisio. En época de Augusto se edificó el pequeño templo circular dedicado a Roma y Augusto, enfrente del frontón oriental del Partenón; Claudio (52 d.C.) reformó la rampa de acceso; en el siglo II se levantó el Odeón de Herodes Ático en la ladera sur y en el siglo III se construyó la llamada Puerta Beulé.

            El Museo de la Acrópolis, reorganizado después de la Segunda Guerra Mundial, consta de nueve salas y un vestíbulo y acoge obras de los períodos arcaico y clásico. Además de las famosas Cariátides, el Museo de la Acrópolis guarda buena parte de las esculturas griegas más importantes del Arcaísmo. En la Sala I puede verse el Grupo de la leona que desgarra a un ternero que puede proceder de la primera fase del Viejo Templo de Atenea (c.600), un frontón más pequeño que representa a Heracles luchando con la Hidria, sin duda de un tesoro, y la Gorgona y la panteras posiblemente de la segunda fase del Viejo Templo (principios del siglo VI). En las Salas II y III destacan el famoso Moscóforo (c.570) y los grupos de Heracles luchando contra el Tritón, Heracles deificado en el Olimpo y de los leones desgarrando a un toro. La Sala IV está consagrada a la segunda mitad del siglo V con la famosa Koré peplófora (c.525) y la Gigantomaquia que tiene por centro a Atenea y que formaba el frontón del Viejo Templo en su tercera fase que data de la época del tirano Pisístrato. En la Sala VI descuellan el famoso Efebo de Critios (el maestro de Mirón) y la Koré de Eutidico. Las Salas VII y VIII están dedicadas a las esculturas del siglo V que proceden de las metopas, frontones y frisos del Partenón, del Erecto y del templo de la Niké. Finalmente la Sala IX protege a las Cariátides. 

            Después de la definitiva liberación de Atenas del yugo turco (1834), el primer Museo Arqueológico Nacional se abrió en el Hefesteo del Ágora. En 1866, Helena Tositsa legó al Estado heleno el gran solar sobre el que hoy se levanta el Museo. La parte central se terminó en 1881 y durante la década de los treinta se amplió hacia el este. Nuevas salas, como las de Egiptología, se han abierto recientemente. El Museo Arqueológico Nacional es uno de los más importantes del mundo y constituye el más impresionante resumen de la extraordinaria trayectoria histórica de la civilización griega. El Museo consta de unas cincuenta salas la mayor parte de las cuales están situadas en el piso bajo y sólo ocho en el superior. Las tres primeras salas acogen las colecciones neolíticas (Sala 4), cicládicas (Sala 6) y sobre todo micénicas (Sala 3). La sala central micénica es una de las más espectaculares del mundo. De ella podemos destacar los objetos procedentes del los Círculos B (Vitrinas 5 y 6) y A de Micenas, especialmente las ricas tumbas IV y V del Círculo A (vitrinas 3 y 27) con la famosa “máscara de Agamenón”. Las salas 7 a 13 están ocupadas por las esculturas arcaicas y aquí pueden destacarse la famosa ánfora del Dípilon (el cementerio de Atenas) del período geométrico (Sala 7) y el kouros de Aristódico (sala 13). Las salas 16 a 28 recogen obras clásicas, esculturas exentas, estelas funerarias, bajorrelieves y decretos y las 36, 37 y 39 objetos tardoclásicos. En la Sala 14 se encuentra la famosa estatua broncínea de Posidón (460-450) de más de dos metros de altura; en la 18 las estelas funerarias de Hegeso y del marino Democlides; en la sala 21 el Diadumeno y el caballo con el pequeño jinete del s.II; en la sala 22 la decoración escultórica de Epidauro y en la sala 28 sobresalen el temple funerario (naiskos) de Aristonautes y el Efebo de Anticitera ambos del siglo IV. Las salas 29 a 33 acogen la escultura helenística entre las que destacan, por ejemplo, la estatua de Temis del siglo III, el Efebo de Maratón de finales del IV y el Grupo de Afrodita y Pan procedente de Delos (hacia 100 a.C.).  El resto de las salas de la planta baja están dedicadas a joyería (39), terracotas (40) y a las colecciones romanas (salas 41 a 43). Finalmente en el piso superior se alojan los frescos de Tera, el Museo Numismático, bronces y las famosas colecciones de cerámica que van de la época geométrica a finales del siglo IV.

 

5. De Atenas a Nauplio

            Saliendo de Atenas en dirección oeste-noroeste por la autopista Atenas-Patras se pasa, casi en las afueras de la gran urbe, el monasterio de Dafni, sobre un antiguo santuario de Apolo (Dafni, laurel, es el árbol sagrado de Apolo), erigido en los siglos V o VI, reconstruido en el siglo XI y que fue panteón de los duques francos de Atenas. Desde aquí la ruta sigue aproximadamente la Vía sagrada que unía Atenas con Eleusis a través de la que discurría la procesión de los Misterios eleusinos y la única ruta terrestre de cierta calidad con que contó la antigua Atenas. Desgraciadamente hoy en día la vista es poco agradable por las numerosas industrias que flanquean la carretera. La autopista cruza entonces en monte Egaleo, la cadena poco elevada que cerraba la llanura de Atenas en el oeste y penetra en la llanura Triásica, la antigua planicie de Eleusis. A unos nueve kilómetros del centro de Atenas, la carretera alcanza la bahía de Eleusis, hacia el sudoeste puede verse la isla de Salamina y la parte norte del estrecho en el que los griegos derrotaron a los persas en septiembre del 480. La ruta asciende luego contorneando la bahía y gana Eleusis, el famoso lugar de los Misterios, donde los iniciados aprendían el camino que en el Más Allá conducía a la felicidad. Todavía quedan los restos del antiguo santuario consagrado a Deméter y su hija Core. Desde Eleusis (23 km) la autopista sigue la bahía a través de un país intensamente industrializado y atraviesa, junto al mar, el paso de Kerata, postrera estribación del monte Pateras que dividía en la Antigüedad el Ática del territorio de Mégara y se adentra, pasando al norte de la actual Vlichada (a 35 km de Atenas), en la llanura de Mégara entre viñedos y olivares. La ruta alcanza ahora Mégara, el lugar de la antigua polis homónima, una pequeña Polonia griega entre las poderosas Atenas y Corinto. La antigua ciudad se extendía al sur de pequeñas colinas Karia (en la parte oriental, 270 m) y Alcatoo (a poniente, 287 m) que formaban sus dos acrópolis. La vía pasa al sur de Mégara justo entre la ciudad y su antiguo puerto, Nisea, donde los atenienses construyeron a mediados del siglo V unos Muros largos que unieran puerto y ciudad. Desde aquí, siguiendo la costa de la bahía de Mégara, se deja al norte los elevados picos de la Gerania (1370 m) que limitan la Megáride del territorio de Corinto (la Corintia) y en general Grecia central del Peloponeso. Aquí, en el difícil paso entre Mégara y Kineta, la tradición ateniense situaba las Rocas Escironias, donde Teseo mató a Escirón, un bandido que se dedicaba a robar a los viajeros y arrojarlos al mar. Ya en la Corintia por la orilla de la mar se pasa  Ayioi Theodoroi (63 km), quizá la antigua Cromnio. Un poco más lejos la carretera penetra en la pequeña llanura de Susaki (el pueblo actual era probablemente la antigua Sidunte) con vistas a la bahía de Cencreas y el Peloponeso y se aleja algo de mar rozando a las laderas sudoccidentales de la Gerania para volverse hacia el mar en las proximidades del Istmo, una pequeña lengua de tierra de 14 km de longitud y de poca elevación (100 m en su altura máxima) entre el Golfo de Corinto y el Golfo Sarónico entonces y ahora de vital importancia estratégica. En la Antigüedad, al menos desde el siglo VI, se empleaba el diolkos, un camino empedrado que servía para pasar barcos y mercancías del Golfo de Corinto al Sarónico y viceversa lo que convirtió a Corinto en punto de tránsito fundamental entre el Occidente griego en Sicilia y la Magna Grecia y el Egeo. El diolkos evitaba así el largo y peligroso trayecto que contorneaba el sur del Peloponeso. Calígula y después Nerón planearon unir un canal en el Istmo y la obras comenzaron efectivamente en el 67 pero quedaron interrumpidas a la muerte de Nerón y no se reanudaron jamás porque se creía que ambos mares estaban a distinto nivel y su unión podía ser catastrófica. Habría que esperar a los años 1882 a 1893 para que pudiera abrirse el canal que hoy podemos observar.  

            El Peloponeso era en la Antigüedad una península rodeada casi por todas partes por el mar y unida al continente por una estrecha línea de tierra en el Istmo. De hecho se la denominaba Peloponeso, esto es, Isla de Pélope y la construcción del canal de Corinto a finales del siglo XIX la ha convertido efectivamente en una isla. El Peloponeso cuenta con 21.439 km2 y en general, salvo los llanos costeras y algunos valles, es en conjunto montañoso. Desde la Antigüedad el Peloponeso se dividió en varias regiones históricas sin cuyo conocimiento es imposible comprender su desarrollo histórico. En primer lugar el Istmo con la Corintia y al norte el territorio de Mégara, un área bastante montañosa si exceptuamos unos pocas llanuras litorales, como la llanura costera de Corinto y las pequeñas planicies de la Megáride que se abren al Golfo de Corinto o al Sarónico. La región del Istmo era de vital importancia estratégica ya que dominaba las comunicaciones terrestres y navales entre el Peloponeso y Grecia central y las vías marítimas que enlazaban el Egeo con el Mar Jónico y Sicilia y la Magna Grecia en el Mediterráneo central. La Argólide se extiende en el Noreste del Peloponeso separada del Istmo y de Arcadia por varias cordilleras difíciles de franquear. Esta región se dividía entre la extensa llanura de Argos hasta el Golfo de la Argólide y las pequeñas comunidades, como Epidauro, de la abrupta Península de Acté bañada por las aguas del Golfo Sarónico. La Acaya ocupa todo el noroeste del Peloponeso en las costas del Golfo de Corinto y es una región muy montañosa. Igualmente montañosa es Arcadia, en el centro del Peloponeso, una alta meseta rodeada casi en su totalidad por elevados picos salvo en la Trifilia al oeste que se asomaba la Mar Jónico. Al este del Peloponeso quedaba la Élide una fértil región regada por el río Alfeo que carecía sin embargo de buenos puertos. En el sur del Peloponeso se encuentran la Laconia, al sudeste, el territorio nuclear de Esparta, un ancho valle alimentado por el Eurotas y, separada por la cadena del Taigeto, Mesenia, la región sudoccidental del Peloponeso aún más feraz que la misma Laconia. 

            El Peloponeso posee una larga, maravillosa y compleja historia imposible de resumir, sin reducirla casi a una visión caricaturizante en pocas líneas. En nuestro esfuerzo condenado de antemano al fracaso podemos decir que, tras un pujante Neolítico como prueban las excavaciones de la cueva de Frachti en la Argólide y de un vigoroso Heládico Antiguo que puede contemplarse en la llamada Casa de las Tejas de Lerna, el desarrollo de las poblaciones del Heládico Medio hizo de la región el núcleo esencial de la civilización micénica en el Heládico Reciente (Micenas,Tirinte, Pilo). Después de la catástrofe de finales de la Edad del Bronce, la región se recupera lentamente durante los siglos obscuros en los que se decanta el mapa dialectal (dialectos noroccidentales en Elide y Acaya, arcadio-chipriota en Arcadia y dorio en el resto) y se configuran las poleis a finales del siglo VIII. Desde finales del siglo VI hasta el 370, el Peloponeso vive bajo la hegemonía de los espartanos que incluyen a la mayor parte de los estados peloponesios en la denominada Liga del Peloponeso, una alianza militar en la que Esparta es la principal potencia. En el 338 cae bajo el control de Macedonia del que se libera progresivamente a partir del 280 cuando los estados peloponesios revitalizan la Confederación aquea, un estado federal que a principios del siglo II llegó a incluir todo el Peloponeso. La Confederación fue derrotada y disuelta por los romanos en el 146 (en el curso de esta guerra Corinto fue arrasada por el cónsul Mummio). Después el Peloponeso quedó incluido en la provincia romana de Acaya cuya capital estaba en Corinto, reconstruida a partir de Julio César en el 44. Un grave período de decadencia se inicia en el siglo III con las invasiones de los hérulos y luego en el IV con los ataques godos. Entre los siglos IV y V el triunfo del Cristianismo lleva directamente a la destrucción de los monumentos paganos. Al principio de la época bizantina sufre las invasiones de los pueblos eslavos (finales del VI -principios del VII). En esta época el emperador Heraclio creó el Tema (provincia) del Peloponeso cuya capital era Corinto que perduró hasta el siglo XI cuando se constituyó el Tema del Este de Grecia con capital también en Corinto. A finales del siglo VIII los eslavos se asentaron definitivamente y fueron rápidamente cristianizados y helenizados. En los siglos siguientes el Peloponeso gozó de un dilatado período de prosperidad con un notable desarrollo demográfico, agrícola, comercial y de la artesanía de la seda que se trunca bruscamente tras la Cuarta Cruzada. En 1212 los francos ocuparon la totalidad del Peloponeso (con algunos enclaves que pasaron a manos venecianas) y crearon el principado de Acaya dividido en una docena de baronías militares y eclesiásticas. A partir de entonces se inicia una larga época de fragmentación política, enfrentamientos y cambios de dominación. Desde 1261 los bizantinos, con base en el Despotado de Morea, inician la reconquista que concluye en 1430 justo para verse sometidos al imperio turco entre 1446 y 1458. Entre 1684 y 1715  el Peloponeso es ocupado por los venecianos y reconquistado por los turcos (1715-1821). En 1821 estalló la Guerra de Liberación y en 1827 el Peloponeso se vio definitivamente libre del yugo turco.  

            Una vez que se atraviesa el Istmo por su extremo sudoriental queda a la izquierda el santuario de Posidón en Istmia donde se celebraban los famosos Juegos Ístmicos (con los Olímpicos, Nemeos y Píticos formaban la más célebre tetralogía de competiciones griegas) y desde aquí, a través de la llanura costera que se extiende al norte del monte Oneo, se alcanza la antigua Corinto a 82 km de Atenas.

 

6. Corinto

            Los primeros vestigios de ocupación datan en Corinto del V Milenio en el período Neolítico. Habitada durante el Heládico Antiguo y el Heládico Medio fue un asentamiento secundario durante las épocas micénica y oscura. En el siglo VIII se constituyó como polis y a partir de entonces la ciudad vivió un período de esplendor inmersa plenamente en el comercio y la colonización griega de la época arcaica. Desempeñó también un notable papel en período clásico. En esta época Corinto estaba formada por la acrópolis en Acrocorinto, una de las fortalezas más importantes de Europa, la ciudad baja que se extendía por la ladera norte del Acrocorinto, asimismo amurallada, y los Muros Largos que unían la ciudad con su puerto, el Lequeo. Durante la mayor parte del siglo III, Acrocorinto fue ocupada por una guarnición macedonia y quedó después incluida en la Confederación aquea. En la guerra entre los aqueos y los romanos, el cónsul Mummio arrasó Corinto en el 146 y la ciudad fue abandonada hasta que Julio César impulsó su reconstrucción en el 44 a.C. Debido a la catástrofe del 146 son muy escasos los restos que se conservan de una fecha anterior a la refundación de César. Así, la visita a Corinto encierra para nosotros el valor de poder acercarnos al centro de una ciudad romana y  no cualquiera del Oriente provincial sino la capital de la provincia romana de Acaya. La ciudad sufrió un terremoto en el 375 y más tarde, en el 395, fue saqueada por Alarico. Finalmente, tras el terremoto de 1858, se decidió el traslado de la población a Nueva Corinto en la costa del Golfo.  

            Al otro lado de la actual entrada al lugar arqueológico se encuentra en primer lugar el Teatro, posiblemente del siglo I. A diferencia de los teatros griegos y como todo teatro romano, formaba un edificio exento y no construido en la ladera de una colina poseía la escena unida al graderío en un solo cuerpo. En las excavaciones se descubrieron vestigios del anterior teatro del siglo IV que se alzaba a su vez sobre uno de madera del siglo V. Al sur del teatro se hallaba el Odeón, edificado en el siglo I y reconstruido por Herodes Ático hacia el 175 con cabida para tres mil espectadores. Al lado en un espacio abierto se encontraba el santuario de Atenea Chalanitis. Al este, parcialmente derruido por la moderna carretera, se localizaba el Mercado Norte, un edificio cuadrangular formado por una serie de tiendas que rodean el peristilo central y que se alza en parte sobre un antiguo baño. El Mercado fue reconstruido en época bizantina. Al oeste del Mercado existía una Estoa de época clásica (la llamada Estoa norte) y en el lado sur del Mercado se elevaba el templo de Apolo sobre una colina que dominaba el ágora, rodeado de un períbolo o muro que delimitada el temenos o lugar sagrado. Era dórico, períptero, dístilo y hexástilo con quince columnas monolíticas de 7 m de alto en los lados mayores (siete quedan todavía en pie). La cella estaba delimitada por dos hileras de columnas y presenta la particularidad de estar dividida en dos habitaciones separadas por un muro sin comunicación entre ellas. En la cella puede verse todavía la basa de una de las estatuas. El templo data de mediados del siglo VI (550-540) y substituía a uno anterior construido por los tiranos de Corinto durante el siglo VII. De alguna manera el templo sobrevivió a la destrucción del 146 (o quizá fuera reconstruido posteriormente). Enfrente del templo de Apolo, hacia el oeste y en la ruta que iba a Sición, se alzaba el llamado Templo C de época clásica, quizá el templo de Hera Acrea que fue traslado del territorio de Corinto (del Pireo o la Perachora en el norte) a la ciudad en época romana. Viniendo hacia el Foro desde la ruta de Sición en el lado oeste se disponían una serie de tiendas con columnatas frontales (las denominadas tiendas occidentales) y sobre todo un templo romano sobre un podio y una gran plataforma rodeada por una estoa en tres de sus lados. La entrada principal estaba en el Propíleo del ángulo noroccidental. El templo era dístilo, períptero, hexástilo de columnas corintias  y puede ser identificado con el templo de Octavia construido en época de Augusto. Llegamos entonces al Foro romano, una gran plaza rectangular de 210 por 90 metros. En el lado oeste se levantaban seis pequeños templos romanos sobre podio de los siglos I y II cuya adscripción salvo el monumento de Babio es dudosa. En primer lugar comenzando por el norte, el templo D (Hermes); la estatua de Posidón; el pequeño Tolo de Gneo Babio Filino, edil local y pontífice, sobre un alto podio y dotado de ocho columnas corintias; detrás de él el templo K (Apolo Clariano), a diferencia de los demás sólo accesible por el sur; el templo J (Posidón) quizá erigido por Cómodo; el templo H (Heracles); el templo G, posiblemente un Panteón; y, por último el templo F (Venus Fortuna). El centro del Foro estaba ocupado por un gran estatua de Atenea y un altar y sobre todo por una línea de pequeñas tiendas que flaqueaban por ambos lados una bema o tribuna monumental que pudo servir de lugar de audiencias públicas al gobernador romano de la Acaya. En el lado este del Foro se situaban la Basílica de época julio-claudia, lugar de reuniones y tribunal, y el Edificio del Sudeste con un pórtico frontal de columnas jónicas, posiblemente el Tabularium o archivo de la provincia. En el lado sur del Foro se alzaba la Estoa Sur, del siglo IV y reconstruida en época romana (siglo I d.C.), que con sus 160 m de longitud, 71 columnas externas dóricas y 34 internas jónicas fue el edificio civil más grande de toda Grecia. En época clásica la Estoa contaba con treinta y tres tiendas. Varias de ellas fueron reformadas para acoger edificios oficiales. Al lado derecho de la ruta de Cencreas, que separaba la hilera de tiendas, se encontraba el peristilo de los duóviros (la máxima magistratura municipal de la Colonia) y el Buleuterio de los decuriones de forma absidal. Pasada la ruta de Cencreas estaba la Basílica Sur, quizá la oficina del procónsul romano y en el final este se hallaba posiblemente el edificio del agonoteta que organizaba los Juegos Ístmicos. En el lado noroeste del Foro se construyeron dieciséis tiendas durante el siglo III con un frente dórico. La central, cuya bóveda todavía se conserva, fue usada posteriormente como iglesia cristiana. Detrás se encontraba una Estoa de época helenística y debajo de las tiendas tardoimperiales, casi en su final este, un edificio absidal del siglo VI. Al oeste de las tiendas, en el lado norte del Foro, se disponía en primer lugar impresionante fachada de la Basílica romana con dos pisos. En el piso superior el entablamento se sustentaba sobre cuatro estatuas que representaban a bárbaros y que se encuentran ahora en el Museo. Venía luego el Propíleo que daba acceso a la ruta hacia el Lequeo con tres arcadas, la central más grande en forma de Arco triunfal. Después estaba la Fuente Pirene. Antes del siglo II constaba de un patio central al que daban seis aberturas. La fuente fue reconstruida posteriormente de una manera fastuosa por Herodes Ático. La ruta hacia el Lequeo de doce metros de ancho, pavimentada y con desagües es un buen ejemplo de urbanismo grecorromano. En el lado oeste de la ruta se elevaba la Basílica romana del siglo I a.C. y de 64 por 23 metros. La Basílica se elevaba sobre una Estoa griega del siglo V. Más al norte se situaba otro Mercado romano que fue primero cuadrangular y más tarde, quizá en el siglo IV se reformó dándole un acabado semicircular. En el lado este de la ruta se hallaba el santuario o Períbolos de Apolo, un peristilo jónico con una estatua de Apolo en el centro destinado a ceremonias al aire libre (no había templo). En el lado este, justo debajo de él, existió en el siglo IV un pequeño templo (el llamado templo A). Finalmente más al norte se localizaban los grandes Baños de Euricles de época trajanea (principios del siglo II d.C.)  en los que puede verse todavía una letrina in situ.   

            El Museo de Corinto contiene una colección de vasos cerámicos de bastante relieve cuya datación se extiende desde el siglo XIII a la época clásica dentro de la cual se puede observar el bello estilo corintio arcaico. Cuenta además con mosaicos y esculturas de época romana; entre estas últimas destacan sobremanera los bárbaros de la basílica romana.

 

7. De Corinto a Micenas

            Para ir de Corinto a Micenas se pueden tomar dos rutas diferentes. Por el sur, siguiendo la antigua carretera a Argos, se baja por la cuenca del río Leukon, un estrecho valle boscoso con los viñedos de las famosas pasas y el monte Oneo a la izquierda. En la cabecera del valle la vía gira hacia Chiliomodi, a 18 km de Corinto, y rodeando el flanco norte del monte Tetros, pasa Ayios Basilios dejando a la izquierda la antigua Tenea, un notable asentamiento en el territorio de Corinto. Alcanzamos ahora el Paso de Dervenakia entre los dos picos del monte Tetros, un estratégico desfiladero que separaba los antiguos territorios de Cleonas, Corinto y Argos. En Dervenakia la ruta desciende hacia la llanura de la Argólide por el valle del río Xerias hasta Fichti, a 30,5 km de Corinto. Aquí, una desviación a la izquierda lleva a Micenas que dista 2 km de la ruta principal.

            Por la ruta norte la moderna autopista se dirige en primer lugar hacia el valle del río Longopotamos y a la altura de Spathovouni, a unos 13 km, cruza dicho río y penetra en el territorio de la antigua Cleonas. Poco después se deja a la derecha, fuera de la ruta, la propia ciudad de Cleonas en una aislada colina que domina todo el valle. A unos 4 km al sudoeste la moderna autopista deja a la derecha el santuario de Zeus en Nemea y se encamina al Paso de Dervenakia para unirse a la antigua carretera a Argos y llegar a Fichti y Micenas.  

 

8. Micenas

            La antigua Micenas se elevaba rica y orgullosa en la extremidad norteña de la llanura de la Argólide en un punto privilegiado que le permitía controlar la mayor parte de la llanura, el Golfo de la Argólide (el mar queda a una quincena de km) y las rutas que se dirigían hacia Corinto y el Istmo. La acrópolis de Micenas se situaba en una colina amesetada (278 m de altitud y 320 de largo) de aspecto triangular y de laderas escarpadas entre otras dos más altas, Ayios Elias (750 m) en la parte norte y Zara (600 m) al sur. El sitio estuvo poblado desde el Neolítico, en el VI milenio, y fue también importante durante el Heládico Antiguo. La primera parte del Heládico Medio supuso una contracción poblacional de manera que entonces sólo se ocupaba la cima de la ciudadela además de alguna vivienda aislada en las laderas de la colina. Desde finales del Heládico Medio y a lo largo del Heládico Reciente Micenas vivió su período de esplendor que finalizó con las devastaciones de finales del siglo XIII. A pesar de todo subsistió un modesto poblamiento al menos hasta época helenística, sometido a Argos a partir del 468.

            La acrópolis destaca en primer lugar por sus colosales fortificaciones de muros de piedra en el que se pueden distinguir tres fases diferentes. Hacia 1350 se amuralló la parte norte de la ciudadela y la cumbre de la acrópolis. En torno al 1250 la muralla se extendió hacia el sur y oeste englobando el Círculo y construyéndose la Puerta de los Leones. En esta parte meridional la muralla anterior fue demolida. Poco después hacia el 1200 se amplió el ángulo nororiental del muro para englobar la cisterna subterránea. Entre los tramos sur y oeste quedó una zona sin amurallar debido a la existencia de un profundo precipicio que constituía suficiente defensa natural. El acceso principal de la ciudadela se localizaba en el noroeste con una majestuosa rampa de 15 por 9 metros que se dirigía hacia la imponente Puerta de los Leones. La Puerta estaba dotada de unas jambas de una sola pieza de 3 m de altos que soportaban el peso de un gigantesco dintel de 4, 5 m de largo. Quedan todavía los huecos que encajaban la puerta y los de la barra horizontal que la cerraba. Justo a la derecha de la puerta, dentro ya del recinto, arrancaba la escalera que conducía a la ronda de la muralla. A lado de la escalera se encuentra el llamado Granero, una construcción de dos pisos más tardía, quizá de finales del siglo XIII o de principios del XII, llamada así por las vasijas (pithoi) carbonizadas halladas en el interior de la casa pero que quizá es mejor interpretar como residencia de la guardia de la puerta. Pasado el Granero se encuentra el Círculo A, el cementerio real, que describe una amplia circunferencia de 28 m de diámetro rodeada por una doble línea de lajas de piedra. El Círculo A alberga seis ricas tumbas de fosa de 7,5 m de profundidad donde se encontraron diecinueve cuerpos y un extraordinario y rico tesoro arqueológico. En el centro del círculo se disponían diez estelas sepulcrales anepigráficas en torno a un pequeño altar redondo. Más allá del Círculo A se extendía el barrio sur de la ciudadela construido en el siglo XIII sobre una necrópolis del Heládico Medio. El barrio es buena muestra del urbanismo de la época micénica, un poblamiento muy denso con calles estrechas y escaleras para salvar los desniveles en esta zona que era bastante abrupta. Las casas, relacionadas posiblemente con el personal palaciego, tienen un basamento de piedra sobre la que se alzaba un muro de adobe y una techumbre de madera. Se han tratado de individualizar varias de ellas: la Casa de la Rampa, la Casa del Vaso de los Guerreros donde apareció el famoso Vaso, la Casa del Oeste y el Edificio Wace. Hacia el sudoeste la Casa de Tsountas puede ser un Centro Cultual compuesto por un patio o vestíbulo que daba acceso a dos santuarios que contenían ídolos de terracota y serpientes enroscadas. Finalmente otra de las casas del sudoeste ha sido interpretada como residencia sacerdotal.

            A la altura de la Casa de la Rampa giraba precisamente la rampa que conducía al palacio micénico que ocupa la cima de la colina más elevada de la ciudadela. Desgraciadamente construcciones posteriores (como estratos arcaicos y un templo de época helenística), derrumbes y la erosión nos han hecho perder la parte más alta del palacio y en conjunto puede decirse que salvo el Mégaron, el edificio se encuentra en bastante mal estado de conservación. El palacio era accesible por los lados oeste y sur.    La entrada sur era la principal del palacio. De este modo, en la parte meridional la rampa llevaba a un amplio patio del que arrancaba una escalera monumental cubierta. Se ascendía entonces a un pequeño patio o quizá una habitación techada y luego a la antecámara o sala de recepción. A través de ella se alcanzaba el Patio central del palacio que estaba pavimentado con losas de yeso. Al Patio central daba el Mégaron, el edificio principal del palacio que se componía de un pórtico con dos columnas in antis, vestíbulo y pieza principal o mégaron propiamente dicho. Del pórtico del Mégaron una puerta a la izquierda comunicaba con el corredor que conducía al ala occidental del palacio. Tras atravesar el pórtico y el vestíbulo se entraba en la gran sala central (12,7 por 11,8 m) donde se situaban el trono, en el centro de la pared sur, y el hogar flanqueado por cuatro columnas que sostenían el techo a través del cual un hueco dejaba escapar el humo.

            En el acceso norte una escalera llevaba desde la rampa a un corredor donde dos habitaciones han sido interpretadas como cuartos de guardia. Después se pasaba un Propileo en “H” dividido por un muro medianero y una única columna en sus frentes externo e interno. Tras él se alcanzaba un corredor que conducía a la Puerta interior y de ahí a un patio de distribución en el que dos puertas daban al Patio central y otro vano comunicaba directamente con el corredor que se encaminaba hacia los apartamentos privados del ala occidental. Tanto el piso superior cuanto que el ala occidental del palacio se han perdido casi completamente de manera que quedan sólo leves restos de muros que impiden reconstruir un plano coherente salvo una serie de habitaciones cercanas ya a la Puerta Norte. El ala este se ha conservado mejor y estaba formada por una serie de talleres artesanales con un corredor que distribuía los talleres en dos grupos a ambos lados del pasillo y la Casa de las columnas, llamada así por la columnata del patio central, donde existían dos grupos de almacenes. Otras dos casas se han individualizado al noreste de la Casa de las Columnas.

            Como dijimos la parte nororiental de la ciudadela se añadió a finales del siglo XIII con la intención de incluir dentro del recinto fortificado la cisterna que se encuentra 500 m más abajo y a la que se accede a través de una galería abovedada por aproximación de hiladas. En esta zona se han podido individualizar dos casas. Asimismo dos poternas se abrían en los muros al noroeste y sudeste respectivamente.

            Finalmente en el ángulo noroccidental de la ciudadela una casa junto a la Puerta de los Leones se ha interpretado como la casa del cuerpo de guardia (¿antes de la construcción del Granero?) y se han documentado una casa junto a la muralla y unos almacenes embutidos en el mismo recinto murado.

            Fuera del recinto se extendían los barrios de la ciudad baja y un serie de enterramientos entre las que destacan el llamado Círculo B y nueve tumbas de tipo tolo. El Círculo B es una estructura similar aunque más antigua que el Círculo A. Estaba rodeado por un muro y en él se excavaron veinticinco tumbas, quince de ellas en fosa datadas en el siglo XVII. Se ha especulado con su pertenencia a una familia real rival y suplantada luego por los monarcas que se enterraron en el Círculo A. La parte oriental del enterramiento fue derruido por la posterior construcción de llamado Tolo de Clitemnestra, un tolo con un dromos de 65 m, sin habitación lateral, datado hacia 1200 y considerado con el último ejemplo y el más acabado de este tipo de tumbas. Junto a ella hacia el este se encuentra el Tolo de Egisto con muros de piedras pequeñas que se fecha hacia 1470, la más antigua de las conocidas. Al otro de la actual carretera se hallan la fuente Persea, la principal de Micenas, el Tolo de los Leones, cuyo techo ha colapsado y los restos muy dispersos de varias casas (del Mercader Vino, Petsas, etc.). Más alejada al sur se encuentra el famoso Tolo o Tesoro de Atreo construido hacia 1350. El dromos mide 36 por 6 metros, el stomion posee triángulo de descarga y fue profusamente decorado. El Tolo tiene 13 m de alto y 14,5 de diámetro, se compone de 33 hiladas concéntricas en aproximación de hiladas cerradas por una clave circular. Su suelo es la roca natural. A la derecha del Tolo hay una pequeña habitación cuadrada (domatio) de 8,25 m2 y casi 6 m de alto que quizá constituía el enterramiento principal.

            Justo al sur de la tumba de Clitemnestra se excavaron cuatro importantes y amplias casas que debían estar vinculadas con el palacio. Dichas casas estaban provistas de un zócalo de mampostería unido por arcilla con muros de adobe y madera. Se trata de la Casa del Oeste, la Casa de las Esfinges, donde se encontraron placas de marfil decoradas con esfinges y nueve tablillas caídas del piso superior; la Casa del Mecader del Aceite, con grandes pithoi en una de sus salas y una instalación para la producción oleícola donde se exhumaron también tablillas, y por último la Casa de los Escudos donde se encontraron varios marfiles tallados con escudos en forma de ocho.   

 

9. De Micenas a Nauplio

            Desde Micenas se vuelve a la ruta principal a la altura de Fichti y desde esta localidad se desciende a través de la feraz llanura de la Argólide, entre viñedos, olivares y campos de algodón y tabaco. Pasado Kutsopodi, a unos 6 km se cruza el antiguo río Inaco (hoy Panitsa) y a poca distancia, 5 km al sur, se entra en Argos, que fue desde la época obscura la ciudad más importante de la Argólide. La antigua Argos contaba con dos acrópolis, Larisa y Aispis, y es visible aún parte de su ágora con un imponente teatro y unas grandes termas romanas. A partir de Argos la carretera hacia Nauplio va en dirección sudeste cruzando la llanura aluvial del Inaco. A unos 7 km se alza sobre una pequeña colina Tirinte. Hacia el sur de Tirinte a 4 km se encuentra Nauplio en la costa del Golfo de la Argólide  

 

10. Nauplio

            Nauplio (llamada por los venecianos Napoli di Romania) se nos muestra a orillas de la mar, dominada por dos impresionantes fortalezas, Acronauplio (85 m) y Palamidi (215 m), bellos ejemplos de arquitectura militar de la Edad Moderna. Nauplio es una de las ciudades más hermosas de Grecia y conserva el sabor del Mediterráneo oriental junto al ardiente esfuerzo neoclásico y europeizante de la Guerra de Liberación. Bellas casas neoclásicas, hermosas calles y balcones de madera marcan, pues, la fisonomía de la parte antigua de la ciudad.

            Nauplio tuvo un primer asentamiento en Neolítico y en la primera parte de la Edad del Bronce. Durante el Heládico Reciente quizá fuera el puerto de Micenas y estuvo poblada durante la Época obscura. A principios del Arcaísmo se constituyó como polis independiente pero se vio sometida a Argos a finales del siglo VII que la convirtió en su puerto. En el siglo III se fortificó Acronauplio. La ciudad parece declinar a lo largo de la dominación romana de modo que en el siglo II d.C. está desierta. Quizá comenzara a habitarse de nuevo en los primeros siglos del período bizantino y desde luego comenzó a despuntar a partir del siglo XII momento en el que se volvió a fortificar Acronauplio. Posteriormente la ciudad es un buen ejemplo de las vicisitudes por las que atraviesa el conjunto del Peloponeso. Ocupada por los francos en 1210, pasa en 1389 a manos venecianas y a partir de 1540 a los turcos. Los venecianos la conquistan en 1686. Durante esta época de dominio veneciano se fortifica Palamidi y en 1715 Nauplio es ocupada nuevamente por los turcos. Liberada en 1821, se convirtió en la primera capital del Estado griego entre 1829 y 1834. En 1833 Otón I, el primer rey de Grecia, desembarcó en Nauplio, hollando por vez primera la sagrada tierra de Grecia.

            Además del casco antiguo, destacan algunas plazas como la de Syndagma (Constitución) donde se reunió el primer Parlamento de los griegos (1827-1834) en la antigua mezquita de Vuleftikó, varias iglesias como la de San Jorge (de finales del XV y principios del XVI) y la Ayios Nikolaos del siglo XVIII y sobre todo su bellísimo puerto con la mole oeste sobre el espigón submarino llamado Porporella, sus cañones venecianos y la isleta de Burtzi en la bocana llamado Castel Pasqualigo, construido por los venecianos y modificado luego muchas veces. En sus terrazas puede tomarse un tradicional café frapé y adormecerse en ensoñaciones filhelénicas.    

 

11. Tirinte

            Tirinte, la bien construida según Homero, se alza a unos 5 km a poniente de Nauplio sobre una oblonga colina de 27 m de altura. El sitio mide casi 300 m de largo. Tirinte estuvo habitada desde el Neolítico, durante el Heládico Antiguo un gran edificio circular de 28 m de diámetro ocupaba parte del posterior palacio, pero el asentamiento destaca sobre todo en el Heládico Reciente especialmente a partir de 1400 cuando se fortifica la colina en tres etapas sucesivas. Destruida en el siglo XIII y parcialmente reconstruida estuvo habitada durante las épocas geométrica y arcaica, aunque era un asentamiento de escasa importancia, hasta que en el 468 fue destruida por Argos. Desde 1876 su excavación se debe a los desvelos de la Misión Arqueológica alemana.

            Tirinte está dividida en dos partes, las ciudadelas alta y baja, y es uno de los ejemplos más acabado de la arquitectura militar micénica. Está rodeada de una muralla ciclópea que con sus 10 metros de algunas partes conserva la mitad de su altura original. El perímetro murado suma 725 m y se construyó usando piedra caliza de colores negro y bermejo, desbastada de manera diversa, unidas y aseguradas con piedras más pequeñas y arcilla. A la ciudadela se asciende por una rampa de unos 5 m de anchura en eje acodado (que gira) en la entrada y que era el acceso principal. Desde la rampa un conjunto de tres puertas en el bastión oriental daba acceso al ámbito palaciego. La Gran Entrada era similar en su disposición a la Puerta de los Leones de Micenas. A la derecha de la puerta, en el camino hacia la ciudad baja, un pequeño hueco ha sido interpretado como cuarto de guardia o incluso como el nicho de la divinidad protectora de la entrada. A la izquierda, a unos 50 m, se encuentra la segunda Puerta o Puerta Exterior que comunicaba con la Barbacana, el espacio situado entre la Puerta Exterior y la tercera puerta o Puerta interior. Tras pasar esta última se llegaba a un patio con un pórtico en su lado más oriental. Justo debajo de este patio se halla unos de los famosos “túneles” de Tirinte, en realidad una muralla de casamatas con un corredor abovedado por aproximación de hiladas, que ha sido diversamente interpretada como ronda de guardia, puntos de artillería o almacenes. En el lado sudoccidental de este patio se localizaban los Grandes Propileos que constaban de dos partes con columnas dístilas in antis divididas por un muro en el que se abría por una puerta. Los Grandes Propíleos conducían al Patio exterior del palacio. En el interior de los Grandes Propíleos a la derecha un estrecho corredor llevaba a la habitaciones del llamado Pequeño Mégaron. El Patio Exterior del palacio poseía un pórtico en el lado occidental, debajo de él, se encuentra la segunda muralla de casamatas de unos 20 metros de largo, 5 de alto y cerca de 1,5 de ancho. En el mismo patio otras dos habitaciones han sido designadas como cuerpo de guardia o archivo. Finalmente los llamados Pequeños Propíleos, también dístilos in antis, daban acceso al Patio Interior, porticado en dos de sus lados y provisto de un altar sacrificial redondo.

            Las construcciones más antiguas del Palacio real se remontan al siglo XIV. Fue reconstruido a lo largo del siglo XIII de modo que las partes hoy en día visibles datan sobre todo de la segunda mitad de este siglo (1250-1200). Sus muros contaban con un zócalo de caliza y un alzado de adobe. Desde el Patio interior se puede dividir el conjunto palacial en tres diferentes partes, el Mégaron principal y las habitaciones orientales y occidentales. En estos dos últimos conjuntos se quieren ver las viviendas privadas de los monarcas y sus servidores. El Mégaron principal se compone de un pórtico con dos columnas in antis, vestíbulo y salón del trono. Desde el vestíbulo una puerta llevaba a las piezas occidentales. En el salón de trono (propiamente el Mégaron) son  visibles el hogar central con las cuatro columnas que sostenían la techumbre y restos del trono en la pared diestra. En el ala occidental destaca sobre todo el baño que tiene como pavimento una sola piedra de caliza de 4 por 3 m y de 20 Tn de peso y la caja de las escaleras que llevaban al piso superior. El ala oriental del palacio es bastante diferente (se ha especulado con la residencia de la reina). En esencia duplica el Mégaron central con un Pequeño Mégaron, un patio porticado y una escalera de acceso a la planta superior. Al norte del Palacio se encontraba una amplia terraza intermedia, quizá lugar de audiencias y recepciones públicas y detrás del ala occidental se alzaba el Bastión occidental con una fuerte torre y una majestuosa escalera secreta que baja hacia un poterna. La ciudadela baja es peor conocida y no es accesible a los visitantes. Los vestigios de habitación se remontan aquí a la época neolítica y son especialmente notable durante el Heládico Antiguo y la época micénica. Posiblemente estemos ante un lugar de habitación intramuros, no sabemos si ocupado o no por personal palaciego. Contaba además con dos poternas de acceso y dos escaleras que bajaban a sendas cisternas subterráneas.

 

12. De Nauplio a Epidauro

            Desde Nauplio se atraviesa la última parte de la llanura de la Argólide hacia el oeste dejando al sur el monte Palamidi. A la altura de Pirgiotiká entramos en la otra parte principal de la Argólide, la montuosa Península de Acté. A partir de aquí se remonta el valle que se abre entre los montes Arachneo al norte (1197 m) y Mavrovouni (828 m) que llevaba de Argos a la antigua Epidauro en la costa del Sarónico. En el punto kilométrico 14,5 a 50 m del puente actual puede verse en una curva un puente micénico, llamado de Kazarma, con su ojo construido en aproximación de hiladas. Un poco más allá en la propia Kazarma existió una fortaleza del siglo V (otra más había en Kastraki en el km 16) y a sus pies pueden verse los restos de un tolo micénico. A unos 23 km de Nauplio se encuentra Ligurió que posee varias iglesias bizantinas siendo la más hermosa la de Ayios Constantinos observable desde la carretera. Pasado Ligurió a 2,5 km está el cruce que lleva al Santuario de Asclepio en Epidauro. Conviene distinguir el Santuario de Asclepio de la propia ciudad de Epidauro que se hallaba en la costa a 10 km al este del santuario.      

 

13. Epidauro

            El santuario de Asclepio en Epidauro se asienta sobre un dilatado valle que se extiende entre los montes Titio (hoy en día Velanídia) al noreste y Cinortio (actualmente Charani) hacia el sudeste. Asclepio era hijo de un dios y una mortal, Apolo y Corónide, y parece que desde la época arcaica su culto convivió en este lugar con el de Apolo al que suplantó definitivamente hacia el siglo VI. Entre finales del siglo V y principios del IV el santuario vivió su etapa de mayor prosperidad y fue muy famoso a finales del período clásico. En el 86 fue saqueado por Sila y, tras un período de recuperación en el siglo II d.C., fue luego clausurado por Teodosio II en el siglo V.

            La entrada actual del santuario se sitúa en la parte sur exactamente opuesta a su acceso antiguo se encontraba en el septentrión. Hoy en día lo primero que se visita es el famoso teatro, el mejor conservado del mundo griego, que fue construido en la ladera del monte Cinortio probablemente a principios del siglo III. Poco se conserva de la parte de la escena y del parodos quedan únicamente las puertas. La orquestra circular mide 20 m de diámetro. La gradas constaban en el plano original de 34 filas de asientos divididos en doce sectores. En el siglo II a.C. se añadieron las 12 filas superiores separadas por un diazoma. El teatro podía albergar a unos catorce mil espectadores. Al norte del teatro se localiza el Catagogeo, la gran hostería para los peregrinos que acudían al santuario, el edificio más grande del santuario (76 por 76 metros) compuesto por cuatro peristilos con una capacidad total de 160 habitaciones. Después, tras pasar unos baños griegos mal conservados, se puede ver un amplio Edificio Cuadrangular (usualmente llamado gimnasio) que estaba dotado de un Propileo en el lado noroeste. Dicho edificio contaba con un peristilo al que se abrían varias habitaciones en tres de sus lados con una más alargada en el sur. Posiblemente sea un Sala ceremonial y de banquetes más que un gimnasio. En época romana (siglo II d.C.) se construyó un Odeón con exedra semicircular en el interior del peristilo.  En esta misma época, a mediados del siglo II d.C., se erigió la llamada Estoa de Cotis, un edificio al norte con un pequeño Propileo, una sala hipóstila y una sala más alargada. Sobre esta sala se apoya un muro bizantino que rodeaba en este período un pequeña parte del santuario. Junto al ángulo noroeste de la Estoa de Cotis se encontraba el pequeño templo de Artemis que parece datar de finales del siglo IV. El templo era dórico, hexástilo y próstilo con una cella en la que se dispusieron diez columnas corintias. Otro pequeño templo consagrado a Temis, del siglo IV, se localizaba también algo al este del anterior. Al noreste se alza un edificio bastante complejo con un patio interior y un ala en el lado noreste, construido en época romana y que pudo ser el Santuario de Apolo y de Asclepio Egipcio. Al norte de los templos de Artemis y Temis se sitúa el Edificio rectangular que debió ser construido en el siglo VI y que es, por tanto, el más antiguo de todo el santuario. Quizá fuera primero el templo de Apolo, luego, en el siglo VI, en el período en que Asclepio suplantó a Apolo, pudo servir de ábaton o enkoimeterion, el lugar de incubación donde pasaban la noche los enfermos, en el siglo IV el edificio fue reformado y durante la época romana sirvió de Residencia sacerdotal. Al noroeste se alzaba el templo de Asclepio. Hoy sólo quedan los fundamentos del templo. Fue construido entre 380 y 375 por el arquitecto Teodoto mientras que la decoración escultórica en los frontones y acróteras son obra de Timoteo. La estatua crisoelefantina de Asclepio fue realizada por Trasímedes de Paros. El templo era dórico, períptero y hexástilo con once columnas en los lados largos. El frontón occidental representaba una Amazonomaquia y el oriental una Iliupersis. Al sur del templo se localizaba el Gran altar de Asclepio y más al sur, cruzando el muro bizantino, queda el Epidoteo un pequeño santuario dedicado por aquéllos que se habían curado en Epidauro. Al oeste del templo se encontraba el famoso Tolo, el más hermoso edificio del santuario. Fue construido entre 360 y 320 por Policleto el Joven; contaba con un estilóbato de tres escaleras, 26 columnas dóricas en el exterior y 14 corintias en el interior. Al Tolo se accedía a través de una rampa en el este. Las metopas estaban decoradas con rosetones. La cella poseía un techo con casetones de mármol también con ornamentación floral. Debajo de la cella, en el subsuelo, estaba el laberinto, cuya función es desconocida, formado por seis círculos concéntricos con un diámetro de 22 m. Al norte del Tolo se elevaba el largo pórtico de 71 m que servía, desde el siglo IV, de lugar de incubación (enkoimaterion). Dicha Estoa consta de dos partes, la oriental, más larga, data del siglo IV y la occidental del siglo III; junto a esta última se encontraba el pozo abierto en el siglo VI cuyas aguas poseían propiedades terapéuticas y que fue incluido posteriormente en el pórtico. Al sur se hallaba el Estadio, del siglo V, que contaba además con una palestra y vestuario para los atletas ya que cada cuatro años, nueve días después de los Juegos Ístmicos, se celebraban los Asclepea. Al norte del pórtico de incubación se situaban el baño y la biblioteca y más al norte otro pórtico, que fue convertido en época romana en un gran edificio termal. Al oeste de este último pórtico se localizaba el pequeño templo de Afrodita, fechado en el siglo III, y más allá estaba la cisterna. Finalmente quedan hoy en día los Propileos que constituían la antigua entrada al santuario. A través de ellos pasaba la Vía sagrada que venía de la ciudad de Epidauro. Los Propíleos fueron levantados entre 340 y 330 y constaban de dos pórticos dotadas de columnas jónicas al norte y corintias al sur. Al este existe una basílica paleocristiana.    

            El Museo de Epidauro cuenta con tres salas, la primera alberga sobre todo un conjunto de inscripciones procedentes de las excavaciones, en la Sala II se disponen las esculturas de los frontones del templo y una reconstrucción del entablamento de los Propileos y en la última se exponen las decoraciones escultóricas del templo de Asclepio, de Artemis y del Tolo. También puede observarse el pavimento de este último.

 

14. De Nauplio y Tirinte a Trípoli y Megalópolis

            Desde Nauplio y Tirinte se llega en primer lugar a Argos. En esta última ciudad es posible tomar dos rutas distintas para alcanzar Trípoli. Por la ruta norte remontamos el río Inaco y a 13 km llegamos a la nueva autopista. Tomando la autopista se gira ahora a la derecha en el valle del Inaco dejando al norte los montes Megalovouni (1272 m, en el noreste) y Farmacás (1615 m al noroeste). En la cabecera del Inaco entramos en Arcadia. La moderna carretera baja en dirección sudoeste casi en línea recta unos 20 km hasta Tripoli.

            Desde Argos es posible también coger la ruta sur tomando la antigua carretera que cruza en la parte occidental de la llanura y del Golfo de la Argólide dejando a la derecha el antiguo monte Chaon. A 5 km atravesamos el río Erasino y alcanzamos la costa en Miloi a unos 11 km. En Miloi estaba la antigua Lerna, el lugar en que Heracles mató a la Hidria, y donde se ha excavado la famosa Casa de las Tejas, un edificio rectangular del Heládico Antiguo de 25 m de largo y 12 de ancho. A 2 km al sur de Miloi, en el valle del río Potamia, la carretera se vuelve hacia el oeste alejándose del mar e internándose en las montañas que dividen la Argólide, Laconia y Arcadia. A partir de aquí la ruta se vuelve tortuosa entre el Merovitsa, la proyección meridional del monte Ktenias, y el alto valle del Potamia. En Achladókambos a 520 m de altitud se encontraba la antigua Hisias donde, en 669/8, el tirano Fidón de Argos derrotó a los espartanos (los lacedemonios destruyeron esta ciudad en el 417). A 8 km se entramos en Arcadia e inmediatamente la carretera vira al sur en dirección a Mulchi entre los montes Ktenias y Partenio. A 10 km al oeste llegamos a Tripoli.

            Tripoli con sus más de veinte mil habitantes es la ciudad más grande de Arcadia. Fundada en el siglo XIV, se asienta en la ladera meridional del monte Apano Krepa (1559 m), en realidad la parte sudoriental del Menalo, y domina una alta llanura (650 m de latitud, 30 km norte-sur, 16 km este-oeste) formada por la planicie de Tegea al sur y la de Mantinea al norte. La carretera que lleva a Megalópolis sale de Tripoli en dirección sudoeste. A unos 4 km cruza Makri al pie del monte Kravari (el antiguo Boreo de 1143 m de altitud) y un poco más allá penetra en el elevado paso de Kaloyerikos (810 m) y se alcanza la pequeña llanura de la antigua Asea que cuenta con restos neolíticos y del Heládico Medio y fue reocupada en época helenística. En Asea la carretera sigue un buen trecho el valle del río Alfeo y luego gira hacia el oeste para llegar a la actual Megalopoli a 34 km de Tripoli con cerca de cinco mil habitantes. A 1 km al norte se encuentran las ruinas de la ciudad antigua.      

 

15. Megalópolis

            Megalópolis, la “Gran Ciudad” se asienta en un pequeña llanura circundada de montañas. Fue construida bajo el impulso del tebano Epaminondas en el invierno del 370/69 con el objetivo de unir a todos los arcadios en un Estado federal de la que la Megalópolis fuera capital y de impedir, tras la batalla de Leuctra que supuso el final de la hegemonía lacedemonia, la recuperación de Esparta y, como posición fortificada, el acceso de los espartanos a Arcadia y a buena parte del Peloponeso. Durante los siglos IV y III Megalópolis se mantuvo firme contra Esparta pero en el 223 fue ocupada y arrasada por los espartanos. La ciudad fue reconstruida nuevamente pero nunca logró alcanzar el grado de prosperidad anterior al 223.

            Megalópolis era la capital de la Confederación arcadia que tenía como instituciones más importares, la asamblea federal, llamada Asamblea de los Diez mil, un consejo federal de cincuenta miembros y un estratego. La federación contaba también con un cuerpo militar permanente y de elite llamados los 500 eparitas. La ciudad se disponía en las orillas del río Elisón, unos de los siete afluentes del Alfeo, que atraviesa el tejido urbano. El perímetro de la muralla poseía unos tres kilómetros y se conservan también vestigios, hoy en día difíciles de apreciar, del ágora con el santuario de Zeus Salvador (Soter) en el ángulo sudoriental, trazas de una estoa, de varias tiendas, de un buleuterio y unas termas romanas. Además de su importancia como capital de los arcadios entre sus restos destacan el teatro y un edificio especial llamado Tersilio. El teatro poseía una capacidad de veinte mil espectadores y, a decir de Pausanias, era el mayor de Grecia. Se encontraba en el lado norte del Elisón, a unos 100 m del lecho del río, sobre la ladera de una colina y su cavea se dividía en 59 filas de asientos, 10 escaleras, y 2 diazomata. El pórtico del Tersilio le servía de escena y contaba además con una amplia habitación particular en un lado del parodos, la escenoteca, que servía para guardar la tramoya escénica. El Tersilio era la Sala del Consejo federal. Su plano cuadrangular (52,5 por 66.5 m) albergaba cinco filas de columnas dispuestas en radios a partir de una tribuna central. El propio suelo de madera se inclinaba hacia la tribuna de manera que su disposición permitía la mejor visión posible del orador. Previsiblemente una linterna en el techo iluminaba la sala. En su plano original dos hileras de columnas vinculaban el Tersilio con el teatro. En época romana este espacio se cerró con un pórtico próstilo con catorce columnas dórica entre las antas. Sobre el muro del fondo se abrían una serie de puertas que comunicaban el Tersilio con el teatro.  

 

16. De Megalópolis a Kalamata y Pilos

            Desde Megalópolis la carretera cruza al sur el río Alfeo a unos 6 km. En Paradisia la ruta se adentra en el Paso de Makriyanni de 600 m de altitud, que separaba Arcadia de Mesenia, y desemboca en el oeste de Mesenia en la fértil llanura de Esteniclaro, entre los montes Taigeto (al este) y Egaleo (al oeste) regada por el río Pamisos. Desde Kalibia la vía baja casi en línea recta en dirección al mar hacia Kalamata que se encuentra a 30 km de distancia. A 21 km se arriba a Turia. La ciudad antigua se halla a 1 km al este de la ruta en el inevitable Palaiokastro. Fue destruida por Esparta en el 464 y reconstruida por Epaminondas en el invierno del 370/69.  Pasada Turia, 3 km al sur y antes de llegar a Kalamata, es necesario tomar a la derecha la carretera hacia la moderna Meseni que se localiza en línea recta a 5 km al oeste en la llanura costera de Markaria. En las afueras de la ciudad se cruza el río Pamisos. Desde Meseni la ruta sigue la parte noroccidental del Golfo de Mesenia. Pasada Belika, a unos 5 km, la carretera se aparta del mar hacia al oeste en dirección a Pilo y dejando el monte Likodimo (960 m) travesamos un paisaje de torrenteras, colinas y robledales. A final de la ruta puede verse la magnífica bahía de Navarino de 5,5 km de largo y 3 km de ancho. La costa se alcanza justo en el cruce de la carretera que lleva al norte a Kiparissiá y desde aquí, costeando la parte meridional de la bahía de Navarino, se llega a Pilo, a unos 40 km de Meseni.

            La moderna Pilo cuenta con unos dos mil a tres mil habitantes. La ciudad tiene una forma de herradura y se extiende en pendiente entre el promontorio del castillo y el mar. Pilo no posee vestigios antiguos. En un principio los turcos construyeron aquí un castillo, Neokastro (484 m), compuesto por una acrópolis hexagonal y una ciudadela baja que, al pie del final del monte Ayios Nikolaos, guardaba el sur de la bahía de Navarino. La ciudad en sí data básicamente de 1829 y fue planificada por los franceses que la dotaron de calles porticadas.

            Desde la moderna Pilo la carretera a Kiparissiá contornea la bahía de Navarino. En Gialova la ruta se aparta un poco del litoral y en Korifasi gira hacia el interior en el valle del Platanio. A unos 15 km de la moderna Pilo se llega a Epano Anglianós donde se encontraba el palacio micénico y la antigua Pilos.

 

17. Pilos

             El Palacio micénico de Pilo, el famoso Palacio de Néstor que figura en los Poemas Homéricos se elevaba sobre la meseta de una pequeña colina bastante baja y de perfiles abruptos. Fue localizado en 1939 y excavado (con la interrupción provocada por la Segunda Guerra Mundial) por Carl Blegen y la misión de la Universidad de Cincinnati. Idéntico en muchas partes a Tirinte y Mecenas, desgraciadamente la erosión ha hecho que hayamos perdido parte del palacio pero lo conservado se encuentra en buen estado y la excavación modélica hace posible que tengamos una imagen más completa que los otros conjuntos palaciales micénicos. En lo que hoy subsiste el palacio se distribuía en tres partes principales: la zona central, en torno al Mégaron, y los complejos sudoccidental y nororiental. La meseta estuvo poblada desde el Heládico Medio aunque el palacio actual se data en el siglo XIII y carecía de murallas. En general sus muros perduran hasta una altura de 1 m aproximadamente lo que permite hacerse una idea bastante aproximada del conjunto. Las caras exteriores se alzaban sobres sillares de caliza mientras que en interior se usó cascajo con mortero de arcilla y adobe con vigas de madera insertas. Esta cara exterior tenía un acabado de estuco y eventualmente frescos. Hemos perdido parte del acceso al palacio y sólo quedan restos de un posible patio estucado. En la entrada del palacio se localizan a la derecha la torre que protegía la entrada, donde estaba el cuerpo de guardia, y a la izquierda dos pequeñas habitaciones que acogían uno de los archivos palaciales y donde  se encontraron un centenar de tablillas. El Propileo era sencillo con una sola columna in antis a ambos lados, externo e interno, dividido por un muro intermedio en el que se abría una única puerta. El Propileo daba acceso al patio central del palacio que distribuía las diferentes piezas. En el ala izquierda, una estancia servía de almacén y en ella aparecieron gran número de copas. La anterior, con un banco corrido de estuco en las paredes ha sido interpretada como antecámara de recepción o sala de espera. El Mégaron ocupa la parte central del conjunto y consta del pórtico con dos columnas in antis, un rico vestíbulo que estuvo decorado con frescos y el salón del trono (13 por 11 metros) también profusamente decorado con frescos con el trono en el lado derecho, el hogar central de 4 m de diámetro y las basas de las cuatro columnas que sustentaban el techo con el consabido  hueco por el que escapaba el humo. Desde el vestíbulo del Mégaron dos puertas daban acceso a las escaleras que conducían al piso superior construido con muros de adobe y del que nada queda y a los corredores que llevaban respectivamente a las alas izquierda y derecha del edificio. Las cinco estancias del ala izquierda se consideran el depósito central del palacio. Aquí se hallaron millares de vasos de más de veinte tipos diferentes. En el ala derecha, pasada la caja de escaleras, cuatro estancias albergaban pequeñas tinajas de aceite. Sin embargo los almacenes oleícolas principales se encontraban en las tres habitaciones posteriores del Mégaron con tinajas rehundidas en el suelo o en bancos de estuco donde aparecieron varias tablillas detallando el contenido en aceite de estas piezas. La parte norte del ala derecha ha sido interpretada como las habitaciones de la reina. Desde luego se trata de aposentos privados a juzgar por el baño con la una bañera de terracota encontrada in situ.

            A la izquierda del edificio central se sitúa el complejo nororiental donde una serie de patios comunicaban con el almacén de vino y el edificio alargado donde se localizaban los talleres palaciales especialmente el taller de reparación de carros y armería. En este edificio se disponía un patio posiblemente con un altar (se ha pensado incluso en la existencia de un santuario en esta zona).

            A la derecha del conjunto central se extendía el complejo sudoccidental con almacenes, en habitaciones abiertas en lugar de corredores, y viviendas. Un amplio patio servía de acceso a un Mégaron quizá tardío y a varias habitaciones con un baño. Otro patio se localizaba más al sur junto a un almacén de vino. Por último, fuera del palacio se han encontrado cuatro tolos, uno en el noreste (ahora restaurado) y otros tres hacia el sur.

 

18. De Pilos a Olimpia

            Desde el Palacio micénico de Pilos se asciende a través de una zona de colinas formadas por las proyecciones del monte Egaleo (1200) que divide Mesenia por la mitad,  pasando por varios pueblos y ciudades modernas reconstruidas tras el terremoto de 1886 como Chora y Pirgos a 4 y 10 km respectivamente de la Pilos micénica. En Gargalianoi la carretera se dirige hacia el noroeste bajando a la costa hasta alcanzar Filiatrá, de cinco mil habitantes, a unos 30 km. A poca distancia, unos 15 km se halla Kiparissiá, que cuenta con cuatro mil habitantes y anchas avenidas entre el mar y su acrópolis en el monte Psycho (1116 m, el final noreste del Egaleo). Desde aquí trazamos la amplia curva del Golfo de Kiparissiá, de arenosas playas. A 16 km cruzamos el río Neda que en la Antigüedad (y hoy en día) separaba Mesenia de Élide. Entramos en lo que era la Trifilia de Élide (el sur de la región) y atravesamos Zacharo. Poco después la ruta baja hacia el mar para sortear el lago de Kaifa e inmediatamente vuelve hacia el interior para evitar las dunas y pinares de la costa. Antes de llegar a Pirgos pasamos el río Alfeo, el más importante de la Élide y a la salida de Pirgos (la ciudad dista unos 25 km de Kiparissiá) tomamos a la izquierda la carreta que lleva a Olimpia remontando el valle del Alfeo entre colinas, frutales y los pequeños torrentes, la mayor parte de ellos estacionales, que vierten en el Alfeo. A unos 20 km se llega a la nueva Olimpia, a poca distancia del santuario, un pueblo de unos mil habitantes con horrorosas tiendas de recuerdos para turistas.

 

19. Olimpia

            El más importante santuario de Zeus en toda la Hélade se encontraba en Olimpia en una región de Elide llamada Pisátide, sobre el ancho y hermoso valle del Alfeo justo donde confluían el río Cladeo y el propio Alfeo, a los pies de una boscosa colina de forma cónica de 123 m de altitud que se llamaba Crono. Los primeros vestigios de poblamiento se remontan aquí a comienzos del Edad del Bronce en el Heládico Antiguo (2600-2000) y el Heládico Medio (2000-1600). En época micénica (Heládico Reciente) se data el llamado Mégaron de Enomao cuyos restos se veneraban en el I Milenio. No hay ninguna traza de que hubiera un centro cultual de la Edad del Bronce y los restos conservados parecen relacionarse más bien con un lugar de habitación del que han aparecido también algunas tumbas. Tras el final de la época micénica Olimpia sigue poblada y hacia 1100 aparecen los indicios de un lugar de culto en forma de figurillas de terracota y algunos bronces femeninos, masculinos y carros con caballos y auriga que pueden ser interpretados previsiblemente como referencias a la mítica carrera del héroe Pélope. Entre 1050 y la primera parte del siglo VIII el santuario tiene únicamente una importancia local limitada a la propia Élide. De creer a la tradición el culto fue reorganizado en el 776, fecha de los Primeros Juegos Olímpicos. Entre este año y el 600 el santuario adquirió primero una importancia regional y finalmente un carácter panhelénico. A mediados del siglo VII, con la construcción del Hereo, comienza el período de esplendor de Olimpia. Durante el siglo VI se construyeron los principales tesoros, en el siglo V el gran templo de Zeus y en el siglo IV el Filipeo, un tolo, y el Leonideo, la gran hostería. El santuario comienza a declinar a partir del siglo III. Con todo aún se edifica la Palestra. En época romana, Olimpia es saqueada por Sila. Nerón realizó algunas obras como su mansión y un segundo muro del períbolos y hacia el 160 Herodes Ático erige el Ninfeo. La decadencia de Olimpia sufre un dramático agravamiento con la destrucción del santuario por parte de los hérulos hacia el 270. Durante poco más de un siglo el santuario, semiarruinado y reducido, siguió existiendo hasta la 291ª Olimpiada del 393, la última, tras la cual Teodosio I ordenó su supresión. En el 426 un decreto de Teodosio II promovió la destrucción de los templos y los ídolos paganos y, en consecuencia, los edificios de Olimpia fueron desmontados. Una basílica funciona aún en los siglos V y VI pero el santuario sufrió dos violentos terremotos en los años 522 y 551. Abandonado, el santuario se vio cubierto por la aguas de los ríos Cladeo y Alfeo y los sedimentos del monte Crono que sepultaron sus ruinas a ocho metros de profundidad. Sólo a partir de 1875 las excavaciones alemanas comenzarían a devolvernos un pálido reflejo de la antigua importancia y esplendor de Olimpia.  

            Conocemos cierto detenimiento, siempre insuficiente, la organización de los Juegos. Se elegía entre la aristocracia de Élide a los miembros de la Bulé Olímpica que se encargaba del control de los magistrados olímpicos y de los ingresos y que tenía su sede en el Pritaneo de Olimpia. Se elegían asimismo a los magistrados entre los que se encontraban en primer lugar a los Helenodicas (jueces de los griegos) al principio dos y más tarde diez que se ocupaban en general de la organización y vigilancia de los Juegos; además los tres Teocolos, los altos sacerdotes que vivían en el Teocoleo y cenaban en el Pritaneo y los tres espodónforos encargados de viajar por toda la Hélade proclamando la fecha del festival y la tregua sagrada (llamada ekecheiria). Existían también tres adivinos, más tarde cuatro, encargados de interpretar los oráculos, los exegetas, que servían de maestros de ceremonias y guías del santuario, y otros cargos menores. Diez meses antes de los Juegos, los distintos estados participantes inscribían a los atletas que habrían de competir. Un mes antes los atletas residían ya en Olimpia. Los Juegos se celebraban cada cuatro años en la segunda (menos probable la primera) luna llena tras el solsticio de verano (finales de agosto o principios de septiembre) y duraban cinco días. Sólo podían competir los griegos (los romanos fueron admitidos más tarde), los bárbaros podían acudir como espectadores lo que estaba también vedado a las mujeres y los esclavos. El día anterior al inicio de los Juegos tenía lugar el desfile de los atletas y el juramento olímpico. El primer día se dedicaba a la trompeta para el heraldo y a las competiciones para jóvenes, el segundo a los concursos hípicos, el tercero a las carreras y el pentatlón, el cuarto al pugilato, el pancracio y la lucha y en el quinto tenía lugar el reparto de coronas a los vencedores. Después de cada prueba el heraldo proclamaba el nombre del vencedor que recibía la palma de la victoria y el último día se concedía a los olimpiónicos una corona de olivo.

            De manera genérica puede decirse que el santuario olímpico constaba de dos partes, el recinto sagrado en sentido estricto, denominado Altis (de alsos, bosque sagrado) y los edificios que, fuera del terreno sacro, rodean el Altis. Como en la Antigüedad, se entraba al santuario por el noroeste. En la entrada, a la derecha, quedaba el gimnasio posiblemente del siglo III en un espacio abierto dotado también de un estadio cubierto (xystos). En el siglo I a.C. se construyó un Propileo de columnas corintias que daba acceso al gimnasio. Justo al sur se encontraba la  Palestra quizá del siglo III que describía un amplio cuadrado de 66,75 por 66,35 metros compuesto por un patio con peristilo de catorce columnas dóricas por cada lado rodeado de habitaciones. Se accedía a la Palestra por los ángulos noroeste o sudoeste y en el norte una habitación alargada comunicaba con el estadio a través de un pórtico. Desde los Propíleos del gimnasio podemos entrar a la izquierda en el Altis, el recinto sagrado del santuario, atravesando los Propileos del doble períbolo, el doble muro, uno del siglo IV y otro de época de Nerón que rodeaba el Altis. En el norte se encuentra en primer lugar el Pritaneo, un edificio cuadrangular de 33 m cuyos cimientos datan de finales del siglo VI y que fue remodelado en época romana. El edificio era la residencia oficial de los magistrados olímpicos, en él recibían el homenaje los atletas vencedores y ardía la llama sagrada. Tras pasar un altar queda a la izquierda el Hereo, el famoso templo de Hera que data de mediados del siglo VII por lo que es el más antiguo (y curiosamente también el mejor preservado) del santuario. El Hereo se edificó posiblemente sobre un templo anterior, destruido por un incendio, de finales del siglo VIII o principios del VII. El templo (de 40 por 11 m aproximadamente) era dórico, períptero, hexástilo y anfipróstilo; fue construido con columnas de madera que fueron siendo gradualmente sustituidos por la piedra. La cella era muy alargada y albergaba las estatuas de Hera sentada y Zeus de pie (todavía se conserva la cabeza de Hera). En origen el templo estaba consagrado a ambas divinidades pero quedó como templo de Hera cuando se edificó el templo de Zeus. Más tarde se dividió la cella con una doble hilera de ocho columnas. Justo al oeste del Hereo se encontraba el Filipeo, el Tolo, de 15 m de diámetro, iniciado por Filipo y terminado por Alejandro Magno. El Tolo contaba con dieciocho columnas jónicas en el exterior y doce corintias y albergada cinco estatuas crisoelefantinas obra de Leocares que representaban a Filipo y a su familia. Al noreste del Hereo estaba el Ninfeo, edificado por Herodes Ático entre 157 y 160 d.C. y dedicado a su esposa Regila que fue sacerdotisa de Deméter en Olimpia. Se trataba de una fuente con un estanque semicircular flanqueado por veinte estatuas de la familia de Herodes Ático y sus patronos imperiales con dos pequeños templetes redondos en sus esquinas y un toro en el centro. Al sur, tras pasar varios altares quedan los vestigios de dos edificios absidales de la Edad del Bronce. Después se alcanzaba el Pelopeo, el santuario o herón de Pélope, posiblemente el culto más antiguo de Olimpia. Al principio era un túmulo poco elevado rodeado de un muro circular. En el siglo VI se construyó un muro pentagonal y durante el siglo V se levantó un Propileo en su lado sudoeste. Volviendo a la ladera del monte Crono, protegido por el muro de contención septentrional se situaban los tesoros y pequeños santuarios construidos a lo largo del siglo VI y principios del V y cuya adscripción es dudosa. Primero el altar de Heracles y detrás el santuario de Ilitía (A), los tesoros de Sición (B), el mejor conservado, fechado en torno al 480,  Siracusa (C), Samos (D), Epidamno (E), Bizancio (F), Síbaris (G), elevado antes de que la ciudad fuera destruida por Crotona en el 510 y Cirene (H). Al lado estaba el altar de Gea (I), quizá la primera divinidad adorada en Olimpia. Venían luego los tesoros de Selinunte (J), Metaponto (K), de principios del VI, Mégara (L) -c.570- y Gela (M), el más antiguo y grande que se data hacia el 600. Frente a ellos se alzaban desde el siglo IV los llamados Zanes, las estatuas de Zeus pagadas con las multas que se imponían a los atletas que incumplían las normas. En esta zona del Altis se localizaba también el Metrón, un pequeño templo (20,5 por 10,5 m) de principios del siglo IV dedicado a la Madre de los Dioses, dórico, períptero y hexástilo con once columnas en los lados largos. Posteriormente fue consagrado al culto de Augusto y de los emperadores romanos. Hacia el sudoeste estaba el pequeño túmulo de Hipodamia. El lado este del Altis se encontraba cerrado por la famosa Estoa del Eco del siglo IV con 44 columnas dóricas y con diversas estatuas y exvotos delante de él. Al sur del pórtico se situaba el llamado Edifico Sudeste del siglo IV (c.370) provisto de doce columnas dóricas en su frente y ocho en los laterales. El Edificio de unos 15 por 36 m quizá fuera el santuario de Hestia. Nerón construyó sobre él una villa que se habilitó más tarde como termas. Un estadio de época arcaica existía en la parte oriental del Altis. Hacia mediados del siglo IV fue desplazado fuera del Altis al lugar en que puede verse hoy en día. El estadio tenía cabida para unos cuarenta mil espectadores (sobre gradas de madera salvo la tribuna principal). Medía unos 212 m y desde la línea de salida a la llegada 197,27 m exactamente la longitud de un estadio olímpico. Poseía además una cripta servía para el acceso de los helanódicas y los atletas. Desde el Pórtico del Eco hacia el oeste se alzaba el gran Templo de Zeus levantado entre el 472 y el 465 (64 por 28 m). Fue realizado por el arquitecto Libón de Elis y era dórico, períptero, hexástilo con trece columnas en los lados largos. Las metopas del pronaos y el opistodomo narraban los Trabajos de Heracles, el resto, en los lados largos permaneció sin decoración. El frontón occidental representaba a Zeus, Pélope y Enomao y el occidental una Centauromaquia con Apolo en el centro. La cella medía 28,7 por 13,3 m dividida por una doble columnata. En su interior brillaba la impresionante estatua crisoelefantina sedente de Zeus, una de las maravillas de la Antigüedad, de 12,4 m de alto, realizada por Fidias hacia el 430. En el ángulo sudoccidental de templo se encontraba el kotinos, el famoso olivo sagrado del que se cortaban las coronas de los vencedores. Al sur del templo de Zeus, fuera del Altis, se encontraba el Buleuterio olímpico, sede de los helenódicos y de la Bulé. El edificio se componía de dos alas absidales iguales (cada una de 14 por 30,5 m), la septentrional del siglo VI y la meridional del V. Entre ellas se encontraba el altar cuadrangular de Zeus Ortio donde tenía lugar el juramento de los atletas. En el siglo IV o quizá en el III se construyó delante un pórtico de veintisiete columnas jónicas. Al lado del Buleuterio se elevaba el Pórtico Sur (78 m de largo) del siglo IV o del III con una columnata externa dórica y una jónica interna. Tras pasar unas termas se llega al Leonideo, la hostería olímpica, residencia de visitantes distinguidos en el período romano. Fue construido por Leónidas de Naxos a mediados del siglo IV. Se trataba de un gran edificio aproximadamente cuadrangular (80 por 74 m) rodeado por 138 columnas jónicas. Las habitaciones se abrían hacia un peristilo interno de 12 columnas en el que se construyó un jardín y un estanque en época romana. Al norte del Leonideo se encontraba la Basílica que medía exactamente lo mismo que la cella del templo de Zeus. Con certeza fue el taller de Fidias. Justo al noreste estaba el Teocoleo, la residencia de los sacerdotes olímpicos y del personal del santuario. El edificio fue construido a mediados del siglo IV y originalmente formaba un cuadrado de unos 19 m2 con ocho habitaciones en torno a un patio central. En época romana se añadieron tres habitaciones en el lado este. Al oeste se hallaba el Herón (el héroe al que estaba dedicado es desconocido) con una habitación circular de 8 m de diámetro inscrito en un cuadrado y un altar en el centro. Es posible que al principio fuera un baño. Justo al oeste se encontraban los baños del siglo V, reformados hacia el 300 y luego en época romana en torno al 100 d.C. cuando se añade un hipocausto. Al lado se situaba la piscina oeste del siglo V y al sur la hostería romana.

            El Museo de Olimpia consta de siete salas, además del vestíbulo. Abierto en 1972 es uno de los más notables de Grecia. Además de las colecciones que van del Neolítico a principios del arcaísmo (cerámicas, bronces y terracotas), podemos destacar la cabeza arcaica de Hera procedente del Hereo (Sala II); el grupo de terracota de Zeus raptando a Ganimedes (c.470) y el casco de Milcíades de la batalla de Maratón (Sala III). Asimismo el Grupo de Hermes y Dioniso, obra de Praxíteles entre 363 y 343, si no es copia romana, estamos ante la única escultura del siglo IV que ha llegado a nuestro tiempo, y sobre todo las esculturas del templo de Zeus en la Sala central. En el frontón oriental se representaba la carrera de Enomao y Pélope con Zeus en el centro y una Centauromaquia en el frontón occidental con un magnífico Apolo dominando la composición. Las metopas narraban los Trabajos de Heracles.

 

20. De Olimpia a Delfos

            De Olimpia a Pirgos y desde aquí la carretera a Patras y Río (es preciso recorrer un centenar de kilómetros) describe una amplísima parábola siguiendo la costa noroccidental del Peloponeso salvo en el caso del cabo Cilene en el que el trayecto se realiza por el interior. Viniendo de Olimpia la carretera se une a la ruta costera al norte de Pirgos y va en línea recta en dirección noroeste a través de la llanura litoral de la Élide. Pasada Savalía, a unos 30 km, la carretera comienza a ascender hacia el norte dejando al oeste el amplio cabo de Cilene. En Lechená, a unos 20 km, se vira al norte para encaminarse al Golfo de Patras en la entrada del Golfo de Corinto. La vía atraviesa ahora una zona llana flanqueada por numerosos lagos y marismas, carente de buenos puertos, donde los mosquitos imperan sin discusión. En Manolada, a unos 20 km de Lachean, entramos en la Acaya la región que corre a través de la parte norte del Peloponeso hasta las cercanías del Istmo. La vía deja a la izquierda el promontorio del cabo Araxo, salpicado igualmente de marismas y se acerca a la costa del Golfo de Patras en las proximidades de Kato Achaia, de cinco mil habitantes, el sitio de la antigua Dime que se encuentra a unos 25 km de Patrás. A partir de aquí la ruta sigue la costa entre playas, fábricas, plantaciones de cítricos y viñedos hasta llegar a Patras, que es, con más de un cuarto millón de habitantes, la tercera ciudad de Grecia tras Atenas y Tesalónica. Patras se extiende entre su castillo y el mar. La ciudad se formó en época arcaica por el sinecismo de varias pequeñas comunidades cercanas y quedó incluida en la Confederación aquea de la que nunca fue ciudad principal. Patras comenzó a destacar en época romana. Quedan, sin embargo,  pocos vestigios de la ciudad grecorromana salvo el Odeón de la plaza de San Jorge del que pueden verse todavía 16 gradas con cuatro sectores divididos por tres escaleras y un diazoma (deambulatorio intermedio). Saliendo de Patras, Río se encuentra a unos 6 km dominado por su castillo (el actual Kastelli) construido por el sultán Bayaceto II en 1499. En Río se coge el ferry que atraviesa los llamados “pequeños Dardanelos” y en veinte minutos se alcanza la costa septentrional del Peloponeso en Andirrío (“Río de enfrente”). 

            Andirrío posee igualmente un castillo medieval (Rumeli). Desde aquí la carretera sigue la costa norte del Golfo de Corinto hasta Naupacto, a unos 10 km, nuestro Lepanto, que cuenta con diez mil habitantes y un buen castillo veneciano. Tras  Naupacto cruzamos la llanura aluvial del río Mornos y penetramos en el actual nomo de la Fócide, en una región que hasta el este de Anfisa pertenecía a la Lócride Ozola en la Antigüedad. Unos kilómetros más adelante la carretera se pega a la costa evitando un país interior muy accidentado. Desde Monastiraki a unos 12 km de Naupacto atravesamos varios pueblos cada uno de los cuales se abre a una pequeña playa, en Glifada (a unos 10 km) queda enfrente la isla de Trozonia, pasamos el cabo de Psaromita (a 15 km) y contorneamos la costa hasta Galaxidi (a 25 km), en la parte occidental de la bahía de Itea, un bello pueblo que se asienta quizá sobre la antigua Caleo. Después, tras pasar las minas de bauxita, llegamos a Itea, de cinco mil habitantes. A 2 km al este estaba la antigua Cirra, el puerto de Crisa, donde arribaban los peregrinos que por mar se dirigían a Delfos. Desde Itea la carretera asciende al norte para buscar el valle del Pleistos. A 5 km gira a la derecha y a través de 13 km tortuosos con magníficas vistas al Parnaso, pasa Chriso, la antigua Crisa, en la cabecera del valle del Pleistós y luego llega a la nueva Delfos, el pueblo moderno construido en 1892 para albergar a quienes vivían en Kastri que estaba entonces sobre el santuario de Delfos. El santuario de Apolo Pítico se encuentra a poco más de 1 km al este del pueblo actual.  

 

21. Delfos

            Cuenta la leyenda que Zeus, queriendo saber dónde se encontraba el centro del mundo, envió dos águilas en dirección opuesta que se unieron en Delfos. Bienvenidos, pues, al centro del universo, al centro del mundo griego, donde cada uno acudía a saber de su destino, a conocer de sí mismo. Desde el punto de visto geográfico Delfos formaba parte de la Fócide. El santuario se elevaba a unos 570 m de altitud entre dos afiladas peñas del monte Parnaso, la famosas Fedriades, las antiguas Yambia y Nauplia (actualmente Flebucos y Rodini), sobre el valle del río Pleistos con magnificas vistas al sur, hacia la llanura de Crisa, el Golfo de Itea y el mar. Delfos era en primer lugar un santuario anfictiónico, esto es, administrado por delegados de varios pueblos de Grecia central y del Norte. Junto al santuario, entre el recinto de Atenea y Pronea y las laderas del Parnaso se encontraba también la ciudad, la polis, de Delfos.

             La primera ocupación de Delfos parece datar de principios del Heládico Reciente III, hacia 1400. Nada indica que fuera entonces espacio cultual y las figurillas femeninas y de bóvidos exhumadas pueden provenir de un hábitat y su correspondiente necrópolis que se encontraba en torno a la zona ocupada ahora por el Museo. El poblado fue destruido a finales del Heládico Reciente. Sin embargo persistió (o se reocupó) en el Protogeométrico un minúsculo asentamiento del que se han hallado un pequeño número de fragmentos cerámicos. La población se recuperó lentamente y hacia el 800 parece existir un notable lugar de habitación que poseía también un santuario a juzgar por la dedicatoria de trípodes de bronce y de pequeñas figurillas de guerreros, caballos y aves.  Al principio el santuario estaba consagrado a Gea (la diosa Tierra) protomantis que, asistida por Posidón y Temis, poseía un oráculo defendido, según la leyenda por Pitón, un dragón hijo de Gea. Entre finales del siglo IX y la primera mitad del VIII, Gea fue suplantada por Apolo, que según la leyenda mató a Pitón asaeteándolo. Sin embrago, el culto de Gea no fue completamente abolido y quedó un pequeño santuario dedicado a ella. El oráculo comenzó a adquirir importancia desde la segunda mitad del siglo VIII y sobre todo a largo del siglo VII, en el que datan los primeros monumentos importantes en el recinto de la Pronea con el altar y el templo de Atenea en Marmaria. Posiblemente el santuario délfico se encontraba entonces bajo el control de Crisa, una ciudad focidia, y la mayor parte de los peregrinos debían llegar por mar desembarcando en Cirra, el puerto de Crisa. La Primera Guerra Sagrada (c.590-580) supuso la destrucción de Crisa y el control del santuario por parte de los anfictiones (diversos pueblos de Grecia central y del norte aunque con mayoría tesalia). A partir de principios del siglo VI el santuario vivió un período de gran esplendor y actividad en el que se construyeron diversos tesoros y se reconstruyó el templo de Apolo que se había incendiado en el 548/7. La restauración debió concluir entre 514 y 505. Entre el 448 y el 447, como resultado del enfrentamiento entre espartanos y atenienses, el santuario pasó a ser controlado por los focidios posiblemente hasta el 421. En el 356 los focidios ocuparon nuevamente el santuario y durante diez años utilizaron los tesoros delfios para pagar un ejército mercenario. Fueron desalojados finalmente por Filipo de Macedonia y entre finales del siglo IV y principios del III Delfos se convierte en un instrumento de la política macedonia. A pesar de todas las dificultades, durante el siglo IV se reconstruyó el templo de Apolo (destruido por un terremoto en el 373/2, las obras de reconstrucción concluyeron hacia el 330), el Tolo y el templo calcáreo de Marmaria. Durante el siglo III el santuario cae bajo el control etolio y en el 191 queda bajo control romano. Después del 168, tras la derrota definitiva de Macedonia, Delfos deja de desempeñar cualquier papel político relevante. A lo largo del período helenístico se edificaron el gimnasio, el estadio, la terraza del grupo de monumentos de Atalo I y el teatro. A lo largo de la época romana Delfos vio paulatinamente reducida su importancia. Sila en el 86 se llevó todas las ofrendas preciosas y, poco después, en el 83, fue saqueado por los tracios. En el 67 d.C. Nerón robó quinientas estatuas (los dioses le hayan sepultado en los infiernos y sufra eterna tortura), Domiciano y Adriano y luego Herodes Ático realizaron reparaciones. A partir del 380 Delfos fue sede episcopal y la implantación del cristianismo parece haberse realizado de manera violenta arruinando los edificios paganos. Más tarde Delfos fue saqueado por los eslavos entre finales del siglo VI y principios del VII y sus ruinas fueron gradualmente cubiertas. En el siglo XV existía un pueblo asentado sobre el santuario, llamado Kastri que hubo de ser desalojado (construyéndose un nuevo pueblo) cuando comenzaron las excavaciones en 1892.   

            Delfos era el santuario oracular más importante del mundo griego. Al principio los oráculos se concedían una sola vez al año entre febrero y marzo, en el día del nacimiento de Apolo pero posteriormente tuvieron lugar una vez al mes. Los consultantes (teopropos) se limpiaban ritualmente con las aguas de la fuente Castalia y luego sacrificaban un animal sin defecto alguno. A algunos estados y personajes se les había concedido la promanteia, el derecho de consultar en primer lugar a la Pitia, una mujer nativa de Delfos que vivía en el santuario. Al principio había sólo una pero luego, con el apogeo del santuario, llegaron a ser tres. Si el sacrificio del animal había sido favorable la Pitia descendía entonces al adyton subterráneo situado justo debajo del templo de Apolo (llamado antron) mientras los consultantes y los sacerdotes (profetas) esperaban en un pequeño recinto (oikos) desde el que el consultante hacía la pregunta. La Pitia bebía agua de la fuente Casiótide que manaba en el antron, masticaba hojas de laurel y aspiraba los vapores de una hendidura abierta en la roca. Entonces entraba en trance y daba la respuesta que los profetas se encargaban de poner por escrito e interpretar.

             A un 1,5 km sudeste del Santuario de Apolo se encontraba, justo a la entrada de la ciudad antigua, el Santuario de Atenea Pronea (defensora del templo). Dicho santuario ocupaba un espacio aproximadamente rectangular dividido en dos terrazas superpuestas. La entrada se realizaba por el lado este. En la terraza superior (u oriental) existían dos pequeños edificios, el primero de ellos consagrado al héroe Filaco que contribuyó a impedir que los persas alcanzaran el santuario de Apolo en el 480. A su lado otro edificio, más pequeño, fue dedicado a aquéllos que derrotaron a los gálatas en el 279. Justo debajo de ambos ya en la terraza inferior se encontraban de los altares de Atenea Higea e Ilitía. Al oeste de los altares se alza el antiguo templo de Atenea. Un primer templo fue construido a mediados del siglo VII (se trata, por tanto, uno ejemplos en piedra más tempranos de Grecia). Posteriormente fue reemplazado por otro templo que datamos a finales del siglo VI y principios del V (en torno al 500). Este segundo templo era dórico, períptero, hexástilo y disponía de doce columnas en los lados largos. Erigido en piedra porosa, como la mayoría de los templos arcaicos, era de proporciones alargadas. Carecía de opistodomos y utilizó las columnas y los capiteles del anterior templo arcaico. Pasado el templo al oeste pueden verse dos tesoros realizados en costosísimo mármol de Paros. El primero era dorio con dos columnas entre las antas y fue construido hacia 480-470, después de la Segunda Guerra médica. Paradojas del destino, después de tanto gasto, ignoramos sus dedicantes. Junto a él estaba el tesoro de los masaliotas que fue realizado aproximadamente hacia el 530. Enfrente de ambos tesoros se hallaba un gran pedestal, posiblemente ofrenda de los delfios a Zeus y Apolo,  y, pegado a él, la base de la estatua de Adriano que fue en el 125 sacerdote de Apolo. Tras los tesoros nos encontramos con el famoso Tolo de Marmaria (desconocemos la divinidad que acogía, sus dedicantes y propósito) uno de los edificios más importantes del arte griego. El Tolo se elevaba sobre un estilóbato de tres gradas y fue construido hacia el 380 mezclando los colores del mármol blanco del Pentélico y de la caliza obscura del Himeto. El acceso se localiza en la parte sur, estaba rodeado de veinte columnas dóricas en  el exterior y diez columnas adosadas en el muro de la cella. Más allá del Tolo se situaba el templo calcáreo de Atenea o tercer templo. Como el Segundo templo de Atenea Pronea fue dañado por la avalancha del 480 y sobre todo por el terremoto del 373 se decidió construir un nuevo templo dórico y hexástilo al oeste del Tolo entre 370 y 360. Este nuevo templo se superpone sobre un edificio que se encuentra más al oeste, provisto de dos habitaciones y un vestíbulo (prodomos), que ha sido interpretado como la residencia  de los sacerdotes del santuario.

            Al noroeste del recinto sagrado de Atenea Pronea se encuentra el gimnasio del siglo IV construido sobre dos terrazas y que sufrió posteriores reformas romanas, donde se entrenaban los atletas que disputaban los Juegos Píticos. Los restos nos permiten acercarnos a las partes típicas de un gimnasio griego. En al terraza superior se encontraba el estadio cubierto llamado xystos para los entrenamientos con mal tiempo y, separado de éste por una bella columnata, la pista al aire libre o paradromos. Ambas medían 188,83 m exactamente un estadio délfico. En la terraza inferior se encontraba la palestra, un cuadrado de 12 m2 cuyas habitaciones se orientaban hacia un peristilo interior jónico. De la palestra se podía pasar al baño donde una decena de fuentes en la pared norte hacían manar agua fresca y una amplia piscina circular de 9 m de diámetro y 1,8 m de profundidad. Más al oeste se añadieron unas termas en época romana.

            Desde el gimnasio podemos tomar la moderna carretera y acercarnos a la umbría Fuente Castalia, que brotaba entre las dos Fedriades, en lugar en que, según la leyenda, Apolo plantó el laurel silvestre que había traído del Tempe y donde los visitantes se purificaban antes de entrar en el santuario de Apolo. Tonificados y preparados en la Fuente Castalia, es hora ya de ascender al centro del universo, al santuario de Apolo en Delfos.

            El Santuario de Apolo Pítico, o temenos de Apolo, ocupaba un amplio espacio en la ladera del Rodini (una de las Fedriades). Lo abrupto del terreno obligó a que los edificios se dispusieran en varias terrazas. El temenos estaba rodeado por un muro perimetral (peribolos) construido entre los siglos VI (partes norte y oeste) y V (sur) y reconstruido al menos en el lado este en el siglo IV. En el se abrían nueve puertas (cuatro en el este y cinco en el oeste) la principal de las cuales (3,7 m de ancho) estaba situada en el ángulo sudeste de la que arrancaba la Vía sagrada de 3,7 a 5 m de ancho que fue pavimentada en época romana). Antes de franquear la puerta principal existía un mercado de columna jónicas del período romano donde se vendían objetos y recuerdos religiosos relacionados con el santuario. Cuando uno entraba por la gran puerta del santuario lo primero que encontraba a su derecha sobre un pedestal era Gran Toro de bronce de Corcira obra realizada por Teopropo de Egina hacia el 480. A la izquierda sobre una tribuna se situaba el famoso Monumento de los navarcos dedicado el espartano Lisandro en el 404/3 después de la victoria naval de los lacedemonios y sus aliados sobre los atenienses en Egos Pótamo (405) compuesto por treinta siete estatuas de bronce. Junto a él estaba el Caballo de Troya, un bronce ofrecido por los argivos tras una victoria sobre los espartanos en el 414. Justo delante de él se hallaba la Ofrenda de los atenienses por la victoria de Maratón. El monumento se componía de dieciséis estatuas realizadas por Fidias y fue dedicado en honor de Milcíades treinta años después de la batalla (c.460). Al lado se encontraban las estatuas de los Siete jefes griegos que, según la tradición, marcharon contra Tebas, consagradas por los argivos después de su victoria sobre los espartanos en Enoe (456).   

            Volviendo al Monumento de los navarcos, en el lado derecho (norte) se alzaba el Monumento de los arcadios, nueve estatuas de bronce, dedicadas en el 369 con el botín de la invasión en Laconia. Al lado, delante de un pórtico cuyo nombre y objeto desconocemos, estaba la estatua de Filopemen, el estratego de la Confederación aquea, dedicada en el 207. La Vía sagrada desembocaba entonces en las exedras semicirculares de los argivos. Al sur quedaba la de los Epígonos, los hijos de los Siete que fueron contra Tebas y que consiguieron finalmente tomar la ciudad, datada en el 456 y la exedra de los Reyes de Argos a la derecha erigida para conmemorar la fundación de Mesene (369) en la que cooperaron los argivos. Después de pasar las exedras se localizaba a la izquierda la Ofrenda de los Tarentinos, del primer cuarto del siglo V, para celebrar una victoria de Tarento sobre los mesapios del sur de Italia y que mostraba varias estatuas de bronce de caballos y mujeres cautivas.

            A partir de aquí comenzaban los tesoros. En primer lugar el Tesoro de Sición. El zócalo que puede ahora observarse pertenece a un edificio con dos columnas in antis de comienzos del siglo V (c.500). Este último tesoro substituyó a otros dos anteriores, un pequeño edificio rectangular (c.560) y un Tolo de trece columnas que fue elevado hacia el 580, quizá para albergar el carro con el que el tirano Clístenes de Sición, vencedor de los Primeros Juegos Píticos del 582. Al lado del tesoro de Sición se alzaba el famoso Tesoro de Sifnos, erigido hacia el 525 en mármol pario. Dicho tesoro era de orden jónico con dos cariátides entre las antas. Ahora llegamos a la “esquina beocia” (mi esquina beocia) del santuario con el Tesoro de Tebas, que conmemora la victoria de Leuctra sobre los espartanos (371), y el de la Confederación beocia levantado posiblemente en la última parte del siglo IV. En esta zona del santuario, donde la vía sagrada giraba en dirección noreste se encuentran los vestigios de cuatro tesoros bastante arruinados. A la derecha quizá el de Mégara y a la izquierda en el norte, aquéllos que se han atribuido a Potidea, quizá uno antiguo de los atenienses y otro a los etruscos. Aquí se encontraba uno de los más famosos tesoros del santuario, el Tesoro de los atenienses, elevado después de la batalla de Maratón, con el diezmo de la victoria. Restaurado entre 1904 y 1906, el tesoro medía 6 por 10 m, era dórico y dístilo. Un espacio triangular en el muro sur exponía también otras ofrendas atenienses. Esta zona fue arrasada por un cementerio cristiano de modo que sólo se conservan los fundamentos de algunos tesoros. Frente al tesoro de los atenienses el Tesoro de los siracusanos que rememoraba la victoria de Siracusa sobre los atenienses en el 413; al lado, el Tesoro de los Cnidios en mármol de Paros, de orden jónico y anterior a la captura de esta ciudad por los persas (544) y detrás un tesoro eólico quizá de Clazómenas. A la izquierda, junto al Tesoro de los atenienses, estaba el Buleuterio de Delfos de época arcaica donde se reunían los quince consejeros y ocho pritanos delfios. Al noreste del Buleuterio se encuentra la llamada Roca de la Sibila, desprendida de las Fedriades, donde profetizaba la primera Sibila llamada Herófila. A su lado se encontraban los santuarios de Gea, Temis y Posidón, un exedra de Herodes Ático y aún más allá el santuario de Asclepio. Siguiendo nuevamente la vía sagrada  alcanzamos ahora la célebre columna de los naxios de 9 m de altura que estaba rematada por la Esfinge que puede verse hoy en día en el Museo. Luego desembocamos en un espacio abierto, el Halos (Era en griego) donde cada ocho años tenía lugar la fiesta del Septerio que representaba la muerte de la serpiente Pitón por Apolo. Al norte del Halos, junto al espectacular muro poligonal de la segunda mitad del siglo VI, se alzaba la Estoa de los atenienses que contaba con ocho columnas jónicas que soportaban una techumbre de madera, construido hacia el 478. A la derecha, hacia el sur, se localizaba el Tesoro de Corinto que Heródoto atribuye al tirano Cípselo (657-628). De conceder crédito a la noticia de Heródoto estaríamos ante el más antiguo de Delfos. Detrás, junto al muro oriental del témenos, un edificio se considera el Pritaneo y al sur quedaría el Tesoro de Cirene. Al noreste del Tesoro de los corintios hay otros dos tesoros mal conservados que resultan de imposible atribución. En el Tesoro de los corintios, la vía sagrada dobla hacia el norte y asciende, camino del templo de Apolo, por la llamada calles de los trípodes de 6 m de ancho. Entre las diversas ofrendas de esta zona destacaban el Trípode de Platea en el que se inscribieron treinta y un estados que lucharon contra los persas en la Segunda Guerra médica, detrás de éste, el Carro del dios Sol, donación de los rodios, enfrente un arruinado tesoro, quizá de los Acantios y la Estoa de Atalo I y Eumenes II de Pérgamo (197-160). Junto a la Estoa se hallaban el temenos de Neoptólemo, el mítico hijo de Aquiles, el monumento los tesalios (336-332) y una exedra semicircular. Volviendo al templo de Apolo, en su frente este se alzaba el gran altar de Apolo y en lado norte destacaba el monumento del rey Prusias II de Bitinia (182-149). Detrás se encontraba un edificio romano donde se exhumó la estatua de Antinoo, que se conserva en el Museo.   

            El celebérrimo templo de Apolo se alzaba enorme y majestuoso en el centro del santuario. El templo actual, construido entre 366 y 329, substituyó a otros dos anteriores uno del siglo VII, que se incendió en el 548, y otro del VI (entre 536 y 513-505). El último templo era dórico, períptero y hexástilo con 15 columnas en los lados largos. El templo medía 60 por 22 m y se elevaba sobre una plataforma tan alta que era necesario una rampa de acceso en el lado este. El frontón oriental narraba la Epifanía de Apolo a su llegada a Delfos y el frontón occidental representaba a Dioniso entre las ménades. De las metopas, sin decoración escultórica, colgaban escudos persas (del 479) y gálatas (del 279). El muro norte del templo (muro de retención o isquegaon) fue construido en 356-355 reutilizando parcialmente materiales del siglo VI. Justo al final del muro se encontraba la Exedra de Cratero (c320) donde un grupo de bronce narraba la hazaña de Cratero salvando la vida de Alejandro durante una cacería de leones en Susa. Aquí, justo en el ángulo noroeste del templo, se encontraba la Ofrenda de Policelo (478 o 474) de la que formaba parte el famoso auriga y una escalera lleva hasta el teatro.  

            El teatro de Delfos, uno de los mejor conservados todo el mundo griego, fue construido en el siglo IV en mármol blanco del Parnaso. Sufrió posteriores restauraciones con Eumenes I de Pérgamo en el 159 y durante el período romano. En el proscenio se narraban los trabajos de Heracles (del siglo I d.C.) cuyos restos pueden visitarse en el Museo. Hacia el oeste, contra el muro norte del períbolos se encontraba la Lesque de los Cnidios, una sala de reuniones y de banquetes erigida hacia el 450. La Sala era rectangular de unos 19 por 10 m con ocho columnas que sustentaban la cubierta de madera.

            Finalmente, queda el Estadio que se encuentra en la zona más elevada de Delfos (645 m) y se encuentra  bastante bien conservado en el graderío norte y la tribuna de la proedria (presidencia). Fue construido en el siglo V. El acceso tenía lugar en el parte oriental a través del arco triunfal donado por Herodes Ático en el siglo II d.C. Tenía una capacidad para siete mil espectadores y desde la línea de salida a la de meta había una distancia de 177,55 m, un estadio romano (equivalente a 600 pies latinos).   

                        El Museo de Delfos comprende de trece salas. En la primera (vestíbulo) puede observarse el omphalos (ombligo del mundo) trenzado con tiras de lana que se encontraba en el adyton del templo de Apolo. En la Sala II destacan los escudos de bronce de la primera mitad del siglo VII, los grifos que proceden de un caldero votivo y las tres mujeres rodeando una columna de principios del VI. De la Sala III sobresalen las majestuosas estatuas (kouroi) de Cleobis y Bitón (610-580) y cinco de las catorce metopas que tuvo el Tesoro de Sición (c.560). En Sala IV, donde se disponen varias ofrendas en metales preciosos, es posible ver el magnífico toro votivo del siglo VI y una cabeza masculina crisoelefantina. La Sala V está dedicada al Tesoro de Sifnos (c.525) con los relieves del friso que representaban una Iliupersis, una Gigantomaquia, el Juicio de Paris y otras escenas mitológicas. La Sala VI se consagra al Tesoro de Atenas (490-489) y consta de veinticuatro metopas que narraban una Amazonomaquia y los Trabajos de Teseo y Heracles. Las Salas VII y VIII recogen los frontones del templo de Apolo, el occidental una Gigantomaquia y el oriental la Epifanía de Apolo, esto es, su llegada a Delfos en compañía de su madre, Artemis, y de su hermana Leto. La Sala IX conserva diversas estelas funerarias y la X acoge los restos del Tolo de Atenea Pronea cuyas metopas mostraban una Amazonomaquia y una Centauromaquia. En la Sala XI descuellan la escultura de la Danza de las tres mujeres en una columna floral (335-325) y la estatua de Agias (c.335). La Sala XII acoge la magnífica estatua del Auriga del Delfos, una de las más importantes del arte griego. Sólo por ella merece la pena venir a Delfos. La estatua fue dedicada por Policelo, el tirano de Gela (Sicilia), en conmemoración y gratitud de su victoria en los Juegos Píticos del 478 o del 474. De la última sala (XIII) destaca un Antinoo, el amante de Adriano, de la primera mitad del siglo II d.C.  

 

22. De Delfos a Atenas

            Desde Delfos la carretera hacia Tebas (que se encuentra a 95 km del santuario délfico) remonta el valle del Pleistos entre curvas con magníficas vistas al Parnaso y llega a Arachova (a 12 km de Delfos), una localidad de tres mil habitantes al pie del Parnaso, plena de alfombras y bordados. Desde Arachova la ruta rodea el flanco norte del monte Kirfis en dirección a Dístomo. En esta zona en el kilómetro 141,5 se encontraba el cruce de caminos (Triodos) en el que, según la tradición, Edipo mató a su padre Layo. Después de Dístomo (a 12 km de Arachova) la carretera pasa entre el Parnaso (noroeste) y el Helicón (sudeste, el célebre monte de la Musas) y a través del túnel de Korakolithos entra en la antigua Beocia, después atraviesa el valle entre el monte Petraco al norte, donde estaba la antigua Queronea, y el monte Helicón al sur y deja a la derecha Lebadea a poco más de 20 km de Dístomo, una aseada ciudad capital del nomo beocio. Pocos kilómetros más allá, la carretera se une con la que viene del norte de Grecia y gira en dirección sudeste para cruzar entre los valles que se cuelgan del Helicón entre el monte y el antiguo lecho del Lago Copaide, hoy en día drenado, y que con sus 328 km2 era en la Antigüedad el lago más grande de Grecia. La ruta atraviesa las antiguas Coronea y Haliarto y poco después de Haliarto cruza el Paso de Steni, que divide el oeste y el este de Beocia, donde estaba el antiguo santuario de Posidón Onquestio y la capital de la Confederación beocia en época helenística (335-172). En el paso hay una magnífica vista a las dilatadas llanuras del este y sur de Beocia. Bajando del Steni la ruta deja a la izquierda el monte de la Esfinge donde Edipo dio muerte al monstruo y llega  a Tebas, en la Antigüedad una de las ciudades más importantes de Grecia, comparable a Atenas, Esparta y Corinto. Tebas tuvo dos palacios micénicos sucesivos, fue largo tiempo capital de la Confederación beocia y durante un corto período la mayor potencia de Grecia (371-356). Destruida por Alejandro Magno es poco lo que hoy en día puede verse salvo un pequeño pero importante museo. Desde Tebas (a unos 90 km de Atenas) giramos al norte para conectar a unos 5 km con la autopista de Lamía a Atenas. Ya en la autopista queda a la izquierda el lago Likeri y rodeamos todo el norte de Beocia con la llanura de Tanagra para cruzar el río Asopo (el más importante del sur de Beocia) y entrar en el Ática (a unos 35 km de Tebas). La autopista va ahora en dirección sudeste dejando el monte Parnés a la derecha y a unos 17 km gira directamente hacia el sur para, contorneando el flanco oriental del Parnés, entrar finalmente en Atenas.