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Discurso pronunciado en el acto conmemorativo del 30 aniversario del asesinato de Francisco Tomás y Valiente

Tres de los hijos de Tomás y Valiente posan junto a SSMM los Reyes y la rectora Amaya Mendikoetxea en la entrada de la exposición. Sobre sus cabezas, la foto de las manos blancas.

La violencia quiso silenciar esa voz. Quiso imponer el miedo y negar, con un acto tan absurdo como brutal, la posibilidad misma de la convivencia democrática. Pero de aquel desgarro brotó una respuesta: las manos blancas, un movimiento que nació aquí y entonces, y se extendió por todas las calles y plazas, allí donde el terrorismo dejaba su estela asesina.

Manos alzadas desde la universidad y asumidas por la ciudadanía, que expresaban de forma cívica y pacífica, lo que Tomás y Valiente encarnó con su vida: la firmeza sin odio, la razón sin estridencias, la defensa serena de la democracia. No al terror y sí a la dignidad; no al silencio impuesto y sí a la palabra compartida. Aquel gesto fue el inicio de una reacción cívica sin precedentes contra ETA que evidenció la imposibilidad de su victoria y la absoluta inutilidad de su violencia.

Hoy, 30 años después, el legado de Tomás y Valiente sigue siendo necesario, y más allí donde la violencia vuelve a ocupar espacio, donde se erosiona la confianza y se cuestiona el valor de la palabra, porque como señalaba el profesor Vallespín esta misma semana, la figura de Tomás y Valiente sigue siendo de rabiosa actualidad. Recordarle aquí es afirmar que la ley, la razón y la convivencia siguen siendo necesarias —y siguen siendo posibles—.  La presencia hoy de Sus Majestades los Reyes refuerza el significado de este homenaje. De manera muy especial, la de Su Majestad el Rey, que fue alumno Tomás y Valiente y que encarna la continuidad entre la universidad, las instituciones y la defensa de los valores constitucionales que nuestro profesor sirvió con ejemplaridad.

Tendrían que pasar 15 años para el cese definitivo de la violencia de ETA. Quince años que segaron vidas, quebraron familias y prolongaron el dolor innecesario de una sociedad que ya había dicho con rotundidad ‘basta ya’, ‘aski da’.

Como rectora de esta universidad, que tantos ciudadanos y profesionales ha aportado a nuestra democracia, era muy importante para mí que en este acto hubiera estudiantes que recogieran el testigo de nuestra memoria. Aquel 14 de febrero de 1996 yo acababa de obtener mi titularidad en la UAM. Pero mi juventud había transcurrido en Bilbao, en los llamados años de plomo: días, semanas, meses en los que la violencia formaba parte del paisaje cotidiano. Crecimos aprendiendo que la palabra podía tener consecuencias. Que discrepar exigía valentía. Que la convivencia era frágil.

Aquel 14 de febrero sentí, como muchos de vosotros, tristeza; también rabia. Pero sobre todo sentí vergüenza. Ese Vascos sí, ETA no de la masiva manifestación en los días que siguieron me conmovió entonces y me volvió a emocionar el miércoles cuando visité por primera vez la exposición conmemorativa.  Aquel grito representó la separación entre identidad y violencia, la reivindicación de la dignidad de una sociedad que se negaba a ser representada por el terror.

Fue un paso decisivo en nuestro aprendizaje democrático. Porque estábamos entonces, como país, aprendiendo a ser una democracia. Aprendiendo que la libertad exige coraje y generosidad. Que la ley es el límite frente a la imposición. Que ninguna causa justifica el asesinato.

Francisco Tomás y Valiente representaba lo mejor de esa España que estaba aprendiendo a convivir desde el pluralismo, el respeto y la ley. Por eso hoy, cuando se banaliza el terrorismo, cuando se cuestionan los consensos que hicieron posible nuestra convivencia y cuando resurgen discursos totalitarios y excluyentes que prometen soluciones fáciles a problemas complejos, conviene recordar que la democracia no es irreversible. Se construye cada día: con instituciones sólidas, con ciudadanos dispuestos a defenderla y con memoria.

Y este es un acto de homenaje y de memoria, pero también es un acto de esperanza. Porque la voz que se quiso silenciar sigue viva y porque no estamos dispuestos a olvidar lo que costó aprender a convivir en libertad. Frente a la violencia que quiso imponerse entonces —y frente a cualquier forma de violencia que hoy amenace la convivencia— pedimos con el también bilbaíno Blas de Otero "la paz y la palabra".

Muchas gracias.

 
El Rey saluda a un grupo de estudiantes.