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Noticias

Para que otros lo lean

14/06/2011

                              Ni te plus oculis meis amarem...

                                Catulo, Carmina

A Araceli Striano y Emilio Nieto, con admiración y gratitud

 

                                                                      

      Olvido. Ol-vi-do. Olvido. Dediqué muchos años, pocos menos de los que tengo ahora, a una actividad ingrata, ignota y poco agradecida. Todo el mundo quiere ser médico, profesor, boticario, escritor... En definitiva, una persona culta con una profesión respetable. Todo el mundo se jacta de haber leído las obras fundamentales de su disciplina, incluso de otras, pero nadie se plantea nunca que al leerlas, para leerlas, alguien las ha tenido que leer con anterioridad. Quizá sea ese el único placer que me ha reportado esta profesión en todos estos años, ya que las clases han sido siempre un trámite con el que había que cumplir, a pesar de que, cómo decir lo contrario, de vez en cuando se dieran situaciones distendidas y amables, como encontrar con gusto cierta mirada brillante a la que te atreves a augurar un futuro espectacular dentro de aquella situación de marasmo en que puede convertirse un aula. El único placer es saberse nuevo lector.

     Para aprender de los textos hay que entregarse a los textos, sacrificar horas de sueño, saltarse comidas, exponerse a romperse un pie por ir leyendo sin mirar el suelo mientras se pasea. La entrega al texto es una forma de devoción y algo que no acaba de reconocerse nunca. Nos quedamos con que un texto cualquiera, una comedia de Plauto, por ejemplo el Miles gloriosus, es una obra literaria que surge en un contexto dado por una serie de circustancias que propician que el género surja o se desarrolle, que logran que se produzca un interés del público en su momento en un festival, en una lectura dramatizada, en una lectura personal –muy rara vez, es cierto-. Más tarde aparecerán otros autores que escribirán contra Plauto o a favor de Plauto, pero nunca de espaldas a él: habrá hallazgos y formas no explotadas, habrá nuevos estilos, pero siempre podremos encontrar ecos de obras anteriores en otras más recientes. Podemos estudiar los personajes de una obra, su forma, su fondo, el contexto sociohistórico, su léxico, sus modelos, su recepción, en fin, todo lo que se nos ocurra, pero a nadie se le ocurrirá la peregrina idea de que eso pueda hacerse sin un ejemplar del texto a la vista. Para conseguir ese ejemplar, hoy día, en pleno siglo XIX, no hace falta más que tener unas monedas e ir a la librería, pero ese proceso no siempre ha sido así. Ese libro que leeremos con avidez, antes de ser un objeto, ha sido una idea, un manuscrito, unas planchas, unas pruebas, una corrección, y es indudable que una obra de Heinrich Heine nos llega casi tal cual como el autor la ha escrito en la actualidad, pero para Plauto –semper Plautus- no tenemos esa suerte. En la transmisión de un texto suele producirse, así creo que te lo explicaré mejor, la misma situación que en la revisión del examen: está lo que uno dice y lo que los estudiantes interpretan con mayor o menor tino, pero pocos se acercan a dar cuenta verbatim de lo que uno dijo, salvo en casos de una memoria auditiva prodigiosa. Así, igual que tenemos alumnos con distinas versiones de los hechos, tenemos manuscritos que nos enseñan un mismo Plauto, sí, a qué negarlo, pero con diferencias de detalle. Todos esos documentos que nos ha legado el pasado se conservan mejor o peor en alguna de nuestras bibliotecas, muchos se han perdido y, perdón por la obviedad, otros no se han encontrado. Con todos esos documentos, con cada página más o menos igual en cada documento, el filólogo, el crítico, lleva a cabo una lectura, rechazando en función de unas reglas dadas por la tradición y la práctica y con una firme convición en la mente a la hora de leer: “quien copia comete error”. Habrá textos que presenten erratas, como seguro a mí se me ha podido escapar alguna en este carta (más aun cuando la estoy escribiendo al dictado), pero vayamos más allá. Si alguien hiciera una copia manuscrita de este texto, un original, copiaría mis errores, lógico, pero también cometería alguno, arrastrando los suyos y los míos. Si mi documento se perdiera, es decir, si este texto original no pudiera recuperarse, recurriríamos a una copia de entre las muchas que podrían haber derivado del original. ¡Imagínate cómo se  multiplicarían los errores en función de las copias! Ni que decir tiene que mi carta podría encontrarse en este momento por la calidad más o menos aceptable del papel y de la tinta, pero piensa en Plauto, hijo, y plantéate si es lícito esperar que aparezca un original en algún momento tras tantos siglos, guerras, saqueos e incendios. La labor del crítico es rechazar las diferentes lecturas del copista cotejando cada ejemplar en busca de ese arquetipo que no conseguiremos nunca. Tendrá que discriminar errores o lo que a su juicio lo son, pero dejando notas de manera organizada por si alguien tiene otra opinión (somos críticos, no estamos en posesión de la verdad). Se han de comparar, por tanto, todas las páginas de ese mismo texto, prestando más atención a las copias más antiguas en función del soporte, los tipos, la morfología o las pistas que haya dejado el escriba, se rechazarán los textos más recientes y, tras muchas lecturas, uno será capaz de dar conjeturas para esas lagunas que ha dejado el tiempo, para esos vacíos que tendrán que señalarse, y, en ese momento, solo en ese momento, aparecerá el nombre del crítico: Fulano lee tal cosa donde Zutano lee tal otra. Todo esto se hace, por lo general, en la más austera soledad (entiende ahora que no te prestara mucha atención cuando entrabas en el despacho a deshora, diciendo que tenías miedo de algo que se movía bajo tu cama) para que nada interfiera en el trabajo y para que nadie te complique con sus puntos de vista y sus sugerencias a vuelapluma, que nunca se han de dejar de lado, pero que se deben obtener por medio de la lectura de otras ediciones de renombre. Una vez hecho el filtrado de todo ese material, la collatio, una vez planteada la que a tu juicio es la obra que pudo escribir Plauto, hay que corregir todo de nuevo, buscar las erratas, detectar los errores que sin saber por qué se han deslizado silenciosamente, será necesario revisar las notas al pie, esos bloques de texto que parecen un galimatías y que son la muestra de respeto hacia el trabajo de los demás o la aceptación de que el crítico es humano, et errare humanum est. Si esto te ha parecido difícil, imagínate cómo variará todo en función del soporte, porque, desgraciadamente, no todo llega en pergamino a nuestras manos, sino que tenemos que enfrentarnos a otros materiales. Nunca hay que dejar de lado los textos que aparecen en una inscripción, en otra obra de un autor distinto que cita al que estamos editando, o los dichosos papiros con su tan delicado tacto y su pésima conservación la mayor parte de las veces. Imagínate que un texto en un papiro (te recuerdo que normalmente en mayúsculas y sin puntuación), además de las fragmentaciones propias del soporte, presenta un entramado no muy bien logrado. Los papiros se adherían unos con otros para formar pliegos mayores y, en sus uniones, la lectura podía resultar difícil. Recuerda aquellos epítetos que de pequeño te gustaban tanto porque te sonaban mágicos: la Aurora de dedos de rosa. ¿Te acuerdas de cómo se dice en griego? ῥοδοδάκτυλος Ἠώς(1). Presta atención al siguiente dibujo y perdona, de nuevo, mi poca dotación para estas nobles cuestiones:

Tú, que te has criado entre griegos y romanos, tendrás alguna dificultad para reconocer el texto de Ateneo, pero no para hallar los tintes homéricos y entender el fondo del mismo, transparente para ti a pesar de tu juventud:

 Ἠέλιος μὲν γὰρ ἔλαχεν πόνον ἤματα πάντα,
  οὐδέ ποτ' ἄμπαυσις γίνεται οὐδεμία
  ἵπποισίν τε καὶ αὐτῷ, ἐπὴν ῥοδοδάκτυλος Ἠὼς
  ὠκεανὸν προλιποῦσ' οὐρανὸν εἰσαναβῇ·

     Sin embargo no todo es tan sencillo para quien no conoce esta enrevesada lengua. Si una persona docta intentara traducir esto al latín, no habría ni un solo problema: sabría cortar las palabras, leerlas correctamente con sus signos diacríticos, sus acentos e, incluso, con su puntuación, pero imagínate que una persona de cierta impericia se topara con este texto, como le pasara a aquel (fue inteligente y nos ocultó su nombre) que cortó, como Dios le dio a entender, ΔΟΔΑΚΤΥΛΟΣΗΩΣ como ΔΟΔΑΚΤΥΛΟΣ Η ΩΣ en lugar del consabido ΔΟΔΑΚΤΥΛΟΣ ΗΩΣ, porque él, desconocedor a todas luces del griego, entendió rhododaktylos quam ut, olvidándose por completo de la pobre Aurora. Volviendo al aparato crítico y a las lecturas, el problema más grave al que se enfrenta el crítico textual es dar una lectura para una laguna en el texto. Si nos falta un fragmento (como es tan habitual, qué sé yo, en Lucrecio), podemos dar una lectura y podemos equivocarnos al darla o podemos acertar: nunca sabemos qué nos deparará el destino y mucho menos cuándo va a aparecer un legajo que, ¡eureka!, no tiene esa laguna y confirma la conjetura del crítico.

     Mírate, hijo. Tienes dieciséis años y una vida completa por delante, conoces varias lenguas, tu madre y yo hemos hecho lo imposible para que tengáis una posición acomodada cuando nosotros no estemos, de manera que sólo puedo invitarte, como Horacio o Ausonio, a que aproveches el tiempo que te sea concedido. A veces miro atrás (es un decir) y me arrepiento en cierto modo del mal que haya podido causarte por estar enfrascado en mi trabajo, siento en gran medida las carencias que haya podido ocasionar en ti, y siento mucho que me veas aquí, viejo, demacrado y palpando tu cara o buscando tu voz o tu respiración para saber que estás ahí, delante de estos ojos yertos que tan poco tiempo te dedicaron a ti, a tu madre y a tus hermanos. Mi gran preocupación hoy, más cerca ya del otro mundo, es que entiendas el arduo trabajo que hizo que os escatimara tanto tiempo. No sé si algún día sabrás perdonarme, imagino que odiarás todo lo que tenga que ver con la filología y la crítica textual, pero piensa que, para que otros lean, para que otros beban de las fuentes y den sentido a sus investigaciones o fundamenten sus teorías, es necesario que personas como tu padre dediquen todo su tiempo y esfuerzo a desenterrar textos, a compararlos con otros, a llegar a una conlcusión, a la llamada edicición científica, porque esto, hijo, también es ciencia. Me siento en cierto modo absurdo de no haber podido disfrutar más de tu compañía, de ti como hijo y de mí como tu padre olvidándome del yo-crítico. Lamento haber rechazado llevarte a pasear tantos domingos y me arrepiento ahora que estás en el acmé de esa hermosa enfermedad que es la juventud, porque no puedo verte. Un trabajo como este, como cualquier otra labor científica, puede absorberte y anularte, puede volverte loco y hacer que reniegues del mundo cotidiano a cambio de algo que quizá muchos no entiendan. Ahora tú, hijo, entiendes cuál ha sido la labor de tu padre y espero que me perdones que no pueda mirarte a la cara, ciego ya por culpa del trabajo, por los reactivos y los ácidos, por culpa de un amor desaforado por un autor que hice mío y que ahora es tuyo más que de nadie. Siento de verdad haber amado a Plauto más que a mis ojos, aunque dijera lo contrario en la edición que ni siquiera os dediqué. Ahora, ciego, me muero por verte, postrado como estoy, pero aun así te pido encarecidamente que te sientas orgulloso de tu padre, de las generaciones de filólogos anteriores y de las que han de venir, porque, para que otros lean, es necesario a veces que uno pierda la vista.

 

                                                                       AVCTOR~FILIO~SVO

 

                                                                       Wilhelm Studemund

  

(1) Léase rhododáktylos eos en transcripción

Autor/a

Diego Román Martínez

      Nací en Madrid el 24 de julio de 1982. He cursado estudios de Filología en la Universidad Complutense, la U.N.E.D. y  en la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente, mientras termino las pocas asignaturas que me quedan de la Licenciatura en Filología Clásica, colaboro en el proyecto del Diccionario Griego Español del C.S.I.C. bajo la dirección de los doctores Francisco R. Adrados y Juan Rodríguez Somolinos.

     He ganado varios concursos literarios a nivel nacional e internacional. Han aparecido algunos poemas míos en distintas revistas y bitácoras. También aparezco en alguna antología (poema “Perdido” en Cada color, Morazara, Albox, 2006 // poema “Muertos sin descansos” en Muertos sin descanso y otros poemas, UAM, Madrid, 2007 // relato “Carta imposible” en La memoria y otros cuentos, UAM, Madrid, 2008). Asimismo he traducido las citas latinas en el libro Relato de un cautivo de Jerónimo de Pasamonte, UAM-Edelvives, Madrid, 2008. En el próximo mes aparecerá mi libro de poemas Unción de enfermos, Vitruvio, Madrid, 2011 y a lo largo de este año aparecerá una edición y traducción de la Vida de Santa Radegunda del autor latino Venancio Fortunato en colaboración con el doctor David Puerta Garrido.