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"Beata Beatrix", un fascinante ejemplo de simbolismo floral en el arte

09/01/2013

Máximo exponente del prerrafaelismo, Dante Gabriel Rossetti fue un seductor impenitente que quedó marcado por su tormentosa relación con Elizabeth Siddal, su esposa y principal musa. Mujer de salud delicada y tendencias depresivas, Elizabeth sería inmortalizada tras su suicidio en la inquietante “Beata Beatrix”, obra maestra de Rossetti y un fascinante ejemplo del uso de la simbología botánica en el arte.

De origen italiano y sobrino del famoso Dr. Polidori, sufrido médico de Lord Byron y autor de culto para los amantes de la literatura vampírica, el británico Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) fue, sin duda alguna, el más carismático de los integrantes del movimiento prerrafaelista. Una vanguardia artística que, surgida en la Inglaterra victoriana, se atrevió a desafiar a la Royal Academy con el fin de “devolver al arte británico algo de la originalidad y frescura que veía en la pintura italiana anterior a Rafael (1480-1520)” [1].

Provocador, bohemio y vividor, Rossetti fue un seductor nato, que si por algo se caracterizaba era por su tendencia a mantener relaciones con sus modelos. Especialmente, con aquellas que, como Annie Miller, Fanny Cornforth o Jane Burden, la esposa de su amigo William Morris, posaban de forma asidua para él. Sin embargo, la mujer que marcaría la vida de nuestro hombre no sería ninguna de éstas, sino una esbelta pelirroja, tan bella como frágil, que respondía al nombre de Elizabeth Eleanor Siddal y que hoy puede ser considerada como la musa rossettiana por excelencia.

Elizabeth Eleanor Siddal (1829-1862) conoció a los prerrafaelistas en 1849. Fue entonces cuando Lizzie (así la llamaban cariñosamente) dejó la sombrerería en la que trabajaba como ayudante y pasó a ser la modelo preferida de, entre otros, Holman Hunt, Millais y, por supuesto, Rossetti, con quien se casaría en 1860.

Por desgracia para Elizabeth, su matrimonio no fue precisamente feliz. Y es que, su marido no sólo le fue infiel en repetidas ocasiones sino que, además, no la cuidó debidamente. Como consecuencia de ésto, su salud, ya de por sí delicada, se fue deteriorando poco a poco hasta que, finalmente, en 1861, sufrió un aborto espontáneo. Este hecho la sumió en una profunda depresión, que la condujo al suicidio en 1862. Presa de los remordimientos, y no mucho tiempo después del fallecimiento de su esposa (concretamente, c. 1863-1864), Rossetti comenzó a pintar la que puede considerarse su obra maestra: la fascinante Beata Beatrix (ver Fotografía 1). Un cuadro, que terminaría en 1870, con el que inmortalizaría a Lizzie, de cuya muerte siempre se sentiría culpable.

Inspirado en la Vita nuova, obra de Dante en la que éste se lamenta por la pérdida de su amada, Beata Beatrix representa, en realidad, a Elizabeth Siddal, a la que Rossetti identifica con Beatrice Portinari, en el instante de su muerte. Ataviada de rojo y verde (los colores de la vestimenta de Beatrice en el Paraíso, según la Divina Comedia), Lizzie, cuya ambigua expresión tiene tanto de mística como de orgásmica, es contemplada desde el fondo del lienzo por dos figuras enfrentadas que, alzándose delante del Ponte Vecchio (no olvidemos que, en teoría, la escena de este cuadro se desarrolla en Florencia), se corresponden respectivamente con:

1. Dante (“es decir, el propio Rossetti”), que viste de oscuro [2].
2. La personificación del amor, la cual, además de llevar una larga túnica roja, aparece rodeada por un halo y con una llama en la mano izquierda.

Inquietante donde las haya, Beata Beatrix es una obra plena de simbolismo. Así, aunque en principio pueda creerse que el reloj de sol (dorado, como el astro que lo dirige) está ahí para indicar la hora del fallecimiento de Beatrice (las nueve), la verdadera finalidad del mismo es anunciar el suicidio de Elizabeth y proclamar la inexorabilidad del tiempo. En cuanto al siniestro pájaro rojo que lleva en el pico una flor blanca de adormidera, éste es en realidad un “mensajero de la muerte” (Rossetti dixit) [3] que entrega a Lizzie la fuente del preparado con el que se quitaría la vida: el láudano.

Perteneciente a la familia de las papaveráceas, la adormidera (Papaver somniferum L.) es una planta que no sólo llama la atención por su vistosa floración sino también, por las peculiaridades de sus frutos . Y es que, éstos, que son de forma globosa y terminan en su parte superior en un disco más o menos plano (ver Fotografía 2), producen un jugo lechoso (látex) que, una vez extraído y secado, se conoce como opio.

Rico en alcaloides (especialmente, en morfina, un potente analgésico y sedante que fue llamado así por Morfeo, el dios griego de los sueños), el opio era el componente principal del ya mencionado láudano, una tintura alcohólica que, inventada en el s. XVII por el médico inglés Thomas Sydenham, se aromatizaba con azafrán (Crocus sativus L., Iridaceae), canela (Cinnamomum verum J. Presl, Lauraceae) y clavo [Syzygium aromaticum (L.) Merr. & Perry, Myrtaceae].

Aunque en principio se usó para calmar cualquier tipo de dolor (incluso el producido por enfermedades terminales como el cáncer) y también, para tratar la ansiedad y el insomnio, el láudano acabaría encontrando otras aplicaciones que distaban mucho de ser medicinales. Y es que, pronto se descubrieron sus propiedades narcóticas, las cuales hacían que la persona que lo ingería en dosis superiores a las recomendadas viviera “una especie de sueño contemplativo” [4]. Una experiencia ésta que, a juzgar por la atmósfera onírica de Beata Beatrix, Rossetti debió conocer de primera mano.

Tras la muerte de su esposa, y torturado por el recuerdo de ésta, Dante Gabriel Rossetti, “el más simbolista de los prerrafaelistas” [2], no sólo perdería su famoso atractivo. También, caería en el alcoholismo y la drogadicción, hundiéndose en una grave depresión que, en 1872, le llevaría a intentar suicidarse. Aunque no sin antes haber ordenado la macabra exhumación del cuerpo de Elizabeth. Una exhumación que, según cuenta la leyenda, estuvo rodeada de hechos extraños . . . Pero esa es otra historia y como tal, será contada en otro momento.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

[1] ANÓNIMO (2004). Prerrafaelitas: la visión de la naturaleza. Fundación “La Caixa”. Madrid.

[2] GIBSON, M. (2006). El simbolismo. Taschen. Köln.

[3] BIRCHALL, H. (2010). Prerrafaelitas. Taschen GmbH. Köln.

[4] RIVERA, D. & C. OBÓN (1991). La guía de INCAFO de las plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares (excluidas medicinales). INCAFO. Madrid.

OTRA BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

CREPALDI, G. (2000). Prerrafaelistas: la discreta elegancia del s. XIX inglés. Electa. Madrid.

CUÉLLAR, C. A. (2006). El prerrafaelismo y su influencia en la creación contemporánea. Institució Alfons El Magnànim. Diputació de València. Valencia.

FALCÓN, C., E. FERNÁNDEZ & R. LÓPEZ (1986). Diccionario de la mitología clásica 2 (I-Z). Alianza Editorial. Madrid.

HILTON, T. (1993). Los prerrafaelitas. Ediciones Destino, Thames & Hudson. Barcelona.

KÖHLER, F. E. (1887). Köhler´s Medizinal-Pflanzen in naturgetrenen Abbildungen mit kurz erläuterndem Texte. Band I. Fr. Eugen Köhler. Gera-Untermhaus. http://www.botanicus.org/item/31753002839139

SCHULTES, R. E. & A. HOFMANN (1993). Plantas de los dioses: orígenes del uso de los alucinógenos. Fondo de Cultura Económica. México.  http://archive.org/stream/PlantasDeLosDioses/p_dioses#page/n17/mode/2up

V.V. A.A. (1993). Pintura victoriana: de Turner a Whistler. Ministerio de Cultura. Madrid.

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Autor/a

Licenciada con grado y doctora en Ciencias Biológicas por la UAM, Beatriz Teresa Álvarez Arias es investigadora, docente y divulgadora especializada en etnobotánica. Miembro, desde 1997 hasta el 2006, del Grupo del RJB, CSIC dedicado al estudio de esta disciplina, fue profesora en los cursos de doctorado de etnobotánica impartidos en la Autónoma durante los años 1999/2000, 2004/2005 y 2005/2006. En la actualidad, es colaboradora del PUMA (Programa Universidad para los Mayores de la UAM) y también, del Estudio de Botánica “Emilio Blanco Castro”.