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La corrupción también es un asunto de género

18/01/2021
Crédito: Nick Fewings / Unsplash

Crédito: Nick Fewings / Unsplash

La relación entre el género y la corrupción ha recibido atención en las investigaciones de ciencia política desde hace 20 años. En este artículo, se exploran algunas variables para entender por qué las mujeres toleran menos la corrupción que los hombres.

 

Por Ariana Guevara Gómez

 

La corrupción es un fenómeno que afecta a una gran cantidad de países del mundo. De acuerdo con el Barómetro Global de la Corrupción de Transparencia Internacional, correspondiente al año 2017, 1 de cada 4 personas pagó un soborno en los últimos 12 meses para acceder a un servicio público. Se trata de un dato especialmente relevante, considerando las consecuencias negativas de la corrupción: hay estudios que demuestran que en países donde ocurren intercambios corruptos existe una disminución de los ingresos del Estado y una menor calidad de los servicios, al tiempo que aumenta la desigualdad, la injusticia y la desconfianza de los ciudadanos en sus instituciones.

 

La corrupción afecta a todos los ciudadanos, especialmente a los más vulnerables, y, como muchos otros fenómenos sociales, no es neutro desde el punto de vista del género. Desde hace 20 años, los investigadores en ciencia política se han dedicado a estudiar la relación que existe entre el género y la corrupción, y han encontrado resultados interesantes, pero también polémicos. En términos generales, se ha señalado que las mujeres tienden a participar en menor medida en actos de corrupción y que toleran menos el pago de sobornos. En este sentido, surgió la inquietud de entender por qué existen estas diferencias de género en las actitudes hacia la corrupción, entendiendo que estas actitudes influirán en las acciones de las personas en la vida cotidiana. Es decir, si se supone que las mujeres justifican menos la corrupción que los hombres, ¿podríamos afirmar que son menos corruptas? Y, si eso es así, ¿por qué? ¿Cómo responder a estas preguntas desde una perspectiva feminista, sin caer en estereotipos que pueden ser perjudiciales para promover la igualdad de género?

 

Para empezar a explorar las respuestas, elaboramos un análisis cuantitativo con los datos de la sexta edición de la World Values Survey, que incluye información recolectada en encuestas a más de 85.000 personas de 60 países, entre 2010 y 2014. Diseñamos un modelo para argumentar que las mujeres tenderían a justificar menos el soborno que los hombres, no por el hecho de ser mujeres, sino por la influencia de otras variables. Es decir, las diferencias entre hombres y mujeres se explicarían por la socialización de los roles de género, que, de acuerdo con estudios de varias ramas como la psicología, la economía y la criminología, hacen que las mujeres manifiesten, en términos generales, una mayor aversión al riesgo, un mayor respeto a las leyes, un mayor sentido del deber cívico, una mayor confianza social, un menor apoyo a la democracia y una menor confianza institucional que los hombres. A continuación, comentamos los hallazgos.

 

La explicación no está en el género

 

Uno de los principales resultados del estudio es que, al menos en esta muestra, el género no serviría para explicar por qué las mujeres toleran en menor medida los sobornos que los hombres. Es decir, no podría afirmarse que existen características innatas en las mujeres que las hagan reacias a la corrupción. A diferencia de los primeros estudios sobre el tema, que argumentaban que la ética y la honestidad de las mujeres las hacían menos propensas a la corrupción, en este caso encontramos que eso no necesariamente es así.

 

De todas las variables estudiadas, la única que demostró ser significativa fue la aversión al riesgo: en esta muestra, las mujeres tienden a huir más del riesgo que los hombres y eso podría influir en su actitud negativa hacia la corrupción. Si se considera que la corrupción es una actividad que implica un riesgo ―por las consecuencias negativas de incumplir las normas―, y a su vez se ha señalado que a las mujeres se les inculca una actitud más cauta, se podría entender por qué ocurren las diferencias de género en el caso de los sobornos: las mujeres manifestarían un mayor temor a ser descubiertas.

 

Podría afirmarse que se estaría ante un reforzamiento del estereotipo de género del que, justamente, se pretende huir. En este caso, no consideramos que la aversión al riesgo sea una característica innata de las mujeres, sino que es una consecuencia de la socialización de los roles de género en la sociedad. Eso significa que, si se modifican esos estereotipos en los intercambios sociales y en la crianza, es probable que las actitudes de las mujeres sean diferentes a las actuales. Entendemos que el género, como se ha señalado en la teoría feminista, es una construcción social. Por lo tanto, podríamos considerar que las diferencias en la tolerancia a los sobornos de hombres y mujeres son consecuencia de la socialización de género en relación con las actitudes hacia el riesgo.

 

¿Qué implicaciones tiene este análisis en la práctica?

 

En las primeras investigaciones sobre género y corrupción se señalaba que, en vista de que las mujeres toleran menos la corrupción que los hombres, había que incluir a más mujeres en los cargos de representación política y en el mercado laboral, para que ayudaran a “limpiar” las instituciones. Otros investigadores criticaron este análisis posteriormente, pues se trataba de una instrumentalización de las mujeres, que contribuía a reforzar los estereotipos de género. Sin embargo, varios países se sirvieron de estos primeros estudios para diseñar políticas públicas: en México se crearon unidades de policía de tráfico integradas exclusivamente por mujeres, con la idea de reducir los índices de corrupción.

 

En el caso de nuestro estudio, podrían usarse los resultados para hacer una argumentación parecida: si las mujeres toleran menos los actos de corrupción, debido a su aversión al riesgo, entonces sería justificable aumentar el número de mujeres en las instituciones. Pero creemos que esta es una simplificación de un problema muy complejo. Nuestro análisis sirve de punto de partida para seguir reflexionando sobre este tema. Se podría proponer, entonces, que se refuerce el mensaje del riesgo que entraña la corrupción, a través de instituciones efectivas de control y sanción, y campañas de sensibilización sobre las consecuencias negativas de participar en estos actos. Como han apuntado otros estudios, estas acciones son más viables en entornos democráticos donde la corrupción se estigmatiza en mayor medida. Habría que hacer investigaciones más exhaustivas sobre la socialización en relación con la aversión al riesgo y sobre otros factores que puedan influir en este fenómeno, de manera que se puedan desarrollar políticas públicas que favorezcan la igualdad: ¿qué ocurre para que las mujeres perciban más riesgo en la corrupción y cómo podría reforzarse ese mensaje en los hombres también?

 

Nuevas preguntas

 

La complejidad de este fenómeno demanda más investigación. En este caso, se utilizaron datos de carácter global, que permiten hacer inferencias generales, pero que no son suficientes para entender los matices. Es probable que en países con corrupción sistémica ―es decir, con una corrupción arraigada en las instituciones y en la vida diaria de los ciudadanos―, esta relación funcione de forma diferente.

 

También es posible que con el uso de otros datos y con la incorporación de nuevas variables se obtengan otros resultados de interés. Por ejemplo, se ha estudiado la influencia de la satisfacción con la propia vida y del interés en la política en la tolerancia a los sobornos. Quizás haya diferencias entre mujeres y hombres en la manifestación de estas variables, que también tengan una influencia en la relación entre el género y la corrupción. Finalmente, se deben considerar nuevas perspectivas para entender el género, más allá de la clasificación binaria entre hombres y mujeres. Sin duda, en este tema tan multidimensional quedan muchas aristas por descubrir.

 

 

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Ariana Guevara Gómez es investigadora predoctoral del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid, donde desarrolla una tesis sobre género, tecnología y motivación para el servicio público. Es integrante del Lab Grupo de Investigación Innovación, Tecnología y Gestión Pública de la UAM. Fue ganadora de la X Edición del Premio Jóvenes Investigadores de la RJUAM.